Marian Soler solo quería conservar su beca en Aurum Academy y conseguir el tratamiento que su hermana menor necesitaba. Pero una noche escucha una conversación que no debía: Demian Valcárcel, el heredero más poderoso de la universidad, está atrapado en un compromiso impuesto con Isabell Santoro.
Cuando Demian descubre la situación de Marian, le ofrece un trato imposible de rechazar: fingir ser su prometida durante seis meses a cambio de dinero, protección y acceso médico para su hermana.
Ella acepta por necesidad. Él la elige por conveniencia.
Pero en Aurum nada es gratis. Entre rumores, fiestas de élite, secretos familiares y una prometida dispuesta a destruirla, Marian tendrá que decidir si puede sobrevivir al mundo de Demian sin perderse a sí misma… ni caer por el heredero que juró no amar.
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Capítulo 23 — No mires el cuchillo
El contacto fue igual que antes: firme, tibio, controlado.
Pero esta vez no había patio.
No había celulares.
No había Isabell.
Solo ellos y el espejo.
Demian caminó a su lado.
—No bajes la mirada.
—No la estoy bajando.
—La bajaste al tercer paso.
—Estaba mirando si pisabas raro.
—No piso raro.
—Qué seguridad tan aburrida tienes.
—Camina.
Marian apretó los labios, pero obedeció.
Dieron la vuelta.
Regresaron.
El reflejo los siguió.
A mitad del camino, Demian habló:
—Cuando alguien te mire esperando que te sientas menos, no le regales la confirmación.
—Eso suena a consejo.
—Lo es.
—Qué raro.
—No te acostumbres.
Marian lo miró de reojo.
El error fue que él también la estaba mirando.
Por un segundo, el paso se desajustó.
Marian tropezó apenas con la punta del zapato.
Demian la sujetó por la cintura con la mano libre.
El movimiento fue rápido.
Instintivo.
Necesario.
Y aun así, los dos se quedaron inmóviles.
Su mano no apretaba.
Pero estaba ahí.
En su cintura.
Marian sintió el calor atravesar la tela del uniforme.
Demian bajó la mirada hacia donde la tocaba, como si también hubiera recordado el contrato un segundo tarde.
La soltó despacio.
—Perdón.
La palabra fue breve.
No dramática.
No adornada.
Pero real.
Marian tragó saliva.
—Fue para evitar que me cayera.
—Aun así.
El silencio se volvió espeso.
Marian retiró su mano de la de él.
Necesitaba distancia.
—Esto no va a funcionar si cada gesto parece una negociación de guerra.
—Va a funcionar precisamente porque lo es.
—No quiero vivir seis meses así.
—No van a ser seis meses iguales.
—¿Eso es promesa o amenaza?
Demian la miró.
—Advertencia.
Marian soltó aire.
—Claro.
Él volvió a la mesa y tomó otra hoja.
—Respuestas ante preguntas.
—Qué emoción.
—Si preguntan desde cuándo estamos juntos, diremos que empezó antes del anuncio, pero que era privado.
—¿Cuánto antes?
—Dos meses.
—Imposible. Hace dos meses ni me mirabas.
—Eso no pueden probarlo.
—Yo sí.
—No eres parte del público objetivo de la mentira.
Marian lo miró con incredulidad.
—Eres insoportable.
—Sí.
—No lo aceptes tan fácil.
—Pierde eficacia.
Ella respiró hondo.
—¿Y si preguntan por qué yo?
Demian guardó silencio un segundo.
—Diré que porque no te pareces a nadie en Aureum.
Marian sintió algo incómodo moverse en el pecho.
—Eso suena demasiado bonito para ti.
—Puede ser insulto o elogio, según el contexto.
—Ahí está. Ya me parecía.
—Pero funcionará.
—¿Y si me preguntan a mí por qué tú?
Demian la observó.
—¿Qué dirías?
Marian lo pensó.
Porque pagaste el tratamiento de mi hermana.
Porque firmé un contrato.
Porque tu familia me arrinconó antes de que pudiera correr.
Nada servía.
Nada podía decirse.
Miró hacia el ventanal.
—Diría que porque me escuchaste cuando nadie más lo hacía.
Demian no respondió.
Marian se arrepintió enseguida.
No porque fuera mentira completa.
Sino porque había algo de verdad escondido en un lugar peligroso.
Demian la había escuchado, sí.
No de manera dulce.
No de manera limpia.
Pero había escuchado cada condición.
Cada no.
Cada límite.
—Eso funciona —dijo él al fin.
Su voz sonó igual.
Casi igual.
Marian volvió a cruzar los brazos.
—No te emociones.
—No lo hice.
—Mejor.
Continuaron trabajando.
Preguntas posibles.
Respuestas breves.
Formas de caminar.
Distancias permitidas.
Cómo reaccionar si Isabell se acercaba.
Cómo salir de un grupo sin parecer que huían.
Cómo sostener la mano sin que Marian pareciera rehén ni Demian propietario.
Eso último fue idea de ella.
Demian lo escribió sin discutir.
Casi al final, él volvió a extender la mano.
Marian lo miró con cansancio.
—¿Otra vez?
—Última.
—Eso dicen todos los entrenadores crueles.
—No soy tu entrenador.
—Gracias a Dios.
—Marian.
Ella puso los ojos en blanco, pero tomó su mano.
Caminaron hacia el espejo.
Esta vez, Marian no bajó la mirada.
No porque estuviera tranquila.
