Órfana desde pequeña, Ayslan fue criada solo por su abuela. Cuando su salud empeora y los gastos médicos se vuelven urgentes, Ayslan acepta trabajar como camarera en un club de lujo… sin imaginar que ese paso cambiaría su vida para siempre.
Álvaro, un poderoso jefe de la mafia, vive consumido por la culpa después de perder a su esposa embarazada en una traición sangrienta. Al ver en Ayslan una perturbadora similitud con la mujer que perdió, toma una decisión extrema: obligarla a un matrimonio donde nada es elección, solo condición.
Atrapados en una relación marcada por el control, el silencio y el dolor, Ayslan lucha por no desaparecer en un papel que nunca quiso, mientras Álvaro confunde luto con posesión y obsesión con amor.
Cuando huir se convierte en la única forma de sobrevivir, ambos se ven obligados a enfrentar las consecuencias de lo que fue impuesto. Entre culpa, arrepentimiento y sentimientos que resisten al final, nace una historia sobre la pérdida y la oportunidad de empezar de nuevo, incluso cuando todo comenzó mal.
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Capítulo 7
Ayslan pasó todo el día con un peso extraño en el pecho.
No era dolor.
Era anticipación.
Desde la noche en que fue obligada a arrodillarse delante del altar, algo había cambiado. Álvaro ya no la corregía solo con palabras. La observaba más. Demoraba la mirada sobre ella como quien evalúa algo que no corresponde a lo esperado.
Aquella noche, él no se quedó en el escritorio.
Cuando Ayslan subió al cuarto, encontró la puerta entreabierta.
Álvaro estaba allí dentro.
El corazón de ella se aceleró inmediatamente.
—Te has demorado —dijo él, sin emoción.
—Yo… estaba ayudando en la cocina —respondió bajo.
Él cerró la puerta tras ella con un gesto calmo demasiado.
—A partir de hoy, voy a dormir aquí.
Ayslan sintió el suelo desaparecer bajo sus pies.
—¿En… en mi cuarto?
—Sí —respondió, simple—. Ya es hora de cumplir tu papel por completo.
Ella tragó saliva.
—Álvaro, nosotros combinamos…
—No combinamos nada —él interrumpió—. Yo establecí reglas. Y tú aceptaste.
Ayslan se quedó parada, las manos temblando levemente.
—Yo no estoy lista…
Álvaro se acercó despacio.
—Bruna nunca decía eso —dijo, frío—. Ella entendía sus obligaciones.
El nombre cayó entre ellos como una sentencia.
—Yo no soy Bruna… —murmuró Ayslan, casi sin voz.
La mirada de él se volvió aún más dura.
—Entonces aprende a serlo.
Él indicó el baño.
—Cámbiate de ropa.
Ayslan sintió los ojos arder, pero se movió. En el baño, apoyó las manos en el lavamanos y respiró hondo, intentando contener el llanto. El reflejo en el espejo mostraba una mujer pálida, con la mirada perdida.
Cuando volvió al cuarto, vestía una camisola simple. Nada provocante. Nada preparado para aquello.
Álvaro la observó en silencio.
—No —dijo, desaprobando—. Bruna usaba otra cosa.
Él abrió un cajón y retiró una prenda delicada, clara demasiado, femenina demasiado… y claramente no comprada para Ayslan.
—Ponte esto.
Ella titubeó.
—Esto era de ella…
—Ahora es tuyo —respondió él.
Ayslan sintió un nudo formarse en la garganta, pero obedeció. Cada gesto parecía una traición contra sí misma.
Cuando volvió, Álvaro la evaluó como si estuviera comparando una imagen viva a un recuerdo muerto.
—Ponte de espaldas —ordenó.
Ella obedeció.
—Álvaro...
—No hables —continuó—. Bruna era silenciosa.
Él apretó la cintura de ella, sus manos eran enormes, ella sintió un escalofrío.
Álvaro la acostó sobre la cama, hizo que Ayslan lo mirara a los ojos.
El beso era intenso, lleno de deseos.
Al contrario de lo que Ayslan esperaba, él fue cariñoso durante todo el acto, pero lo que más la incomodaba era la comparación con Bruna.
Ayslan permaneció inmóvil, sintiéndose ausente del propio cuerpo. El techo sobre ella parecía distante, como si estuviera observando todo desde fuera.
