Una noche que debió ser olvidada lo cambió todo.
Valentina Solís, profesora universitaria de idiomas, jamás imaginó que el desconocido con quien despertó en un hotel de montaña sería Sebastián Montero — el hombre más poderoso de San Valero.
Él es frío, implacable y acostumbrado a que el mundo se mueva a su voluntad. Ella es brillante, independiente y arrastra heridas que prefiere no mostrar.
Lo que empezó como un accidente se convirtió en un acuerdo: en privado, fuego; en público, desconocidos.
Pero los secretos en una ciudad donde todos se conocen tienen fecha de caducidad. Entre cenas familiares que derriten el hielo, rivales que acechan en las sombras y una atracción que ni las reglas pueden contener, Valentina descubrirá que amar a Sebastián Montero es fácil.
Lo difícil es que el mundo no se entere.
"Jefe, afuera somos desconocidos."
"¿Y adentro?"
"Adentro... soy tuya."
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Capítulo 6
Capítulo 6: El acuerdo
Valentina tardó dos días en escribirle.
No porque hubiera cambiado de opinión. Seguía sin creerle. Pero la oferta de Sebastián se le quedó atorada como una espina: "respaldo". La palabra era demasiado grande para alguien que había aprendido a resolver su vida con becas, trabajos extra y una abuela que estiraba el dinero como si fuera masa de tortilla.
El martes por la noche, después de corregir treinta y dos exámenes y fingir que no había mirado la tarjeta negra cada media hora, abrió un mensaje nuevo.
`Necesito hablar. No en su oficina. No en mi casa.`
La respuesta llegó en menos de un minuto.
`Mañana, siete. Café Jacaranda. Mesa del fondo.`
Valentina miró la pantalla.
Ni una pregunta.
Ni un "¿por fin?".
Eso fue lo que más le molestó.
Al día siguiente llegó diez minutos tarde a propósito. El Café Jacaranda quedaba en Santa Brígida, un barrio tranquilo al otro lado del río, lejos de la universidad, de La Hacienda y de cualquier conocido con ganas de chisme. Era pequeño, con mesas de madera, plantas colgantes y olor a pan tostado.
Sebastián ya estaba ahí.
No llevaba traje. Camisa gris, mangas dobladas, café negro frente a él. Aun así, parecía menos cliente que dueño silencioso del lugar.
Valentina se sentó sin saludar.
—Tengo condiciones.
Él dejó el celular boca abajo sobre la mesa.
—Te escucho.
La ausencia de sorpresa le dio valor.
—Uno: lo del Hotel Sierra Verde no se menciona con nadie. Ni su familia, ni mi abuela, ni empleados, ni abogados, ni asistentes, salvo lo estrictamente legal que ya hizo.
—De acuerdo.
—Dos: no vuelve a aparecer en mi edificio, en mi trabajo o junto a un taxi como si estuviera en una película de secuestro elegante.
La comisura de su boca se movió.
—De acuerdo.
—No era chiste.
—Lo sé.
Valentina sacó una libreta del bolso. Había escrito la lista porque, si lo miraba demasiado tiempo, podía olvidar el orden.
—Tres: no quiero dinero.
—No te ofrecí dinero.
—Los favores de los ricos se convierten en dinero aunque no tengan billetes.
Sebastián apoyó los brazos sobre la mesa.
—Entonces no habrá favores que no pidas.
—Cuatro: si alguna vez trabajo en un evento relacionado con Grupo Montero, será por contrato, tarifa normal y a través de la universidad o de una agencia. Nada de "la conozco, llámenla".
—Eso es razonable.
—Cinco: en público somos conocidos profesionales. Usted es Director Montero. Yo soy profesora Solís. Nada más.
Por primera vez, Sebastián tardó en contestar.
—¿Y en privado?
Valentina apretó el bolígrafo.
—En privado no tenemos nada definido.
—Eso también es una definición.
—No se ponga filosófico.
—No suelo hacerlo antes del segundo café.
Ella no quiso sonreír. Su boca traicionó apenas.
Sebastián lo vio. Por supuesto que lo vio.
—Mis condiciones —dijo él.
Valentina levantó la mirada.
—¿Perdón?
—Dijiste que querías un acuerdo. Los acuerdos tienen dos lados.
—No sabía que estaba negociando con Grupo Montero.
—No lo estás. Conmigo.
La diferencia no debía importar. Importó.
—Diga.
—Si Rodrigo o alguien relacionado con él te escribe, llama o se acerca, me avisas.
—No soy una menor de edad.
—No dije que lo fueras.
—Suena a control.
—Es seguridad.
—Los hombres controladores siempre le llaman seguridad.
