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Legado De La Familia Veraldi I (Crónica Veraldi)

Legado De La Familia Veraldi I (Crónica Veraldi)

Status: Terminada
Genre:Romance / Mafia / Amor-odio / Completas
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: Uma campo

VERALDI: El Evangelio de la Sangre y el Oro
En el corazón de la Toscana, donde el honor se firma con fuego y las traiciones se pagan con la vida, nace la leyenda de los Veraldi. Lo que comenzó como el choque inevitable entre el frío acero de Maximiliano y la llama indomable de María, se transformó en un imperio de devoción absoluta. Juntos, desafiaron a las Siete Familias para demostrar que el amor no es una debilidad, sino la armadura más resistente que un hombre de su casta puede portar.
De esa unión sagrada surgieron los gemelos de mirada letal, Alessio y Bianca, herederos de una furia ancestral que no conoce el miedo. Acompañados por sus leones de melena negra, Lucifer y Belial, los nuevos reyes del abismo han aprendido que gobernar es un acto de equilibrio entre la piedad y la masacre. A sus diecinueve años, ya no son cachorros; son depredadores refinados listos para reclamar un mundo que ya se arrodilla ante sus nombres.

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el pacto directo con la muerte

Mi dedo acarició el gatillo de la Beretta, sintiendo el metal frío contra la yema. La respiración de Alessia era errática, un contraste delicioso con su habitual máscara de perfección. Estaba a un milímetro de volarle la cabeza y terminar con la pesadilla que empezó el día que Mérida murió, pero una idea más retorcida, más propia de un Veraldi, frenó mi impulso.

Bajé el arma solo unos centímetros, lo suficiente para que pudiera hablar, pero manteniendo la presión sobre su garganta.

—¿De verdad crees que soy tan estúpido como para venir aquí sin un seguro de vida, "madre"? —solté una risa seca, desprovista de cualquier rastro de humor—. Crees que me tienes acorralado con un audio de alcoba, cuando yo tengo tus manos manchadas con la sangre de esta familia.

Alessia intentó recuperar su compostura, pero el brillo de duda en sus ojos la delataba.

—No tienes nada, Maximiliano. Solo conjeturas de un niño traumatizado.

—No hablo de Mérida, aunque eso lo pagaremos después —le siseé, acercando mi rostro al suyo hasta que pude ver sus poros—. Hablo del dinero. Hablo de los tres millones que han desaparecido de la cuenta de las Islas Caimán en los últimos dieciocho meses. Hablo de los desvíos sistemáticos a través de la empresa fantasma que abriste a nombre de tu amante en Milán.

El color desapareció por completo del rostro de Alessia. Su copa de vino resbaló de sus dedos, estrellándose contra el suelo y salpicando su calzado de lujo.

—¿Cómo...? —balbuceó.

—¿Creíste que era el único que ponía micrófonos? —la empujé hacia atrás, dejándola caer sobre el sillón—. Llevo meses auditando cada movimiento de tu sucia existencia. Tengo los registros, las firmas falsificadas y las grabaciones de tus llamadas con los rivales de Nápoles. Si ese audio de María sale a la luz, yo tendré un problema con mi padre... pero si yo revelo esto, José te hará desear haber muerto en ese accidente de coche junto a Mérida.

Me erguí, guardando el arma con una parsimonia que sabía que la aterraba. El poder había cambiado de manos en un segundo. Ella ya no era la madrastra dominante; era una rata acorralada en un palacio de cristal.

—Borra esa grabación. Ahora mismo —ordené, mi voz volviendo a ser ese susurro gélido que no aceptaba réplicas—. Y mañana irás al despacho de María. Le pedirás perdón por la "confusión" y le jurarás lealtad. Si vuelvo a sentir tu sombra cerca de ella, o si mi padre sospecha por un segundo que me estás ocultando algo, entregaré los archivos.

Me di la vuelta para marcharme, pero me detuve en el umbral, mirándola por encima del hombro. El mal humor que me había consumido se había transformado en una promesa de muerte a fuego lento.

—Ah, y Alessia... reza para que yo muera antes que tú. Porque el día que mi padre no esté para protegerte, te voy a cobrar cada lágrima que mi madre derramó antes de que la mataras.

