Me contrato para traducir el corazón de su amante.
Terminé enamorándome de él.
Azren solo quería ayudar a Caeleen Valkrum —dios del baloncesto, multimillonario, el hombre más guapo que había visto nunca— a entender al hombre que le rompió el alma.
Pero cada palabra que analizaba, cada secreto que descifraba sobre Darius, lo acercaba más al abismo de caer por Caeleen.
Cuando sus familias pactan su matrimonio, Azren acepta convertirse en el esposo legal del hombre que ama en secreto. Una alianza sellada con papeles, con anillos, con un "sí, quiero" que Caeleen pronunció mirando a otro.
Porque prefiere quemarse en su tormenta a no tener nada de él.
Aunque sabe que, cuando el fuego se apague...
Caeleen seguirá amando a otro.
Y él habrá perdido todo.
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EL ENCARGO.
La pregunta de Caeleen resonaba en la cabeza de Azren con el eco seco de un disparo. ¿Para qué? No era una pregunta sobre la poesía, sino sobre su eficacia. Era el desprecio de un hombre que medía el mundo en resultados tangibles —puntos, récords, contratos— por un territorio donde las victorias eran invisibles y las derrotas, poemas.
Durante días, Azren caminó con esa pregunta clavada en el costado. Una parte de él, la sensata, quería olvidarla. La otra, la herida y fascinada, la repetía como un mantra, buscando en cada calle, en cada café, la silueta que la había pronunciado. No la encontró en ningún lugar ruidoso. La encontró en el último sitio donde hubiera apostado: el silencio sepulcral de la biblioteca pública central.
Estaba en la sección de literatura europea del siglo XIX, excavando entre pilas de libros para una clase sobre el realismo, cuando una sombra larga y familiar cayó sobre la página abierta de Madame Bovary.
Alzó la vista. Caeleen estaba allí, al otro lado de la mesa de roble. Llevaba un jersey negro de cuello alto que le daba un aire severo, fuera de lugar entre tanto papel polvoriento. No parecía perdido. Su expresión no era de sorpresa, sino de confirmación. Lo había buscado. Lo había encontrado en su guarida.
—Tú —dijo. La misma palabra plana, un identificador, no un saludo.
Azren contuvo el aliento. —Caeleen —logró decir, forzando su voz a la neutralidad. Nombrarlo era un pequeño acto de desafío.
Los ojos ámbar de Caeleen lo escrutaron, omitiendo cualquier formalidad. Bajaron a los libros esparcidos: Balzac, Flaubert, Chéjov. Se detuvieron en este último. El jardín de los cerezos. Una edición moderna, con una portada triste.
—¿Y ese? —preguntó Caeleen, con un gesto de mentón. Su tono no era curioso. Era de evaluación. Como si estuviera examinando una pieza de un equipo cuyo manual no entendía.
Azren parpadeó. No era una pregunta casual. Era la continuación lógica del ¿Para qué? Era: "Muéstrame. Demuéstrame que todo este ruido sirve para algo."
—Trata de una familia que se hunde —dijo Azren, midiendo las palabras—. Se aferran a su finca, a un jardín lleno de recuerdos, pero el mundo cambia y ellos no. Al final, lo pierden. Lo cortan. Es lo único que pueden hacer.
Caeleen no se movió, pero Azren vio cómo su atención se volvía más intensa, casi física. —¿El jardín?
—Es todo lo que creían ser. Lo que ya no son. Lo tienen que dejar ir para… sobrevivir, supongo. Es trágico, pero es lo necesario.
Un músculo se tensó en la mandíbula de Caeleen. Necesario. La palabra pareció herirlo. La probó en silencio, con amargura.
Su mirada se despegó de Azren y recorrió los estantes atestados, como buscando un título específico en un idioma que no leía. Luego, volvió a clavarse en él. Había tomado una decisión.
—Necesito que leas algo —dijo. No era una petición. Era una orden disfrazada de necesidad práctica.
Azren sintió un escalofrío. —¿Algo?
—Un libro. No uno cualquiera —aclaró Caeleen, como si fuera obvio—. Uno que… alguien considera importante. Necesito saber qué dice. Qué realmente está diciendo.
No hizo falta nombrarlo. Darius. La presencia del hombre rubio llenó el espacio entre ellos, tan palpable como el olor a papel viejo. Darius, que vivía en ese mundo de símbolos y gestos delicados. Caeleen, que se ahogaba en él, extendía la mano hacia el único salvavidas que veía: el profesor que podía traducir.
—¿Y por qué yo? —preguntó Azren, aunque la respuesta ya la sentía arder en el aire.
—Porque es lo que haces —dijo Caeleen, con una lógica brutal y simple—. Entiendes el ruido. Le encuentras el sentido. ¿Sí o no?
Era una transacción pura. Azren podía negarse. Podía levantarse y alejarse del precipicio. Pero entonces, miró los ojos ámbar fijos en él. No había súplica, ni vulnerabilidad. Solo una determinación férrea y una oportunidad, la única y perversa, de demostrar que su respuesta al ¿Para qué? tenía valor. De ser útil.
—Necesitaría el libro —susurró.
—Lo tendrás —aseguró Caeleen, sin un atisbo de duda. La logística era un problema trivial para él. —Solo el análisis. Nada más.
Azren asintió. Era un pacto con el diablo, pero sellado con un apretón de manos profesional. Caeleen obtenía su intérprete. Azren obtenía una razón, aunque fuera tortuosa, para seguir cerca del fuego.
Caeleen dio un paso atrás. —Bien.
Se dio la vuelta para irse, pero se detuvo. Sin mirar a Azren, sobre el hombro, añadió: —No es un regalo. Es un encargo.
Y se perdió entre los pasillos de estantes, dejando a Azren con el corazón acelerado y el peso de una promesa sobre los hombros. No había intercambiado direcciones. No había habido interés personal. Solo había contratado un servicio especializado.
Esa noche, Azren miró sus estanterías, repletas de poesía y narrativa. Por primera vez, sus herramientas de trabajo —esa habilidad para desentrañar Significados— se sentían como armas prestadas a un hombre que no quería entender el corazón de un poema, sino descifrar el corazón de un hombre.
El encuentro no había sido cálido, ni íntimo. Había sido frío, práctico y devastadoramente efectivo. Caeleen no se había interesado por el profesor. Se había interesado por la función que el profesor podía cumplir.
Y Azren, al aceptar, había aceptado también ese rol reducido y peligroso: ser la lupa a través de la cual Caeleen Valkrum intentaría leer, por fin, el alma inalcanzable de Darius.