Sinopsis
Tras morir en un trágico accidente, Sheila Roy despierta en el cuerpo de Saori, la hermana mayor de un personaje secundario en una popular novela de supervivencia zombie. Sabiendo que el fin del mundo comenzará en cuestión de días, utiliza sus conocimientos y los recursos de sus padres para construir un búnker inexpugnable y rescatar a sus hermanos.
Sin embargo, tras la primera noche del apocalipsis, Saori recupera un recuerdo aterrador: el mundo en el que habita no pertenece a una sola novela, sino a la fusión de dos historias distintas. La segunda trama introduce las "Olas de Mutación", eventos globales que transforman el clima, la flora y la fauna en depredadores letales.
Ahora, con un bebé rescatado, un perro que empieza a mostrar una inteligencia inquietante y un grupo de supervivientes bajo su mando, Saori debe liderar a los suyos a través del "Destello de los Mil Soles", un sueño profundo que marcará el inicio de la verdadera evolución biológica.
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Capitulo 18
El ambiente en el búnker se volvió gélido, y no precisamente por la falta de calefacción. Saori extendió el mapa sobre la mesa metálica con una determinación que ocultaba el temblor de sus manos. Al ver cómo el papel aparecía de la nada, invocado desde su Almacenamiento Espacial, Sora y los niños retrocedieron un paso, asombrados por esa magia tecnológica que hasta ahora solo pertenecía a la ficción.
—Lo primero es salir —sentenció Saori, marcando una "X" roja sobre el mapa.
—¿Salir? ¿Es una buena idea? —preguntó Naoko, apretando a Tesha contra su pecho. Sus ojos reflejaban el terror de quien prefiere la seguridad de cuatro paredes antes que el caos del exterior.
—Ya no hay muros que valgan, Naoko —respondió Saori, señalando las grietas del techo—. Mientras dormíamos, los insectos evolucionaron. Si Max no hubiera estado aquí, esos ciempiés nos habrían devorado en nuestros sueños. A partir de ahora, ningún lugar es seguro. La evolución no pide permiso para entrar.
Sora tragó saliva, mirando el mapa con fijeza.
—¿Y a dónde se supone que iremos? La ciudad es un laberinto de muerte.
—Necesitamos un laboratorio —dijo Saori—. Uno con la tecnología necesaria para entender estas mutaciones... y quizás, para replicar la cura. ¿Conocen algún lugar en la Ciudad Z que sirva para eso?
El silencio se prolongó hasta que Near, quien permanecía en las sombras con una calma inquietante, dio un paso al frente.
—Mi tío trabajaba en Lorinso Com —dijo, y su voz sonó extrañamente técnica—. Es un complejo de alta seguridad en el sector norte. Tienen biotecnología de punta.
—Qué nombre tan raro —murmuró Sora, tratando de aliviar la tensión, pero nadie sonrió.
Saori no estaba segura de si esa era la base que mencionaba la novela del protagonista, pero era su única pista real. Sin embargo, antes de trazar la ruta, su dedo se detuvo sobre tres puntos específicos en el mapa: las plantas nucleares que rodeaban la región.
—Escúchenme bien —dijo Saori, y esta vez el miedo en los rostros de Yuuta y Asami fue palpable. Los niños se abrazaron, intuyendo que lo que venía era peor que los monstruos—. La electricidad tardó en irse, lo que significa que los reactores seguían activos. Pero sin mantenimiento humano, los sistemas de enfriamiento van a fallar.
De repente, una radio de emergencia que Saori había dejado encendida soltó una ráfaga de estática hiriente. Una voz distorsionada, ahogada en pánico, se filtró por el altavoz: "...fallo crítico en el núcleo de la Planta Este... protocolo de evacuación fallido... la zona es inhabitable, repito, la zona...". La transmisión se cortó con un chirrido agudo.
—Ya empezó —susurró Saori, y el aire pareció volverse más pesado—. Habrá una cadena de explosiones y emisiones de radiación tóxica. Si no nos alejamos de estas zonas ahora, no importará cuántas habilidades tengamos; la radiación nos desintegrará desde adentro. La vida en esas regiones ha llegado a su fin.
El silencio que siguió fue absoluto. Solo se escuchaba el llanto lejano de la bebé y el rugido del viento golpeando la escotilla. Tenían un destino, pero el tiempo se estaba agotando más rápido de lo que el sistema les advertía.
El nombre de Christian flotó en el aire como una balsa de salvación. Saori cerró los ojos un instante, tratando de recordar la ubicación de la mansión de aquel chico rico. El Merodeador (Marauder) no era un simple coche de lujo; era, literalmente, una fortaleza con ruedas.
—Si de verdad tienen un Merodeador, ese es nuestro boleto de salida —dijo Saori, con un brillo de determinación en los ojos—. No podemos ir en un auto común. Necesitamos algo que no se convierta en una lata de conservas al primer embate de un animal mutante.