Salí de la mansión con el pulso acelerado. Tenía que volver a la oficina. María me esperaba, y ahora que el tablero estaba limpio, no pensaba dejar que pasara ni un segundo más sin que ella supiera quién era el verdadero dueño de esta ciudad.

El camino de regreso a la oficina fue un borrón de luces de neón y adrenalina pura. El volante crujía bajo mis manos. Había sometido a la mujer que destruyó mi infancia, pero el sabor no era dulce; era metálico, como la sangre. Al entrar en el edificio, el silencio era absoluto. Mis hombres bajaban la mirada al verme pasar; el aura de violencia que desprendía era suficiente para que nadie se atreviera a respirar.

Abrí la puerta de mi despacho de un golpe. María estaba de pie junto al ventanal, observando la ciudad. Al oírme, se giró con la rapidez de un animal asustado, pero al ver mi rostro, su expresión cambió. Ya no había miedo, solo una expectativa oscura.

—Está hecho —dije, cerrando la puerta con llave. El sonido del cerrojo fue el sello de nuestro nuevo destino—. Alessia ya no es una amenaza. Ahora me pertenece.

—¿La mataste? —preguntó ella, acercándose lentamente. Sus ojos escudriñaban mis manos, buscando manchas rojas.

—Peor. La hice mi esclava —respondí, agarrándola por la cintura y atrayéndola hacia mi pecho con una urgencia que me quemaba—. Sabe que si da un paso en falso, le recordaré a mi padre quién mató a su verdadera esposa. Pero esto tiene un precio, María. Acabamos de firmar un pacto directo con la muerte.

La empujé contra el escritorio, el mismo lugar donde hace una hora la había poseído. Me incliné sobre ella, mis manos atrapando las suyas contra la madera.

—A partir de hoy, no hay marcha atrás —mi voz era un gruñido bajo—. Si nos descubren, no habrá piedad para ninguno de los dos. Mi padre me ejecutará por traición y el tuyo... Dios sabe lo que te hará a ti por meterte en la cama del hombre que planea derrocar a los Veraldi.

María me rodeó el cuello con los brazos, pegando su cuerpo al mío. Su respiración era errática, pero su mirada era de una confianza gélida.

—Prefiero morir contigo en el infierno que vivir una vida perfecta bajo las reglas de mi padre, Max —susurró, y sus palabras fueron el clavo final en mi ataúd—. Dime qué tenemos que hacer.

—Lo primero es eliminar cualquier rastro del audio. Lo segundo... —deslicé mi mano por su cuello, apretando ligeramente— es que vas a ser mis ojos y mis oídos en la casa de Marcos. Vas a extraer cada secreto, cada ruta de dinero que tu padre le oculta al mío. Vamos a desmantelar este imperio desde adentro, pieza por pieza.

Me besó con una desesperación violenta, una mezcla de terror y éxtasis. En ese momento, en la penumbra de la oficina, supe que nuestra relación ya no era solo una obsesión erótica; era una alianza de sangre.

—Enséñame, Max —gimió ella contra mis labios mientras mis manos volvían a desgarrar lo que quedaba de su compostura—. Enséñame a ser tan cruel como tú.

Esa noche, bajo la luz de la luna que se filtraba por los ventanales, no solo nos entregamos al deseo más sucio y prohibido. Entre jadeos y promesas susurradas en la oscuridad, trazamos el plan para quemar el mundo de nuestros padres y construir el nuestro sobre sus cenizas. Ya no éramos el heredero y la protegida; éramos dos monstruos alimentándose el uno del otro.

El plan era tan lógico como insoportable. Para que mi padre y Marcos dejaran de olfatear el aire buscando el rastro de nuestra traición, necesitaba una cortina de humo, y no había mejor distracción que una boda de conveniencia.

—Se llama Karina —dije, sin mirarla a los ojos mientras me ajustaba los gemelos frente al espejo del despacho—. Es la hija de los Messina. Una unión estratégica que mi padre lleva años planeando. Voy a anunciar nuestro compromiso formal mañana por la noche.

El silencio de María fue como una puñalada por la espalda. Me giré y la vi de pie en las sombras, con la falda de tubo aún arrugada y los labios hinchados. Sus ojos, que hace un momento brillaban con el fuego de nuestra alianza, ahora destellaban una agonía pura.

