Premisa: Él es un hombre de negocios muy exitoso pero solitario, que necesita una pareja para cumplir con las expectativas familiares y cerrar un trato importante. Le propone a ella, una chica creativa y libre, fingir que sean esposos por un año a cambio de resolverle todos sus problemas económicos.
El problema: Las reglas eran claras: "prohibido enamorarse". Pero cuanto más fingen, más real se siente.
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Capítulo 17: Lo que uno no sabe manejar
Apenas la puerta se cerró detrás de él… todo se me vino encima.
No aguanté más.
Sentí ese nudo en la garganta crecer y de un momento a otro… rompí en llanto.
—¡Ay, Dios mío…! —solté, dejándome caer en la cama.
Las lágrimas me salían sin control, como si llevara días aguantando todo. Me tapé la cara con las manos, tratando de calmarme… pero era imposible.
—¿Por qué…? —murmuraba entre sollozos.
No sabía si lloraba por la pelea, por lo que sentía o porque ya nada era como al principio.
Después de unos minutos… me senté de golpe.
—No… no voy a quedarme así —dije.
Miré hacia la puerta.
—¡Martina! —la llamé desde la habitación.
A los pocos segundos, ella apareció.
—¿Señora?
Yo me limpié las lágrimas rápido, aunque era obvio que había estado llorando.
—Tráigame un tequila —le dije.
Martina se quedó quieta, mirándome con preocupación.
—¿Tequila… señora?
—Sí —respondí—. ¿no escuchó o qué?
—Sí, claro…
Salió.
Yo me quedé respirando profundo, tratando de recomponerme, pero por dentro seguía rota.
A los minutos volvió con una botella y un vaso.
—Aquí tiene…
Sirvió un poco.
Agarré el vaso y sin pensarlo… me lo tomé de un solo trago.
El ardor bajó fuerte por la garganta.
—Otro —dije.
Martina dudó, pero sirvió.
—Señora… tal vez—
—Otro —repetí.
Me lo tomé igual.
Y así… otro más.
Sentía cómo el calor del alcohol me iba relajando un poco, como si por un momento apagara ese dolor.
Me recosté en el respaldo de la cama, con el vaso en la mano.
—Así está mejor… —murmuré.
Pero Martina no se movía.
Seguía ahí.
Parada.
Mirándome.
Eso me empezó a incomodar.
—¿Y usted qué? —le dije—. ¿qué está esperando? ¿invitación o qué?
Ella bajó la mirada.
—Señora…
—¿Señora qué? —le respondí, ya con un tono más seco—. ya me trajo lo que le pedí, ¿no?
No respondió de una.
—Solo estoy preocupada…
—No se preocupe —le dije—. yo estoy bien.
Pero no lo estaba.
—Señora… no debería—
—¿No debería qué? —la interrumpí—. ¿tomar? ¿sentir? ¿decir lo que me da la gana?
Martina suspiró.
—No quise decir eso…
—Entonces no diga nada —respondí.
Se hizo un silencio incómodo.
Yo serví otro trago.
—Tome —le dije, levantando el vaso—. por las malas decisiones.
Me lo tomé.
Martina seguía ahí.
Eso ya me estaba molestando.
—¿En serio no se va a ir? —le dije.
Ella levantó la mirada.
—Señora, yo—
—Que se vaya —le dije más firme—. vaya a hacer los oficios, lo que tenga que hacer… pero no esté aquí de metida.
Martina se quedó quieta unos segundos.
—Como ordene…
Su voz fue bajita.
Casi triste.
Se dio la vuelta y salió de la habitación.
La puerta se cerró.
Y otra vez…
Silencio.
Me quedé sola.
Con la botella.
Con el vaso.
Con todo lo que sentía.
Serví otro trago… pero esta vez no me lo tomé de una.
Lo miré.
—Míreme… —murmuré—. yo, tomando… por un hombre.
Solté una risa triste.
—Qué ridícula…
Pero aún así… me lo tomé.
El alcohol ya me estaba afectando un poco. Sentía la cabeza más ligera, el cuerpo más suelto… pero el corazón seguía pesado.
Me recosté en la cama.
—Benjamín… —susurré.
Cerré los ojos.
Y aunque el tequila me estaba ayudando a olvidar por momentos…
La verdad seguía ahí.
Dolía igual.
Porque no era la pelea.
No era el contrato.
Era él.
Y lo que yo sentía por él…
Eso era lo que no sabía cómo manejar.