Ella era la única testigo. Él, la sentencia de muerte que terminó convirtiéndose en su dueño.
Elena Thomas vivía entre archivos y sombras, convencida de que su invisibilidad era su mayor escudo. Pero una noche, en un callejón donde el aire sabía a hierro y pólvora, vio lo que nadie debía ver: a Viktor Volkov, el heredero más despiadado de la Bratva, ejecutando a sangre fría.
Ella esperaba una bala. En su lugar, recibió unas manos de acero que la arrancaron del suelo y una voz que le prometió un infierno personal. "No te mataré, pequeña", le susurró él al oído, mientras el calor de su cuerpo la envolvía como una trampa de seda. "Pero a partir de hoy, tu nombre, tu cuerpo y hasta tu último suspiro me pertenecen".
Ahora, Elena es la prisionera de oro en una fortaleza de cristal. Viktor es un monstruo que no sabe amar, solo poseer; un hombre que la mira con una mezcla de odio y un deseo que amenaza con quemarlos a ambos.
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capítulo 7
La tensión en el salón era tan espesa que se podía cortar con un cuchillo. Julián miraba a Elena con ojos suplicantes, convencido de que ella era una víctima del miedo. Viktor, por su parte, mantenía su mano posesiva sobre la cintura de ella, su cuerpo tenso como una cuerda de violín, esperando una respuesta que podría elevarlo al cielo o hundirlo en el infierno.
— Julián... —empezó Elena, su voz suave pero cargada de una madurez que el detective no reconocía—. No necesito que borres mi nombre de ningún registro. Lo que necesito es que entiendas que el mundo que tú conoces no es el único que existe. Aquí, con Viktor, no soy una "víctima". Soy la única persona que él escucha.
— ¡Te tiene lavado el cerebro! —gritó Julián, perdiendo los estribos. Dio un paso agresivo hacia adelante, extendiendo la mano para intentar separar a Elena de la mole que la sujetaba—. ¡Ven aquí ahora mismo, Elena!
Viktor reaccionó al instante. Sus ojos se oscurecieron y dio un paso al frente, ocultando a Elena tras su espalda. Estaba a punto de proyectar su furia cuando algo blanco y veloz cruzó el salón.
¡Fshhhhhh! ¡Miau!
Copito, el gato blanco que hasta hace un momento parecía ignorar todo el drama, saltó desde lo alto de la torre de juegos. No fue tras Viktor. Fue directo a las piernas de Julián. Con una precisión de cazador, el gato se aferró a los pantalones del detective, bufando y lanzando zarpazos con una ferocidad inesperada.
— ¡Agh! ¡Quítame a este bicho! —gritó Julián, retrocediendo y tropezando mientras intentaba sacudirse al gato de encima.
Elena no pudo evitar soltar una pequeña carcajada. Viktor, sorprendido, arqueó una ceja. Ver a su pequeño "enemigo" peludo defendiendo su hogar —y de paso, su posición como único hombre en la vida de Elena— le resultó sumamente satisfactorio.
— Parece que hasta el gato sabe quién pertenece aquí y quién es un intruso —dijo Viktor con un tono de victoria burlona. Se cruzó de brazos, disfrutando el espectáculo de Julián huyendo hacia la puerta mientras Copito lo perseguía hasta el vestíbulo.
Cuando Julián salió de la mansión, derrotado y con los pantalones arañados, el silencio volvió al salón. Copito regresó caminando con elegancia, con la cola en alto, y se sentó frente a Viktor, lamiéndose una pata como si nada hubiera pasado.
Viktor soltó una carcajada profunda, una que no tenía nada de oscuridad y mucho de alivio. Se agachó, quedando en una rodilla frente al gato.
— Está bien, bola de pelos. Te has ganado el salmón de la mejor calidad de toda la ciudad.
Luego, se puso de pie y miró a Elena. Sus celos habían disminuido, reemplazados por una alegría posesiva. La tomó por la cintura y la levantó en vilo, haciendo que sus ojos café quedaran a la altura de los suyos.
— Me elegiste —susurró él, y por primera vez, su voz no era una orden, sino una promesa—. Delante de tu pasado, elegiste quedarte en mi sombra.
Elena rodeó su cuello con los brazos, dejando que su pelo castaño rozara el rostro de él.
— No me quedo en tu sombra, Viktor. Me quedo a tu lado. Pero la próxima vez que te pongas tan celoso, dejaré que Copito se encargue de ti también.
Viktor sonrió de lado, esa sonrisa positiva que Elena estaba logrando sacar a la luz más a menudo.