Sora frunció el ceño, intrigado.
—¿Tan especial es ese vehículo?
—Es una bestia de acero de diez toneladas, Sora —explicó Near, y por primera vez, su voz de pacifista no sonaba temerosa, sino aliviada—. Está diseñado para resistir explosiones de minas antitanque y embestidas frontales. Sus paredes de blindaje compuesto pueden detener proyectiles de alto calibre, y sus neumáticos son prácticamente indestructibles. En este nuevo mundo, no es un transporte; es un búnker móvil.
Saori asintió, visualizando el gigante de metal. En un entorno donde las plantas podían perforar el asfalto y los animales tenían una fuerza sobrehumana, el Merodeador era la única forma de cruzar las zonas de radiación y los climas extremos sin morir en el intento.
—Esa es la meta —sentenció Saori, guardando el mapa en su almacenamiento con un gesto fluido—. Evitaremos las costas a toda costa. Si la naturaleza mutó, el océano debe ser un hervidero de monstruos que ni siquiera puedo imaginar. No quiero estar cerca del agua si un tsunami provocado por un sismo mutante decide barrer la ciudad.
A Yuuta se le escapó un pequeño sollozo. La idea de que el mar, que antes era sinónimo de vacaciones, ahora fuera una amenaza mortal, le resultaba insoportable. Max, sintiendo la angustia del niño, se acercó y apoyó su pesada cabeza en su regazo, emitiendo un zumbido reconfortante que vibró en los huesos de todos.
—No tengan miedo —dijo Saori, mirando a su equipo—. Tenemos las habilidades, tenemos el conocimiento y pronto tendremos al Merodeador. La humanidad casi se extinguió por descuido, pero nosotros no vamos a cometer ese error.
Se dirigió a la compuerta de salida, sintiendo cómo el frío metálico del búnker ya no era suficiente para contener la energía que bullía en su interior.
—Near, guía el camino hacia la casa de Christian. Sora, mantén tu telequinesis lista para cualquier escombro o atacante. Naoko, vigila a Tesha. Max... —el perro se puso en posición de ataque, mostrando sus colmillos metálicos—. Tú abres la brecha.
Saori accionó la palanca final. El siseo del aire al equilibrarse con la atmósfera exterior sonó como el último suspiro del mundo viejo. La puerta se abrió, revelando no el jardín que recordaban, sino una maraña de raíces negras y un cielo de un color naranja radiactivo que presagiaba la primera tormenta climática.
—Bienvenidos al Veredicto —murmuró Saori, dando el primer paso hacia la superficie.
Saori se acercó a la pantalla principal, sintiendo cómo el frío del búnker se volvía más denso en contraste con lo que estaba a punto de presenciar. Con un clic seco, las cámaras exteriores se activaron. Lo que vieron no era el mundo que recordaban; era una pintura abstracta de horror y naturaleza desatada.
El cielo ya no era azul. Una capa de neblina ocre y violeta cubría el horizonte, como si el sol tuviera que atravesar un filtro de sangre y ceniza. En solo una semana, la ciudad había sido devorada. Enormes enredaderas con espinas del tamaño de dagas trepaban por los edificios, rompiendo los cristales de las oficinas y colgando como lenguas hambrientas hacia el asfalto.
—Miren eso... —susurró Yuuta, señalando una esquina.
A través de la lente, vieron a un "no vivo" que ya no caminaba. Su cuerpo había sido colonizado por hongos de un color naranja fosforescente que brotaban de sus cuencas oculares. Pero no estaba solo. Una criatura similar a un lobo, pero con tres hileras de colmillos y escamas en lugar de pelo, lo despedazaba con una eficiencia aterradora.
—Los zombies no son los únicos que están evolucionando —murmuró Saori, con la mandíbula tensa—. Ese 90% de probabilidad de mutación se queda corto. Todo es un depredador ahora.
Saori empezó a mover las cámaras, buscando desesperadamente cualquier rastro del vehículo militar que mencionó Near o alguna unidad abandonada, como sugirió Yuuta. De repente, la cámara 4, ubicada en la salida norte de la urbanización, captó algo.
Allí estaba. El Merodeador.
Era una mole de acero angular, pintada de un verde oliva mate que ahora estaba cubierto de savia negra. Su tamaño era intimidante; parecía un tanque sobre ruedas gigantescas capaz de aplastar cualquier obstáculo. Pero no estaba abandonado en un lugar conveniente. El vehículo se encontraba atrapado en medio de una enorme grieta que había fracturado la calle principal, dejando su parte trasera ligeramente elevada.
—Es el coche de Christian —confirmó Near, pero su voz perdió el alivio—. Pero miren el suelo...
