En un mundo donde la superficie de la civilización es solo una máscara para las guerras de castas entre Alfas, Betas y Omegas, la ciudad de Chicago se convirtió en el tablero de ajedrez más sangriento del siglo XXI. La obra narra la colisión de dos linajes destinados a destruirse: la Bratva Volkov, liderada por el implacable y territorial Valerius, y la dinastía Moretti, cuyo último heredero, Dante, fue entrenado como un arma de precisión conocida como "El Fénix".
Lo que comenzó como un matrimonio forzado para evitar una guerra total, se transformó en una devoción absoluta que desafió las leyes de la mafia. A través de traiciones familiares, conspiraciones científicas de la Red Zero y el acecho de padres que veían en sus hijos simples herramientas de poder, Valerius y Dante forjaron un vínculo inquebrantable que mezcló el aroma del roble quemado con vainilla negra
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Capitulo 4.2
La chimenea era ahora un lecho de brasas mortecinas, proyectando un resplandor naranja tenue sobre el desorden de la habitación. El aire estaba cargado, denso y casi irrespirable; el aroma a roble quemado y absenta se había fusionado en una fragancia nueva, una marca invisible que llenaba cada rincón de la cabaña.
Valerius no se había movido. Estaba sentado en el borde de la alfombra, con el torso desnudo y la espalda apoyada contra el sofá, observando a Dante. El Omega estaba envuelto en una manta de lana oscura, con el cabello castaño revuelto y los labios hinchados, pero sus ojos miel seguían fijos en el Alfa con una hostilidad que apenas lograba ocultar el estremecimiento de su cuerpo.
—¿Por qué me miras así? —escupió Dante, su voz rasposa y rota—. Ya tuviste lo que querías. Me tienes aquí, atrapado en tu jaula de madera. ¿No es suficiente para tu ego de Alfa?
Valerius soltó un gruñido bajo, un sonido que vibró desde el fondo de su pecho. Se inclinó hacia adelante, invadiendo de nuevo el espacio personal de Dante, obligando al Omega a encogerse contra el mueble.
—No te equivoques, Dante. No he tenido lo que quería —Valerius extendió una mano y rodeó el cuello del Omega, no con fuerza para asfixiarlo, sino con una presión posesiva, dejando que su pulgar acariciara la línea de su mandíbula—. Tu cuerpo cedió, sí. Tu instinto te traicionó. Pero tus ojos siguen diciendo que quieres matarme. Y eso es lo que me está volviendo loco.
Dante soltó una risa amarga, aunque su pulso se disparó bajo los dedos de Valerius. —¿Quieres mi alma también, Volkov? Eres un ingenuo. Puedes poseer mi piel, puedes marcar mi cuerpo con tus dientes si te atreves, pero nunca seré tu soldado. Nunca seré el Omega sumiso que espera a que su dueño vuelva de la guerra.
Valerius apretó ligeramente el agarre, su rostro a milímetros del de Dante. —No quiero un esclavo. Tengo miles de esos en Chicago. Lo que quiero es que cuando vuelvas a empuñar una daga, solo pienses en cómo se sintió mi boca sobre la tuya. Quiero que cada vez que un Alfa se te acerque, el rastro de mi olor en tu piel lo haga retroceder por puro terror.
Dante sintió una oleada de calor que no tenía nada que ver con las brasas. La posesividad de Valerius era una enfermedad, un veneno que se filtraba por sus poros. Se soltó del agarre con un movimiento brusco y se puso de pie, tambaleándose un poco cuando el dolor de su herida en el muslo le recordó la realidad.
—¡Es la química! —gritó Dante, dándose la vuelta para no mirar a Valerius—. ¡Son las malditas feromonas! Estás programado para querer marcar lo que consideras un premio, y yo estoy programado para... para reaccionar a tu maldito aroma a humo. Mañana, cuando los supresores vuelvan a mi sistema y la adrenalina baje, volverás a ser el ruso que quiero ver bajo tierra.
Valerius se levantó con una lentitud amenazante, caminando hacia él con la gracia de un lobo que no tiene prisa porque sabe que su presa no tiene a dónde ir. Se detuvo justo detrás de Dante, sin tocarlo, pero dejando que el calor de su cuerpo envolviera la espalda del Omega.
—Mientes tan bien que casi te creo —susurró Valerius al oído de Dante, su aliento erizando el vello de su nuca—. Si fuera solo química, no estarías temblando ahora mismo. Si fuera solo instinto, no te habrías aferrado a mí como si fuera lo único que te mantiene con vida en este mundo de mierda.
Dante cerró los ojos, apretando los dientes. Quería golpearlo, quería huir a través de la nieve hasta que sus pies se congelaran, pero una parte de él —la parte que más odiaba— se sentía protegida en esa cabaña.
—No podemos quedarnos aquí —dijo Dante, tratando de recuperar su tono frío y profesional—. Quienquiera que nos atacó en el muelle no se detendrá. Saben que sobrevivimos. Si Enzo o tu padre creen que estamos juntos... nos cazarán a ambos por traición.
Valerius puso sus manos en la cintura de Dante, girándolo con firmeza para que lo mirara. La tensión entre ambos no había disminuido; se había transformado en algo más oscuro, una paranoia compartida envuelta en deseo.
—Que vengan —dijo Valerius con una sonrisa tétrica—. Esta noche me has demostrado que eres letal. Y yo soy el heredero de la Bratva. Si el mundo entero quiere venir por nosotros, les enseñaremos cómo arde Chicago cuando un Volkov y un Moretti dejan de pelear entre ellos y empiezan a pelear por lo que es suyo.
Dante lo miró fijamente, buscando una grieta en la armadura del Alfa. —Dijiste "por lo que es suyo"... ¿A qué te refieres con eso, Valerius?
Valerius le acarició la mejilla con el dorso de la mano, su mirada gélida volviéndose ardiente. —Me refiero a ti, Dante. Y tú te refieres a mí. Aunque nos odiemos hasta el último suspiro, esta noche hemos sellado un pacto que no tiene vuelta atrás.
Dante guardó silencio, el peso de las palabras de Valerius cayendo sobre él como una sentencia de muerte. La tensión en la habitación era tan alta que cualquier movimiento en falso podría terminar en otro beso violento o en un duelo a muerte. Y lo peor de todo era que Dante no sabía cuál de las dos opciones prefería.