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MANUAL DE INSTRUCCIONES PARA UN CORAZÓN SESGADO

MANUAL DE INSTRUCCIONES PARA UN CORAZÓN SESGADO

Status: En proceso
Genre:Autosuperación / Amor eterno / Romance
Popularitas:127
Nilai: 5
nombre de autor: Roberto González Álvarez

"Soy psicóloga, sé exactamente por qué el amor es una ilusión neuroquímica… y aun así estoy a punto de perder una apuesta por culpa del publicista con la sonrisa más estadísticamente significativa del mundo."

NovelToon tiene autorización de Roberto González Álvarez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 3: El Periodista Inesperado

CLARA: MANUAL DE INSTRUCCIONES PARA AMIGAS DE ESCRITORAS FAMOSAS

En la vida de toda persona hay un momento en que el pasado no llama a la puerta. La derriba. Con un ariete. Y tú, que creías haber puesto tres cerraduras, una cadena de seguridad y un cartel de "No estamos interesados", te encuentras frente a frente con aquello que llevabas años evitando.

Mi ariete particular llegó un miércoles. En forma de notificación de Google Alert.

Sí, tenía una Google Alert con su nombre. No estoy orgullosa de ello. Pero después de que Nico desapareciera sin explicación hacía tres años, mi cerebro había desarrollado un mecanismo de vigilancia que ni la CIA. Cada vez que su nombre aparecía en internet, yo lo sabía. Y durante tres años, no había aparecido. Cero resultados. El vacío absoluto. Como si Nico se hubiera esfumado de la faz de la tierra.

Pero aquel miércoles, mientras desayunaba café y resignación, el móvil vibró.

"Google Alert: Nicolás Ferrer"

"El periodista Nicolás Ferrer publica 'Los ojos del testigo', una crónica sobre corresponsalías de guerra. Presentación el viernes 14 en la Librería Central de Barcelona."

Se me cayó la taza. Literalmente. La taza se estrelló contra el suelo de la cocina y se hizo añicos. Schrödinger, que dormitaba en su cojín, abrió un ojo, me miró con desprecio y volvió a cerrarlo.

—Ha publicado un libro —dije en voz alta, como si Schrödinger pudiera entenderlo. Y probablemente lo entendía. Schrödinger entendía más de la condición humana que la mayoría de los humanos—. El hombre que me dejó con un mensaje de WhatsApp a las dos de la madrugada ha publicado un libro.

Schrödinger emitió un maullido breve. Que significaba claramente: "Los humanos sois impredecibles. Y frágiles. Y tiráis tazas."

Llamé a Valeria.

—Tiene un libro.

—¿Quién tiene un libro? —Su voz sonaba adormilada. Eran las ocho de la mañana. Probablemente aún estaba en la cama con Andrés, disfrutando de una vida feliz y sin Google Alerts patológicas.

—Nico. El periodista. El que me dejó con un WhatsApp.

Silencio. Luego:

—¿El mismo Nico del que nunca hablas?

—El mismo.

—¿Y ha publicado un libro?

—Una crónica sobre corresponsalías de guerra. Se presenta este viernes en Barcelona.

—¿Y tú cómo lo sabes?

—Tengo una Google Alert.

Más silencio. Esta vez más largo. Finalmente, Valeria habló con ese tono de psicóloga que tan bien se le daba:

—Clara. ¿Quieres que vayamos juntas a la presentación?

—No. Quiero ir sola. Y quiero que me digas si es buena idea o si estoy perdiendo la cabeza.

—Las dos cosas. Pero las mejores ideas suelen nacer de perder un poco la cabeza. ¿Lo vas a hacer?

—Sí.

—Entonces trato hecho. Pero con una condición.

—¿Cuál?

—Que después de la presentación, vengas a contármelo todo. Y que incluyas lo que pase en tu novela. Porque esto es material literario de primera.

Colgué. Miré los restos de mi taza en el suelo. Schrödinger seguía en su cojín, inmóvil como una esfinge peluda.

—Voy a enfrentarme a mi fantasma —le dije.

Schrödinger parpadeó. En lenguaje felino, eso significaba: "Era hora. Llevas tres años dándole vueltas. Y tu café se está enfriando."

---

El viernes llegó demasiado rápido y demasiado lento al mismo tiempo. La relatividad del tiempo, como diría Valeria, es un fenómeno psicológico fascinante: los minutos se estiran como chicle cuando esperas algo que temes y deseas en igual medida.

La Librería Central de Barcelona estaba llena. Nico Ferrer, al parecer, se había convertido en un periodista respetado. Corresponsal en Beirut, Damasco, Sarajevo. Tres guerras. Tres libros. El último, el que presentaba aquella noche, había ganado un premio importante cuyo nombre no recuerdo porque mi cerebro estaba demasiado ocupado procesando el hecho de que el hombre que me rompió el corazón estaba a diez metros de distancia.

