La Flor de los Veraldi
Clara, una dulce florista, se enamora de Alessio Veraldi, un mafioso de ojos verde olivo. Su relación es acechada por Maximiliano, el patriarca de la familia, quien desprecia el origen de Clara y cuenta con la complicidad silenciosa de Bianca, la gemela de ojos grises de Alessio.
Al descubrir que Clara está embarazada, Maximiliano la obliga a desaparecer bajo una identidad falsa a cambio de dinero. Años después, la frágil joven se ha transformado en una loba implacable: una madre poderosa que ha criado a su hijo en las sombras, lista para volver y enfrentar el imperio que intentó destruirla.
NovelToon tiene autorización de Uma campo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
VII- resaca, remordimiento y… ¿un pico naranja?
Alessio:
Necesitaba sacarme ese veneno del sistema. La imagen de Clara, de su piel bronceada y esa curva pecaminosa de sus caderas, estaba grabada a fuego en mi retina, burlándose de mi falta de autocontrol. Agarré el teléfono con una violencia contenida y marqué el número de la mujer que solía usar para estos casos: una profesional que no hacía preguntas y que sabía exactamente cómo apagar incendios.
—Ven ahora mismo. A la oficina de la finca —ordené, sin esperar respuesta.
Cuando llegó, apenas cuarenta minutos después, ni siquiera la saludé. Tenía la mandíbula tan apretada que me dolía. La hice pasar y cerré la puerta con llave. Ella intentó decir algo, una frase de cortesía que corté en seco cuando la agarré por la nuca y la estampé contra el borde de mi escritorio de roble. No quería conversación. No quería su nombre. Quería borrar el rastro de Clara de mi mente.
Las siguientes dos horas fueron un ejercicio de brutalidad y desesperación.
La desnudé con movimientos bruscos, ignorando la elegancia de su lencería negra, y la obligué a ponerse de rodillas. Necesitaba dominar, necesitaba sentir que todavía era el dueño de mis impulsos. Me bajé los pantalones y, sin preámbulos, la obligué a tomarme. Mi erección palpitaba con una fuerza que me resultaba humillante, y el contacto de su boca caliente fue el primer alivio en una mañana de tortura. Pero no fue suficiente.
La giré y la tumbé sobre la mesa, apartando papeles y carpetas con un brazo. Entré en ella de una sola estocada, sin delicadeza, buscando ese impacto seco que hiciera callar las voces en mi cabeza. Cada embestida era un intento de castigarme a mí mismo por haber deseado a la "ratoncita". Gemía, pero no era el nombre de la mujer que tenía debajo el que quería gritar.
Pasó la primera hora en una neblina de sudor y jadeos roncos. La moví por toda la oficina: contra el ventanal, donde el frío del cristal contrastaba con el fuego que me quemaba por dentro; sobre el sofá de cuero, donde mis dedos se hundían en su carne con una fuerza que dejaría marcas. Mis embestidas eran rítmicas, potentes, casi mecánicas. Me hundía en ella una y otra vez, buscando un clímax que se me escapaba porque mi mente seguía en la cabaña de al lado.
En la segunda hora, la fatiga empezó a mezclarse con la rabia. La puse de espaldas, obligándola a mirar el techo mientras yo la embestía con una furia renovada. Mis manos apretaban sus muslos, moviéndola a mi antojo, marcando un ritmo frenético que hacía que el escritorio crujiera bajo nuestro peso. Cada vez que cerraba los ojos, veía a Clara arqueándose bajo mi tacto en la cama, y eso me hacía arremeter con más fuerza, más profundo, buscando un vacío que no llegaba.
Finalmente, el orgasmo me golpeó con la violencia de un choque de trenes. Fue un estallido blanco que me dejó sin aliento, gruñendo contra su cuello mientras me vaciaba en ella con una intensidad que me hizo temblar.
Me aparté bruscamente, recuperando el aliento mientras me subía los pantalones. El silencio en el estudio era pesado, roto solo por la respiración agitada de la mujer que empezaba a recoger su ropa del suelo.
—Vete —dije, dándole la espalda y caminando hacia el ventanal.
Habían pasado dos horas. Estaba vacío físicamente, pero mientras observaba el jardín a través del cristal, vi a Clara caminando cerca de la jaula de los patos. El sentimiento viscoso seguía ahí, intacto. No importaba a cuántas mujeres follara; el "ratoncito" seguía siendo el único incendio que no podía apagar.
