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La Mujer Sin Rostro

La Mujer Sin Rostro

Status: En proceso
Genre:Reencarnación(época moderna) / CEO / Posesivo
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: Jesse25

Hay amores para toda la vida y todas las vidas que sigan.

NovelToon tiene autorización de Jesse25 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

7

Acto I: La Pieza

Capítulo 7: Berlín

El avión despegó un viernes a las siete de la mañana con el cielo de Madrid todavía oscuro y yo pegada a la ventanilla como una niña que ve el mar por primera vez.

No había dormido. No había podido.

El billete seguía en mi bolso, doblado y desdoblado tantas veces que el papel empezaba a romperse por los bordes. Cada vez que lo miraba, volvía a preguntarme lo mismo: ¿cómo lo sabía? ¿Por qué lo hizo? ¿Qué esperaba a cambio?

No encontraba respuestas. Solo una incomodidad que crecía en el estómago cada vez que pensaba en sus ojos.

Berlín, un cielo gris plomo y una temperatura que en Madrid llamarían "invierno nuclear". Mi tía Lucía me esperaba en la salida de llegadas con un abrigo largo, una bufanda hasta las orejas y una sonrisa que le partía la cara.

—¡Mi niña!

Nos abrazamos. Olía a tabaco y a perfume caro, como siempre.

—¿Has dormido en el avión?

—No.

—Pues hoy no paramos. La ciudad no espera.

—Tía, he venido a trabajar...

—Y trabajarás. Pero en Berlín se trabaja mejor con un café en la mano y un kebab de fondo. Vamos.

El piso de Lucía estaba en Neukölln, en un edificio antiguo con olor a curry y a humedad berlinesa. Cuatro pisos sin ascensor, escaleras de madera que crujían con cada paso, y un estudio diminuto en la última planta con vistas a un patio lleno de bicicletas abandonadas.

—Es pequeño —dijo mientras abría la puerta—, pero es mío.

—Es perfecto.

Y lo era. Paredes blancas, estanterías llenas de libros, un sofá cama donde dormiría yo, y una cocina tan minúscula que parecía un chiste. En la única ventana, una planta mustia luchaba por sobrevivir.

—¿Has comido?

—En el avión.

—Eso no es comer. Voy a hacer pasta. Tú dúchate y cuéntame.

Mientras el agua caliente rescataba mis músculos del viaje, pensé en lo lejos que estaba todo. Madrid, la oficina, la mesa con la silla manchada, el ascensor. Y él.

—Para —me dije—. No pienses.

Pero pensar es gratis y el cerebro no obedece.

Mi tía Lucía hizo pasta con algo que llamaba "salsa secreta" y que cambiaba cada vez que la preparaba. Comimos en la mesa del estudio, con las piernas encogidas porque no cabían de otra forma.

—Cuéntame de la galería —dije.

—Mañana. Primero cuéntame de ti.

—No hay mucho que contar.

—¿Sigues en esa empresa?

—Sí.

—¿Y qué tal?

—Bien. Normal. Gano dinero.

—Pero no eres feliz.

—No vine a Berlín a ser feliz. Vine a por una oportunidad.

Lucía me miró por encima del tenedor. Tenía los mismos ojos que mi madre, pero en ella parecían más jóvenes, más vivos.

—Hay algo que no me dices —afirmó.

—No hay nada.

—Mientes fatal, sobrina. Siempre lo has hecho. Cuando eras pequeña y decías que no habías cogido galletas, se te notaba en la cara.

—Pues ya no tengo galletas.

—Pero tienes algo.

Dejé el tenedor. La pasta se enfriaba en el plato.

—Hay un hombre.

—Ah.

—En la empresa. Es... mi jefe.

—¿El tal Moncada?

—Sí.

—¿Y?

—Y no sé. Me mira raro. Me hace cosas raras.

—¿Qué tipo de cosas?

—Aparece. Siempre aparece. En el ascensor, en la máquina de café, en mi mesa. Me invitó a comer. Me dijo que le gustaba mi nombre.

—¿Y?

—Y sabe cosas de mí que no debería saber.

—¿Cómo qué?

—Lo de Berlín. No le dije que venía. Nadie en la empresa lo sabía, solo tú y Laura. Y de repente, un día antes del viaje, apareció un billete en mi mesa. Pagado por la empresa, según dijo.

Mi tía Lucía dejó el tenedor. Ahora sí que tenía toda su atención.

—¿Y cómo lo consiguió?

—Dice que la empresa tiene convenios. Que fue una gestión.

—¿Tú te lo crees?

—No.

—Entonces.

—Entonces no sé qué pensar. Puede que sea casualidad. Puede que Sergio, su asistente, haya hablado con alguien. Puede que sea un acosador.

—¿Crees que lo es?

—No lo sé. No parece. No es... no es desagradable. No se ha pasado. Pero...

—Pero algo no encaja.

—Eso.

