¿Será que una mujer solo tiene una única oportunidad para amar?
Mi Salvaje Concubina es una novela sobre libertad, identidad femenina y el precio de amar sin perderse.
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El Príncipe de Hierro
Melia caminaba por los monumentales pasillos de la mansión con la mente aún anclada en lo ocurrido la noche anterior. No eran recuerdos confusos, sino fragmentos precisos que se superponían unos a otros, como piezas que todavía no terminaban de encajar. Su andar era firme, pero su atención estaba alerta.
Si hubiese podido verse en un espejo, habría notado la seriedad de su expresión, la concentración tensa en sus rasgos. No había sonrisa alguna; solo una calma contenida, como la de alguien que observa antes de decidir.
Casi chocó con un grupo de jóvenes hermosas acompañadas por sirvientes. Avanzaban juntas, ordenadas, y parecían dirigirse al mismo lugar que ella. Melia reparó en sus cuerpos: espaldas rígidas, pasos medidos, una compostura tan forzada que le resultó agotadora con solo mirarlas.
A las doncellas de los reinos se las adiestraba desde niñas en un sinfín de normas. Aprendían incluso a cómo debía ser su respiración. Melia las observó con atención y sintió una leve punzada de lástima: cada paso que daban había sido decidido de antemano, diseñado por otros mucho antes de que ellas pudieran elegir.
Las siguió hasta la salida de la mansión. Eran cerca de diez cuando abordaron los carruajes. Aquello despertó su curiosidad, pues a simple vista parecía que los vehículos estaban dispuestos para integrarse a la caravana, que ahora se veía más numerosa.
—Señorita, el príncipe me ordenó entregarle esto —dijo un sirviente al acercarse.
Melia tomó la pequeña caja sin prisa. Era ligera, discreta. La abrió allí mismo.
Dentro había una campana diminuta, casi delicada, y un pequeño pito, sencillo pero evidente en su propósito.
Un llamado.
Una alarma.
La incomodidad se instaló en el estómago de Melia como un nudo apretado. No era gratitud, aunque entendía la intención detrás del regalo. Tampoco rechazo abierto, porque sabía que Kailer solo quería protegerla. Era algo más sutil, más insidioso: la conciencia clara de estar siendo vigilada, prevista, rodeada de mecanismos pensados para intervenir en cualquier momento. Era como si Kailer hubiera construido una jaula invisible a su alrededor, una jaula hecha de buenas intenciones y falsas seguridades.
No le gustaba.
Entendía la intención: protección, previsión, control. Todo a la vez. Y aunque sabía cuidarse, el gesto le recordó que, para Kailer, ella seguía siendo alguien a quien había que resguardar… o contener.
Cuando el sirviente le llevó su caballo, Melia comenzó a acariciarlo con lentitud, más por necesidad de ordenar sus pensamientos que por demora. No esperaba a Kailer, ni buscaba su atención. Aun así, cuando él salió por la puerta principal, alzó la vista sin darse cuenta.
Kailer cruzó el umbral sin mirarla. No antes ni después. Subió al carruaje como si su presencia no existiera.
Melia no sintió desilusión.
Sintió confirmación.
Había un mensaje en ese gesto.
Y ella ya lo había recibido.
Después que Kailer había subido al carruaje, ella avanzó unos pasos. No corrió. No alzó la voz. Simplemente se acercó lo suficiente para que la vieran.
Sacó la pequeña caja.
La lanzó dentro del carruaje.
El golpe seco contra la madera del carruaje resonó más de lo que cabía esperar por algo tan pequeño. La caja cayó al interior, rodó y se detuvo a los pies del asiento.
Melia no esperó reacción alguna.
Se dio media vuelta, montó su caballo y partió, sin mirar atrás.
No había insulto en el gesto.
Tampoco desafío abierto.
Solo una certeza clara y visible para todos:
su seguridad no estaba en negociación.
Kailer no se movió de inmediato.
Sus manos permanecieron apoyadas en los brazos del asiento, el cuerpo erguido, la expresión intacta. Solo sus ojos descendieron, lentamente, hasta el objeto que había caído a sus pies.
Frente a él, Kramin observaba en silencio.
El carruaje aún no se ponía en marcha. Afuera, el murmullo había cambiado. La guardia había visto el gesto. Todos lo habían visto.