—¿Karina? —su voz fue un susurro roto—. Vas a ponerle un anillo a otra mujer mientras mi cuerpo aún guarda tu calor, Maximiliano... ¿Ese es tu plan?

—Es supervivencia, María —rugí, mi mal humor estallando ante su vulnerabilidad—. Si no ven a un Maximiliano "reformado" y comprometido con una mujer de su nivel, seguirán buscando razones para desconfiar de mis visitas a tu casa. Necesito que seas mi sombra, no mi escándalo.

Caminé hacia ella y la acorralé contra la pared, atrapando su rostro entre mis manos con una fuerza posesiva que rayaba en lo violento.

—Escúchame bien. Karina es un trozo de carne, un trámite burocrático. Ella dormirá en una habitación vacía mientras tú estarás bajo mis sábanas. Ella llevará el apellido, pero tú llevarás mi marca en cada centímetro de tu piel.

—No puedo verla tocarte, Max. No puedo —sollozó, intentando apartarse, pero no la dejé.

—Vas a tener que hacerlo —le siseé al oído, mi aliento quemándola—. Vas a estar en esa fiesta de compromiso. Vas a sonreírle a Karina. Vas a ver cómo la tomo de la cintura frente a todos. Y vas a aguantar ese dolor, porque cada vez que tus ojos se crucen con los míos entre la multitud, recordarás que tú eres la única que conoce al monstruo de verdad.

Para sellar ese pacto de tortura, la besé con una crueldad que sabía a despedida y a posesión absoluta. La subí de nuevo al escritorio, pero esta vez no hubo ternura alguna. La tomé con una desesperación oscura, recordándole con cada movimiento que, aunque el mundo viera a Karina a mi lado, María era la dueña de mi condenación.

—Vas a ser mi asistente en la oficina y mi amante en la oscuridad —le dije entre jadeos, mientras ella se aferraba a mi espalda con las uñas—. Y Karina será solo la tonta que nos servirá de escudo mientras quemamos este imperio.

María gritó mi nombre, una mezcla de placer y odio, aceptando finalmente que nuestro "pacto directo con la muerte" incluía quemar su corazón en el proceso.

(Al dia siguente, en la Ceremonia de matrimonio)

Maria:

El salón de los Messina apestaba a hipocresía y perfume caro. Las lámparas de cristal devolvían un brillo que me hería los ojos, pero nada dolía más que ver a Maximiliano en el centro de la estancia, con un esmoquin que lo hacía parecer el soberano absoluto del infierno. A su lado, aferrada a su brazo como una enredadera venenosa, estaba Karina.

Ella era todo lo que se esperaba de una novia de la mafia: rubia, de gestos medidos y una mirada que destilaba un desprecio de casta.

Tragué saliva, sintiendo el nudo en mi garganta. Mi vestido era sobrio, el de una "asistente" eficiente, pero bajo la tela aún sentía los moretones invisibles de las manos de Max de la noche anterior. Me obligué a caminar hacia ellos. El pacto estaba firmado, pero mi corazón no había recibido el memorándum.

—Buenas noches, Maximiliano. Karina... felicidades por el compromiso —dije, tratando de que mi voz no temblara.

Karina se giró lentamente. Me recorrió de arriba abajo con una lentitud insultante, como si estuviera inspeccionando una mancha de grasa en una alfombra persa. Maximiliano no se movió; su rostro era una máscara de granito, aunque vi cómo su mandíbula se tensaba cuando Karina soltó una risita seca.

—Ah, la pequeña María —dijo ella, su voz era como seda impregnada en arsénico—. Marcos me dijo que te han puesto a trabajar en las oficinas. Qué gesto tan... caritativo de parte de Maximiliano.

—Estoy aprendiendo mucho del negocio, Karina —respondí, manteniendo la mirada.

Ella dio un paso hacia mí, invadiendo mi espacio personal. Se inclinó un poco, lo suficiente para que solo yo pudiera oler su perfume floral y caro.

—Escúchame bien, niñera —me susurró al oído, mientras su mano enguantada acomodaba con fingida dulzura un mechón de mi pelo—. Sé que Max te usa para que le lleves el café y le organices los papeles, pero no confundas tu utilidad con importancia. Eres un accesorio doméstico. Para hombres como él, las chicas como tú son como los bolígrafos del escritorio: se usan hasta que se acaba la tinta y luego se tiran a la basura.

