Elías era un estudiante de arquitectura solitario, tímido y sensible. Vivía para dibujar, cantar en silencio y refugiarse en novelas románticas donde el amor era intenso y absoluto. Tras la muerte de su abuela —la única persona que lo comprendía—, su mundo quedó vacío… hasta que una historia BL cambió su destino.
En aquella novela, el villano llamó su atención más que nadie:
un alfa poderoso, frío y temido, el gran duque del norte.
Un hombre incomprendido, marcado por una infancia cruel y condenado a morir solo entre el hielo.
Elías lo entendió.
Y lo amó… aun sin existir.
Pero el destino le dio una segunda oportunidad.
Tras perder la vida en un accidente, Elías despierta reencarnado en un mundo de fantasía, convertido en un omega masculino, de belleza delicada y mirada tierna. El mundo de la novela es ahora real… y el duque del norte también.
Esta vez, Elías no piensa ser un espectador.
Esta vez, no permitirá que el villano muera solo.
Entre jerarquías alfa–omega, heridas del pasado y
NovelToon tiene autorización de Annyaeliza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
capitulo 7:Elegir quedarse
El cambio no fue inmediato, pero fue visible.
Después de aquella tarde en la terraza, algo en Lioren se asentó. No desaparecieron sus inseguridades ni sus temores —eso habría sido demasiado irreal—, pero ya no lo dominaban. Por primera vez desde que había despertado en esa cama semanas atrás, sentía que no estaba huyendo de sí mismo.
Kael no volvió a insistir en nada. No habló de marcas, ni de compromisos, ni de futuro. Simplemente permaneció. Y para alguien como Lioren, cuya vida había estado marcada por la pérdida y el silencio, esa permanencia era el gesto más poderoso que podía existir.
Fue su madre quien notó primero el cambio.
Eiden observaba a su pequeño omega desde la distancia, como había aprendido a hacer después de perderlo una vez. Había pasado años mirándolo con miedo, como si en cualquier momento pudiera desaparecer otra vez. Pero ahora… ahora había algo distinto en su mirada.
Había luz.
—Está sonriendo más —murmuró durante la hora del té, rodeado de sus amistades gamas y omegas—. No esa sonrisa educada… sino una real.
Las mujeres y omegas presentes asintieron. Todas habían visto las pinturas. Todas habían sentido el nudo en el pecho al observar esos trazos cargados de soledad, deseo de pertenencia y anhelo de ser elegido.
—Su arte duele —dijo una omega mayor—. Pero también sana.
Eiden bajó la mirada hacia la taza.
—Mi hijo siempre ha amado con demasiada profundidad —susurró—. Incluso cuando no sabía a quién.
Por eso no le sorprendió cuando, días después, lo vio caminar por los jardines acompañado del duque del norte.
Kael Frostgrave no era un hombre fácil de ignorar. Su presencia imponía respeto incluso en silencio. Pero cuando miraba a Lioren… algo se suavizaba. Era un detalle casi imperceptible, pero para una madre que había perdido y recuperado a su hijo, era evidente.
Eiden no dijo nada.
Solo observó.
Y agradeció.
Los gemelos, en cambio, sí dijeron algo.
Rowan fue el primero en interceptarlo.
—Estás diferente —dijo sin rodeos, cruzándose de brazos.
Lioren se sobresaltó un poco.
—¿D-diferente cómo?
Cairon apareció a su lado, con esa mirada aguda que siempre parecía ver más de lo que decía.
—Más presente —respondió—. Menos como si estuvieras listo para huir.
Lioren bajó la mirada.
—Estoy… aprendiendo a quedarme.
Los gemelos se miraron.
—Ese alfa —dijo Rowan—. El duque del norte.
Lioren se tensó.
—No lo mires así —continuó Rowan—. No es una acusación. Solo… queremos saber si te hace sentir seguro.
Lioren respiró hondo.
—Sí —respondió con sinceridad—. Me hace sentir elegido. Pero no presionado.
Eso bastó.
—Entonces lo vigilaremos —sentenció Cairon—. Pero con menos intención de atravesarlo con una espada.
Lioren soltó una pequeña risa nerviosa.
—Gracias… creo.
Kael, por su parte, comenzaba a comprender la magnitud de lo que sentía.
No era solo deseo.
No era solo atracción.
Era protección, sí, pero también admiración.
Observaba cómo Lioren hablaba con los trabajadores del ducado, cómo escuchaba a las familias, cómo proponía soluciones prácticas y humanas. Viviendas mejor aisladas para el invierno, calles más iluminadas, espacios comunes donde los niños pudieran jugar sin miedo.
—Piensa como alguien que conoce la soledad —comentó uno de los administradores.
Kael asintió.
—Y por eso construye para que nadie más tenga que sentirla.
Aquella noche, Kael fue informado de algo que no lo sorprendió, pero sí lo hizo reflexionar: algunos alfas del consejo comenzaban a murmurar. Un omega tan cercano al duque del norte. Sin marca. Sin anuncio formal.
La presión era inevitable.
Pero Kael la rechazó con la misma frialdad con la que enfrentaba al invierno.
—No forzaré a alguien que aprendió a vivir dos veces —dijo—. Elegirá cuando esté listo. O no elegirá. Y eso también será respetado.
Lioren no era ajeno a esas miradas.
Las sentía. Las percibía. Pero esta vez, no retrocedía.
Una tarde, mientras caminaba con Kael por el borde del lago ya liberado del hielo, habló con voz baja.
—Sé que el mundo espera cosas de ti —dijo—. Y de mí, por estar a tu lado.
Kael se detuvo.
—El mundo puede esperar —respondió—. Tú no tienes que hacerlo.
Lioren apretó los dedos contra su abrigo.
—Nunca pensé que alguien me diría eso.
Se giró hacia él, nervioso.
—Kael… este amor sigue dándome miedo. Porque es mi primera vez. Porque no sé qué estoy haciendo. Porque a veces siento que soy demasiado… frágil.
Kael levantó una mano y tocó su mejilla.
—Eres sensible —corrigió—. Y eso no es una debilidad.
Lioren tragó saliva.
—¿Y si un día me arrepiento? ¿Si me doy cuenta de que no estoy listo?
Kael sonrió suavemente.
—Entonces seguiremos caminando. O nos detendremos. O tomaremos caminos distintos. Pero nunca te arrepientas de haber elegido con honestidad.
Lioren sintió que algo se aflojaba en su pecho.
—Gracias —susurró—. Por no querer poseerme.
—Gracias a ti —respondió Kael—. Por confiarme algo tan nuevo para ti.
Lioren dudó un segundo… y luego tomó su mano.
No como una promesa eterna.
Sino como una elección del presente.
Kael entrelazó los dedos con los suyos, firme, cálido.
Y en ese gesto simple, Lioren comprendió algo fundamental:
No necesitaba correr.
No necesitaba esconderse.
No necesitaba ser perfecto.
Solo necesitaba elegir quedarse.