Me llamo Araceli Durango, y toda mi vida me han señalado como la mala del cuento.
La manipuladora.
La egoísta.
La que destruye todo lo que toca.
Y quizá tengan razón.
No nací siendo un monstruo…
Pero cuando te enseñan desde pequeña que el mundo solo respeta a los fuertes, aprendes rápido a ocultar tus heridas detrás de una sonrisa afilada. A empujar primero antes de que te empujen. A tomar lo que quieres, incluso cuando no deberías.
Durante años construí mi reputación:
la mujer que nadie podía engañar, la que siempre ganaba, la que controlaba cada pieza del tablero.
Todo iba bien… hasta que Yubitza Sandoval regresó a mi vida.
La chica que una vez llamé amiga.
La única que vio mi vulnerabilidad.
La que, sin saberlo, presenció el día en que dejé de ser víctima y me convertí en la villana que todos temen.
Ahora, Yubitza aparece con una sonrisa que me hiere más que cualquier golpe del pasado, dispuesta a demostrar que no soy tan invencible como aparento. Su regreso reabre las puertas
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Las expectativas de la familia Durango
En la familia Durango no se espera amor, se espera obediencia.
Lo entendí mucho antes de saber ponerle nombre a las cosas, mucho antes de comprender que lo que se respiraba en esta casa no era exigencia sana, sino presión constante; no era disciplina, sino control emocional; no era orgullo familiar, sino una necesidad enfermiza de aparentar perfección ante un mundo que jamás se sacia.
Aquí no se abrazaba, se evaluaba.
Carola Videla, mi madre siempre decía que el afecto ablanda el carácter y en su lógica torcida, ablandarse era sinónimo de debilidad, ella no crio una hija, moldeó una pieza, una extensión de sí misma, algo que debía encajar sin rechistar en el tablero social que llevaba años construyendo.
Carola no camina, desfila, no habla, sentencia, no entra en una habitación, la reclama.
Desde que tengo memoria, la casa giró alrededor de su voz, de su humor, de sus silencios calculados, si estaba satisfecha, el ambiente era liviano. Si no, el aire se volvía denso, irrespirable, nadie levantaba la mirada, nadie la contradecía, ni siquiera mi padre.
Mi padre… el eterno ejemplo de lo que sucede cuando confundes amor con sumisión.
Es un hombre inteligente, capaz, con talento para los negocios, pero frente a Carola, se vuelve pequeño, siempre lo ha sido. Él cree que ceder es evitar conflictos, que complacer es proteger la paz, no entiende , o no quiere entender que la paz que defiende es solo la de ella, lo vi caer en sus manipulaciones una y otra vez.
Carola no grita, no hace escándalos, ella suspira, mira por encima del hombro, deja frases inconclusas, se victimiza con elegancia. Y mi padre, como un reflejo condicionado, corre a reparar algo que ni siquiera entiende qué rompió.
—Solo quiero lo mejor para esta familia —dice ella siempre.
Y mi padre asiente.
Siempre asiente.
Ahora, con los contratos con la familia Montenegro avanzando, lo veo más nervioso que nunca, más atento, más dispuesto a ceder. Como si ese apellido tuviera el poder de borrar cualquier duda que alguna vez tuvo.
—Esto es una oportunidad histórica —le escuché decir—. Una alianza así nos posiciona en otro nivel.—
Carola lo observaba desde su sillón, con una copa en la mano, satisfecha.
—No es una oportunidad —corrigió—. Es el resultado natural de hacer las cosas bien.—
Hacerlas como ella quiere.
La unión con los Montenegro no era solo un negocio, era una consagración, una validación pública de todo lo que Carola creía ser, una mujer superior, destinada a codearse con las familias más influyentes, a ser admirada, envidiada, imitada.
Y ahora, además, emparentada con ellos.
La idea la embriagaba.
La vi cambiar desde que el compromiso se hizo oficial, más arreglada, más sonriente, más presente en eventos sociales, como si el apellido Montenegro le hubiera devuelto una juventud que nunca fue real, solo fingida.
—Mi hija se casará con un Montenegro —repetía, como si fuera un título nobiliario.
Nunca decía mi hija será feliz, nunca preguntaba cómo me sentía, yo era el puente, nada más.