Me miró con un desprecio tan puro que sentí que me quemaba. Luego, con una sonrisa triunfal, se giró hacia Maximiliano y le acarició la mejilla con una posesividad que me hizo querer gritar.

—Cariño, ¿por qué no le pides a tu... asistente que nos traiga dos copas de champán? Parece que es para lo único que sirve esta noche.

Miré a Maximiliano. Sus ojos chocaron con los míos. Eran dos pozos negros, cargados de una furia que Karina no era capaz de comprender. Él no dijo nada para defenderme, cumpliendo con su parte del trato de mantener las apariencias, pero el brillo de sus pupilas me gritaba:

"Aguanta".

—María, ve por las copas —ordenó él, su voz era un látigo frío que me azotó la espalda.

Me di la vuelta, sintiendo la risa vibrante de Karina a mis espaldas. Caminé hacia el bar con los ojos escocidos, consciente de que cada humillación de esta noche era una deuda que Maximiliano me pagaría más tarde, con creces y sobre la misma madera del escritorio donde habíamos sellado nuestra condena.

Karina creía que me estaba poniendo en mi lugar, pero no sabía que yo ya tenía el lugar más peligroso de todos: el que está justo detrás de los ojos de su futuro esposo.

Me alejé de ellos con los pulmones ardiendo, sintiendo cómo la risa de Karina se me clavaba en la nuca como agujas de hielo. Cada paso hacia el bar era una humillación que me pesaba en los huesos. Al llegar, tomé la bandeja de plata con manos que no dejaban de temblar. El champán burbujeaba en las copas de cristal, tan frío y transparente como el corazón del hombre que acababa de enviarme a servir como una criada.

Regresé al círculo donde se encontraban los peces gordos de la mafia. Karina hablaba con entusiasmo sobre la fecha de la boda, su mano descansando con una arrogancia insoportable sobre el brazo de Maximiliano. Al verme llegar, sus ojos brillaron con una satisfacción malévola.

—Aquí tienes, Karina —dije, extendiendo la bandeja. Mi voz era plana, despojada de cualquier emoción.

—Gracias, querida. Déjalas ahí, en la mesita —respondió ella sin siquiera mirarme a la cara, como si yo fuera parte del mobiliario—. Max, estaba pensando que para la luna de miel podríamos ir a la costa Amalfitana. Sé que te gusta lo exclusivo.

Maximiliano tomó su copa, pero no bebió. Sus dedos apretaban el tallo de cristal con tanta fuerza que temí que estallara. Me miró por encima del borde, y por un microsegundo, la máscara de frialdad se agrietó. Había una promesa de caos en sus pupilas, un hambre que me decía que esta noche no terminaría con él durmiendo en la cama de los Messina.

—Lo que tú digas, Karina —respondió él, su voz era un gruñido bajo que ella confundió con aquiescencia.

No pude soportarlo más. El aire me faltaba. Me retiré hacia la terraza, buscando la oscuridad de la noche para ocultar la furia que me consumía. El frío del jardín golpeó mi rostro, pero no fue suficiente para apagar el incendio bajo mi piel. Me apoyé en la barandilla de piedra, apretando los dientes hasta que me dolió la mandíbula.

—"Accesorio doméstico" —repetí para mis adentros, sintiendo una lágrima de rabia rodar por mi mejilla—. Ya veremos quién termina en la basura, Karina.

De repente, el olor a tabaco caro y a ese perfume amaderado que inundaba mis sueños me rodeó. No necesité girarme para saber que él estaba allí. Escuché el clic de la puerta de la terraza cerrándose y el sonido de sus pasos pesados contra el mármol.

—¿Te dolió, María? —su voz susurró justo detrás de mi oreja, tan cerca que su aliento cálido me erizó el vello de la nuca.

—Me trataste como a una basura frente a ella, Max —me giré bruscamente, enfrentándolo con los ojos empañados—. Me ordenaste que le sirviera. ¡La dejaste que me llamara niñera!

Él no se disculpó. En lugar de eso, me agarró de la nuca con una mano posesiva, obligándome a mirar la oscuridad de sus ojos.

