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367 Días Con Invierno

367 Días Con Invierno

Status: En proceso
Genre:Amor en la guerra / Batalla por el trono / Mundo mágico / Viaje a un mundo de fantasía / Romance / Romance paranormal
Popularitas:1.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Gabrielcandelario

En el antiguo continente de Aethelgard, las estaciones no son ciclos naturales, sino deidades malditas que caminan sobre la tierra. Caelum, el Señor del Invierno, ha sumido al Reino del Sol en una era de hielo perpetuo debido a una antigua traición. La única forma de apaciguar su furia y evitar que la humanidad muera de frío es el "Pacto del Bisiesto": entregarle a una mortal nacida bajo la luz del solsticio para que viva con él en su Fortaleza de Escarcha durante exactamente 367 días. Si ella sobrevive sin perder la cordura o el corazón, la primavera regresará.

NovelToon tiene autorización de Gabrielcandelario para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Cap 6

Narrado por: Aura.

El eco de los pasos de Caelum desapareció, pero yo no me moví hacia mi habitación. El frío del pasillo amenazaba con congelar mis lágrimas recién derramadas, así que me limpié las mejillas con la manga de mi capa. Mi respiración formaba nubes de vapor denso.

Sobrevive a la noche, me había dicho.

Me di la vuelta y caminé en la dirección opuesta a mis aposentos. Si este palacio se alimentaba de la ignorancia y de los recuerdos, la única forma de defenderme era encontrando la verdad que mis antepasados habían intentado borrar.

La Fortaleza era un laberinto de cristal translúcido y pasillos abovedados. Caminé sin rumbo durante lo que parecieron horas, guiándome solo por el instinto y por la tenue luz estelar que se filtraba por las paredes. Al doblar una esquina hacia el Ala Este, casi choco con una de las sombras sirvientes.

La figura no tenía rostro; era un amasijo de niebla gris y escarcha que flotaba a un palmo del suelo. Llevaba una bandeja de plata vacía.

—Tú —dije en voz alta, mi voz rasgando el silencio—. Caelum dijo que ustedes son memorias. ¿Puedes hablar?

La sombra se detuvo. Inclinó lo que sería su cabeza.

—¿Dónde guarda Caelum la historia? —exigí, dando un paso hacia la entidad—. ¿Dónde están los archivos?

La sombra no emitió ningún sonido, pero levantó un brazo de niebla, señalando hacia una escalera de caracol que descendía hacia las entrañas del palacio. La escalera estaba tallada en hielo negro, opaco y brillante.

—Gracias —murmuré.

No esperé a ver si la sombra desaparecía. Comencé a bajar. Con cada escalón, el aire se volvía más antiguo, cargado de un olor a pergamino congelado y ozono. Al llegar al pie de la escalera, me encontré frente a un arco doble sostenido por columnas con forma de mujeres encadenadas.

Crucé el umbral.

La Biblioteca de Hielo no tenía libros.

Era una caverna circular, inmensa, iluminada por miles de esferas de cristal que flotaban en el aire o descansaban sobre estanterías talladas directamente en los muros del glaciar. Las esferas brillaban con luces de diferentes colores: dorados, azules, carmesíes, verdes pálidos. El lugar entero susurraba. Era un murmullo constante, como si miles de personas estuvieran hablando al mismo tiempo desde debajo del agua.

—¿Qué es todo esto? —dije al aire, asombrada.

—Son los peajes, niña del solsticio.

Me giré de golpe. Sentado en un escritorio de escarcha en el centro de la sala, había otra sombra. Pero esta era diferente. Sus bordes eran más definidos. Llevaba una túnica de otra época y, a través de la niebla de su rostro, brillaban dos puntos de luz amarilla a modo de ojos.

—¿Quién eres? —pregunté, acercándome sin soltar los bordes de mi capa.

—Fui el Gran Erudito de Aethelgard durante el reinado del Tercer Rey —respondió la sombra. Su voz sonaba metálica, como dos espadas rozándose—. Mi nombre fue devorado, pero el Señor del Invierno me permitió quedarme aquí para organizar los ecos. Puedes llamarme el Custodio.

—¿Qué son esas esferas, Custodio? —señalé las estanterías iluminadas.

—Tú ya conoces la respuesta, Aura. Sentiste cómo el palacio te arrancó el sabor de la miel y el llanto por tu madre.

Señalé las paredes, horrorizada.

—¿Son recuerdos? ¿Todos estos? ¡Hay miles!

—Es el precio de mantener el mundo frío. Cada esfera contiene un fragmento de vida. Los dorados son alegrías. Los azules, tristezas. Los rojos, pasiones y furias.

—Caelum me dijo que el palacio los devoraba. Que los consumía.

—El palacio extrae su energía, sí —el Custodio se levantó y flotó hacia una estantería—. Pero el Señor del Invierno es... meticuloso. No permite que desaparezcan en la Nada. Él embotella las cáscaras. Los ecos. Cuando el palacio digiere la emoción, Caelum guarda el registro visual aquí. Es su cementerio de culpa.

