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La Última Mujer Vampiro

La Última Mujer Vampiro

Status: En proceso
Genre:Vampiro / Dominación / Amor prohibido / Mujer poderosa
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Edgar Romero

Una epidemia mortífera provocada por un fármaco que corrompió la sangre humana, extermina por completo a todos los vampiros del mundo. Tan solo sobrevive una mujer, Claudia Dumitrache, debido a que ella fue engendrada antes que estallara la fatídica pandemia. Claudia descubrirá que es una mujer vampiro por sus incontrolables deseos de beber sangre y hacer el amor sin contenerse. Así se inicia toda suerte de riesgos, aventuras, romances y peligros para Claudia en su afán de encontrar a otros vampiros, como ella, recuperar el abolengo y ser feliz con los suyos. Claudia, en efecto, buscará prolongar la estirpe y a la especie engendrando otros vampiros, empero debido a la sangre corrompida de los humanos, ya no surtirá efecto, no solo en sus deseos de embarazarse ni tampoco habrá transformación al morderles el cuello y beberle la sangre a sus víctimas. Claudia es capitana de policía y deberá evitar ser descubierta aunque su naturaleza de mujer vampiro la hará buscar, en forma vehemente y febril, la sangre humana por la ciudad, provocando todo tipo de situaciones y enredos que harán las delicias de los lectores. Claudia buscará igualmente el verdadero amor y en esos afanes, conocerá a muchas personas tratando de hallar la felicidad.

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Capítulo 2

Hice el amor muchas veces, me enredé con otros tantos hombres, bebí sangre a borbotones, me percibí muy sexy y sensual siempre, disfruté de esos tipos hasta quedar extasiada, sin embargo, no me embaracé y eso me desesperaba más. Yo aún no sabía que haría de mi vida. Quería ser astronauta, manejar un tanque en el ejército, ser acróbata en un circo o azafata de un avión, pero no me decidía ni sabía qué elegir. Lo que querría en realidad era hacer el amor con cualquier hombre. ¡¡¡Me encantaban demasiado los hombres!!! Tuve cinco novios diferentes en apenas dos meses y con todos hice el amor con mucha furia, en forma desenfrenada, vehemente y hasta violenta. A ellos les pedía que lo hicieran fuerte, muy fuerte porque me gustaba quedar eclipsada, extraviada en el espacio sideral, en el limbo, rodeada de estrellas, luces, colores y del propio arco iris. Yo era insaciable, en realidad, demasiado hambrienta de pasión y sexo y me encantaban los juegos eróticos, porque encendían aún más mis llamas íntimas. Eso no le gustaba a ellos porque querían dominarme y no ser dominados, más yo era una fiera, una verdadera bestia hambrienta de carne y sangre.

    Lo peor era mi mal carácter. Resultaba huraña, impulsiva, malhumorada e introvertida. Era contradictoria y pegalona. No me gustaba, tampoco que se sobrepasaran conmigo. Una noche bailando en una discoteca, muy acaramelada con un hombre guapo, alguien osó tocarme las nalgas y yo echa una furia, ¡pum! ¡pum! ¡pum! le di una paliza al faltoso, tanto que lo dejé desparramado en el suelo convertido en una piltrafa, incluso sin dientes y la nariz fracturada, encharcado en sangre. Yo jadeaba iracunda, echaba humo de las narices y tenía los ojos incendiados de la ira. Cuando me volví para reanudar el baile, mi pareja ya no estaba. ¡¡¡Había escapado espantado de mi furia!!!

   Estudié secretariado pero detestaba recibir órdenes y entonces no le veía mucho futuro a un trabajo así. También probé fortuna como azafata en un hotel, sin embargo habían turistas faltosos que querían sobrepasarse conmigo. A uno, incluso lo doblé de un rodillazo en los genitales y eso me costó una suspensión de dos días. Fastidiada porque no se me apoyó como yo merecía por ser la víctima, renuncié.

     Sin un cobre en la cartera, me aventuré a ser modelo en una galería de arte contemporáneo. Pagaban buen dinero y no me importaba posar desnuda. Habían otras chicas que hacían lo mismo y los dibujantes y acuarelistas que colmaban los talleres, se dedicaban a lo suyo, a resaltar mis encantos en el lienzo, sin acosarme o tatar de sobrepasarse.

   El gerente del museo de arte me miró de pies a cabeza. -¿De dónde es usted, señorita Claudia Dumitrache?-, me preguntó viéndome tan alta, espléndida, de muchas curvas, cautivante y preciosa en todos mis extremos. -Nací en Rumania, pero ya hace mucho tiempo vivo aquí-, le conté. Mis padres habían venido huyéndole a una crisis política en el país, siendo yo aún muy niña, y se establecieron aquí. Ahora yo necesitaba un buen empleo para sobrevivir.

   -Triunfará como modelo, señorita Dumitrache es usted perfecta-, estaba el gerente súper admirado conmigo. A él le encantaban mis ojos destellantes y amarillentos, mis pelos largos y azabache, mis curvas bien pinceladas, mis senos grandes, inflados como globos y la sonrisa pícara de femme fatale que dibujaba sensual en mis labios de rojo intenso.

    Sin embargo, posar desnuda, en forma sexy, muy atrevida, sugerente y erótica, me era una terrible agonía porque en cada velada me sentía envuelta en llamas, ansiosa de hacer el amor, de sumergirme en el pacer de las carnes desnudas, ansiando que alguien, cualquiera, me hagan suya y eclipsarme entre besos y caricias de un hombre hermoso.

    Tuve que dejar ese empleo porque no podía con mis impulsos. Yo era una bomba de tiempo a punto de hacer explosión. Así me sentía.

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