Ella pasa una noche apasionada y fruto de esa noche queda embarazada su madre hace todo lo posible por separarlos
NovelToon tiene autorización de valeria isabel leguizamon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 17
La noche estaba fría y silenciosa en la ciudad, pero en la mansión Mendoza algo hervía bajo la superficie. Alejandro estaba revisando unos documentos en su despacho, pero su mente no podía concentrarse en nada. Cada pensamiento lo llevaba al hospital, al pequeño Mateo… a Valeria.
En ese momento, su teléfono sonó. La pantalla mostraba el nombre de su padre. Respiró hondo, algo le decía que no sería una llamada cualquiera.
—¿Sí, padre? —preguntó, intentando sonar tranquilo.
—Alejandro —dijo la voz del doctor Mendoza con tono firme pero calmado—. Necesito que vengas al hospital de inmediato. Es sobre Mateo.
—¿Qué sucede? —preguntó Alejandro, sintiendo un escalofrío recorrer su espalda.
—Es urgente. No puedo explicarlo por teléfono. Solo ven. Ahora.
Alejandro colgó, su corazón latiendo con fuerza. Algo en su interior le decía que esta visita cambiaría todo. Subió a su coche y condujo sin mirar atrás, con la preocupación aplastando cualquier pensamiento racional.
Al llegar, su padre lo esperaba en la entrada del consultorio. Su rostro estaba serio, casi solemne. Alejandro bajó del coche y corrió hacia él.
—¿Qué pasa? —preguntó, tratando de controlar el pánico que se apoderaba de él.
—Alejandro… —comenzó el doctor, respirando hondo—. Necesito decirte algo muy importante. Algo que afectará tu vida para siempre.
Alejandro frunció el ceño, un mal presentimiento instalándose en su pecho.
—¿De qué hablas?
El doctor lo miró fijamente, midiendo sus palabras.
—Mateo… —dijo finalmente—. Ese niño que Valeria cuida… es tu hijo.
El mundo pareció detenerse. Alejandro se quedó inmóvil, el aire faltándole, como si hubiera recibido un golpe directo al corazón.
—¿Qué? —gruñó, su voz cargada de furia y confusión—. ¿Cómo es posible que me ocultara esto todo este tiempo? ¿¡Valeria!? ¡Me lo estuvo escondiendo!
Su rostro se tornó rojo de ira, y sus manos temblaban mientras respiraba con fuerza. Alejandro estaba a punto de lanzarse de inmediato al hospital a confrontarla, pero su padre lo detuvo con un gesto firme.
—Alejandro… —dijo con calma pero con autoridad—. No ahora. Valeria ya está sufriendo por la fiebre de Mateo, por la cirugía y por todo lo que ha pasado. No es el momento para confrontaciones.
—¿No es el momento? —replicó Alejandro, incrédulo—. ¡Todo este tiempo ella…!
—Lo sé, hijo —interrumpió su padre, poniendo una mano firme sobre su hombro—. Pero ahora lo importante es salvar a tu hijo. Mateo necesita transfusiones y cuidados inmediatos. Valeria está desolada, y si llegas con tu enojo… solo la lastimarás más.
Alejandro cerró los ojos, respirando hondo, tratando de calmar la rabia que ardía en su interior. Cada fibra de su ser quería gritar, exigir respuestas, castigar a Valeria por ocultarle a su propio hijo. Pero la voz de su padre y la imagen de Valeria con el pequeño enfermo lo hicieron detenerse.
—Está bien… —susurró finalmente, apretando los puños—. Tienes razón. Primero Mateo. Después hablaré con ella.
El doctor Mendoza asintió, satisfecho de haber calmado a su hijo, al menos por ahora.
—Bien. Ven, te mostraré su estado actual. Necesitamos que estés presente durante la cirugía y las transfusiones. Tu apoyo será vital.
Alejandro asintió nuevamente, su mente llena de emociones contradictorias: ira, amor, miedo y un profundo deseo de proteger a su hijo. Mientras caminaban hacia la sala de emergencias, sus pensamientos no podían evitar centrarse en Valeria. Quería gritarle, pedirle explicaciones, pero sabía que debía esperar. Que debía ser paciente. Por ahora, Mateo necesitaba toda su atención.
Cuando llegaron al hospital, el pequeño estaba acostado en la cama, con la fiebre bajando lentamente gracias a los cuidados médicos. Valeria estaba junto a él, sus ojos enrojecidos por el llanto, sosteniéndolo con todo su amor. Al ver entrar a Alejandro, sus ojos se abrieron de sorpresa y temor.
—Alejandro… —susurró—.
Él respiró hondo, manteniendo la calma que tanto le costaba. Por ahora, su enojo tendría que esperar. Lo más importante era Mateo, y su prioridad absoluta era asegurarse de que su hijo sobreviviera a la operación.
El doctor los reunió a ambos cerca de la cama.
—Alejandro —dijo—. Tu hijo necesita transfusiones de sangre de inmediato. Eres compatible. Sin tu ayuda, esto se complicaría.
Alejandro se acercó lentamente, tomando la mano de Mateo con cuidado. El pequeño lo miró, somnoliento pero consciente, y una sonrisa débil apareció en su rostro.
—Papá… —susurró Mateo.
La palabra fue como un rayo atravesando el corazón de Alejandro. Toda la rabia se mezcló con un sentimiento nuevo, poderoso y protector.
Valeria lo observó desde un costado, con el corazón latiendo con fuerza. No dijo nada. Sabía que Alejandro estaba procesando la noticia, y no necesitaba palabras. Su silencio era suficiente.
Alejandro inclinó su rostro hacia Mateo, susurrando con voz firme pero suave:
—Estoy aquí, hijo. Te prometo que no te pasará nada.
Valeria sintió una ola de alivio. Por primera vez, aunque todo era un caos, supo que no estaba sola, y que su hijo tendría a un padre presente, aunque todavía no supiera toda la verdad.
El destino, por fin, comenzaba a alinear sus piezas.