Corrí hacia la estantería más cercana. Había una sección separada del resto. Las esferas aquí no estaban agrupadas por colores, sino alineadas en pedestales individuales. Debajo de cada esfera, había una placa de plata con un nombre y una fecha.

Elara. Año Bisiesto 452.

Lys. Año Bisiesto 456.

Sienna. Año Bisiesto 460.

—Son ellas —susurré, sintiendo que el estómago se me encogía—. Las chicas del Pacto. Las que vinieron antes que yo.

—Los frascos de las Sacrificadas —confirmó el Custodio a mis espaldas—. Cada esfera contiene el último recuerdo que entregaron antes de... apagarse por completo.

Caminé por el pasillo, leyendo los nombres de mujeres que mi pueblo veneraba como mártires, pero que aquí no eran más que trofeos de cristal. Llegué al final de la fila. El pedestal más reciente tenía el nombre grabado de la chica que fue entregada hace cuatro años, cuando yo aún era una niña y Elianne un bebé.

Maeve. Año Bisiesto 996.

El frasco de Maeve brillaba con una luz verde enfermiza.

—Esa luz... —dije, recordando el Ala Norte—. Es el mismo verde que la espada que vi en mi visión.

—Ese recuerdo no es una emoción pura —dijo el Custodio—. La chica llamada Maeve fue astuta. Cuando el palacio le exigió su último recuerdo, ella no le dio una memoria de su pasado. Ella forzó al palacio a grabar un mensaje. Una revelación que descubrió aquí dentro antes de morir.

—Quiero verlo. ¿Cómo lo abro?

—Si lo tocas, el recuerdo se proyectará. Pero te advierto, humana: el Señor del Invierno prohíbe tocar los frascos de las Sacrificadas.

No lo dudé un segundo. Apoyé mis manos congeladas sobre el cristal de la esfera de Maeve.

El frasco vibró. La luz verde salió disparada del cristal, envolviendo el centro de la biblioteca. Las estanterías desaparecieron detrás de una ilusión óptica perfecta. De repente, ya no estaba sola con el Custodio.

En medio de la luz, apareció la figura tridimensional de Maeve. Era una joven de cabellos oscuros, demacrada, con la piel casi translúcida por el frío. Sus labios estaban agrietados, y respiraba con dificultad. Parecía estar escondida en este mismo lugar.

—Si alguien escucha esto... —la voz de Maeve resonó en la sala, temblorosa pero cargada de urgencia—. Si otra chica ha sido condenada... tienes que saber la verdad. No somos un escudo. Somos un candado.

Di un paso hacia el holograma, conteniendo la respiración.

—Caelum cree que nos mata para salvar al mundo del fuego del Ámbar —continuaba Maeve, mirando por encima de su hombro, aterrorizada—. Pero él está ciego. Encontré los registros antiguos del Custodio. El Ámbar del Verano Eterno no está enterrado bajo Aethelgard. ¡Nunca estuvo allí!

—¿Qué? —exclamé en voz alta, interrumpiendo la grabación, aunque ella no podía oírme.

—Los Primeros Reyes no robaron el Ámbar para calentar la ciudad —la imagen de Maeve se acercó, sus ojos muy abiertos—. El Rey con la corona de plata... él forjó una espada con un metal caído de las estrellas. Una espada de luz verde. Atravesó a la Diosa del Verano y usó su propia savia, su propia alma, para cristalizar el Ámbar. Y luego... se lo entregaron a la Primavera.

El suelo de la biblioteca pareció hundirse bajo mis pies.

—La Primavera nos traicionó a todos —sollozó la figura de Maeve—. El linaje de la Primavera tiene el Ámbar. Ellos crearon el Invierno Eterno manipulando a Caelum, obligándolo a congelar el continente para que la Primavera pudiera reinar en secreto, acumulando poder en el Sur, más allá de las montañas muertas. El Príncipe... el actual Príncipe de la Primavera... él tiene la espada. Viene a reclamar el Norte.

El holograma parpadeó.

—¡Caelum no es el enemigo! —gritó Maeve, su imagen empezando a desintegrarse—. ¡Caelum es el prisionero más grande de to—!

Un estallido de viento helado destrozó la proyección. La luz verde se apagó de golpe, y el frasco de Maeve se resquebrajó con un sonido seco.

—¡Dije que no tocaras nada!

La voz de Caelum no fue un rugido; fue un trueno que sacudió los cimientos de la biblioteca. Se materializó en el centro de la sala, rodeado de un torbellino de nieve negra. Su máscara de cristal reflejaba mi rostro pálido.

—Lo escondiste —le grité, dando un paso hacia él, señalando el frasco roto—. ¡La encierraste aquí y no la escuchaste!

—¡Las Sacrificadas deliran en sus últimos días! —espetó Caelum, acortando la distancia entre nosotros con dos zancadas inmensas. Me agarró por los brazos, levantándome un palmo del suelo—. ¡El frío les pudre la mente! ¡El palacio les roba la cordura!

—¡No estaba loca! —pataleé, tratando de soltarme—. ¡Tú me mostraste la estatua en el Ala Norte! ¡Yo misma vi la espada verde! ¡Maeve vio lo mismo en tus registros!

