Me convertí en el arma que Caeleen Valkrum usaba para darle celos a su amante secreto. Un amor de años. Un hombre casado. El único que realmente importaba. Yo solo era el profesor tranquilo, el refugio, el que no preguntaba. Pero cuando el juego se volvió real, cuando sus besos dejaron de ser una farsa, el amante contraatacó. Y ahora estoy en medio de una guerra que no pedí, con un hombre que me mira como si yo también pudiera ser su hogar. ¿Y si al final el que termina ardiendo soy yo? ¿O quizás, entre las cenizas de los dos, podemos construir algo que ninguno tuvo nunca?
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EL ENCARGO.
La pregunta de Caeleen resonaba en la cabeza de Azren con el eco seco de un disparo.
¿Para qué?
No era una pregunta sobre la poesía. Era una pregunta sobre él. Sobre si lo que hacía tenía algún valor en el mundo real. Sobre si podía ser útil para alguien como Caeleen.
Durante días, Azren caminó con esa pregunta clavada en el costado. Una parte de él, la sensata, quería olvidarla. La otra, la herida y fascinada, la repetía como un mantra. Y con ella, la imagen de esa sonrisa cálida en el café, esa conversación que por un momento le había hecho sentir que era algo más que un mueble.
Pero luego había llegado el silencio. Días sin noticias. Días preguntándose si todo había sido un juego, si la sonrisa de Caeleen era solo eso: una sonrisa, vacía, sin más.
Y entonces, en el último sitio donde esperaba encontrarlo, apareció.
La biblioteca pública central olía a papel viejo y silencio. Azren estaba en la sección de literatura europea del siglo XIX, excavando entre pilas de libros para una clase sobre el realismo, cuando una sombra larga y familiar cayó sobre la página abierta de un ejemplar de Madame Bovary.
Alzó la vista.
Caeleen estaba allí, al otro lado de la mesa de roble. Jersey negro de cuello alto, manos en los bolsillos. No parecía perdido. Su expresión no era de sorpresa. Era de confirmación. Lo había buscado. Lo había encontrado.
Azren sintió un vuelco en el pecho. Miedo. Alivio. Las dos cosas mezcladas, imposibles de separar.
—Tú —dijo Caeleen. Y sonrió.
Esa sonrisa. La misma del café. Cálida. Como si este encuentro fuera una coincidencia afortunada, no el resultado de una búsqueda.
—Qué pequeño es el mundo —dijo, sentándose frente a él sin pedir permiso, con esa naturalidad que tenía para ocupar cualquier espacio—. ¿Me puedo sentar?
—Ya lo estás haciendo —respondió Azren, y Caeleen se rió. Una risa baja, genuina.
—Tienes razón. Perdón. Es que las bibliotecas me intimidan. Necesito apoyo moral.
Azren no supo si creérselo. Caeleen no parecía alguien que se intimidara por nada. Pero la sonrisa seguía ahí, desarmante, y era más fácil dejarse llevar que preguntar.
—¿Buscas algo en concreto? —preguntó Caeleen, inclinándose ligeramente para mirar los títulos de los libros apilados. Su hombro rozó el de Azren por un segundo. Casual. O no.
—Preparo una clase. Realismo francés.
—Ah. —Caeleen asintió como si entendiera, aunque probablemente no tenía ni idea—. ¿Y alguno de esos habla de... no sé... de gente que espera algo que nunca llega?
La pregunta era demasiado específica. Azren lo miró.
—¿Como qué?
—Como un jardín. —Caeleen señaló uno de los libros de la pila—. Ese. El Jardín de los Cerezos, de Valentín Uspenski. ¿Lo conoces?
—Sí —dijo Azren, sorprendido de que Caeleen supiera el título—. Una familia que pierde su finca. Su jardín. No saben adaptarse. El mundo cambia y ellos se quedan quietos. Al final, lo pierden todo.
Caeleen asintió lentamente. Sus ojos, esos ojos ámbar que Azren había visto brillar con ira y con deseo, ahora parecían simplemente... interesados.
—¿Y el jardín? —preguntó—. ¿Qué era para ellos?
—Todo lo que creían ser. Lo que ya no eran. Pero no sabían soltarlo. Tuvieron que perderlo para... no sé, para sobrevivir, supongo.
Caeleen se quedó callado un momento. Luego dijo:
—A veces es más fácil aferrarse a lo que duele que soltarlo y enfrentar el vacío. ¿No crees?
La frase era tan personal, tan expuesta, que Azren no supo cómo responder. ¿Era una confesión? ¿Una prueba? ¿O simplemente estaba pensando en voz alta?
—Supongo —dijo Azren—. Pero el vacío también se puede llenar. Con otras cosas.
Caeleen lo miró. Directo. Sostenido.
—¿Como qué?
Azren sintió que el suelo se movía. No sabía qué respuesta esperaba Caeleen. No sabía si había una respuesta correcta.
—No sé —admitió—. Depende de cada uno.
Caeleen asintió, como si la respuesta le sirviera. Luego se reclinó en la silla, estiró los brazos por encima de la cabeza, un gesto de quien está cómodo, de quien no tiene prisa por irse.