Kailer sintió la incomodidad abrirse paso en el pecho. No era ira. Era algo más preciso: una fisura en el control.
Tomó la caja sin abrirla.
Entonces Kramin rió.
No fue una carcajada. Fue una risa breve, baja, casi contenida, como la de alguien que acaba de confirmar una sospecha antigua.
Kailer alzó la mirada, molesto.
—¿Te parece gracioso? —preguntó.
Kramin negó con la cabeza, aún con una leve curva en los labios.
—No —respondió—. Me parece evidente.
Kailer frunció el ceño.
—Ella no lo hizo por desafío —continuó Kramin—. Lo hizo porque no acepta jaulas. Ni siquiera las bien intencionadas.
Guardó silencio un segundo y luego añadió, sin mirarlo:
—Y porque te importa más de lo que estás dispuesto a admitir.
Kailer apretó la mandíbula.
—No confundas las cosas.
Kramin volvió a sonreír, esta vez sin risa.
—No las confundo. Tú sí.
La caja era pequeña. Discreta. Pensada para proteger. O para vigilar. Kailer ya no estaba seguro de dónde terminaba una cosa y comenzaba la otra.
Melia no la necesitaba. Eso era evidente.
Y, aun así, la había querido cerca. Bajo su alcance. No por desconfianza, se dijo. Por previsión. Por responsabilidad. Por razones que sonaban correctas… pero que no lo convencían del todo.
—No se deja leer —murmuró Kailer.
—Por eso te gusta —replicó Kramin con suavidad.
El carruaje comenzó a moverse.
Kailer no miró por la ventanilla. No respondió.
Pero supo, con una claridad que le resultó profundamente molesta, que su hermano no se equivocaba con facilidad.
Y que esa risa no había sido burla.
Había sido diagnóstico.
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Tras un par de horas de camino, Melia comenzó a sentir un dolor persistente en la parte baja del vientre. Al principio lo ignoró. Luego se volvió imposible. Ajustó la postura sobre la montura y apretó los labios.
Debí haber pedido un carruaje, pensó.
Pero sabía que no había opción. Los que habían traído estaban ocupados por las jóvenes de Sebor, y no quedaba espacio para nadie más. Continuó cabalgando en silencio, con la mandíbula tensa, obligándose a no mostrar debilidad.
A cierta distancia, Kailer avanzaba sin mirarla.
Para él, aquella distancia era necesaria.
Sabía que permitir que Melia removiera emociones que llevaba años reprimiendo lo empujaba directo al fracaso. Como estratega, como conquistador, como aspirante a emperador de los Cinco Reinos. Su reputación —la del príncipe de hierro— no era solo un título: era un arma. Ser temido lo hacía invencible.
Melia no podía permanecer en su vida.
Concluiría la misión lo más lejos posible de ella y, después, no volvería a verla. No importaba cuánto le incomodara esa decisión.
El trayecto hasta los límites entre Kandor y Bedolia tomó tres días.
Durante ese tiempo, Melia y Kailer se evitaron con precisión. No era casualidad; era una tregua muda. Krey avanzaba por delante, despejando el camino, vigilando el terreno, hasta reunirse con la caravana antes de entrar al Bosque Perdido.
Esa noche, después de la cena, Melia salió de su tienda con una bolsa grande entre las manos. Se acercó a la fogata, donde los soldados estaban apostados, y comenzó a repartir pequeñas cápsulas.
—Escuchen bien —dijo con voz clara—. Mañana entraremos al Bosque Perdido. Tomen esto. Evitará que cualquier plaga o animal se les acerque.
Las manos se detuvieron en el aire.
Los soldados se miraron entre sí. Nadie se llevó la cápsula a la boca.
Un capitán, de los que venían con Krey, dio un paso al frente y le devolvió la suya.
—Señorita, agradecemos su iniciativa —dijo—, pero nuestros príncipes ya previeron ese problema. Por eso hemos traído a las doncellas.
Melia frunció el ceño.
—¿Las doncellas? —repitió.
—Para nuestra protección.
Tardó un segundo en comprender. Y cuando lo hizo, no pudo evitar que una sonrisa breve, ladeada, se dibujara en su rostro.