Caelum se quedó inmóvil. Su agarre aflojó ligeramente, bajándome hasta que mis botas tocaron el hielo.

—¿Qué dijiste? —su voz tembló, una grieta en su fachada de dios implacable.

—Maeve dijo que el Ámbar no está bajo Aethelgard. Dijo que los reyes se lo entregaron a la Primavera. Que el actual Príncipe de la Primavera tiene la espada. Caelum... —lo miré a los ojos detrás de la máscara—. Nos han estado usando a ambos. A mí como batería, y a ti como el carcelero de un reino que ni siquiera es tuyo.

Caelum me soltó bruscamente y retrocedió, llevándose las manos a la cabeza. El aire a su alrededor comenzó a girar más rápido, la temperatura de la habitación cayó tanto que mis pestañas se congelaron de inmediato.

—¡Mentira! —rugió, y una de las estanterías de hielo estalló en mil pedazos. Las esferas de colores cayeron al suelo, rodando en todas direcciones—. ¡Yo sentí el fuego del Ámbar bajo la capital! ¡Yo extendí el invierno para detenerlo!

—¡Detuviste una ilusión! —grité por encima de la tormenta que él estaba creando—. ¡El Príncipe de la Primavera está marchando hacia aquí! ¡Y tú te estás matando poco a poco, consumiendo inocentes, por una deuda que pertenece a otro dios!

Caelum se giró hacia mí. Sus manos estaban convertidas en garras de hielo puro.

—Si eso es cierto... —siseó, acercándose peligrosamente—. Si el Ámbar está en manos de la Primavera y el Invierno ha sido una farsa... entonces los mil años de sacrificio han sido en vano. Mi maldición es inútil.

—No, no es inútil —me interpuse en su camino, levantando la barbilla—. Significa que podemos detenerlo. Significa que no tienes que devorarme.

Él me miró desde su altura antinatural. La tormenta en la habitación amainó, dejando solo el crujido de los frascos de recuerdos rodando por el suelo.

—Tú no entiendes el peligro, Aura. Si el Príncipe de la Primavera tiene el Ámbar y la espada verde, no viene a liberar Aethelgard. Viene a derretir mi fortaleza y ahogar el continente entero bajo un océano de vida descontrolada.

—Entonces pelearemos contra él —dije con firmeza.

—¿Pelearemos? —Caelum soltó una risa hueca, desprovista de humor—. Tú eres una mortal que no recuerda ni la cara de su madre. Y yo soy un dios con el corazón marchito. ¿Cómo pretendes que peleemos?

—Encontrando el resto de las respuestas —señalé al Custodio, que había permanecido en silencio en la esquina—. Él dijo que Maeve encontró la verdad en los registros. Tienes que dejarme leer los archivos completos de la Fortaleza. Y tú... tú tienes que enseñarme a usar el fuego que despertó en mí cuando toqué el ámbar en el Ala Norte.

Caelum se quitó la máscara de cristal.

Por primera vez, vi su rostro. Era de una belleza pálida y cortante, como el filo de una espada fina. Sus pómulos eran altos, su piel tenía el brillo iridiscente de la nieve recién caída bajo la luna, y sus ojos eran dos estanques de hielo azul profundo. Parecía joven, eterno, pero con una tristeza antigua incrustada en las comisuras de los labios.

—El fuego que despertaste te consumirá desde adentro si intentas usarlo, Aura. Eres un recipiente frágil.

—Soy el recipiente que tienes —le respondí, sosteniendo su mirada—. ¿Vas a quedarte aquí compadeciéndote de tus errores, o vas a ayudarme a matar al Príncipe de la Primavera antes de que él nos mate a los dos?

Caelum observó la esfera rota de Maeve en el suelo. Suspiró, y el aire exhalado formó cristales de nieve que cayeron sobre nosotros.

—Mañana —dijo, su voz suave, casi humana—. Mañana bajaremos a las Catacumbas de Escarcha. Allí guardo las armas de los reyes que intentaron matarme hace siglos. Pero esta noche, debes descansar. Si te quedas en la biblioteca, los ecos devorarán lo que te queda de mente.

No discutí. La adrenalina empezaba a abandonarme, dejando paso a un agotamiento aplastante y al dolor sordo del recuerdo perdido.

—¿Me acompañarás a mi habitación? —pregunté, sorprendiéndome de mi propia vulnerabilidad.

Él me miró durante un largo segundo.

—Sí —respondió.

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Yerlis Ramos
Muy Muy buenas las imágenes 🤭🤭🤭 la del custodio ni hablar.🤣🤣🤣🤣
Yerlis Ramos
muy buenas las imágenes .
Yerlis Ramos
buenísima la imagen .. 10/10
Yerlis Ramos
hermoso Capitulo. 🥰👏👏
Yerlis Ramos
Excelenteeee..
Yerlis Ramos
🥰🥰 Excelente comienzo 🥰🥰
Katy
Muchas felicidades fascinante historia ,gran imaginación 😘😘😘
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