Porque decidió no regalarle al reflejo esa versión de ella.
Demian se inclinó un poco, como si fuera a decirle algo al oído en un evento.
Su voz quedó baja, cerca, demasiado cerca.
—Cuando te hablen, no mires a Isabell buscando permiso para existir.
Marian sintió un escalofrío.
—No lo hago.
—Ayer lo hiciste una vez.
—No estaba buscando permiso.
—Entonces ¿qué buscabas?
Marian no respondió enseguida.
Porque la respuesta era vergonzosa.
Había buscado el daño.
Había querido saber por dónde venía el golpe.
—Quería saber qué tan fuerte iba a atacar —dijo.
—No mires el cuchillo. Mira la mano.
Marian giró apenas el rostro hacia él.
Estaban demasiado cerca.
—¿Eso también es un consejo?
—Sí.
—Empiezas a abusar.
—Empiezas a escuchar.
Ella abrió la boca para responder.
No alcanzó.
La puerta del salón se abrió sin aviso.
Renata Larios apareció en el umbral con una carpeta contra el pecho y una expresión de sorpresa cuidadosamente diseñada.
Detrás de ella, Pilar Montenegro miró la escena con los ojos demasiado abiertos.
Demian, inclinado hacia Marian.
Marian con la mano todavía en la suya.
La distancia entre ambos demasiado íntima para explicarse como ensayo.
Renata sonrió.
—Perdón. No sabía que el salón estaba ocupado.
Marian intentó soltar la mano.
Demian no la retuvo con fuerza, pero tampoco la soltó de inmediato.
La miró un segundo.
Una pregunta muda.
Marian entendió.
Si se apartaba como si la hubieran descubierto, Renata ganaba.
Así que no se apartó.
Demian volvió el rostro hacia la puerta.
—Ahora lo sabes.
Renata bajó la mirada hacia sus manos unidas.
—Qué bonito verlos tan… comprometidos.
Pilar sonrió detrás de ella.
Marian sintió el impulso de responder con veneno.
Se contuvo.
Frase corta.
Sin explicaciones.
—Es fácil cuando no necesitas público para practicar lealtades —dijo.
La sonrisa de Renata se tensó.
Demian miró a Marian de reojo.
Esta vez, no la corrigió.
Renata inclinó la cabeza.
—Isabell quería saber si asistirán a la reunión del viernes.
—Asistiremos —respondió Demian.
Marian giró hacia él.
No sabía nada de una reunión del viernes.
Demian no la miró.
Renata sonrió más.
—Perfecto. Será una buena oportunidad para que Marian conozca mejor a todos.
La frase sonó a invitación.
La amenaza venía debajo.
—Qué amable —dijo Marian.
Renata sostuvo su mirada.
—Aureum siempre es amable con quienes saben comportarse.
Demian dio un paso hacia la puerta, llevando a Marian con él lo justo para que la escena se cerrara.
—Entonces no debería ser difícil para ti, Renata.
El rostro de Renata permaneció impecable.
Pero sus ojos cambiaron.
—Nos vemos el viernes.
—Sí —dijo Demian—. Nos verán.
Renata y Pilar se retiraron.
La puerta se cerró.
Marian soltó la mano de Demian.
—¿Reunión del viernes?
—Isabell acaba de adelantar su siguiente movimiento.
—¿Y aceptaste por los dos?
—Sí.
—Demian.
—Si rechazamos, parecerá miedo. Si vamos, controlamos parte del escenario.
—¿Parte?
—Nunca todo.
Marian respiró hondo.
—Odio esto.
—Lo sé.
—Y odio que a veces tengas razón.
Una sombra leve pasó por los ojos de Demian.
—Eso también lo sé.
Marian tomó su mochila.
—Necesito irme antes de que me des otro consejo útil y me arruines el día.
Pasó junto a él hacia la puerta.
Antes de salir, Demian habló.
—Marian.
Ella se detuvo sin girar.
—¿Qué?
—Lo hiciste bien.
La frase la alcanzó de una manera que no esperaba.
No era elogio suave.
No era caricia.
Era reconocimiento.
Y por eso, precisamente por eso, le molestó que le importara.
Giró apenas el rostro.
—No lo hice por ti.
Demian la miró desde el centro del salón.
—No dije que sí.
Marian salió.
En el pasillo, el aire le pareció más frío.
Santiago estaba al fondo, respetando la distancia.
Aureum seguía funcionando alrededor: estudiantes, pasos, murmullos, pantallas encendidas, apellidos brillando en placas doradas.
Marian caminó sin bajar la mirada.
Esta vez, cuando alguien la observó, no buscó el daño.
Miró la mano.
Y siguió adelante.
El celular vibró antes de llegar a las escaleras.
Mensaje de Demian.
Viernes. Reunión social en residencia Santoro. Iremos juntos.
Marian cerró los ojos un segundo.
Luego escribió:
No olvides pedir permiso antes de tomarme la mano.
La respuesta llegó enseguida.
No olvides no temblar cada vez que me acerque.
Marian sintió calor en la cara.
La rabia fue inmediata.
También algo más.
Algo que no quiso mirar de frente.
Escribió:
Tal vez tiemblo de ganas de golpearte.
Tres puntos aparecieron.
Desaparecieron.
Volvieron.
Finalmente, llegó la respuesta:
Entonces tendré cuidado de no acercarme demasiado.
Marian se quedó mirando la pantalla.
Y, contra todo sentido común, casi sonrió.
Casi.