—¿Quiere decir que esas muchachas impedirán que los animales del bosque nos ataquen? —preguntó—. ¿Por el simple hecho de estar allí?
Antes de que el capitán respondiera, Krey se acercó.
—¿Tanta incredulidad? —dijo, con una sonrisa torcida—. ¿No sabía, pequeña salvaje, que los animales huyen del olor de una mujer virgen?
La sonrisa de Melia se amplió apenas.
—Qué interesante —respondió—. ¿Y de dónde han sacado un dato tan… preciso?
Krey se inclinó un poco hacia ella.
—Puedo entender que se sorprenda —dijo en voz baja—. En Ranson es raro que las mujeres se conserven vírgenes. No me extrañaría que usted no lo fuera.
El golpe fue seco.
La cabeza de Krey giró hacia un lado antes de que pudiera reaccionar. El silencio cayó de inmediato alrededor de la fogata.
Él la miró con los ojos encendidos. Luego sonrió.
—Cada cosa que me hagas —murmuró— me la pagarás cuando tenga tu cuerpo entre mis brazos.
Se alejó hacia su tienda, sin mirar atrás.
Melia lo siguió con la mirada hasta que desapareció. Solo entonces sintió alivio. Conocía la reputación de Krey: en el campo de batalla no distinguía entre hombres y mujeres al momento de matar.
Volvió a los soldados, que la observaban en silencio.
—No sé de dónde salió esa historia sobre vírgenes —dijo con firmeza—. No puedo decirles si es verdad o mentira. Lo que sí sé es que esta medicina funciona. Si la toman, ningún animal salvaje se les acercará.
Uno de los comandantes negó con la cabeza y le devolvió la cápsula.
—Estaremos bien, señorita. Guarde eso para quien lo necesite.
Uno a uno, los hombres hicieron lo mismo.
Melia buscó con la mirada a Kailer, a Kramin, a Rafell. No encontró apoyo. Rafell negó con la cabeza. Kailer ni siquiera la miró.
Con la bolsa aún en la mano, Melia dio media vuelta y regresó a su tienda.
La frustración le pesaba más que el cansancio.
Kailer, junto con Kramin y Rafell, había presenciado toda la discusión sin intervenir.
La forma de lidiar con los animales silvestres del Bosque Perdido no era una estrategia improvisada, sino una creencia que había pasado de generación en generación en Kandor. Una tradición antigua, repetida sin cuestionamientos. Frente a algo así, Kailer sabía que poco podía hacer, y menos aún intervenir en favor de Melia sin quedar expuesto.
Sobre todo porque, cuando se trataba de ella, sentía que siempre llevaba las de perder.
Le resultaba difícil manejar esa necesidad silenciosa que Melia despertaba en él incluso cuando no la miraba. No hacía falta. Bastaba con saberla cerca. Cuando Krey se aproximó y comenzó a hablar del honor de ella, algo se le contrajo en el pecho.
Por un instante pensó que su primo sabía más de lo que decía. Que aquella alusión no era casual. Había escuchado lo mismo que Krey, y no supo explicar por qué la simple idea de que Melia no fuera virgen le resultó molesta, casi irritante. No era un pensamiento lógico. Tampoco conveniente. Y aun así, allí estaba.
Más tarde, ya en su tienda, Melia no lograba comprender el razonamiento de los príncipes.
Pensaba, sobre todo, en Kailer. Le costaba aceptar que él no confiara en ella, que Rafell —su primo— no hubiera hecho nada por hacerlos entrar en razón. Desde su perspectiva era claro: no estaban desestimando una medicina, la estaban desestimando a ella.
No le molestaba que creyeran en supersticiones. Lo que la frustraba era pensar en vidas puestas en riesgo por ello.
Había decidido ignorarlo. No acercarse. No mirarlo siquiera. Pero no le resultaba sencillo. Aunque fuera con disimulo, sus ojos lo seguían. Y sus oídos, traicioneros, se tensaban cada vez que él estaba cerca, esperando, aunque fuera por un instante, escuchar esa voz esquiva.
Kailer hablaba poco. Casi siempre permanecía en silencio, rígido, distante.
Como si estuviera hecho de hierro.
No en vano, pensó Melia, había escuchado que esa era su reputación
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