Me obligaron a casarme con el duque más frío del Imperio.
Lo juré odiar… hasta que empezó a protegerme.
Un omega orgulloso, un alfa distante y un matrimonio que podría convertirse en amor.
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Capítulo 6 Cuando el miedo tiene nombre
La noticia no llegó con dramatismo.
Llegó en murmullos.
En pasos que sonaban más rápidos de lo normal por los pasillos. En puertas que se abrían y se cerraban con una prisa que no pertenecía al ritmo habitual del ducado Ravenshire. Caelan lo notó antes de que alguien se lo dijera: algo estaba ocurriendo. Y no era bueno.
Elion lo encontró en el corredor que daba al ala norte.
—Blaise parte a la frontera —dijo, sin rodeos.
Caelan se quedó quieto.
—¿Ahora?
—Ahora mismo. Hubo movimientos extraños durante la noche. No quieren que se propaguen rumores, pero… no es una salida rutinaria.
El aire pareció volverse más pesado.
Caelan bajó la mirada, molesto consigo mismo por la sensación inmediata que le apretó el pecho. No era su lugar preocuparse así. No era su derecho. Y, aun así, la idea de verlo partir sin saber cuándo volvería le rozó algo vulnerable.
—Entonces… el ducado se queda sin su duque —murmuró.
—No sin su nombre —respondió Elion—. Sin su presencia.
El patio estaba lleno de movimiento. Caballos inquietos, guardias ajustando correas, administradores dando órdenes cruzadas. Blaise estaba junto a su montura, con la capa oscura cayéndole sobre los hombros como si el propio norte lo reclamara.
Caelan dudó en acercarse.
Una parte de él quería quedarse al margen, aferrarse al orgullo que siempre le había servido de escudo. Otra, más honesta, sabía que no soportaría ver cómo las puertas se cerraban sin haber dicho nada.
Caminó hacia él.
Blaise lo vio y se enderezó apenas.
—No pensaba irme sin avisar.
—No me debe avisos —respondió Caelan, con una firmeza que escondía el temblor—. Esto es su deber.
—No por eso deja de ser incómodo —dijo Blaise.
El viento trajo el olor del metal y del cuero. Caelan percibió el aroma del duque, más áspero que de costumbre. Le molestó darse cuenta de que lo reconocía tan fácil.
—¿Es peligroso? —preguntó, sin poder evitarlo.
Blaise sostuvo su mirada un segundo.
—La frontera nunca es amable.
Caelan apretó los puños dentro de los guantes.
—Entonces no haga promesas que no puede cumplir.
Blaise inclinó la cabeza apenas.
—No soy bueno prometiendo.
El silencio que siguió no era vacío. Estaba lleno de cosas que ninguno sabía decir sin exponerse demasiado.
—Cuide el ducado —dijo Blaise—. Y no se meta en problemas.
—Eso suena a una orden —respondió Caelan, con una mueca.
—Es una petición mal formulada —admitió el duque.
Caelan dudó. Las palabras se le acumulaban en la garganta, torpes, demasiado sinceras para un lugar que aún no sentía suyo.
—Vuelva —dijo al final.
No añadió “vivo”. No añadió “entero”. El norte tenía mala fama con las palabras frágiles.
Blaise montó. Los guardias se alinearon. No hubo despedidas largas ni gestos dramáticos. El duque del norte no era un hombre de escenas grandes.
Cuando el portón se cerró, el sonido resonó en el pecho de Caelan como si algo se hubiera clausurado también dentro de él.
El ducado, de pronto, se sintió demasiado grande.
Los días sin Blaise fueron más duros de lo que Caelan esperaba.
No por el trabajo del ducado, que seguía su curso implacable, sino por la forma en que las miradas cambiaron. Sin el duque presente, los administradores se permitían ser menos cuidadosos.
—No es momento de experimentos —le dijo uno cuando Caelan volvió a mencionar las aldeas del valle—. El norte necesita orden, no impulsos emocionales.
—El hambre no espera a que el orden sea cómodo —respondió Caelan.
No sirvió de mucho.
Cuando llegó la noticia de la tormenta temprana en el valle bajo, Caelan no pidió permiso. Reunió mantas, un par de curanderos, algo de comida. No era suficiente. Nunca lo era. Pero quedarse quieto se sentía peor.
El camino fue duro. El viento levantaba polvo frío. La lluvia calaba la ropa. Al llegar, la escena lo golpeó con una violencia silenciosa: casas dañadas, gente herida, niños apretados alrededor de un fuego débil.
Caelan se arrodilló junto a una mujer que sostenía a su hijo con el brazo vendado.
—Tranquila —le dijo, aunque no sabía si tenía derecho a prometer nada—. No están solos.
Pasó horas ayudando como pudo. Cargando, escuchando, sosteniendo manos temblorosas. Se le metió el cansancio en los huesos. Se le metió la impotencia en el pecho.
De regreso al ducado, la reprimenda lo esperaba.
—Ha actuado sin autorización —le dijo un administrador—. Esto traerá consecuencias.
—Las consecuencias ya estaban allí —respondió Caelan—. Yo solo dejé de mirar hacia otro lado.
Esa noche, agotado, se sentó junto al ventanal de su habitación. Miró el camino por el que Blaise se había ido. El norte seguía siendo frío. El ducado, grande. Y la ausencia del duque pesaba más de lo que Caelan quería admitir.
Por primera vez, el miedo tuvo nombre.
No era al norte.
Era a perder a alguien que aún no sabía si tenía derecho a querer.