Observé cómo la mujer salía de mi despacho con pasos rápidos y la cabeza baja. No me sentía mejor. Físicamente, el nudo en mi entrepierna se había desatado, pero la presión en mi pecho seguía ahí, recordándome que había usado un parche barato para una herida profunda.
El olor de su perfume —algo empalagoso y artificial— flotaba en el aire cargado de la oficina, mezclándose con el olor a sexo y sudor. Me resultaba repulsivo. Fui directamente al baño privado de mi estudio y abrí el grifo del lavabo. Me lavé la cara con agua helada, dejando que las gotas resbalaran por mi cuello mientras me miraba en el espejo. Mis ojos estaban inyectados en sangre, cargados de una rabia que no lograba canalizar.
Necesitaba una ducha. Necesitaba borrar cualquier rastro de ese encuentro antes de enfrentarme a ella. Pero sobre todo, necesitaba que Clara Rossetti dejara de ser mi centro de gravedad.
Clara:
Habían pasado dos horas desde que Alessio salió de mi habitación dejándome con el corazón en la garganta y la dignidad por los suelos. Me había vestido con unos vaqueros y una camiseta sencilla, intentando recuperar mi centro mientras cuidaba a los patitos. Valentina se había ido a leer a la biblioteca, así que yo estaba sola en el jardín, sentada junto a la jaula, viendo cómo "Capo" intentaba subir al lomo de "Mini-Al".
De repente, lo vi.
Alessio caminaba desde la casa principal hacia la cabaña. Se había cambiado de ropa; ahora vestía un pantalón de lino oscuro y una camisa blanca impecable con los primeros botones desabrochados. Su cabello estaba ligeramente húmedo, como si acabara de ducharse. Se veía... letal.
Pero cuando pasó a unos metros de mí, el viento trajo algo que me hizo fruncir el ceño. No era su perfume habitual a madera y especias. Era algo más. Un rastro floral, dulce, casi sofocante, mezclado con un aroma metálico que mi instinto reconoció de inmediato.
Me puse de pie lentamente, con el puño cerrado sobre la malla de la jaula.
—Vaya, parece que el "dueño del mundo" ha estado muy ocupado —solté, sin poder contener el veneno en mi voz—. ¿Lograste apagar el fuego, Alessio? O simplemente fuiste a que alguien más te hiciera el trabajo sucio.
Él se detuvo en seco. No se giró de inmediato, pero vi cómo sus hombros se tensaban bajo la tela de la camisa. Cuando finalmente me miró, su expresión era de una frialdad absoluta, pero sus ojos... sus ojos ardían con un destello de culpa que intentó enterrar rápidamente tras una máscara de arrogancia.
—No sé de qué hablas, Rossetti —respondió con voz ronca, aunque no dio un paso hacia mí.
—Hueles a otra mujer —dije, dando un paso al frente, sintiendo una punzada de algo que se parecía peligrosamente a los celos, aunque me negaba a aceptarlo—. Hueles a desesperación. ¿Tan poco hombre eres que tuviste que ir a buscar a una profesional porque no pudiste manejar lo que pasó en mi habitación?
La mandíbula de Alessio se apretó tanto que creí que se rompería. El silencio que siguió fue denso, cargado de una electricidad que hacía que los vellos de mis brazos se erizaran. Los patitos dejaron de piar, como si sintieran que el aire estaba a punto de estallar.
Alessio soltó una carcajada seca, un sonido carente de cualquier rastro de humor que me heló la sangre. Se dio la vuelta despacio, con esa elegancia depredadora que ahora me resultaba repulsiva, y caminó hacia mí hasta que sus zapatos de cuero caro rozaron mis zapatillas desgastadas.
Su aroma habitual estaba ahí, pero esa capa de perfume floral barato y el olor a sexo ajeno eran como una bofetada en mi rostro.
—¿Desesperación, ratoncito? —preguntó, inclinando la cabeza con una sonrisa cínica que me hizo querer abofetearlo—. No, se llama mantenimiento. Fui a vaciarme en alguien que no me da problemas, alguien que abre las piernas sin soltar discursos sobre su preciada virtud.
Sentí un nudo de náuseas apretándome la garganta. Ver su camisa impecable y saber que hace menos de una hora estaba sobre otra mujer me hacía sentir sucia por el simple hecho de estar cerca de él.
—Eres un asco —susurré, con la voz temblando de rabia.