— Lo tendré en cuenta, pequeña. Lo tendré muy en cuenta.
Viktor quería que Elena experimentara algo que su mundo de acero y pólvora solía devorar: la normalidad. Pero, siendo un Volkov, la "normalidad" siempre venía con un despliegue de fuerza.
— Mañana saldremos —anunció Viktor esa noche, mientras observaba a Elena leer en la cama con Copito hecho un ovillo a sus pies—. Iremos al parque de diversiones.
Elena abrió mucho sus ojos café.
— ¿De verdad? Pero Viktor, eso es un lugar público... es peligroso para ti.
— No lo será —respondió él con una sonrisa de suficiencia—. He comprado el parque por seis horas. No habrá nadie más que nosotros y mi equipo de seguridad.
(...)
A la mañana siguiente, llegaron al parque. Era una escena surrealista: las luces de colores brillaban y la música alegre sonaba, pero no había filas, solo hombres de traje negro apostados en cada esquina estratégica. Elena llevaba un vestido sencillo y su pelo castaño y lacio ondeaba con la brisa. Se veía radiante.
Viktor, vestido con jeans oscuros y una chaqueta de cuero que acentuaba sus casi dos metros, caminaba a su lado. Se sentía fuera de lugar entre algodón de azúcar y globos, pero ver la sonrisa de Elena hacía que valiera la pena.
— ¡Mira, Viktor! ¡La montaña rusa! —gritó ella, señalando la estructura gigante.
Viktor palideció un poco.
— Elena, soy un hombre de tierra firme. No confío en nada que dependa de la gravedad y un par de rieles oxidados.
— ¡Oh, vamos! —ella lo tomó de la mano, y la diferencia de tamaño era tal que parecía que una pequeña muñeca intentaba arrastrar a un titán—. ¡ dijiste que donde tú fueras, yo iba! ¡Pues hoy yo voy arriba y tú conmigo!
Viktor suspiró, derrotado por esos ojos café imposibles de ignorar. Se sentaron en el carrito. Viktor apenas cabía; sus rodillas chocaban con el frente y ocupaba casi todo el espacio. Cuando el juego comenzó a subir, Viktor apretó la barra de seguridad con tanta fuerza que el metal crujió.
— Estás asustado —se burló ella mientras subían la pendiente más alta.
— No estoy asustado. Estoy... calculando las probabilidades de fallo estructural —gruñó él, aunque sus nudillos estaban blancos.
En el punto más alto, justo antes de la caída libre, Viktor miró a Elena. Ella estaba riendo, con los ojos brillando de pura felicidad. En ese instante, los celos de los días anteriores y el peso de la mafia desaparecieron.
— ¡Aquí vamos! —gritó ella.
Durante la caída, Viktor no gritó por el miedo a la altura, sino que soltó una carcajada liberadora. Al bajar, Elena estaba un poco mareada, y Viktor la sostuvo por la cintura para estabilizarla.
— Ha sido... interesante —admitió él, limpiando un mechón de pelo castaño de la frente de ella—. Pero prefiero los juegos donde puedo disparar.
Caminaron hacia un puesto de tiro al blanco. El encargado, un hombre que Viktor había contratado solo para ese día, temblaba al ver al jefe de la mafia acercarse.
— Quiero ese oso —dijo Viktor, señalando el premio más grande, un oso de peluche que era, irónicamente, casi tan grande como Elena.
— Señor, tiene que darle a los tres patitos móviles —explicó el hombre con voz temblorosa.
Viktor tomó la carabina de feria. Era como un juguete en sus manos. Disparó tres veces sin siquiera cerrar un ojo. ¡Pum, pum, pum! Los patitos volaron en pedazos, literalmente.
— Aquí tiene, señorita —dijo el encargado, entregándole el oso gigante a Elena.
Ella apenas podía ver por encima del peluche. Viktor la miró, cargando el oso que casi la cubría por completo, y sintió una oleada de ternura mezclada con su habitual posesividad.
— Ahora todos sabrán que ese oso es mío, porque tú lo llevas —susurró él al oído de ella, dándole un beso rápido en la mejilla—. Y si alguien intenta quitártelo, tendrá que lidiar con el dueño del parque.
La tarde terminaba en un tono positivo, pero mientras se dirigían a la salida, el teléfono de Viktor vibró. Era un mensaje de su jefe de seguridad: “Señor, hemos detectado un dron no autorizado sobrevolando el parque. No es de los nuestros.”
Viktor rodeó a Elena con su brazo, volviendo instantáneamente al modo protector. La burbuja de normalidad se había roto.