1 - El Juego Prohibido de los Rivales:
En el mundo de los Sterling y los Vane, el amor no es un sentimiento; es una debilidad que se paga con herencias, prestigio y sangre.
2 - El Juego Mortal de los Rivales:
Cuando las piezas de ajedrez están bañadas en sangre, ganar la partida significa perder el alma ante el enemigo.
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Cenizas de Alta Sociedad II
El mensaje que acompañaba a la foto era breve y conciso: *"Nada es gratis en este mundo, hijo. El precio de vuestra rebelión es la vida de la única persona que todavía te importa. Mañana a mediodía, en el antiguo puerto de Nassau. Venid solos."*
Alistair golpeó la mesa con el puño, haciendo que el ordenador saltara. Su rabia era algo físico, una marea negra que amenazaba con inundar la cabaña.
—¡Maldito sea! —gritó—. ¡Sabía que haría algo así! Es capaz de sacrificar a su propia hija para proteger su dinero.
Me acerqué a él, poniendo una mano en su hombro. —Alistair, tenemos que ir. No podemos dejarla morir.
—Si vamos, nos matarán a los tres, Elena. Mi padre no deja cabos sueltos. Una vez que tenga los códigos, nos eliminará y dirá que fue el grupo terrorista. Tendrá el dinero y será un mártir.
—No si tenemos un plan. No si usamos la información que acabamos de extraer.
Alistair me miró, y vi la desesperación en sus ojos. El hombre que siempre tenía el control, el arquitecto de nuestra fuga, estaba roto.
—¿Qué plan, Elena? Estamos solos contra dos de las familias más poderosas del planeta.
—No estamos solos —dije, señalando el ordenador—. Tenemos la verdad. Y en un mundo construido sobre mentiras, la verdad es la bomba más potente.
Pasamos el resto de la noche trabajando. No para destruir sus imperios, sino para crear un seguro de vida para Sofía. Alistair programó un servidor para que, si no introducía una clave cada hora, toda la información de los chips se enviara automáticamente a las diez agencias de noticias más importantes del mundo, al FBI y a la Interpol.
—Es un "interruptor de hombre muerto" —explicó—. Si nos tocan, el mundo entero verá lo que son.
Pero mientras nos preparábamos para salir al amanecer, una duda me asaltaba. Sabía que mi madre y Arthur Vane no se rendirían fácilmente. Sabía que, incluso con este seguro, el riesgo era inmenso.
Salimos de la cabaña cuando el cielo empezaba a teñirse de un gris metálico. El aire era pesado, cargado de la humedad previa a una tormenta tropical. Caminamos hacia el pequeño muelle donde Alistair tenía oculta una lancha motora.
Antes de subir, me detuve y miré hacia atrás, hacia la pequeña casa que nos había servido de refugio.
—Alistair —le dije, tomándolo del brazo—. Si algo sale mal... si no salimos de esta...
Él me tomó la cara con ambas manos. Sus ojos ya no estaban fríos. Había una intensidad en ellos que me hizo entender que, a pesar de todo el odio y la rivalidad, habíamos encontrado algo real entre los escombros de nuestras vidas.
—No va a salir mal, Elena. Porque ya no somos las víctimas de esta historia. Somos los verdugos.
Subimos a la lancha. El motor rugió, rompiendo el silencio del amanecer. Mientras nos alejábamos de la costa, vi cómo el sol empezaba a asomar por el horizonte, iluminando las cenizas de nuestra antigua vida.
Nuestros apellidos ya no significaban nada. Éramos solo dos personas luchando por la justicia en un mundo que la había olvidado. Pero mientras sentía el viento en mi rostro, recordé las palabras de mi padre sobre el precio de las cosas.
Tenía razón. Nada es gratis. El precio de nuestra libertad sería la destrucción total de todo lo que una vez llamamos hogar. Y estaba dispuesta a pagarlo.
El viaje hacia Nassau fue un trayecto silencioso por un mar picado. Las nubes negras se acumulaban en el horizonte, reflejando el estado de nuestras almas. Alistair revisaba su arma una y otra vez, un gesto mecánico que delataba su nerviosismo.
Yo miraba mis manos. Ya no eran las manos de una heredera que solo se preocupaba por la manicura perfecta. Estaban raspadas, sucias, y en una de ellas llevaba la marca de la traición hacia mi propia madre.
—Llegamos —dijo Alistair, reduciendo la velocidad al entrar en las aguas estancadas del antiguo puerto comercial.
El lugar estaba desierto. Almacenes oxidados, grúas que parecían esqueletos de gigantes y el olor a gasóleo y pescado podrido. En el centro del muelle principal, un sedán negro esperaba con los cristales tintados.
Alistair apagó el motor de la lancha y dejamos que la inercia nos acercara al muelle. Saltamos a tierra, sintiendo el hormigón bajo nuestros pies como una sentencia.
La puerta del sedán se abrió. Pero no salió Arthur Vane. Salió mi madre.
Llevaba un traje de sastre blanco, impecable, que contrastaba violentamente con la decadencia del entorno. En su mano, sostenía un iPad. Detrás de ella, cuatro hombres armados se posicionaron en abanico, apuntándonos con rifles de asalto.
—Habéis sido unos niños muy malos —dijo ella, con una voz que sonaba casi aburrida—. Pero todo esto termina hoy.
Miré a mi alrededor, buscando a Sofía. No la veía.
—¿Dónde está la hermana de Alistair? —exigí saber, dando un paso adelante.
Mi madre sonrió, una expresión que no llegó a sus ojos vacíos.
—Sofía está a salvo, Elena. Siempre lo estuvo. La foto fue un montaje necesario para que salierais de vuestra madriguera. Arthur es un poco... dramático, pero yo prefiero la eficiencia.
Alistair se tensó a mi lado, sus nudillos blancos por la presión sobre el arma que aún no había levantado.
—¿Un montaje? —su voz era un trueno contenido—. ¿Has torturado psicológicamente a tu propio hijo para conseguir unos códigos?
—No te confundas, Alistair. Yo no soy tu madre. Soy la socia de tu padre. Y como socia, mi deber es asegurar el retorno de la inversión. Ahora, entregad los chips o los códigos. No me obliguéis a que mis hombres busquen entre vuestros restos.
Alistair me miró. Yo le devolví la mirada. El plan estaba en marcha.
—No vamos a entregarte nada, Lillian —dije, sintiendo una extraña calma—. Porque si nos matas, o si no recibimos una señal de vida confirmada de Sofía en los próximos cinco minutos, cada secreto de los Sterling y los Vane será de dominio público.
Mi madre soltó una carcajada seca. —Ese truco es viejo, Elena. Vuestro servidor ya ha sido interceptado. Mi equipo de seguridad informática lo localizó hace dos horas.
El pánico empezó a filtrarse en mi seguridad. Miré a Alistair. Él estaba pálido.
—¿Alistair? —susurré.
Él no respondió. Miraba a mi madre con una expresión de horror que me heló la sangre.
—Lo siento, Elena —dijo él, su voz apenas un hilo—. Ella tiene razón. Han bloqueado la señal satelital de la isla. El servidor no puede enviar nada.
En ese momento, comprendí la magnitud de nuestra derrota. Habíamos subestimado a los monstruos que nos criaron. Habíamos pensado que podíamos jugar su juego, pero ellos eran los que habían inventado las reglas.
Mi madre hizo una señal con la mano. Los guardias se acercaron.
—Como dije antes —repitió ella, ajustándose un guante de seda—, nada es gratis.