El agua no solo está subiendo… está “vivo” de alguna forma.
A veces no ataca directamente, pero se comporta de manera antinatural, como si siguiera a las personas, como si eligiera y empezará a crear consciencia.
Nadie sabe si es un fenómeno natural… o algo más, algo que se esconde en lo más profundo.
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Sabe por dónde atacar
El grupo retomó el camino sin volver a mirar atrás, pero el ambiente ya no era el mismo. No era solo el cansancio ni el miedo constante, era algo más profundo, algo que se había instalado entre ellos después de ver a “Claudia” regresar de una forma imposible. Nadie lo decía en voz alta, pero todos lo sentían: si podían imitarlos así, entonces ya no había forma clara de saber qué era real y qué no.
Ernesto caminaba en silencio, unos pasos detrás del grupo. No arrastraba los pies, no tropezaba, no parecía débil en el sentido físico, pero había algo apagado en él, algo que antes no estaba. Su mirada no seguía el camino, sino que estaba sumergido en recuerdos. Cada cierto tiempo giraba apenas la cabeza, como si esperara escuchar esa voz otra vez, como si una parte de él aún quisiera que fuera real.
Valeria lo observaba sin decir nada. Sabía que hablar demasiado pronto podía romperlo más, pero también sabía que dejarlo solo en su mente era peligroso. Aun así, decidió darle un poco de espacio, al menos por ahora. Tomás, en cambio, no dejaba de mirarlo.
—Se está quedando atrás —susurró.
—Lo sé —respondió Valeria en voz baja.
—No es solo eso —añadió el niño—. Está escuchando.
Valeria sintió un leve nudo en el estómago, pero no respondió. No quería confirmar algo que aún no podía ver claramente.
Mateo también lo notaba. Caminaba al frente, pero su atención estaba dividida, pendiente del terreno y del grupo al mismo tiempo. Sabía que el peligro ya no venía solo del agua, sino de lo que esa cosa podía hacer con ellos por dentro.
El terreno comenzó a elevarse un poco más, con piedras sueltas y vegetación más densa. El avance se volvió más lento, más exigente. Eso obligó a todos a concentrarse en el cuerpo, en el esfuerzo, en el presente. A todos… menos a Ernesto.
En un momento, el grupo se detuvo brevemente para tomar aire. Marta se apoyó contra un árbol, Luis revisó la mochila donde llevaban las gallinas, y Raúl observó el terreno más adelante, buscando la mejor ruta. Valeria aprovechó para acercarse a Ernesto.
—No puedes quedarte atrás —le dijo con calma.
Él tardó en responder.
—La vi —murmuró finalmente.
Valeria no negó.
—Lo sé.
—No… —negó él, levantando la mirada—. No como ustedes la vieron. Yo… la sentí.
Valeria guardó silencio.
—Era ella —continuó Ernesto, con la voz baja pero firme—. Su forma de hablar, su mirada… la manera en que dijo mi nombre. Eso no lo copia algo así sin más.
—La radio dijo que pueden imitar —respondió Valeria con cuidado—. Que aprenden.
Ernesto apretó la mandíbula.
—Entonces están aprendiendo demasiado rápido.
Esa frase quedó suspendida entre ellos. Valeria no tuvo una respuesta inmediata porque en el fondo… también lo creía.
—Si vuelvo a escucharla… —dijo Ernesto, casi en un susurro—, ¿cómo sé que no es ella de verdad?
Esa era la pregunta que nadie quería hacerse, Valeria lo miró fijamente.
—Porque si fuera ella, no te pediría que la siguieras hacia el agua.
Ernesto sostuvo su mirada unos segundos, pero no respondió. No porque no entendiera, sino porque no le bastaba, desde más adelante, Mateo los llamó.
—Tenemos que seguir.
El grupo volvió a moverse.
El camino se hizo más estrecho, con una pendiente más marcada. A un lado, la tierra descendía hacia zonas donde el agua ya comenzaba a filtrarse, formando pequeños charcos que no estaban ahí antes. Era otra señal clara: seguía subiendo.
Mientras avanzaban, Luis se acercó a Valeria.
—Ernesto no está bien.
—Lo sé.
—Puede ser un problema.
Valeria lo miró.
—También es parte del grupo.
Luis dudó.
—Sí, pero si escucha algo… si lo sigue…
Valeria no necesitó que terminara la frase.
—Lo vamos a vigilar.
Luis asintió, pero no parecía del todo tranquilo.
Unos minutos después, el grupo llegó a una zona más abierta, con una vista parcial hacia lo que habían dejado atrás. El agua ya no estaba lejos. No había necesidad de medirlo con exactitud, bastaba con verla avanzar entre los restos de terreno bajo, ocupando espacios que horas antes estaban secos.
Raúl fue el primero en hablar.
—No vamos a poder detenernos mucho más.
Mateo asintió.
—Seguimos hasta encontrar un punto más alto. No bajamos el ritmo.
Tomás tiró suavemente de la mano de Valeria.
—Mamá…
—¿Qué pasa?
El niño miró hacia Ernesto.
—Está pasando otra vez.
Valeria giró de inmediato, Ernesto se había detenido, estaba completamente quieto mirando hacia un punto entre los árboles.
—¿La escuchas? —murmuró.
El grupo se tensó al instante.
—No hay nada —dijo Mateo con firmeza—. Sigue caminando.
Pero Ernesto no se movió.
—Está ahí… —susurró.
Valeria dio un paso hacia él.
—No mires —le dijo—. Mírame a mí.
Ernesto dudó, ya su respiración era irregular.
—Me está llamando…
—No es ella —intervino Luis—. No la escuches.
—Pero suena igual —respondió Ernesto, con la voz quebrándose.
Valeria se acercó más.
—Escúchame a mí —dijo con firmeza—. Si fuera Claudia, no te pediría que te alejaras de nosotros.
Esa frase pareció atravesarlo, Ernesto parpadeó y su mirada vaciló.
—Ella… —murmuró— …no me dejaría solo.
—Exacto —respondió Valeria—. Y eso es lo que quiere esa cosa.
El silencio se tensó unos segundos más. Luego, lentamente, Ernesto bajó la mirada y dio un paso hacia atrás, luego otro, hasta volver con el grupo.
Nadie habló de inmediato, pero la tensión no desapareció. Mateo se acercó a Valeria.
—No va a resistir mucho más así.
—Lo sé —respondió ella—. Pero tampoco podemos perderlo.
Mateo asintió, aunque su expresión mostraba que estaba considerando algo más.
Ernesto volvió a caminar, esta vez más cerca del grupo. No levantaba la cabeza, no miraba alrededor, pero ahora respiraba más fuerte, como si estuviera luchando contra algo que nadie más podía ver.
Tomás lo observó en silencio.
—Va a volver a escucharla —dijo.
Valeria apretó su mano.
—Y vamos a estar listos.
El grupo siguió avanzando, más unidos, más atentos. Porque ahora entendían algo peor que antes.
El agua no solo los perseguía, no solo imitaba. También sabía exactamente dónde atacar. Y en el caso de Ernesto… ya había encontrado la grieta.