Valentín Bianchi, un omega porteño de veinticinco años, está acostumbrado al ritmo frenético de Buenos Aires. Su vida gira entre cafeterías, subtes, reuniones y el ruido constante de la ciudad.
Todo cambia cuando hereda una antigua estancia en plena pampa bonaerense. Su único objetivo es venderla cuanto antes, volver a la Capital y olvidarse del barro, las vacas y los caminos de tierra.
Pero la estancia no está vacía.
Tomás Ferreyra, un alfa gaucho nacido y criado allí, administra el lugar desde hace años. Es serio, orgulloso, amante de los caballos y defensor de las tradiciones. Para él, esa estancia no es un negocio: es su hogar.
Desde el primer encuentro, ninguno soporta al otro.
—¿Vos sos el nuevo dueño? Mirá vos... pensé que mandaban a alguien que supiera ensuciarse las botas.
—Y yo pensé que los gauchos eran más educados.
Entre mates compartidos a regañadientes, asados con los peones, cabalgatas interminables y noches bajo un cielo lleno de estrellas, ambos descubrirán que hay se
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Capítulo 6: Lluvia, refugio y verdades
El nacimiento del potrillo fue el tema de conversación durante todo el desayuno.
—Todavía no puedo creer que haya visto algo así —dijo Valentín mientras untaba una tostada con dulce de leche.
Marta sonrió.
—¿Viste? El campo siempre tiene algo para sorprender.
—La verdad... sí.
Tomás levantó la vista de su mate.
—Hoy vamos a recorrer la parte norte de la estancia.
Valentín arqueó una ceja.
—¿Otra vez a caballo?
—Obvio.
El omega suspiró con resignación.
—Bueno... pero si me caigo, esta vez no te rías.
—No prometo nada.
Don Ramón soltó una carcajada.
—¡Eso quiero verlo!
Una hora más tarde, el sol brillaba sobre la pampa.
Esta vez, Valentín subió a Moro sin ayuda.
—¡Miren eso! —gritó Nico desde el corral—. ¡El porteño está aprendiendo!
Valentín sonrió orgulloso.
—¿Viste?
Tomás asintió.
—Nada mal.
Era la primera vez que lo felicitaba sin burlarse.
Y eso hizo que Valentín sintiera un extraño calor en el pecho.
Comenzaron a cabalgar entre los campos.
El viento movía los pastizales como un mar verde.
Tomás señalaba distintos lugares.
—Allá sembramos maíz.
Más adelante...
—Ese molino tiene más de cincuenta años.
Después...
—¿Ves aquella laguna? En verano vienen un montón de aves.
Valentín escuchaba con atención.
Cada historia le hacía descubrir un mundo completamente nuevo.
Después de un largo rato llegaron a una loma.
Desde allí podía verse toda la estancia.
Valentín quedó maravillado.
—Es enorme...
—Mi abuelo decía que la tierra no se posee.
—¿Ah, no?
—Uno solo la cuida para los que vienen después.
Valentín permaneció en silencio.
Las palabras de Tomás le recordaron a Don Ernesto.
Tal vez nunca había comprendido cuánto significaba ese lugar para su abuelo.
De repente, una ráfaga de viento levantó tierra.
Tomás miró el horizonte.
Las nubes negras avanzaban rápidamente.
—Nos tenemos que ir.
—¿Por?
Un trueno respondió por él.
Valentín tragó saliva.
—Creo que entendí.
En cuestión de minutos comenzó a llover con fuerza.
Las gotas golpeaban el suelo levantando olor a tierra mojada.
—¡Por acá! —gritó Tomás.
Espoleó a su caballo hacia una vieja construcción de piedra.
Era un pequeño puesto de campo donde los peones solían refugiarse.
Entraron justo cuando la tormenta se desataba por completo.
El techo de chapa repiqueteaba sin descanso.
Valentín se sacó la campera empapada.
—Qué manera de llover...
Tomás encendió una vieja salamandra.
Poco a poco el ambiente comenzó a calentarse.
—Tomá.
Le alcanzó una manta de lana.
—Gracias.
El silencio volvió a instalarse.
Solo se escuchaba la lluvia.
Valentín observó el fuego.
—¿Sabés una cosa?
—¿Qué?
—Cuando llegué quería vender todo e irme cuanto antes.
Tomás bajó la mirada.
—Lo imaginé.
—Pero ahora...
No terminó la frase.
Tomás levantó la vista.
—¿Ahora qué?
Valentín sonrió apenas.
—No estoy tan seguro.
El alfa sintió que su corazón latía un poco más rápido.
—¿Por la estancia?
El omega tardó unos segundos en responder.
—También.
Tomás entendió que había algo más detrás de esa respuesta.
Pero no insistió.
Un trueno estremeció el refugio.
Sin pensarlo, Valentín dio un pequeño salto.
Tomás soltó una risa.
—¿Le tenés miedo a las tormentas?
—No.
Otro trueno.
Valentín dio otro respingo.
—Bueno... un poco.
Tomás se acercó y dejó un termo sobre la mesa.
—Tomá un mate.
—¿Vos solucionás todo con mate?
—Casi todo.
Valentín aceptó.
Esta vez el sabor ya no le pareció tan amargo.
—Creo que me estoy acostumbrando.
—Te lo dije.
—No te agrandés.
Los dos sonrieron.
Mientras esperaban que pasara la lluvia, comenzaron a hablar de cosas que nunca antes habían mencionado.
Valentín contó cómo había sido crecer en Buenos Aires, el estrés de la ciudad y la distancia que se había creado con su familia tras la muerte de su abuelo.
Tomás, por su parte, confesó que había perdido a sus padres siendo muy joven y que Don Ernesto había sido quien le dio trabajo, un hogar y la oportunidad de quedarse en la estancia.
—Para mí fue como un segundo padre —dijo con la voz baja.
Valentín sintió un nudo en la garganta.
—Lamento no haber estado más presente.
—No te culpes.
—Pero...
—Él nunca habló mal de vos.
Valentín lo miró sorprendido.
—Al contrario. Siempre decía que esperaba volver a verte algún día.
Las palabras lo golpearon más fuerte que cualquier tormenta.
Bajó la cabeza para esconder las lágrimas que amenazaban con salir.
Tomás dudó un instante.
Luego apoyó una mano sobre su hombro.
—Estoy seguro de que estaría feliz de que estés acá.
Valentín levantó la vista.
Sus ojos se encontraron.
El refugio quedó en silencio.
La lluvia seguía cayendo, pero ya parecía muy lejana.
Por un momento, ninguno de los dos apartó la mirada.
Hasta que un relámpago iluminó el interior del puesto y ambos reaccionaron al mismo tiempo, separándose con cierta timidez.
—Parece que ya aflojó —dijo Tomás, aclarando la garganta.
—Sí...
Pero ninguno de los dos podía negar lo evidente.
Algo estaba cambiando entre ellos.
Y, aunque todavía ninguno se animaba a ponerle nombre, ese sentimiento comenzaba a crecer tan fuerte e inevitable como la lluvia que acababa de empapar la inmensa pampa argentina.