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Objetivo: Inalcanzable

Objetivo: Inalcanzable

Status: Terminada
Genre:Amor-odio / Reencuentro / Completas
Popularitas:5.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Para el círculo militar y la alta sociedad, ella es la intocable "princesa de cristal": la menor de cuatro hermanos que visten uniforme de élite, la niña consentida de un temido General de cuatro estrellas y la heredera natural del imperio de moda de su madre. Nadie imagina que, a puertas cerradas, sus hermanos la entrenaron sin piedad para que jamás fuera el eslabón débil de la dinastía.
El verdadero golpe no lo recibió en un campo de tiro, sino en una fiesta de graduación.Tras arreglarse para ser vista como la mujer que es, escucha al mejor amigo de su hermano —el chico del que estuvo enamorada en secreto durante años— burlarse de ella y despreciar sus sentimientos ante su círculo militar solo para inflar su ego y marcar territorio.
Ella se marcha con una sola promesa grabada a fuego: ser la mejor

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Capítulo 19: Suturas y Verdades

Bahía de Atención Táctica, Complejo Seguro de Dupont Circle.

03:40 Horas.

El olor a antiséptico y alcohol yodado no lograba tapar del todo el rastro a quemado que desprendía el uniforme negro de Dante Cruz.

La camilla de exploración rechinó cuando el soldado dejó caer su peso sobre el borde metálico. Tenía el torso desnudo, la piel tensa cubierta de sudor frío y la espalda surcada por líneas violáceas donde la metralla de la granada había desgarrado las capas de kevlar del chaleco. En el omóplato derecho, dos esquirlas metálicas de dos centímetros permanecían alojadas en el músculo magro, sangrando en hilos oscuros que resbalaban hacia la cinturilla de sus pantalones tácticos.

Julian Montgomery estaba apoyado contra el marco de la puerta de acero inoxidable, con una gasa limpia presionada contra un rasguño superficial en su propia sien y una botella de coñac en la mano izquierda:

—El médico de guardia de la agencia está a tres minutos de bajar en el montacargas, Cruz —comentó Julian con tono desenfadado—. Aunque considerando tu historial de insubordinación, sospecho que preferirías sacarte el plomo tú mismo con unos alicates oxidados para mantener tu reputación de bestia salvaje.

Dante apretó los dientes mientras una punzada sorda le recorría la columna:

—Cierra la puerta por fuera, Montgomery. Y llévate tu alcohol de señorita.

—Es un coñac Napoleón de la bodega privada de mi padre, animal sin cultura —replicó Julian con una sonrisa ladina—. Pero me marcho con gusto. El Director Sterling convocó una sesión preliminar en Langley y alguien tiene que explicarle por qué la Guardia Costera cree que los rusos se volaron a sí mismos en la bahía de Baltimore.

Julian dio un paso hacia el pasillo, pero antes de salir se detuvo y miró a Dante con una sobriedad inusual en sus ojos verdes:

—Por cierto, teniente... Buen bloqueo en esa bodega. Si hubieras tardado medio segundo más en cubrirla, no estaríamos teniendo esta conversación.

Dante levantó la vista despacio, sosteniendo la mirada del diplomático con una inclinación de cabeza casi imperceptible:

—No iba a permitir que la tocaran.

Julian asintió, reconociendo el pacto no escrito entre dos hombres que entendían la naturaleza del peligro.

—Lo sé. Por eso me caías tan mal al principio... y por eso ahora tolero tu nefasta presencia en nuestro equipo. Que no te desangres, Cruz.

Julian se marchó, dejando tras de sí el eco de sus pasos elegantes sobre las baldosas.

Dos segundos después, el sensor de la puerta se activó de nuevo.

Sienna entró a la sala médica.

Se había lavado la cara y las manos con jabón quirúrgico, borrando cualquier traza de pólvora y la gota de sangre que Dante le había dejado en los labios. Llevaba una camiseta térmica negra de manga corta, pantalones elásticos oscuros y el pelo recogido en una coleta tirante que dejaba al descubierto sus ojos castaños, aún encendidos por la adrenalina del combate.

En las manos llevaba una bandeja de acero inoxidable con pinzas de disección, anestésico local, suturas monofilamento y dos paquetes de gasas estériles.

Dejó la bandeja sobre la mesa auxiliar con un tintineo metálico seco.

Dante intentó girar el torso para mirarla, pero un espasmo de dolor le arrancó un siseo entre los dientes.

—No te muevas, idiota —ordenó Sienna con una voz baja, firme y carente de compasión superficial—. El médico de guardia fue reasignado a la sala de servidores para evaluar al mercenario ruso que capturamos vivo. Si quieres que alguien te saque ese plomo de la espalda antes de que se te infecte el músculo, vas a tener que conformarte con mis manos.

