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Su Asistente Omega

Su Asistente Omega

Status: Terminada
Genre:Yaoi / CEO / Completas
Popularitas:22k
Nilai: 5
nombre de autor: MarOculto

Emilio Reyes tiene $2,800 en el banco, un departamento que se cae a pedazos y un secreto que ni él mismo conoce.

Su nuevo jefe, Sebastián Luján, es el CEO más temido de Ciudad Arcoíris: guapo, cruel, Alfa supremo. Nadie sobrevive un mes como su asistente. Emilio sobrevive dos. Y luego comete el peor error posible: le cocina pescado a la veracruzana.

Sebastián se come todo. Deja una propina de $10,000. Y desde ese día, su mirada no se despega de Emilio.

Pero hay un problema. Sebastián odia a los Omegas. Los teme con una intensidad que viene de un trauma que nadie conoce. Y Emilio... Emilio no es el Beta que todos creen.

Cuando su cuerpo lo traiciona y la diferenciación comienza, Emilio descubre que el hombre que lo ama es el mismo hombre que huye de lo que él se está convirtiendo.

*¿Puede el amor sobrevivir cuando tu biología se convierte en lo único que la persona que amas no puede aceptar?*

NovelToon tiene autorización de MarOculto para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 6

Capítulo 6

Puerto Esmeralda

Sebastián Luján decidió no interpretar a Bolita.

Lo que sí hizo fue meter a Emilio Reyes en un viaje de negocios con menos de dieciocho horas de aviso.

—Puerto Esmeralda —dijo Andrés, dejando un itinerario sobre el escritorio de Emilio—. Salida mañana a las seis. Dos noches. Reuniones con Laboratorios Farías.

Emilio leyó la agenda sin tocarla.

—¿Yo voy?

—Eso dice tu nombre.

—Nunca he trabajado con Laboratorios Farías.

—Por eso llevas expediente de lectura.

Andrés dejó una carpeta tan gruesa que hizo sonar el escritorio.

—El señor Luján quiere resumen de riesgos antes de abordar.

—Son las cinco de la tarde.

—También quiere dormir en el avión.

—Qué generoso de su parte.

Andrés lo miró con la misma expresión de siempre, pero esta vez Emilio pudo jurar que había un milímetro de solidaridad en sus ojos.

—Bienvenido al piso cincuenta y ocho.

A las cinco cuarenta de la mañana, Emilio llegó al hangar privado con una maleta pequeña, dos camisas dobladas con precisión y el informe de riesgos bajo el brazo. La humedad de Ciudad Arcoíris aún no despertaba por completo, pero el aire ya olía a gasolina de avión y café de termo.

Sebastián estaba junto a la escalerilla del jet, hablando con alguien por teléfono. Vestía traje oscuro, como si el amanecer fuera una reunión que debía intimidar.

Bolita no estaba a la vista.

Eso no tranquilizó a Emilio.

—Llegas cuatro minutos antes —dijo Sebastián al cortar la llamada.

—Buenos días para usted también.

—El resumen.

Emilio le entregó la carpeta.

Sebastián la abrió ahí mismo. Leyó la primera página, luego la segunda. Sus cejas no se movieron, pero la forma en que dejó de caminar hacia el avión le dijo a Emilio que había encontrado algo útil.

—¿Quién te explicó el mercado de supresores?

—Nadie.

—Este margen de distribución no está en los documentos.

—Está escondido en los costos de refrigeración y en las pólizas de pérdida. Si Laboratorios Farías realmente logró estabilizar el compuesto a temperatura ambiente, el ahorro no está en el precio de venta. Está en destruirle la cadena logística a todos sus competidores.

Sebastián levantó la vista.

El frío de su presencia rozó el aire.

—Sube.

No fue un elogio. Aun así, Emilio sintió que acababa de aprobar un examen que nadie le había anunciado.

El vuelo a Puerto Esmeralda duró menos de dos horas. Sebastián revisó el informe completo sin hablar. Emilio respondió correos, corrigió una agenda y rechazó, con toda la educación posible, el desayuno elegante que le ofreció la sobrecargo.

—Come —dijo Sebastián sin levantar la vista.

—No tengo hambre.

—Mentira.

Emilio apretó los dedos sobre el teclado.

—No me gusta trabajar con las manos grasosas.

Cinco minutos después, una servilleta, un plato de fruta y café negro aparecieron junto a su computadora. Sebastián no dijo nada. La sobrecargo tampoco. Emilio miró el plato, luego al hombre que fingía leer un contrato.

Tomó una uva.

No iba a agradecer una orden disfrazada de desayuno.

