El amor entra por el estómago y los ojos
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20
La mañana en "Dulce Encuentro" comenzó con el aroma reconfortante del café recién colado y el sonido de las bandejas metálicas chocando, pero la calma se rompió con el timbre del teléfono. Jazmín, que tenía los dedos manchados de harina, se limpió rápidamente en el delantal y contestó.
—Buenos días, Dulce Encuentro —dijo con su habitual tono amable.
—Buenos días, señorita. Quisiera hablar con la dueña —respondió una voz al otro lado.
Jazmín se quedó paralizada. No era una voz común; era una voz profunda, ronca, con una vibración tan baja y masculina que parecía sacada de una línea erótica de medianoche. Era una voz que no pedía, sino que ordenaba con una cortesía peligrosa. Jazmín sintió un calor repentino subirle por el cuello y tuvo que abanicarse la cara con la mano libre. Esa voz era todo menos calma.
—Sí... claro, permítame —logró articular, alejando el auricular como si quemara—. ¡Mirna! Te llaman.
—¿A mí? —preguntó Mirna desde la vitrina, extrañada.
—Ujum —asintió Jazmín, pasándole el teléfono con los ojos muy abiertos.
Mirna tomó el aparato con desparpajo, pero en cuanto escuchó el primer "bueno" del otro lado, su actitud de mujer de mundo se desmoronó.
—Buenos días, ¿usted es la dueña? —preguntó la voz.
Mirna sintió que las piernas se le aflojaban, como si sus rodillas hubieran decidido tomarse unas vacaciones. Se apoyó contra el mostrador, apretando el auricular con fuerza, tratando de recuperar el aliento que esa voz de hot line le había robado en un segundo.
—Sí... dígame —respondió Mirna, haciendo un esfuerzo sobrehumano para que no le temblara el tono.
—El día de ayer visité su establecimiento —continuó el hombre, y Mirna juraría que podía sentir el calor de su aliento a través del teléfono— y me preguntaba si sería posible que el día de hoy nos diera un servicio privado.
Mirna, en un estado de trance sensorial, tapó el micrófono con la mano y miró a Jazmín. Sus ojos brillaban con una mezcla de pánico y excitación. En un susurro desesperado, le transmitió la propuesta a su amiga.
Jazmín, manteniendo la cabeza más fría (aunque por poco), le hizo señas frenéticas.
—Dile que sí, pero... dile que tiene un costo extra por ser de inmediato y que necesitamos la lista de todo lo que quiere —susurró Jazmín.
Mirna asintió y volvió al teléfono, tratando de sonar como una empresaria seria y no como una mujer que estaba a punto de derretirse en el suelo de su propia cafetería.
—Podemos hacerlo, caballero, pero los servicios privados fuera de horario tienen un costo adicional. Necesitaría que me diera la lista de los productos que requiere para ver si tenemos todo en inventario.
—No se preocupe por el costo, el dinero no es un problema —respondió el hombre con una seguridad que hizo que Mirna se mordiera el labio—. Tome nota: necesito doce bizcochos de frambuesa, dos docenas de macarrones de colores variados, una tarta de chocolate amargo y... —el hombre hizo una pausa que pareció eterna— muchos besos de cereza. Mi bomboncito no acepta menos.
En ese preciso instante, el cerebro de Mirna finalmente ató cabos. Esa referencia al "bomboncito", ese tono de mando envuelto en terciopelo... era él. Era su "sexy de lentes oscuros", el guardaespaldas —o lo que fuera— que acompañaba al mastodonte de ojos azules. El hombre que la había hecho fantasear con delantales y barras de frío el día anterior estaba del otro lado de la línea, pidiendo un servicio privado.
Mirna miró a Jazmín con una cara que era un poema de pura victoria y terror.
—Es él, Jaz —articuló sin sonido, moviendo solo los labios—. Es el de los lentes.
Jazmín palideció. Si el de los lentes estaba llamando para un servicio privado, significaba que tendrían que ir a donde ellos estuvieran. Significaba entrar en la guarida de los lobos.
—¿Señorita? ¿Sigue ahí? —preguntó Igor al teléfono, con un matiz de diversión en la voz, como si supiera perfectamente el efecto que estaba causando.
—Sí, aquí estoy —balbuceó Mirna—. Tomé nota de todo. ¿A qué dirección debemos enviar el pedido?
—No lo enviarán —sentenció Igor—. Yo mismo pasaré por ustedes en veinte minutos. Estén listas.
Colgó sin esperar respuesta. Mirna bajó el teléfono lentamente, mirando a Jazmín como quien acaba de recibir una invitación al cielo... o al mismísimo infierno.