Premisa: Él es un hombre de negocios muy exitoso pero solitario, que necesita una pareja para cumplir con las expectativas familiares y cerrar un trato importante. Le propone a ella, una chica creativa y libre, fingir que sean esposos por un año a cambio de resolverle todos sus problemas económicos.
El problema: Las reglas eran claras: "prohibido enamorarse". Pero cuanto más fingen, más real se siente.
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Capítulo 6: Todo ya estaba escrito
Al otro día me levanté con el corazón acelerado, como si algo dentro de mí supiera que nada iba a ser igual. Me arreglé con lo que tenía, mis mismos chorros, mi blusa sencilla… ni por la cabeza me pasaba lo que iba a pasar.
Llegué al mismo lugar donde habíamos quedado. Estaba nerviosa, mirando pa’ todos lados.
—Virgencita… acompáñeme —susurré.
A los pocos minutos, llegó él. El carro se parqueó frente a mí.
—Súbase —me dijo.
Abrí la puerta de atrás, pero él de una:
—No, no… adelante, al copiloto.
—Ah… bueno —dije, nerviosa, y me subí.
—Buenos días —me dijo.
—Buenos días…
Arrancó y el silencio se volvió incómodo. Yo miraba por la ventana sin saber qué decir.
—¿Todo bien? —preguntó.
—Sí… ahí —respondí.
—Tranquila, todo va a salir bien.
No pregunté más. Algo me decía que él ya tenía todo claro.
Llegamos a un edificio elegante. Bajé despacio.
—Venga —me dijo.
Entramos, subimos y cuando llegamos a la oficina… me quedé fría.
Había un juez.
—¿Cómo así? —pregunté de una—. ¿Eso qué es?
Él me miró tranquilo, como si nada.
—Ya todo está listo.
Sentí que el mundo se me detuvo.
—¿Cómo así que listo?
—Desde el principio —dijo—. Solo ajusté unas cositas cuando usted aceptó.
—¿Qué? —dije casi en shock—. O sea… ¿usted ya tenía todo planeado?
—Sí.
Me quedé callada, mirando todo.
—Pero… yo pensé que íbamos a hablar primero… —dije—. Yo ni siquiera vine preparada… míreme…
—No importa —respondió—. Esto es un contrato.
Sentí ganas de salir corriendo… pero también pensé en mi familia.
—Bueno… ya qué —murmuré.
Nos sentamos frente al juez. Él empezó a leer el documento.
Era el contrato.
“Contrato de matrimonio temporal.”
Escuchaba cada palabra como si no fuera real.
—En la ciudad de Armenia, a los 12 días del mes de marzo del año 2025 —leyó.
Miré a Benjamín. Él estaba serio.
—Comparecen la señorita Katherine Guevara y el señor Benjamín Villanueva… quienes acuerdan celebrar este contrato de matrimonio temporal…
Tragué saliva.
—Primera: Objeto. Este contrato tiene como finalidad establecer un acuerdo de convivencia y unión por un periodo de un año…
Un año.
—Segunda: Duración. Iniciando el 12 de marzo de 2025 y finalizando el 12 de marzo de 2025
Sentí que todo era demasiado rápido.
—Tercera: Acuerdos generales. Mantener respeto mutuo, apoyarse emocionalmente dentro de lo posible y cumplir con las responsabilidades acordadas…
Eso sonaba… bonito.
—Cuarta: Convivencia y responsabilidades. Serán acordadas internamente entre ambas partes…
—Quinta: Finalización. Al cumplirse el plazo, el contrato quedará terminado automáticamente…
Respiré profundo.
—Sexta: Disposiciones generales. Este contrato es voluntario y simbólico…
—Séptima: Reglas… —continuó.
Ahí fue cuando sentí algo en el pecho.
—Prohibido enamorarse.
Bajé la mirada.
—Prohibido buscar pareja fuera de este contrato.
—Prohibido hacer escenas de celos o posesividad.
—¿Está de acuerdo? —preguntó el juez.
Miré a Benjamín.
Él seguro, firme.
Yo… temblando.
Pero pensé en todo.
—Sí… estoy de acuerdo.
—¿Y usted, señor Villanueva?
—Sí.
El juez asintió.
—Procedan a firmar.
Me pasó el papel.
Mi mano temblaba demasiado.
—Tranquila —me dijo él en voz baja.
Respiré hondo.
—Que sea lo que Dios quiera…
Y firmé: Katherine Guevara.
Él firmó después: Benjamín Villanueva.
Luego pasaron los testigos. Una mujer llamada Laura Marcela Rojas… y un hombre, Andrés Felipe López. Ellos también firmaron.
El juez sonrió.
—Ahora procederemos con la unión civil.
Me paré sin saber ni cómo.
—Benjamín Villanueva, ¿acepta usted a Katherine Guevara como su esposa bajo los términos establecidos?
—Sí, acepto.
Sentí algo en el pecho.
—Katherine Guevara, ¿acepta usted a Benjamín Villanueva como su esposo?
Respiré profundo.
—Sí… acepto.
—Entonces, por la ley, quedan oficialmente casados.
Silencio.
Todo pasó demasiado rápido.
Firmamos el acta final.
—Felicidades —dijo el juez.
Yo ni sabía qué sentir.
Salimos de la oficina.
Me quedé quieta.
—¿Ya? —pregunté.
—Ya —respondió él.
Solté una risa nerviosa.
—No puede ser… me casé… así como andaba…
Él me miró.
—Eso no cambia nada.
Lo miré de vuelta.
—Lo cambia todo.
Y en ese momento lo entendí…
Yo no sabía que todo ya estaba planeado.
Pero ya era tarde.
Porque ya no había vuelta atrás.
Y mi vida… acababa de dar el giro más grande de todos