Esta historia habla de una chica que se embarazó muy joven y tuvo que aprender a sobrevivir en un mundo lleno de dificultades. Sin apoyo suficiente y con pocas oportunidades, se vio obligada a “buscarse la vida” como pudo, enfrentando la realidad desde muy temprano. Por amor a su hija, dejó los estudios y sacrificó sus sueños personales para dedicarse por completo a su crianza, creciendo de golpe y convirtiéndose en madre antes de tiempo.
Sin embargo, su vida da un giro inesperado cuando conoce a un chico millonario, alguien que no la juzga por su pasado ni por ser madre soltera. A diferencia de muchas personas, él la trata con respeto, la escucha y ve en ella algo más allá de sus dificultades: una mujer fuerte, valiente y luchadora.
A partir de ese encuentro, ambos comienzan a construir una relación marcada por la confianza, el apoyo y la superación de prejuicios. Ella empieza a recuperar la esperanza en su futuro, mientras aprende que aún puede soñar y volver a levantarse,
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Capítulo 19: “No me la quiten”
”
Narra Violeta
Ya habían pasado ocho meses.
Ocho meses desde que mi vida cambió completamente.
Y aunque todavía faltaba tiempo para que naciera mi bebé, esa madrugada todo empezó de repente.
Eran como las dos de la mañana.
Yo estaba dormida en la cama del pequeño cuarto donde vivía cuando sentí un dolor horrible en el vientre.
Abrí los ojos de una.
—Ay Dios… —susurré.
Me agarré la barriga.
La contracción fue tan fuerte que sentí que me cortaban por dentro.
Intenté respirar despacio, pero apenas pasó una… vino otra peor.
—No… no… todavía no… —decía nerviosa.
Me senté en la cama como pude.
El dolor era horrible.
Inexplicable.
Yo nunca había sentido algo así.
Sentía presión abajo, dolor en la espalda, el vientre duro… todo al mismo tiempo.
Y cada vez empeoraba más.
—Ay… —lloré bajito.
Me doblé del dolor.
Las lágrimas me salían solas.
Intenté caminar un poco pensando que tal vez se me iba a pasar, pero apenas me puse de pie sentí otra contracción tan fuerte que casi me caigo.
—¡Mami!… —grité llorando—. no me hagás esto todavía…
Respiraba rápido, asustada.
Porque sentía que algo no estaba bien.
Todavía faltaba tiempo.
Y el dolor era demasiado fuerte.
Me agarré de la pared y fui caminando lento hacia el baño porque sentía muchas ganas de orinar.
Pero cuando llegué…
sentí algo caliente bajar de golpe.
Miré hacia abajo.
Y ahí fue cuando vi el agua mezclada con sangre.
Yo me quedé congelada.
—No… —susurré aterrada.
Sentí que el corazón se me iba a salir.
—No, no, no…
Las piernas me empezaron a temblar horrible.
Yo sabía que eso era la fuente.
Pero ver sangre me asustó demasiado.
Sentía que iba a perder a mi hija.
Las manos me temblaban tanto que casi dejo caer el teléfono cuando llamé a mi amiga.
Ella contestó dormida.
—¿Aló?
Yo empecé a llorar de una.
—Amiga… —dije desesperada—. estoy sangrando…
Ella se despertó enseguida.
—¿Qué pasó? ¿Qué pasó?
—Se me rompió la fuente… y salió sangre… —lloré—. me duele demasiado…
Ella habló rápido.
—Tranquila, Violeta… tranquila… ya voy para allá, ¿sí? Respirá.
Pero yo no podía calmarme.
Las contracciones seguían.
Cada vez más fuertes.
Me dolía horrible.
Yo sentía que me iba a desmayar.
—No quiero perderla… —decía llorando—. no quiero perder a mi hija…
—No pensés eso —me respondió ella—. ya voy llegando.
Esos minutos sola fueron eternos.
Yo caminaba despacio por el cuarto llorando del dolor, agarrándome la barriga, respirando mal.
Y lo único que pensaba era en Brando.
—Ayúdame… —susurraba—. por favor…
Cuando mi amiga llegó, casi rompió la puerta de lo rápido que entró.
—¡Violeta!
Ella me vio doblada del dolor y se asustó.
—Ay amiga…
Me ayudó a caminar.
—Respirá… respirá…
Pero yo ya estaba entrando en pánico.
—Hay sangre… —le dije llorando—. sangre…
Ella me sostuvo la cara.
—Escuchame, eso puede pasar cuando empieza el parto, ¿sí? Vamos al hospital ya.
Salimos rápido.
El camino fue horrible.
Cada contracción me hacía llorar más fuerte.
Yo le apretaba la mano durísimo.
—No puedo… —decía—. no puedo…
—Sí podés —me repetía ella—. ya casi llegamos.
Cuando entramos al hospital, me llevaron rápido porque estaba botando líquido y sangre.
Los doctores empezaron a hacer preguntas mientras me acostaban en una camilla.
—¿Cuántos meses tiene?
—Ocho… —respondí llorando.
—¿Hace cuánto comenzaron las contracciones?
—No sé… hace rato…
Otra contracción me interrumpió.
Yo grité del dolor.
Una doctora me agarró la mano.
—Tranquila, mamá… respire.
Pero yo estaba demasiado asustada.
—Mi bebé… —lloraba—. mi bebé está bien, ¿cierto?
La doctora intentó tranquilizarme.
—La sangre puede aparecer porque el cuello del útero empieza a abrirse y se mezclan restos con el líquido de la fuente —me explicó—. vamos a revisar a la bebé, ¿sí?
Yo asentí llorando.
Mi amiga nunca me soltó la mano.
Nunca.
Después me llevaron a sala de parto porque las contracciones estaban demasiado seguidas.
Yo ya no podía ni hablar bien del dolor.
Sentía que el cuerpo se me partía.
La doctora preguntó:
—¿El papá está aquí?
El silencio me golpeó horrible.
Yo bajé la mirada.
Y respondí bajito:
—No… él no está…
Mi voz se quebró.
Mi amiga habló de una.
—Yo me quedo con ella.
La doctora asintió.
—Está bien, acompáñela.
Y ahí fue cuando me puse a llorar más duro.
Porque en ese momento entendí cuánto necesitaba a Brando ahí.
Necesitaba que me agarrara la mano.
Que me dijera “tranquila, mami”.
Que me abrazara.
Pero no estaba.
Y nunca iba a estar.
Otra contracción me hizo gritar.
—¡No puedo! —lloraba—. ¡me duele mucho!
Mi amiga me secaba las lágrimas.
—Sí podés, Violeta… por tu hija.
Y yo solo pensaba una cosa:
“Por favor Dios… no me la quites también.”
Las horas se hicieron eternas.
Dolor.
Miedo.
Llanto.
Doctores entrando y saliendo.
Y yo luchando con todas mis fuerzas por mi bebé.
Hasta que escuché algo.
Un llanto pequeño.
Débil.
Pero vivo.
Y en ese momento…
yo también me puse a llorar.