Las expectativas en esta familia siempre fueron claras, aunque jamás se verbalizaran de forma directa, debía ser impecable, elegante, silenciosa cuando correspondía, ambiciosa, pero no demasiado, fuerte, pero sin eclipsar, sumisa en apariencia, estratégica en el fondo.
Una Durango no fracasa, una Durango no duda, una Durango no expone debilidades.
El afecto era inexistente, pero el control estaba en cada detalle, cómo me vestía, cómo hablaba, con quién me relacionaba, Carola tenía una opinión para todo y si no coincidías con ella, te castigaba de la manera más efectiva, con indiferencia.
El silencio de mi madre siempre fue más cruel que cualquier insulto.
—No me decepciones —decía, mirándome de arriba abajo—. Recuerda quién eres.—
Quién debía ser.
Mi padre intentaba suavizarla a veces, con gestos torpes de cariño que nunca llegaban a destino.
—Tu madre solo quiere protegerte —me decía.
Mentía o se mentía a sí mismo, Carola no protege, Carola posee.
La vi ejercer ese poder sobre todos, sobre empleados, sobre amistades, sobre familiares y ahora, sobre los Montenegro, porque aunque son una familia fuerte, incluso ellos ceden ante su encanto calculado, ante esa mezcla de sofisticación y frialdad que intimida sin levantar la voz.
En las cenas previas al anuncio del compromiso, mi madre brillaba, reía, contaba anécdotas cuidadosamente editadas, se mostraba como la anfitriona perfecta, la mujer que siempre pertenece, sin importar el lugar.
Yo observaba en silencio.
Elías también.
Él no decía mucho, pero veía cómo se tensaba cada vez que Carola lo evaluaba con la mirada, porque eso hacía, evaluaba. Como si incluso él, un Montenegro, tuviera que demostrar estar a la altura de su hija… de su apellido.
—Será un gran esposo —dijo una noche, con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos—. Y tú serás una gran esposa, juntos serán invencibles.—
Invencibles, no felices.
Mi padre levantó su copa, orgulloso, como si hubiera logrado el mayor triunfo de su vida, los contratos avanzaban, los acuerdos se cerraban, todo encajaba.
Todo… excepto yo.
Porque mientras ellos veían alianzas, prestigio y poder, yo veía con absoluta claridad la jaula que se cerraba, una jaula dorada, sí, pero jaula al fin.
Y aun así, no retrocedí.
Porque crecer bajo las expectativas de la familia Durango te enseña algo esencial, si no cumples el rol que te asignan, te conviertes en prescindible, invisible, reemplazable, yo no estaba dispuesta a desaparecer.
Carola Videla creía que me había moldeado, que había creado una hija funcional, útil, digna de exhibirse ahora que su valor social había aumentado.
No entendía que, en el proceso, también me había enseñado a manipular, a observar, a esperar el momento exacto para mover la pieza correcta.
Mi padre seguía cayendo en sus juegos, convencido de que algún día ella le agradecería.
Yo no, yo aprendí la lección completa, en esta familia no se sobrevive esperando cariño, se sobrevive aprendiendo a jugar.
Y mientras Carola celebraba su nuevo parentesco con los Montenegro, convencida de que todo estaba bajo su control, yo sabía algo que ella no sospechaba...
había creado a alguien muy parecido a ella.
Pero sin su necesidad de aplausos.
Sin su dependencia del qué dirán.
Alguien capaz de cumplir las expectativas…
y luego romperlas desde adentro.
Porque si la familia Durango me enseñó algo, fue esto...
el afecto es opcional.
El poder, no.
Y yo ya había decidido de qué lado iba a estar.
ojalá puedas investigar algo por que esa niña es igual de mala que la madre ojalá cuando esa aparezca disque a reclamar lo que es suyo Araceli lo deje libre a si sin más será un golpe bueno para el idiota de Elías 😡😡😡
sería increíble que Araceli le dijera y le entregará al Elías sin reclamos comí siempre eso la aria arder más a la Yubitza 😂
le dije les dije desde el primer capítulo la autora quiso o hizo que odiaríamos a la equivocada🤭🤭🤭
y yo estoy en esas por que en el primer capítulo como le eche más a Araceli pero ahora amo su frialdad
ojalá también sepa que tiene a una empleada traidora en su casa 😡