Puerto Esmeralda los recibió con sol blanco, olor a sal y una hilera de palmeras que se doblaban hacia el mar. Desde la camioneta, Emilio vio edificios bajos, hoteles de fachada brillante y, más lejos, colonias apretadas sobre la ladera. La ciudad parecía hermosa desde lejos y cansada de cerca.

Laboratorios Farías estaba en una zona industrial limpia, a veinte minutos del puerto. No tenía el lujo de Grupo Cénit. Tenía algo mejor: movimiento. Técnicos entrando y saliendo, cajas de muestras, refrigeradores sellados, pizarras llenas de fórmulas y gente que parecía haber olvidado cuándo fue la última vez que durmió.

Felipe Farías los esperaba en bata de laboratorio, camisa remangada y cara de no tener paciencia para ceremonias.

—Luján —saludó.

—Farías.

No se dieron la mano.

Dos Alfas de rango alto o superior en el mismo pasillo no necesitaban demostrar nada con dedos apretados.

Felipe miró a Emilio.

—¿Nuevo abogado?

—Asistente —dijo Sebastián.

—¿Desde cuándo traes asistentes a reuniones de moléculas?

—Desde que leen mejor que algunos directores.

Emilio fingió no escuchar.

Felipe sí escuchó. Su mirada cambió apenas.

—Entonces que lea esto.

Le entregó una tableta sin preguntar.

Emilio la tomó. La pantalla mostraba una proyección de costos, curva de estabilidad, lotes fallidos y una tabla de compatibilidad ABO con resultados parciales.

No era un documento para un asistente.

Era una trampa.

El pasillo se quedó quieto. Un técnico al fondo dejó de escribir.

Sebastián no intervino.

Emilio deslizó dos páginas, volvió una, abrió el anexo de lotes y señaló una celda.

—Este lote no falló por inestabilidad del compuesto.

Felipe entornó los ojos.

—¿Ah, no?

—Falló por contaminación de empaque. La curva se rompe después del sellado, no durante la síntesis. Si lo están contando como fracaso químico, están inflando su propio riesgo.

El técnico del fondo levantó la cabeza.

Felipe le quitó la tableta y revisó la celda.

—¿Cuánto tardaste en verlo?

—Lo suficiente para preocuparme por su departamento de control de calidad.

Un sonido raro salió de la garganta de Felipe. No fue risa completa. Casi.

Sebastián miró hacia otro lado, pero Emilio vio la línea mínima de satisfacción en su boca.

—La reunión es en la sala tres —dijo Felipe—. Ahí veremos si el asistente también sabe callarse cuando hablan los químicos.

—Depende de si los químicos dicen algo correcto —respondió Emilio antes de poder detenerse.

El técnico del fondo soltó una tos.

Felipe se quedó mirándolo.

Luego sonrió.

—Me cae bien.

—No vine a hacer amigos —dijo Sebastián.

—Qué raro, con esa personalidad tan cálida.

La sala tres tenía una mesa larga, pantallas en tres paredes y una ventana al mar que nadie parecía mirar. Durante la primera hora, Felipe expuso el supresor como quien defendía a un hijo recién nacido y malhumorado. El compuesto prometía algo que el mercado farmacéutico llevaba décadas fingiendo imposible: eficacia estable, costo bajo y menor dependencia de cadenas de frío.

Si era cierto, no solo iba a cambiar precios.

Iba a cambiar poder.

Los carteles farmacéuticos que controlaban supresores tradicionales perderían margen. El Consejo Regulador Alfa tendría que revisar protocolos. Los Omegas de clase media y baja dejarían de endeudarse por cada ciclo de celo.

Emilio entendió por qué Sebastián estaba allí.

También entendió por qué alguien intentaría detenerlos.

Al final de la exposición, Felipe apagó la pantalla.

—Ahora sí —dijo—. Dime qué viste, Reyes.

Emilio levantó la vista de sus notas.

Sebastián no dijo nada.

No necesitaba hacerlo.

La sala completa esperaba.

Emilio giró la libreta y marcó tres puntos con el bolígrafo.

—Vi una revolución. También vi tres maneras muy fáciles de matarla antes de que salga del laboratorio.

Felipe apoyó ambas manos en la mesa.

—Entonces quiero escucharlas.

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💜Martha Ibarra
Gracias por esta magnífica historia, disfrute mucho leerla y espero trabajos futuros 🥰
💜Martha Ibarra
esta historia me enamora cada vez más 🥰
abu_army18
Me puedes explicar quien es bolita no entiendo 😢
💜Martha Ibarra
querida escritora me tiene el alma en un hilo con esta historia magnífica 🥰
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