De repente, su mano salió disparada y rodeó mi nuca con una firmeza que no admitía réplica, obligándome a mirar hacia arriba. Sus ojos estaban inyectados en sangre, cargados de una furia asquerosa, una rabia contenida que parecía estar a punto de estallar.
—¿Quieres la verdad? ¿Quieres que te lo diga con todas las letras? —su voz bajó a un susurro rudo, cargado de veneno—. He pasado las últimas dos horas empotrando a una perra contra mi escritorio. La he usado de todas las formas posibles, la he tenido de rodillas, la he tenido gritando mi nombre... ¿y sabes qué es lo más jodido, Clara?
Me apretó la nuca con más fuerza, pegando su frente a la mía. Su aliento caliente golpeaba mis labios.
—Que la odiaba a cada segundo. Odiaba que no fuera tu piel la que estaba tocando. Odiaba que sus gritos no fueran los tuyos. ¡Maldita sea! —rugió, y por un momento vi la desesperación pura en sus pupilas—. Odiaba que esa perra no pudiera sacarte de mi cabeza ni por un puto segundo. Estaba dentro de ella y solo podía pensar en tus muslos, en tu maldito moño deshecho y en cómo te arqueaste en la cama.
Me quedé sin respiración. La confesión fue como un impacto físico. No había amor en sus palabras, solo una obsesión oscura, una necesidad violenta que lo estaba consumiendo tanto como a mí.
—Me das asco, Alessio —logré articular, aunque mi cuerpo traicionero vibraba ante su cercanía—. Me usas para tus juegos y luego vas a limpiarte con otra...
—No fui a limpiarme —me interrumpió, soltándome bruscamente como si yo lo quemara—. Fui a intentar borrarte. Y he fracasado. Así que no te sientas tan victoriosa, ratoncito. Porque si otras no pueden sacarte de mi cabeza, voy a tener que buscar la forma de que tú misma pagues por este incendio.
Se dio la vuelta, dejándome allí temblando, con el corazón martilleando contra mis costillas y el llanto de los catorce patitos como único sonido de fondo en aquel jardín que de repente se sentía como una celda de castigo.
(horas mas tarde)
La noche había caído sobre la finca con un silencio sepulcral, solo roto por el suave murmullo del viento entre los pinos y el piar ocasional de alguno de los patitos que se removía en su jaula. Valentina se había marchado hacía horas; el bar no cerraba y ella necesitaba ese escape de la atmósfera asfixiante de Alessio. Yo estaba sola, envuelta en una manta en el sofá, intentando leer un libro que no lograba procesar. Las palabras de Alessio en el jardín seguían quemándome la piel como ácido.
De repente, el pomo de la puerta giró con torpeza. El corazón se me subió a la boca. No podía ser Valentina, ella tenía su propia llave y siempre entraba con paso firme.
La puerta se abrió de golpe, golpeando la pared. Alessio estaba allí, pero no era el hombre de mármol y acero de la mañana. Su camisa estaba desabrochada hasta la mitad, el cabello revuelto y sus ojos... sus ojos estaban vidriosos, nublados por el alcohol. Se tambaleó un poco, apoyándose en el marco de la puerta.
—Ratoncito... —arrastró la palabra, su voz cargada de un tono que nunca le había escuchado. No era autoritario. Era... ¿vulnerable?
No respondí. Me mantuve rígida en el sofá, cerrando el libro con fuerza y mirándolo con una frialdad que esperaba que fuera suficiente para alejarlo. Me daba asco recordar el olor a otra mujer que emanaba de él hacía apenas unas horas.
Él avanzó hacia mí con pasos erráticos. Se detuvo frente a la mesa de centro y me miró con un puchero infantil, un gesto tan ajeno a su rostro de criminal que me descolocó por completo. Sus cejas estaban arqueadas hacia arriba y sus labios formaban un mojin desesperado, como un niño que ha perdido su juguete favorito y no entiende por qué el mundo es tan cruel.
—¿Por qué... por qué me miras así? —preguntó, ladeando la cabeza. Intentó acercarse, pero tropezó con la esquina de la alfombra y tuvo que sujetarse del respaldo de un sillón—. Te he traído patos, Clara. Muchos patos. Color canela. Como tú.
—Vete a dormir, Alessio. Estás borracho —dije con voz cortante, manteniendo la distancia.
—No quiero dormir —protestó, y de repente se dejó caer de rodillas en la alfombra, justo a mis pies. Apoyó la cabeza en mis rodillas, buscando mi contacto con una urgencia que me revolvió el estómago—. No quiero dormir porque cuando cierro los ojos estás tú. Y cuando los abro... estás enfadada.
