Diodora vive en Hermich, un pueblo pobre y olvidado, donde a veces un pan al día es todo lo que hay para sobrevivir. Entre las artesanías que vende, guarda un secreto que nadie debe conocer; recuerda otra vida, con conocimientos imposibles para este mundo.
Un día, un comerciante le ofrece un saco de fertilizante. Pero lo que Diodora descubre es mucho más que eso; cacao, un tesoro desconocido capaz de cambiar el destino de su familia y abrir un futuro nuevo. Sin embargo, un solo error bastaría para que la acusen de bruja y la condenen al fuego.
Y mientras lucha por mantener su secreto, un hombre misterioso aparece dispuesto a protegerla... Siempre y cuando comparta con él lo que nunca nadie ha probado, el chocolate.
¿Hay un mundo donde no exita el chocolate?
Junto a Diodora, volverá a nacer el postre más aclamado de todos los tiempos.
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Capitulo 7
«Galletas»
Las galletas no eran más que mezclar el chocolate con la masa. Serían rústicas, sí, pero con una buena preparación podían ser crocantes y dulces. Además, Diodora podía asociarse con William. No sabía mucho de panadería, pero sí sabía que él guardaba un libro de recetas de postres de la capital. De ahí podían nacer más ideas.
— Tabatha, ayúdame a limpiar, voy a arreglarme.
— ¿Eh? ¿A dónde? ¿Con el príncipe?
— No.
No explicó nada más. Se cambió a un vestido ligero, tomó el cacao molido dentro de un saco y salió. Solo quería intentarlo, y si funcionaba, luego llevaría todo a la panadería.
— ¿No vas a desayunar? —preguntó su hermana mientras limpiaba la mesa.
Diodora negó con la cabeza y se marchó con el saco de cacao. La brisa del nuevo día la acarició, pero ella caminaba con cautela; todavía temía encontrar a Dave o a los del Priorato en alguna esquina. Era temprano, demasiado temprano para que el pueblo estuviera despierto. Cuando llegó a la panadería y tocó la puerta, William apareció con el cabello despeinado y un bebé llorando a lo lejos.
— ¿Canelita?... —se frotó un ojo— Creí que llegarías más tarde.
— Tengo una idea que nos involucra a ambos. Créeme, será de ayuda financiera.
William, al escuchar la palabra dinero, despertó de golpe. Más que panadero, ahora era un padre preocupado por su nueva familia. Escuchó atento mientras Diodora le explicaba la idea de asociarse para crear dulces y postres, con su habilidad en el chocolate y la de él en panadería, podían ofrecer algo distinto.
— No creo que eso funcione.
— Lo dices porque no lo has probado. Déjame mostrarte.
Incrédulo, William le indicó dónde estaba la leche y la miel que pidió ella. Luego preparó la bebida con el cacao y lo sirvió. William, que no había probado aún el chocolate que tanto fama había traído, lo tomó sin mucho afán… Hasta que el sabor le dió una bofetada.
Sus ojos se abrieron, la taza tembló en sus manos y casi pierde el equilibrio en la silla. No habló de inmediato; dejó que el dulzor amargo lo llenara, hasta que su expresión se derritió como la misma bebida.
— Creo que te haré caso a partir de ahora. —dijo, y bebió hasta la última gota.
La alianza quedó sellada entre ellos. William le prestó su libro de repostería, y juntos pasaron la mañana probando. Las primeras galletas de Diodora salieron desfiguradas, mientras que las de William estan hechas a la perfección.
— Quizás eres buena con el chocolate, pero yo soy el experto aquí. —bromeó él.
— Ay, cállate. —le golpeó el hombro.
Aun así, el sabor sorprendió a ambos; crocantes, dulces y con ese toque amargo que dejaba ganas de más.
Cuando volvió a casa, Diodora ofreció las galletas a su familia. Tabatha fue la primera en lanzarse.
— ¡Yo primero!