Sebastián no se defendió enseguida. Tomó su café, bebió un sorbo y dejó la taza en el mismo círculo exacto de antes.
—Tienes razón en desconfiar —dijo—. Eso no cambia mi condición.
Valentina se quedó sin la respuesta agresiva que ya tenía preparada.
—¿Cuál es la segunda?
—Si necesitas ayuda médica por lo que pasó, se coordina con una doctora, no con el hotel, no con mi familia y no con nadie que pueda usar tu nombre.
El calor le subió a las orejas.
—Estoy bien.
—No te pregunté si estabas bien para obligarte a responder ahora.
—Qué considerado.
—Valentina.
Ella bajó la voz.
—Profesora Solís.
—Profesora Solís —corrigió él—, no voy a tocar ese tema si no quieres. Pero no finjas conmigo que no dejó consecuencias.
La frase cayó entre los dos sin hacer ruido.
Valentina miró la libreta. El borde de la página estaba doblado por culpa de sus dedos.
—Tercera condición —pidió, para no quedarse ahí.
—Acepta trabajos por tu capacidad, no por miedo a que estén conectados conmigo.
—Eso suena a trampa.
—Mañana habrá una reunión con una delegación brasileña en el Hotel Gran Metrópoli. El intérprete contratado se enfermó. Marcos recibió tres nombres recomendados por USV. El tuyo está entre ellos.
Valentina levantó la cabeza.
—¿Por usted?
—Por la Dra. Montenegro.
—¿Cómo sabe eso?
—Porque pregunté antes de ofrecerte nada.
—Eso no mejora su caso.
—Lo sé. Por eso no hice la llamada. La agencia te contactará si acepta tu disponibilidad. Tarifa de mercado. Contrato temporal. Puedes decir que no.
Valentina quería decir que no por orgullo. También quería decir que sí porque una reunión con delegación brasileña era exactamente el tipo de experiencia que podía abrirle puertas fuera de la universidad.
Y porque hablaba portugués mejor que la mayoría de los intérpretes que aceptaban trabajos solo para ponerlo bonito en el currículum.
—No voy a ser su deuda —dijo.
—No te estoy cobrando.
—Todavía.
Sebastián la miró con una paciencia que no era pasiva. Era una pared.
—Entonces ponlo por escrito.
—¿Qué?
—Tus condiciones. Las mías. Lo que aceptas, lo que no. Si te hace sentir más segura, lo firmo.
Valentina soltó una risa corta.
—¿Usted firma acuerdos personales en cafeterías?
—He firmado cosas peores en lugares menos limpios.
Esta vez sí sonrió, aunque no quiso.
Sebastián tomó una servilleta de papel y le ofreció su pluma.
—Escribe, profesora Solís.
Valentina lo miró, luego miró la pluma. Era absurda la escena: un Director General capaz de mover abogados y hoteles, esperando a que ella escribiera reglas en una servilleta de café.
Escribió.
`Sin dinero. Sin visitas sorpresa. Sin hablar del hotel. Sin interferir en mi trabajo. En público, profesionales.`
Él leyó en silencio y añadió una línea con letra firme:
`Si hay peligro, me llamas.`
Valentina miró esa frase demasiado tiempo.
—No prometo obedecer.
—No te pedí obediencia.
—¿Entonces?
—Una oportunidad de llegar a tiempo.
El pecho se le cerró de una forma incómoda.
Antes de que pudiera contestar, el celular vibró sobre la mesa. Un correo nuevo apareció en la pantalla.
Agencia Prisma Interpretación.
`Solicitud urgente: reunión empresarial español-portugués, Hotel Gran Metrópoli, mañana 9:00 a.m.`
Valentina levantó la vista.
Sebastián no sonrió.
No parecía victorioso.
Eso fue lo peor.
—Puedes rechazarlo —dijo.
Valentina abrió el correo y leyó la tarifa.
No era una nota improvisada. Venía con membrete de Agencia Prisma, copia a la coordinadora de prácticas profesionales de la USV y un adjunto de tres páginas: horario, tema de la reunión, cláusula de confidencialidad, forma de pago. La tarifa era alta, pero no absurda. Alta como trabajo urgente de un día para otro.
Abrió el adjunto y buscó el renglón que más le importaba.
`Selección por perfil lingüístico: español-portugués-inglés.`
Nada de "recomendada por Grupo Montero". Nada de "favor especial".
Sebastián no se inclinó para mirar.
—Puede verificarlo con la agencia antes de contestar —dijo.
—Eso iba a hacer.
—Bien.
Esa palabra, tan simple, le molestó menos de lo que debería.
Luego tomó la servilleta, la dobló en cuatro y la guardó en su libreta.
—No voy a rechazar un buen trabajo solo porque usted esté cerca.