Sentí sus manos, calientes por la fiebre del alcohol, rodeando mis tobillos. Me tensé, intentando apartar las piernas, pero él se aferró más, hundiendo la cara en la manta que me cubría.
—Mírame, ratoncito... Solo mírame —murmuró contra mi regazo, su voz rompiéndose—. La otra... la otra no sabía a ti. Nada sabe a ti. Perdóname por ser un asco... pero mírame.
Era patético. Era una táctica manipuladora o era la verdad desnuda de un hombre que se estaba rompiendo por su propia obsesión. Pero yo no podía olvidar. No podía borrar la imagen de él buscando en otra carne lo que yo no le daba. Me quedé allí, de piedra, viendo cómo el gran Alessio lloriqueaba como un infante a mis pies, rogando por una atención que yo no estaba dispuesta a regalarle.
Me quedé de piedra, con las manos aferradas al libro como si fuera un escudo, mientras sentía el peso de su cabeza sobre mis rodillas. Alessio, el hombre que hacía temblar a la región con una mirada, estaba allí reducido a un ovillo de contradicciones y alcohol. Su respiración era pesada, caliente, atravesando la tela de mi manta.
—Es una mierda, Clara —balbuceó, y sentí cómo sus dedos se cerraban con más fuerza alrededor de mis tobillos, como si tuviera miedo de que yo me desvaneciera—. Todo es una puta mierda.
No dije nada. Mi silencio era mi única arma, pero él parecía no necesitar mis palabras para seguir desmoronándose.
—He pasado toda mi vida construyendo muros. Paredes de cemento, de sangre, de dinero... para que nadie pudiera tocarme. Y llegas tú —soltó una risa amarga, ahogada contra mis piernas—. Llegas tú con tu resaca, tus insultos y tus malditos patitos, y haces que todo se sienta... raro. Asqueroso.
Levantó la cabeza lentamente, y lo que vi en su rostro me detuvo el corazón. No había rastro del depredador. Sus ojos estaban rojos, desenfocados, y ese mojin infantil seguía ahí, transformándose en una expresión de pura agonía.
—Siento algo aquí —se golpeó el pecho con un puño cerrado, un gesto torpe que lo hizo tambalearse—. Es como si me estuvieran arrancando la piel por dentro. Te veo reír en el jardín con esas aves y quiero quemar el mundo, pero también quiero... quiero que me mires así a mí. Solo a mí.
—Estás borracho, Alessio. No sabes lo que dices —susurré, intentando apartar la mirada de la vulnerabilidad cruda de sus ojos.
—Sé perfectamente lo que digo —me interrumpió, su voz subiendo de tono, cargada de una desesperación que me erizó el vello—. Soy un monstruo, Clara. He hecho cosas que te harían vomitar. Soy la peor clase de escoria que podrías conocer... y por alguna maldita razón que no entiendo, solo te quiero a ti. A ninguna otra. Lo intenté hoy, ¿sabes? Intenté borrarte con esa mujer, busqué que su piel me hiciera olvidarte, pero solo sentía asco. Asco de ella, asco de mí... y hambre de ti.
Se inclinó más hacia adelante, invadiendo mi espacio con su aliento a whisky, buscando mi atención con una urgencia que me asustaba porque empezaba a resultarme... contagiosa.
—Dime qué me has hecho, ratoncito —suplicó, y una lágrima solitaria, fruto de la ebriedad o de algo mucho más profundo, rodó por su mejilla—. Dime cómo hago para que dejes de dolerme tanto.
Me quedé sin aire. Ver al gran Alessio desarmado, admitiendo que yo era su veneno y su medicina a la vez, hizo que mi muro de hielo empezara a agrietarse. Quería odiarlo, quería recordarle cada segundo lo que me había hecho, pero verlo así... tan pequeño a pesar de su tamaño, tan perdido en su propia oscuridad, me hacía sentir una punzada de algo que no quería admitir.
El silencio de la cabaña se volvió espeso, cargado de una melancolía que me apretaba el pecho. Miré a ese hombre, al temido Alessio, reducido a un manojo de culpas y alcohol sobre mi alfombra, y sentí que mi odio se resbalaba entre mis dedos como arena fina. No podía evitarlo. Verlo así, con esa expresión perdida, me desarmaba.