Dante apoyó los codos sobre las rodillas, con la cabeza baja, dejando al descubierto la extensión maltratada de su espalda ancha. Una media sonrisa rota, cargada de un alivio oscuro, se dibujó en su rostro:

—Tus manos ya me rompieron la tráquea una vez, comandante. Supongo que sacarme un par de trozos de metralla será pan comido.

Sienna no respondió al sarcasmo. Se colocó los guantes de nitrilo negro con dos chasquidos secos, cargó una jeringa con lidocaína y dio dos pasos hasta quedar de pie detrás de él.

El calor que irradiaba el cuerpo de Dante era sofocante. A pesar de los hematomas y la sangre seca, su espalda era un mapa de músculo denso, cicatrices viejas de entrenamientos militares compartidos y una fuerza descomunal que ahora permanecía inmóvil, completamente expuesta y vulnerable bajo su juicio.

Sienna apoyó dos dedos sobre la piel inflamada del omóplato del soldado para localizar la primera esquirla.

En el instante en que sus yemas enguantadas tocaron su carne, la espalda de Dante se tensó como la cuerda de un arco. El soldado soltó el aire en una respiración entrecortada que hizo vibrar el aire de la sala.

—Te va a doler —advirtió ella con tono quirúrgico, introduciendo la aguja con pulso firme.

—He tenido peores días —murmuró él, apretando los puños contra sus muslos hasta que los nudillos crujieron.

Sienna esperó cuarenta segundos a que el anestésico hiciera efecto. Tomó la pinza de titanio con la mano derecha, apoyó la izquierda en el hombro de Dante para fijar la posición y profundizó el agarre en la carne para atrapar el primer fragmento de metal dentado.

Dante no gritó. Enterró las uñas en la tela de sus pantalones, con los músculos de las sienes latiendo con violencia y la respiración contenida, negándose a emitir una sola queja mientras el metal salía con un chasquido húmedo.

Sienna arrojó la esquirla ensangrentada a la bandeja metálica: clic.

—Una menos.

Limpió la herida con gasas empapadas en yodo con una precisión metódica. Sus dedos se movían con la soltura de quien ha sido instruido para coser heridas de combate en zanjas a oscuras, pero había algo en la cadencia de sus manos —un roce apenas más suave de lo estrictamente necesario, una pausa imperceptible al limpiar el borde de una cicatriz vieja— que desmentía la frialdad de su uniforme.

—¿Por qué lo hiciste, Dante? —preguntó ella de repente, rompiendo el silencio mientras localizaba el segundo fragmento.

Dante no levantó la cabeza:

—¿Cubrirte de la granada? Ya te lo dije: mi trabajo es ser tu elemento de contención.

—No me refiero a la granada —la voz de Sienna bajó un tono, volviéndose áspera, íntima y cargada de una sombra que llevaba semanas rondando la periferia de su control—. Me refiero a todo esto. A renunciar a Fort Bragg. A dejar que mi madre te humille en su comedor. A aguantar que te ponga de rodillas en una jaula de combate... ¿Qué diablos intentas probar?

Dante soltó una risa ronca, seca, que le sacudió los hombros:

—No estoy probando nada, Sienna. Si quisiera probar algo, habría aceptado el mando de una compañía en Europa para inflar mi expediente. Lo que estoy haciendo... es pagar una deuda con el hombre que solía ser.

La pinza de Sienna atrapó el segundo trozo de metralla. Tiró con firmeza, extrayendo el metal retorcido con un movimiento limpio antes de dejarlo caer sobre la bandeja:

—No me debes nada, Cruz. Mi vida está resuelta. Mi rango está consolidado. No necesito que pagues penitencia a mis espaldas.

Dante se giró sobre la camilla de golpe, ignorando el dolor punzante en el omóplato abierto y la sangre que volvió a brotar por la herida recién limpiada.

La tomó por la muñeca enguantada con una rapidez que desarmó la guardia de la chica.

Sienna no intentó zafarse con una llave táctica. Se quedó congelada a escasos veinte centímetros de su pecho desnudo, sosteniendo las pinzas en la otra mano, con los ojos castaños clavados en las pupilas grises de Dante, que ardían con una intensidad que amenazaba con reducir la sala a cenizas.

—Tú no necesitas nada, lo sé —dijo Dante, y la verdad en su voz sonó tan descarnada que a ella se le cortó la respiración—. Eres la Operadora Intocable. Puedes hackear satélites, matar con un alambre y dirigir una fuerza de choque sin pestañear. Eres la mujer más brillante y peligrosa que este país ha visto jamás.