Comió una, y al instante quiso otra, pero Diodora se la quitó. Sus padres también probaron y quedaron encantados.
— ¿Harás más? —preguntó Ferguson.
— Sí, un lote. Pero no quiero vender en el mercado… No con el Priorato merodeando.
— Entonces, ¿Dónde? —preguntó su madre.
Diodora sonrió y les mostró el lugar perfecto; la panadería de William.
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Ese mismo día, la familia se unió como un engranaje perfectamente coordinados. Ferguson vigilaba, Agatha cobraba, Tabatha atendía, y Diodora servía las galletas. Los comentarios eran dulces y llenos de asombro.
— Crujiente…
— Ese dulzor amargo… ¡Dame diez más!
En pocas horas, el lote desapareció. El éxito fue inmediato.
Pero al volver a casa, la alegría se desmoronó. Casi que el cielo cubría su oscuridad nocturna. Un trío de lobos aguardaba en la vereda cerca de su casa. Sus ojos brillaban, encendidos en la penumbra.
— Papá… —susurró Tabatha, paralizada.
— Quédense atrás de mí. —ordenó Ferguson— Agatha, a mi señal, corre con ellas.
El rugido grave de los animales se mezcló con el silbido del viento. Ferguson se lanzó contra ellos para distraerlo, mientras su esposa huía con las hermanas. El corazón de Diodora palpita tan fuerte que lo podía oír, cada paso era un peligro eminente de los animale salvajes. Y entonces sucedió; un lobo oculto en la sombra saltó sobre Tabatha.
Diodora reaccionó sin pensar. Se interpuso y el animal atrapó su brazo. El dolor fue un rayo ardiente que la dejó con un grito de dolor. Sintió los colmillos hundirse en su carne y el calor espeso de la sangre resbalarle por la piel. El grito le desgarró la garganta, pero no soltó a su hermana.
— ¡DIODORA! —rugió Ferguson, golpeando al lobo hasta hacerlo soltarla.
Con la ayuda de su padre, lograron entrar a la casa. Agatha corrió por vendas y hierbas, el miedo marcado en su rostro. La herida era profunda, la sangre se filtraba a través de las telas.
— Esto puede infectarse. —susurró Agatha, apretando los dientes.— Y no hay hierba medicinales.
Ferguson bajó la cabeza, con la voz cargada de culpa.
— Debí ser más rápido para protegerlas
— No, padre. También es mi deber proteger a mi familia.—jadeó Diodora— Es solo una mordida, saldré adelante.
Pero todos sabían que no era solo una mordida.
Esa noche, Tabatha lloró entre sus brazos.
— Hermana… si algo te pasa por mi culpa…
Diodora le limpió las lágrimas y la abrazó fuerte.
— No me iré. Seremos compañeras siempre.
— Júramelo.
— Te lo juro.
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Al amanecer, Diodora apenas podía moverse del dolor. Fingió estar bien frente a su familia, aunque cada latido le ardía el brazo.
«No puedo dejar que esto destruya lo que hemos logrado. Apenas empezamos.»
Pensó ella.
Con la excusa de buscar hierbas medicinales, se dirigió al bosque. Cada paso era una misión para encontrar una hierba para su herida, pero también para la cita que había leído en aquella carta. Recolecto pocas hierbas, puesto que en esta época no crece mucho este tipo de medicina natural.
Cuando el claro se abrió ante ella, lo vio. El Árbol Madre se alzaba imponente, con raíces antiguas rebosante abrazando la tierra. Y allí, entre sus ramas, estaba él.
Valtor.
Su figura se recortaba contra la luz del sol, etéreo, como si el árbol mismo lo hubiera elegido para reposar en él. Su mirada, grave y distante, parecía perdida en otro mundo.
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Diodora sintió un nudo en la garganta. Entre el dolor de la herida y los nervios que la comían por dentro, solo pudo pronunciar su nombre en un susurro.
— Valtor.