Cuando todo terminó, Álvaro se alejó primero.
Se vistió en silencio.
—Voy a volver a mi cuarto —dijo, sin mirarla—. Esto no necesita repetirse con frecuencia.
Ayslan giró el rostro, las lágrimas escurriendo sin sonido.
—Álvaro… —llamó, con la voz quebrada.
Él se detuvo en la puerta.
—¿Qué pasa?
—Esto… esto no fue un matrimonio.
Él la encaró por algunos segundos.
—Nunca dije que lo sería, fue solo un contrato.
Y salió.
Ayslan permaneció acostada, abrazando el propio cuerpo, sintiendo un vacío profundo. No era solo dolor físico. Era la certeza amarga de que había sido usada como reflejo, como sustituta, como algo descartable.
Aquella noche, ella no lloró alto.
Lloró en silencio.
Y, en otro cuarto de la mansión, Álvaro se quedó parado delante del espejo, encarando el propio reflejo con rabia.
Porque, por primera vez desde la muerte de Bruna, él no sintió alivio.
Sintió solo un desconfort extraño…
…y una culpa que aún no estaba listo para enfrentar, Ayslan le llamó la atención.
Ayslan no durmió.
Cuando el día amaneció, ella ya estaba sentada en la orilla de la cama, vestida, con las manos entrelazadas en el regazo. El cuerpo dolía, pero era el alma la que parecía más cansada. No había llanto. Las lágrimas habían quedado en la noche anterior.
Ella respiró hondo antes de salir del cuarto.
Aquel día, la mansión parecía aún más silenciosa. El sonido de sus propios pasos resonaba por el corredor mientras bajaba las escaleras. Cada escalón era acompañado por una decisión: no voy a implorar. Ella necesitaba mantener el poco de dignidad que aún poseía.
Álvaro estaba en el comedor, tomando café, como si nada hubiera pasado. Impecable, frío, distante. La misma expresión de siempre.
Ayslan se detuvo a algunos pasos de la mesa.
—Buenos días —dijo, la voz baja, pero firme.
Álvaro levantó los ojos lentamente.
—Buenos días.
El silencio se extendió por algunos segundos. Ayslan respiró hondo, sintiendo el corazón latir fuerte.
—Necesito hablar contigo.
Él hizo un gesto breve con la mano.
—Siéntate.
Ayslan permaneció de pie.
—Prefiero quedarme así.
Álvaro arqueó levemente la ceja, pero no insistió.
—Dime.
Ella tragó saliva.
—Quiero ver a mi abuela.
La frase salió simple, directa, sin acusaciones.
Álvaro apoyó la taza en la mesa con cuidado excesivo. La mirada de él se volvió pensativa… algo raro. Él no respondió de inmediato.
—Ella está siendo bien cuidada —dijo por fin.
—Lo sé —Ayslan respondió—. Y estoy agradecida por eso. Pero ella es todo lo que tengo. Necesito verla… hablar con ella.
Álvaro se levantó lentamente y caminó hasta la ventana. Se quedó algunos segundos observando el jardín, como si estuviera lejos de allí.
Ayslan esperó.
El silencio entre ellos no era vacío… era pesado, cargado de pensamientos que ninguno de los dos osaba decir.
—Entiendes que tu vida ahora es diferente, ¿no es así? —él preguntó, aún de espaldas.
—Lo entiendo —respondió ella—. Pero eso no cambia a quien amo.
Álvaro se giró lentamente.
—Tu abuela no puede saber de todo.
—Lo sé —Ayslan asintió—. No voy a decir nada más de lo necesario.
Él volvió a sentarse, cruzando las manos al frente del cuerpo.
—No irás sola.
Ayslan sintió un pequeño alivio, aun sabiendo lo que aquello significaba.
—Está bien.
—Uno de mis hombres va a acompañarla —continuó él—. De inicio a fin.
Ella asintió nuevamente.
—¿Cuándo?
Álvaro la observó por algunos segundos antes de responder.
—Hoy.
El corazón de Ayslan se aceleró.
—Gracias —dijo, con sinceridad contenida.
Álvaro desvió la mirada.
—No agradezcas —respondió—. Esto también forma parte del acuerdo.
Más Ayslan sintió un alivio, al saber que iba a ver a su abuela.