Extendí la mano lentamente, con los dedos temblando un poco, y toqué su cabello oscuro. Estaba suave, todavía un poco húmedo, y él soltó un suspiro entrecortado al sentir mi contacto, cerrando los ojos como si mi caricia fuera el único ancla en su tormenta.
—Alessio... —susurré, bajando la voz hasta que apenas fue un soplo—. ¿Quieres algo?
Él levantó la vista, y ese mojin infantil regresó a su rostro con una fuerza desgarradora. Sus labios temblaron un poco y me miró con una devoción tan pura que me asustó. Parecía un niño pequeño buscando consuelo tras una pesadilla.
—Quiero un beso —respondió, con una voz tan suave y despojada de malicia que no reconocí al monstruo de la tarde—. Por favor, ratoncito. Solo un beso.
Sentí un vuelco en el estómago. Sabía que debía echarlo, sabía que debía recordarle a la mujer que había tenido en su oficina, pero su mirada me estaba quemando viva. Suspiré, rindiéndome a esa extraña ternura que me invadía.
—Un beso nada más —sentencié, tratando de sonar firme a pesar de que el corazón me galopaba en los oídos—. Uno solo, Alessio. Y más te vale que después de eso cierres los ojos y te duermas. ¿Entendido?
Él asintió frenéticamente, sin apartar sus ojos vidriosos de los míos.
Me incliné hacia delante, acortando la distancia mientras su aliento a whisky se mezclaba con el mío. Tomé su rostro entre mis manos, sintiendo la aspereza de su barba de un día, y posé mis labios sobre los suyos. Fue un beso casto, suave, casi una caricia de seda. Pero a diferencia de la agresividad de la mañana, este beso sabía a rendición. Sabía a perdón y a una promesa silenciosa que ninguno de los dos se atrevía a poner en palabras.
Alessio soltó un quejido bajo, un sonido de alivio profundo, y se pegó a mis labios como si fueran su único oxígeno, aunque cumplió su palabra y no intentó ir más allá. Se quedó allí, suspendido en ese roce, mientras yo seguía acariciando su sien, preguntándome en qué momento exacto el cazador se había convertido en mi presa más frágil.
Después de ese beso, Alessio parecía haber agotado sus últimas reservas de energía. Su cabeza volvió a caer pesadamente sobre mis rodillas y sus párpados se cerraron, aunque sus dedos seguían aferrados a mi pijama como si temiera que, al soltarme, caería de nuevo en ese pozo de oscuridad y alcohol.
—Vamos, Alessio. Arriba —susurré, dejando el libro a un lado.
Me costó una eternidad ponerlo en pie. Era puro músculo y peso muerto, pero extrañamente dócil. Se dejaba guiar como un niño grande, tambaleándose mientras pasaba su brazo por mis hombros. Lo llevé hasta mi cama y, con un esfuerzo que me dejó sin aliento, logré que se desplomara sobre el colchón.
Se quedó allí, bocarriba, con la camisa abierta y esa expresión de paz que solo el alcohol —o una tregua inesperada— podía darle. Intenté soltarme para irme al sofá, pero su mano atrapó mi muñeca con una fuerza sorprendente para alguien que estaba medio inconsciente.
—No te vayas... por favor, ratoncito —murmuró sin abrir los ojos.
Suspiré, sintiendo una mezcla de derrota y una ternura que me asustaba. Solo por esta noche, me dije. Solo porque está ebrio y porque, en el fondo, yo tampoco quería estar sola con mis pensamientos. Me descalcé y me acosté a su lado, manteniendo una distancia prudencial, pero él se giró de inmediato, buscando mi calor hasta que hundió su rostro en el hueco de mi cuello. Su respiración se volvió rítmica y profunda casi al instante. Me quedé mirando el techo, sintiendo el latido de su corazón contra mi brazo, hasta que el cansancio me venció.
Valentina:
Llegué a la cabaña cuando el cielo empezaba a teñirse de un gris azulado, ese momento muerto de la madrugada donde los secretos pesan más. Tenía los pies destrozados por el turno en el bar y el olor a tabaco pegado al pelo. Solo quería una ducha y morir en mi cama.
Entré en la cabaña en silencio, arrastrando los pies. Fui directa a la habitación que compartía con Clara para ver si estaba bien; después de lo que Alessio le había dicho en el jardín, me preocupaba que hubiera pasado la noche llorando.
Abrí la puerta con cuidado, pero lo que vi hizo que el mundo se detuviera.