—Te dije que esto sería un infierno —siseó, pegando su frente a la mía—. Cada palabra que salió de su boca es un clavo más en su ataúd. ¿Crees que me gusta verla tocarme? ¿Crees que no quiero arrancarle la lengua por haberte hablado así? Pero si no jugamos este papel, nos matan a los dos antes del amanecer.

Su otra mano bajó con una urgencia violenta, agarrándome por la cadera y estampando mi cuerpo contra el suyo. Bajo el esmoquin perfecto, sentí la tensión de un animal que estaba a punto de estallar.

—Ella tiene el anillo, María —continuó él, su voz bajando a un tono sucio y desesperado mientras sus labios rozaban los míos—. Pero tú tienes al monstruo. Esta noche, cuando ella esté soñando con su boda perfecta, yo estaré marcándote de tal forma que mañana, cuando te vea en la oficina, no podrá entender por qué sonríes mientras le llevas su maldito café.

Me separé de él con una lentitud calculada, recomponiendo mi vestido con una frialdad que pareció sorprender incluso a Maximiliano. El ardor en mis mejillas no era de vergüenza, sino de un fuego negro que acababa de cristalizarse. Ya no quería llorar. Quería verla arder.

—No me toques más, Max —le dije, mi voz sonando tan cortante como el cristal roto—. Guarda ese hambre para tu prometida. Yo tengo un trabajo que hacer.

Él intentó atraparme de nuevo, pero lo esquivé con una elegancia gélida. Entré de nuevo al salón con la cabeza alta, los hombros hacia atrás y una sonrisa perfecta esculpida en mi rostro. La "niñera" se había quedado en la terraza; la mujer que regresaba era un arma de precisión.

Busqué a Karina con la mirada. Estaba rodeada de un grupo de mujeres de la alta sociedad, presumiendo de su diamante. Me acerqué con pasos felinos, sosteniendo una nueva botella de champán. Me detuve justo a su lado, esperando el momento exacto en que ella me mirara para soltar su veneno.

—Oh, María, qué eficiente —dijo ella, alzando su copa vacía con un gesto displicente—. Veo que Maximiliano te ha dado una buena lección de disciplina ahí fuera. Tardaron bastante.

—El señor Veraldi es muy exigente con los detalles, Karina —respondí, mi voz era pura seda—. Me estaba dando instrucciones específicas sobre... ciertas necesidades personales que tiene cada mañana. Cosas que solo alguien que pasa diez horas al día en su despacho puede conocer.

Vi cómo su sonrisa vacilaba. Le serví el champán con una mano tan firme que parecía de mármol. Me incliné hacia ella, fingiendo que le arreglaba un detalle en el hombro de su costoso vestido, invadiendo su espacio como ella lo había hecho antes.

—Por cierto, felicidades por el anillo —le susurré, lo suficientemente bajo para que solo ella me oyera, pero con una malicia que le heló la sangre—. Es precioso. Una pena que los diamantes sean tan fríos. Maximiliano prefiere el calor... ese tipo de calor que solo se encuentra en las sombras del escritorio a las tres de la tarde. Deberías preguntarle por qué siempre llega a casa con el nudo de la corbata mal hecho.

Me aparté y le dediqué una mirada llena de una falsa piedad. Karina se quedó rígida, el champán temblando levemente en su copa. El desprecio en sus ojos se transformó en una chispa de duda, de esa paranoia que empieza a pudrirlo todo desde adentro.

—Si me disculpan, señoras, tengo que organizar la agenda de Maximiliano para mañana —dije en voz alta, dirigiéndome al grupo—. Va a ser una jornada muy... intensa. El señor Veraldi nunca tiene suficiente.

Caminé hacia la salida del salón sin mirar atrás. Sentía la mirada de Maximiliano clavada en mi espalda, una mezcla de sorpresa y una excitación oscura al verme jugar su propio juego. Karina creía que me había puesto en mi lugar, pero yo acababa de entrar en su cabeza, y no pensaba salir de ahí hasta que ella misma destruyera su compromiso con sus propios celos.

Al pasar junto a Maximiliano, ni siquiera lo miré. Solo dejé caer un roce apenas perceptible de mi mano contra la suya, un recordatorio de quién tenía el control real de la situación.

—Mañana a las siete, señor Veraldi —dije con voz profesional, aunque mis ojos gritaban una promesa de guerra—. No llegue tarde.

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