No había cambiado mucho. El mismo pelo castaño ligeramente revuelto. Las mismas gafas de montura gruesa. La misma forma de gesticular cuando hablaba, como si las palabras fueran demasiado pequeñas para contener lo que quería decir.

Me senté en la última fila. No quería que me viera. Bueno, sí quería. Pero también quería poder salir corriendo si la situación me superaba.

La presentación duró una hora. Nico habló de la guerra, del periodismo, de la importancia de contar historias que nadie quiere escuchar. Era brillante. Maldita sea, era brillante. Y yo lo odiaba por eso. Porque era más fácil olvidar a alguien mediocre.

Cuando terminó, el público aplaudió. Yo no. Me quedé quieta, con las manos sobre el regazo, preguntándome qué estaba haciendo allí.

Y entonces él me vio.

Sus ojos recorrieron la sala distraídamente, como hacen los autores cuando buscan caras conocidas entre el público. Pasaron de largo. Luego volvieron. Se detuvieron en mí.

Y algo en su expresión cambió. No fue sorpresa. No fue alegría. Fue algo más complejo. Como el reconocimiento de una deuda pendiente.

Terminó de firmar libros. La cola de lectores se deshizo lentamente. Y cuando el último se marchó, Nico se acercó a mi fila.

—Clara.

—Nico.

—No esperaba verte aquí.

—Yo no esperaba venir.

Silencio. El silencio de tres años concentrado en un instante.

—¿Quieres tomar algo? —preguntó—. Hay un sitio cerca. Tranquilo. Para hablar.

—La última vez que hablamos, tú dijiste "necesito espacio". Y yo me quedé con el espacio. Todo el espacio del mundo.

—Lo sé. Y te debo una explicación.

—Me debes tres años de explicación.

—Por eso. ¿Quieres escucharla?

Lo miré. Miré sus gafas de montura gruesa. Sus manos que habían escrito crónicas de guerra pero no habían podido escribir un mensaje de despedida decente. Y sentí algo que no esperaba: no era rabia. Era curiosidad.

—Una copa —dije—. Solo una. Y pagas tú.

Nico sonrió. Una sonrisa triste, cansada. La sonrisa de alguien que ha visto demasiado y ha contado demasiado poco.

—Trato hecho.

---

El sitio tranquilo resultó ser un bar de vinos en el Born. Muy poca luz. Mucha madera. El escenario perfecto para un ajuste de cuentas emocional.

—Fui corresponsal en Siria —dijo Nico, dando un sorbo a su vino tinto—. Me fui una semana después de... lo nuestro.

—¿Te fuiste a una guerra?

—Me ofrecieron la corresponsalía dos días antes de dejarte. Y no supe cómo decírtelo. No supe cómo decirte que me iba a un sitio del que quizá no volvía. Que prefería que me recordaras como un cobarde que desapareció a que tuvieras que vivir con el miedo de esperar noticias mías cada día.

—Eso es...

—Una estupidez. Lo sé. Pero tenía veintiocho años y creía que las decisiones heroicas eran las correctas.

—No fue heroico. Fue cruel.

—Lo sé. Y lo siento. Llevo tres años sintiéndolo.

Me quedé en silencio. El vino sabía a madera y a noches de insomnio. Nico me miraba con esos ojos que habían visto bombas y hospitales de campaña y cosas que yo nunca podría imaginar.

—¿Por qué volviste? —pregunté.

—Porque el libro se publica aquí. Y porque quería verte. Siempre quise verte.

—¿Y por qué no me escribiste antes?

—Porque no sabía si querrías leerme. Y porque no sabía si merecía que me leyeras.

Más silencio. El camarero pasó a recoger las copas vacías. Fuera, Barcelona se encendía como un belén de bombillas tímidas.

—Nico —dije—. No sé si puedo perdonarte. Han pasado tres años. Y he rehecho mi vida. Bueno, estoy intentándolo.

—Lo entiendo.

—Pero estoy escribiendo un libro. Una novela romántica. Y necesito entender. Necesito saber por qué haces lo que haces. Por qué hacemos lo que hacemos. Por qué el amor es siempre tan desastroso.

—¿Y yo puedo ayudarte con eso?

—No lo sé. Pero puedes intentarlo.

Nico asintió. No intentó tomarme la mano. No pidió perdón otra vez. Solo asintió, como quien acepta una misión imposible.

—Trato hecho —dijo.

Y por primera vez en tres años, sonreímos los dos.

---

Aquella noche, al volver a casa, encontré a Schrödinger esperándome en el recibidor. A su lado, una nota.

"¿Bien?"

Solo una palabra. Pero en Schrödinger, eso era una declaración de amor.

—Bien —dije en voz alta—. Creo que bien.

Schrödinger parpadeó. Luego caminó hacia su cojín, se enroscó y empezó a ronronear.

Abrí el portátil. Escribí un nuevo párrafo en mi novela:

"A veces, el amor no es una despedida. Es una explicación que llega tres años tarde. Y lo que importa no es si perdonas. Es si entiendes."

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