Dante tiró apenas de su muñeca, obligándola a inclinarse un centímetro más hacia él, sintiendo el calor del aliento de Sienna contra su rostro magullado:

—Pero el que sí necesita esto soy yo. Necesito mirarte todos los días y recordar el precio de haber sido un imbécil. Necesito estar en la misma línea de fuego para asegurarme de que nadie vuelva a pensar que estás sola. Y sobre todo... necesito saber qué iba a pasar en esa bodega antes de que Montgomery entrara por la puerta.

El aire en la habitación médica se volvió irrespirable.

El recuerdo del suelo de la sala de máquinas, el calor aplastante de sus cuerpos bajo el humo de la explosión y la distancia milimétrica que los separaba antes de que Julian interrumpiera el momento regresó con la fuerza de una descarga de alta tensión.

Sienna no desvió la mirada. Sus ojos bajaron por una fracción de segundo hacia los labios partidos de Dante, hacia la curva desafiante de su boca, antes de volver a clavarse en sus pupilas con una calma mortífera:

—En esa bodega casi cometo un error de juicio, teniente. Nada más.

—Mentirosa —susurró Dante, y una sonrisa feroz, herida y hermosa iluminó sus facciones—. Tus ojos no mienten cuando estás a punto de matar... y tampoco mentían cuando me miraste en ese suelo.

Sienna apretó la mandíbula. Con un movimiento seco, giró la muñeca liberándose de su agarre con la técnica precisa que sus hermanos le habían enseñado, tomó la aguja curva con el hilo de sutura y apoyó la mano libre con fuerza sobre el hombro de Dante, empujándolo para que volviera a darle la espalda:

—Siéntate derecho y cállate la boca, Cruz. Te quedan diez puntos de sutura por delante y no pienso desperdiciar más anestesia en un soldado que delira por la pérdida de sangre.

Dante obedeció despacio, volviendo a ofrecerle su espalda desgarrada, pero esta vez la tensión en sus hombros era distinta: ya no era la rigidez del miedo o la culpa, sino la certidumbre de haber encontrado una grieta en la armadura más impenetrable del Pentágono.

—Tómate tu tiempo, comandante —murmuró Dante en la penumbra, mientras el hilo atravesaba su piel con precisión quirúrgica—. No tengo ningún lugar a donde ir.

A las seis de la mañana, la cafetera de la sala de descanso de Dupont Circle terminó de filtrar su carga oscura.

Sienna, con una taza humeante entre las manos y el informe preliminar de Norfolk cerrado en su tableta, cruzaba el pasillo principal cuando su teléfono encriptado de uso familiar vibró tres veces sobre el cinturón táctico.

Frunció el ceño. Desbloqueó la terminal.

Era un mensaje de texto de Liam:

> Gael y Bruno se enteraron de lo del carguero por los canales de inteligencia de la Marina.

> Saben que Cruz recibió metralla por ti.

> Mateo casi se desmaya cuando vio el informe del equipo de desactivación de explosivos.

> Papá no ha salido del despacho en toda la noche, pero canceló el despliegue del equipo Bravo a Siria.

> Dijo que nuestras tropas tienen que estar disponibles para apoyar cualquier requerimiento de tu división.

> Sienna... el viejo colgó tu placa de graduación de SOCID en la pared de su oficina, al lado de su propia Estrella de Plata.

> Cruz tenía razón: nos cambiaste la perspectiva a todos.

>

Sienna leyó el mensaje dos veces.

La imagen de su padre —el hombre de piedra que le había gritado que terminaría llorando de rodillas— colocando su insignia clandestina junto a sus máximas condecoraciones de guerra provocó una punzada extraña en su pecho: una mezcla de cierre definitivo y una ligera tregua con el pasado.

Bloqueó la pantalla sin responder.

Al levantar la vista, vio a Dante al final del pasillo.

Llevaba una camiseta limpia de algodón gris que ocultaba el vendaje blanco en su espalda, los pantalones tácticos y una taza de café solo en la mano derecha. Caminaba despacio, con esa pesadez elástica que delataba el cansancio de la noche, pero cuando sus ojos se cruzaron con los de ella, levantó la taza a modo de saludo militar silencioso.

Sienna sostuvo su mirada a través de los diez metros de pasillo iluminado.

Curvó apenas la comisura de sus labios en una sonrisa mínima, afilada y cómplice.

Luego, dio media vuelta y caminó hacia la sala de mando de SOCID, sabiendo que la guerra en las sombras apenas comenzaba... pero que esta vez, el hombre que caminaba detrás de ella jamás volvería a dar un paso en falso.

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