Alrededor del Merodeador, la tierra parecía "latir". Decenas de orificios del tamaño de una cabeza humana perforaban el asfalto. No era una grieta natural; era el epicentro de un nido de hormigas soldado mutantes. Saori vio cómo una de ellas, con mandíbulas que brillaban como metal pulido, trepaba por el blindaje del vehículo, buscando una entrada.
—Es demasiado conveniente —siseó Saori, sintiendo una punzada de sospecha en la nuca—. Está ahí, esperándonos, pero en el corazón de un nido. Es como si el destino quisiera ponernos una trampa para ver si somos dignos de ese búnker móvil.
—¿Vamos a ir? —preguntó Sora, cuya telequinesis ya hacía vibrar los objetos metálicos de la sala por los nervios.
Saori miró de nuevo la pantalla. El cielo violeta empezaba a oscurecerse de nuevo, no por la noche, sino por nubes de tormenta cargadas de estática. El clima estaba a punto de cambiar y el búnker no resistiría otra sacudida.
—No tenemos opción —sentenció Saori, poniéndose su mochila—. Si queremos sobrevivir a lo que viene, necesitamos esa bestia de acero. Sora, prepara tus defensas. Near, tú conoces el vehículo, tendrás que conducirlo si logramos sacarlo de ese agujero. Max... prepárate. Hoy vamos de cacería.
Saori observó la pantalla con una mezcla de sospecha y alivio. El vehículo estaba allí, una mole de acero que parecía un depredador dormido en medio del caos.
—¿No es esto demasiado conveniente? —murmuró Saori, entornando los ojos—. Un transporte militar de ese calibre, justo en nuestra ruta de salida... es casi como si el sistema estuviera forzando las piezas del tablero.
—Es un Marauder militar 4x4 —dijo Near, rompiendo el silencio con una precisión que nadie esperaba—. Blindaje de doble capa, chasis en V para deflectar explosiones y un motor que podría atravesar una pared de concreto sin despeinarse.
Sora levantó una ceja, impresionado.
—Vaya, Near... parece que sabes demasiado sobre juguetes de guerra para ser alguien que odia la violencia.
—Bueno... es que mi padre es militar de alto rango —confesó Near, bajando la vista mientras se ajustaba las correas de su equipo—. Lorinso Corp, la empresa de la que les hablé, tiene contratos de defensa con su unidad. Por eso conozco el laboratorio.
El grupo se quedó en silencio. ¿Por qué no lo había dicho antes? Saori escaneó el rostro de Near. La honestidad en sus ojos era evidente, pero también el dolor.
—Tenía planeado ayudarlos a estabilizarse aquí y luego irme por mi cuenta —explicó Near con voz suave—. Este búnker estaba destinado a ser el lugar más seguro del mundo. No quería arrastrarlos a una misión suicida para buscar a mi familia. Mi padre está con mi madre y mi hermano mayor... no he podido contactar con ninguno desde que la red colapsó.
Saori asintió lentamente. Entendía ese peso. En su mente, las piezas de la novela original empezaban a encajar: el padre de Near probablemente conocía al protagonista, aquel hombre al que los medios ya proclamaban como "el más fuerte del mundo".
—Pensé que los hijos de militares eran... no sé, ¿una especie de guerreros natos? —comentó Saori, intentando aligerar el ambiente.
Near soltó una risa amarga.
—Mi hermano sí fue entrenado por mi padre desde los cinco años. Yo, en cambio, siempre fui el pacifista de la familia. Por suerte, mi padre no me obligó a ser lo que no quería. Supongo que para un apocalipsis sí me hubiera funcionado aquel entrenamiento que rechacé.
Saori sintió la ironía vibrar en el aire. El sistema le había otorgado a Near habilidades de combate maestras precisamente porque él nunca las buscó. El destino tenía un sentido del humor retorcido.
—Ya que vamos hacia la ciudad, quizás podamos encontrar a tu padre en ese laboratorio de Lorinso Corp —dijo Saori, poniendo una mano sobre el hombro de Near—. Nadie se queda atrás, ¿entendido?
Near asintió, con una chispa de esperanza renovada en su mirada.
—Es hora de irnos —anunció Saori.
Caminó hacia la puerta de salida y se detuvo un momento. Miró hacia atrás, recorriendo con la vista el refugio que los había mantenido a salvo durante la gran transición. Las paredes de hormigón, las luces LED que parpadeaban con energía solar, la calidez que habían construido en medio del fin del mundo. Una parte de ella sentía que, al cruzar ese umbral, dejarían atrás la última pizca de su antigua humanidad.
—Adiós, hogar —susurró, sintiendo un nudo en la garganta.
Con un movimiento decidido, accionó el mecanismo. El aire del búnker se mezcló con el viento radiactivo del exterior, produciendo un silbido agudo. El sol violeta bañó sus rostros, marcando el inicio de su viaje hacia el Marauder.