Verónica se casó enamorada. No imaginaba la pesadilla qué sería ese matrimonio. Después de años de maltratos toma una decisión qué cambiará su destino.
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Capítulo 6
Despierto en la habitación de un hospital. Mis ojos tardan unos segundos en acostumbrarse a la luz. Rodrigo está ahí. Al verlo, comienzo a temblar.
- Mi amor, por fin despiertas. No sabes el horror qué sentí al verte caer por las escaleras.
¿Escaleras? Esa palabra se repite en mi cabeza. No caí por las escaleras, ¡él me golpeó!
- Señora Mijares, ¿cómo se siente? Me presento, soy el Doctor Ocampo. Fui yo quien la atendió anoche en Urgencias.
- ¿Las niñas, dónde están?- ignoro la pregunta del médico.
- Están en casa de mi madre, amor. Respóndele al doctor, ¿cómo te sientes?
- Tengo mucho dolor en las costillas y me cuesta respirar.
- Es normal, se fracturó dos en la caída. Le estamos administrando medicamentos y deberá quedarse hospitalizada un par de días. Intente descansar, yo vendré más tarde a verla.
- Gracias, doctor. Yo me encargo de que mi mujer descanse lo más posible.
El médico asiente y se retira. De inmediato, la expresión en el rostro de Rodrigo cambia. Se acerca a la cama con una actitud amenazante.
- Más te vale no decir nada sobre lo sucedido o me voy a encargar de que no vuelvas a ver a nuestras hijas.
- ¡Por favor, Rodrigo, dame el divorcio! ¡Te lo suplico!
- ¡Nunca! Eres mi esposa y lo serás hasta que la muerte nos separe.
- Tú no me amas, Rodrigo. Puedes encontrar una mujer que cumpla con todas tus expectativas.
- Ambos pertenecemos a familias importantes, un divorcio, sería un escándalo. Algo totalmente innecesario. No te falta nada, nuestras hijas viven bien, tú solo debes cumplir el rol qué te corresponde y todo estará bien. Ahora, sí insistes con el tema del divorcio, te advierto qué te irás sin nada y mis hijas se quedan conmigo. No volverás a verlas. Me conoces y sabes qué no miento. Te conviene más quedarte tranquila. Debo ir a casa de mis padres, si me entero de que abriste la boca, hoy mismo saco a las niñas del país.
Las lágrimas ruedan por mis mejillas. Lo veo abandonar la habitación, sus palabras se repiten una y otra vez en mi cabeza.
Unos minutos después, la puerta se abre y veo a mi amiga, a Sofía ingresar y acercarse a la cama con la angustia reflejada en el rostro.
- ¡Por Dios, Vero! ¿Qué sucedió? Vine, apenas vi que Rodrigo se marchaba.
No puedo hablar. Un nudo se ha instalado en mi garganta y ella nota mi incapacidad.
- Tranquila, ya me contarás. Algo me dice, qué tu esposo es el responsable.
Alguien llama a la puerta, Sofía permite el acceso. Es el médico qué estaba aquí cuando desperté. No recuerdo su nombre.
- Buenos días, doctor- saluda Sofía.
- Buen día, señorita. Soy el doctor Ocampo. Usted es... ¿familiar?
- No, amiga. ¿Cómo está ella, doctor?
- Tiene varios golpes debido a la caída. Dos costillas fracturadas, pero en general, nada de gravedad. En un par de días podremos darle el alta.
Los escucho conversar, sin prestar atención. Sus voces suenan a kilómetros de distancia. Sigo pensando en lo ocurrido la noche anterior. La manera en como el hombre que consideraba el amor de mi vida, me golpeó. Sin piedad, sin remordimiento.
La voz del médico, dirigiéndose a mí, me devuelve a la realidad.
- Lo siento, doctor. ¿Me decía?
- Su marido me dijo al llegar aquí y al estar usted inconsciente, qué sufrió una caída. Desde lo alto de las escaleras de su casa, para ser más específico. ¿Hay algo más qué quiera usted decirme? Es mi obligación, cómo su médico, descartar cualquier acto de violencia qué pudiera haberse cometido en su contra.
Sofía me mira con atención, yo dudo. En mi mente analizo las palabras de Rodrigo, sé qué no miente y que cumplirá su amenaza si yo hablo.
- Mi esposo le dijo la verdad. Estaba oscuro y no quise encender la luz, llevaba algo entre las manos y no vi el primer escalón.
- Señora Mijares, si está sufriendo de violencia doméstica, debe decirlo. Le aseguro qué buscaremos protegerla, a sus hijas también.
- No doctor, mi esposo sería incapaz de hacerme algo así. No tiene nada de que preocuparse.
- Entonces, me retiro. Seguiré monitoreándola a lo largo del día. Permiso.
Sofía espera a qué el médico se retire. Camina hacia la cama y se sienta en el borde.
- Vero, no te creo. Tu mirada me dice todo. Fue Rodrigo y necesitas salir de ahí, ¡ya!
- No puedo- le digo sollozando- Va a quitarme a las niñas. No puedo luchar contra él y perder a mis hijas.
Los sollozos aumentan. Sofía me abraza. Percibo su impotencia, la misma que siento desde hace mucho tiempo.
- Déjame llamar a mi amiga abogada. Seguro nos puede orientar.
- Sí Rodrigo se entera...
- No lo va a saber, yo me encargo.
- Él no debe tardar en regresar, no tenemos tiempo.
- Lo sé, me voy y la busco en su despacho. Volveré cuando Rodrigo se marche.
Me limito a asentir y la veo marcharse. Al poco rato, vuelve Rodrigo. En un acto de total cinismo, besa mi frente.
- Odio recurrir a la violencia, no es necesario llegar a estos extremos. Vuelve a ser la esposa qué siempre has sido y te prometo qué no volverá a suceder
Me trago mi coraje, entiendo qué no es el momento para confrontarlo y decido seguirle el juego. Tengo la esperanza de qué la amiga de Sofía encuentre la solución a mi caso.
- Sí, te prometo qué volveré a ser la de siempre.
- Me complace escuchar eso.
- ¿Cómo están las niñas?
- Bien, sabes qué mi madre es una abuela excelente y cuida de ellas a la perfección.
- Sí, tienes razón.
El silencio se apodera de la habitación, la noche comienza a caer y el médico hace su última ronda.
- ¿Crees que puedas pasar la noche sola? Mañana tengo una Audiencia y necesito descansar.
- Sí, no tengo problema.
- Ok, vengo a verte mañana en cuanto pueda.
Besa mi frente y se marcha. Media hora después llega Sofía y no viene sola.
Ella dice q no sabe hacer nada, claro q sabe, llevar una casa, calarse las malcriadeces, los desplantes de un enfermo, claro q sabes y puedes