Mi tía se levantó, fue a la cocina y volvió con una botella de vino blanco y dos copas. Llenó las dos hasta arriba.

—Bebe.

—Es vino.

—Y qué. Estás en Berlín. Bebe.

Bebí. El vino estaba caliente y ácido y exactamente lo que necesitaba.

—Mira, Irene —dijo Lucía—. Los hombres poderosos son una raza aparte. Crecen creyendo que pueden tenerlo todo, que todo se compra, que todo se negocia. Si este tío se ha fijado en ti, puede ser porque quiere algo. Y ese algo puede ser bueno o malo.

—¿Y cómo lo distingo?

—No lo sabes hasta que es demasiado tarde. Pero hay una regla: si te hace sentir pequeña, huye. Si te hace sentir grande, quédate. Al menos un rato.

Al día siguiente, la galería.

Se llamaba "Raum" y estaba en una calle estrecha de Mitte, entre una tienda de discos y un local okupa convertido en centro cultural. La fachada era blanca, limpia, sin letrero. Solo un número y un timbre.

La dueña se llamaba Helga y tenía sesenta años, el pelo corto teñido de magenta y una mirada que evaluaba todo en menos de un segundo.

—Así que tú eres Irene —dijo en un español con acento alemán, marcado pero perfectamente comprensible—. Lucía me habló mucho de ti.

—Ella también de usted.

—Pasa. Enséñame.

La galería era pequeña pero luminosa. Paredes blancas, suelo de madera, luz natural entrando por un tragaluz. Vacía, por ahora.

—Aquí expondrías —dijo Helga—. Si todo sale bien.

Saqué las fotografías de mi obra. Las que Lucía le había mandado, y otras nuevas que traje por si acaso.

Helga las miró en silencio. Una por una. Deteniéndose en cada detalle.

—Tienes algo —dijo al fin—. No sé qué es. Pero algo.

—¿El qué?

—La forma en que tratas el cuerpo. No es solo técnica. Es... intimidad. Como si conocieras a esa mujer mejor que a ti misma.

—Es un cuerpo de mujer y soy mujer, debe ser solo eso -No podía confesar que era el mío.

Helga levantó la vista.

—¿Y por qué nunca el rostro?

La pregunta que siempre volvía.

—Porque no sé quién es —respondí—. Porque cuando miro la cara, no sé qué poner. El cuerpo no miente. El cuerpo es verdad. La cara es una máscara.

Helga asintió lentamente. Luego guardó las fotografías en una carpeta.

—Quiero exponerte. En octubre. Ocho piezas. Las que tú elijas.

El mundo se detuvo.

—¿En octubre?

—Sí. Tendrás que trabajar, pero tienes tiempo. ¿Aceptas?

—Sí. Sí, claro que sí.

Salí de la galería flotando. Literalmente. Mis pies no tocaban el suelo.

Lucía me esperaba en un café de la esquina. Cuando me vio entrar

con la sonrisa, ya lo supo.

—Te ha cogido.

—Me ha cogido.

—¡Hostia, Irene!

Nos abrazamos. La gente del café nos miró. No importaba.

—Tienes que celebrarlo —dijo Lucía—. Hoy no se vuelve a Madrid.

Hoy te quedas, salimos, bebemos, y mañana vuelves con la noticia.

—No puedo, mañana trabajo...

—Mañana es domingo. No trabajas.

—El lunes.

—El lunda ya pensarás. Hoy es hoy.

Esa noche, Berlín fue una fiesta.

Cenamos en un turco de Kreuzberg que hacía los mejores döner de la ciudad, según Lucía. Luego fuimos a un bar con música en directo donde una banda tocaba versiones de los ochenta. Luego a otro bar. Luego a otro.

A las tres de la madrugada, apoyada en una farola mientras Lucía discutía con el dueño de un kebab sobre si debía llevar o no salsa de yogur, saqué el móvil.

Había un mensaje.

Número desconocido.

"¿Cómo fue?"

Lo leí tres veces. No conocía el número. Pero sabía quién era.

Respondí:

"¿Quién eres?"

La respuesta llegó en segundos.

"Sabes quién soy. ¿Cómo fue?"

Miré a Lucía, que seguía discutiendo. Miré el móvil. El frío de Berlín me calaba hasta los huesos.

Escribí:

"Bien. Fue bien."

"Me alegro. Duerme bien, Irene."

Guardé el móvil. El corazón me latía demasiado rápido.

—¿Todo bien? —preguntó Lucía, acercándose con el kebab finalmente conquistado.

—Sí. Todo bien.

Mentía. O no. Ya no sabía.

1
Olivia Uribe
muy bueno, gracias¡¡¡¡
Olivia Uribe
la historia me gusta mucho, no se porque tiene tan pocos votos, ojala y la termines autora, no nos dejes a medias de la trama
Fernanda Gutierrez
el yo de otra bida
Romina Fernanda Paez
necesito saber el final!! no puede quedar ahi
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