—¿Sabes? —dijo—. Desde lo del café no he dejado de pensar en lo que dijiste. Sobre el lenguaje de las flores. Sobre los símbolos. Sobre las verdades que solo se pueden decir de lado. —Hizo una pausa—. Tienes una manera de ver las cosas... distinta. Me gusta.
El cumplido era una caricia. Azren sintió que se le calentaban las mejillas.
—Es mi trabajo —dijo, para quitarle peso.
—No. Es tu forma de estar en el mundo. —Caeleen sonrió, y esa sonrisa era tan magnética que dolía—. No es lo mismo.
El silencio se estiró. Cómodo. Íntimo. Como si fueran dos viejos amigos.
—Oye —dijo Caeleen de repente, como si se le acabara de ocurrir—. Hay un libro que alguien me recomendó una vez. No lo entendí muy bien, pero creo que a ti te gustaría. O igual tú puedes explicármelo.
Sacó un volumen delgado del bolsillo interior de la chaqueta. La Casa Vacía, de Santiago Valdés. Una edición sencilla, con la cubierta desgastada. Lo dejó sobre la mesa, entre los libros de Azren.
—¿Me haces un favor? —preguntó, y su tono era el de quien pide algo simple, algo que un amigo haría por otro—. Léelo. Dime qué te parece. Lo que sea que tú veas ahí que yo no veo.
Azren miró el libro. Luego a Caeleen. Su expresión era abierta, sincera, casi vulnerable.
—¿Por qué yo? —preguntó.
—Porque ya te lo dije. Ves cosas que otros no ven. —Caeleen se inclinó hacia adelante, bajando la voz—. Y porque... no sé, confío en tu criterio. Desde el café, confío.
La palabra pesaba. Confío.
Azren sabía que no debía. Sabía que todo esto podía ser un juego. Que la sonrisa de Caeleen, su cercanía, su interés, podían ser solo herramientas. El hombre de la terraza, el que había mirado a Darius con esa intensidad devastadora, no era un tipo que confiara fácilmente en nadie.
Pero también estaba aquí. Sentado frente a él. Pidiéndole ayuda. Mirándolo como si de verdad importara.
—De acuerdo —dijo Azren—. Lo leeré.
Caeleen sonrió. Una sonrisa amplia, agradecida, como si Azren le hubiera hecho un regalo enorme.
—Gracias —dijo. Y luego, como si recordara algo—: Ah, y mi número está en la primera página. Por si quieres contármelo en persona. En el café de la otra vez, por ejemplo. Yo invito.
Se levantó. Metió las manos en los bolsillos, miró a Azren un segundo más, y dijo:
—Me alegro de haberte encontrado. De verdad.
Luego se perdió entre los pasillos de estantes, dejando a Azren solo con el libro y el eco de esas palabras.
Me alegro de haberte encontrado.
...--------♡--------...
Esa noche, en su apartamento, Azren sostuvo el libro en las manos. La Casa Vacía, de Santiago Valdés. Lo abrió por la primera página. Allí estaba, escrito con bolígrafo azul, un número de teléfono. Nada más.
Comenzó a leer.
La historia era simple y devastadora: un arquitecto llamado Manuel construye una casa en un acantilado, diseñada hasta el último detalle para el hombre al que ama, un pintor llamado Sebastián. Pero Sebastián nunca llega a habitarla. Tiene una vida en la ciudad, un matrimonio estable, obligaciones. La casa queda vacía, pero Manuel no la vende. La cuida. La mantiene perfecta. Espera.
Pasan los años. Sebastián visita la casa una vez, de pasada, y ve lo que Manuel ha hecho. Ve la espera. Pero no puede quedarse. Vuelve a su vida. Vuelve a su jaula.
Y Manuel sigue esperando. No porque crea que Sebastián volverá, sino porque la casa vacía es lo único que le queda de él. Lo único real.
Azren cerró el libro con el corazón acelerado.
Darius era Sebastián. Atrapado en su jaula dorada. Caeleen era Manuel. Construyendo un imperio vacío, esperando a alguien que nunca llegaba del todo.
Y él, Azren, era el lector. El que podía explicar lo que significaba todo eso. El que podía darle a Caeleen las palabras que le faltaban.
Pero también era otra cosa. También era alguien que, como Manuel, estaba empezando a construir su propia casa vacía. Una casa donde Caeleen entraba y salía, dejando migajas de atención, y él las recogía como si fueran tesoros.
Cuando terminó, eran las tres de la mañana. Miró el número en la primera página. Lo tuvo un rato entre los dedos, sopesando.
Luego guardó el libro en la mesilla y apagó la luz.
No llamaría esa noche. Necesitaba pensar. Necesitaba decidir si realmente quería ser eso: el intérprete. El que traducía el corazón de otro hombre para que Caeleen pudiera, quizás, poseerlo.
Pero mientras se quedaba dormido, una parte de él ya sabía la respuesta.
Porque Caeleen había dicho: me alegro de haberte encontrado.
Y Azren, como un idiota, quería creerle.
Quería creer que esa casa vacía que estaba construyendo, algún día, alguien la habitaría.
Aunque ese alguien solo entrara para preguntar por otro.