Esta es la historia de un hombre que a pesar de estar atado a una silla de ruedas, jamás perdió la fe ni su alegría por vivir. Está basada en hechos reales en más del 70% de la historia. Solo los nombres se han cambiado para evitar susceptibilidades.
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Pues diles que siempre no
Eloy era muy querido por todos, andaba de aquí para allá en su silla de ruedas.
Rosa se sentía orgullosa de su hijo, aunque su felicidad era empañada al recordar que por su culpa, Eloy estaba en esa situación. Lo cuidaba con esmero.
Los años fueron pasando, Eloy ya contaba con 23 años, y al parecer, ya estaba acostumbrado a su vida de limitaciones.
Oye, Eloy, ¿te parece si vamos a dar una vuelta por ahí?, susurró Tirso.
Me parece bien, pues ya estoy listo.
Fueron a dar un paseo en el coche hasta la presa de la boca. Tirso corrió a la orilla y se dio un chapuzón, no así Eloy que se quedó a la orilla.
Vámonos, Tirso, antes de que anochezca, dijo Eloy, viendo hacia el cielo.
Jajaja, está rica el agua, dijo Tirso, divertido.
Más tarde...
Ambos chicos llegaron a casa muy contentos.
Pero qué contento vienes, hijo, dijo Clarisa, contagiándose de la alegría de Tirso.
Sí, mamá, fuimos a la presa de la boca. Eloy no quiso meterse al agua, yo lo iba a ayudar, pero no quiso.
Bueno, hijo, sus motivos ha de haber tenido.
Lo sé, mamá, de todos modos, nos divertimos mucho, dijo Tirso, tenía una gran sonrisa.
¿Y dónde está Eloy, ahora?, preguntó Clarisa.
Se fue a su casa, ya debe de haber llegado.
Varios días después, Eloy había organizado un coro de señoras, entre ellas estaba Elena, ella era coordinadora de otro coro.
Estaban esperando al padre Vázquez, pero él llegaría en dos horas.
Elena, te invito a comer unas tostadas, acá a la vuelta venden unas muy ricas.
Sí, vamos.
Al poco rato ambos reían, Eloy tenía muy buena conversación, y era buen anfitrión. Elena y él hicieron buenas migas.
Ella participó como coordinadora en el CD que grabaron. Por cosas del destino su coro no había sido elegido. Pero eso no borraba la alegría natural de Elena.
Elena empujó la silla de regreso, iban platicando por el camino.
Cuando llegaron, el padre Vázquez iba llegando también. Hola, ¿cómo están?
Hola, padre, ¿se acuerda de Elena?, dijo Eloy, estrechando la mano del sacerdote.
Por supuesto que sí, ¿cómo te va, Elena?
Hola, padre, todo bien, sigo cantando, los niños cantan muy bien.
Me alegra, pasen a la sacristía, esperaremos a las demás señoras.
Más tarde, las señoras estaban ensayando para la fiesta patronal que se celebraría dos meses después. Eloy será el que las ensaye.
El tiempo pasó rápido, el ensayo del día terminó.
Bueno, nos vemos mañana para seguir con los ensayos, dijo Eloy, pasándose la mano buena por la cabeza.
Hasta mañana, se despidieron todas las señoras.
Dos meses después, el coro ya estaba listo para cantar. Las señoras habían sido ensayadas exitosamente por Eloy.
La fiesta patronal fue un éxito y los cantos se oyeron como si cantaran los propios ángeles.
Gracias por su apoyo, les dijo el padre al terminar la misa.
De nada, padre, gracias por la invitación.
Espero que no sea la última vez que vengan a apoyar.
Esperemos que no, contestó Eloy.
Pues sí fue la última vez, porque después de eso las señoras ya no pudieron ir y Eloy tuvo otros compromisos.
Así las cosas, la amistad entre Eloy y Elena seguía su curso.
Elena tenía algunos problemas en la capilla donde servía.
Las mujeres que servían ahí, muchas veces no la tomaban en cuenta.
La trataban mal y no la dejaban cantar, pero a pesar de todo, Elena tenía la fe bien puesta en Dios. No había poder humano que la hiciera desistir de sus propósitos de servir a Dios a través del canto.
Elena jamás se rajaba, ella caminaba mucho de su casa a la capilla y viceversa, a veces bajo un sol abrazador. Siempre con la sonrisa a flor de piel.
Ese día era domingo y le tocaba la misa de 12, Elena llegó a las 11 de la mañana.
Hola, saludó a todas las señoras que servían ahí.
Ellas solo movieron la cabeza, pero no se dignaron a verla.
La fiesta patronal estaba próxima a celebrarse. El padre Núñez hizo una junta para ponerse de acuerdo con la celebración.
Padre, ya tenemos el coro, Voces de Asís que viene de la colonia Cumbres, dijo Mariza, una de las coordinadoras.
¿Para qué coro, y nosotros estamos pintados o qué?, dijo Elena, tratando de ocultar su enojo y frustración.
Elena tiene razón, ¿por qué contratar un coro, si ya hay uno aquí?, dijo Jaime, otro coordinador de coros.
Mariza los vio con cara de pistola, de acuerdo, pero el coro ya está listo para venir, ya fue avisado.
Lo que pasa es que ustedes siempre me hacen a un lado, yo vengo con la mejor intención de apoyar, pero aquí me hacen a un lado, dijo Elena con tristeza.
No te hacemos a un lado, Elena, pero yo no sabía que tú estabas dispuesta a cantar, dijo Mariza, muy prepotente.
Bueno, mi coro es el coro de esta capilla, no veo por qué no pueda cantar.
Pues lo siento, el coro ya está contratado, dijo Mariza, sin ningún tipo de miramientos.
Elena ya no dijo nada, optó mejor por quedarse callada.
Jaime también se quedó callado, aunque no eran los mejores amigos, él apoyaba al coro de Elena.
Hasta que el padre Núñez tomó la palabra...
Aquí no se trata de medir fuerzas, no estamos en una guerra. Si ya hay un coro aquí, pues que cante en la fiesta patronal. Elena, prepara a tu coro, ellos cantarán.
Elena y Jaime esbozaron una sonrisa.
¿Y qué voy a hacer con el coro que ya contraté?, preguntó Mariza, confundida.
Pues diles que siempre no, dijo el padre, aquí no vamos a pasar por encima de nadie.
Y otra cosa, continuó el padre, ningún coro va a cantar aquí si no hablan antes con Elena, sentenció.
Gracias, padre, dijo Elena, humildemente.
Suerte y éxito Maria Esther.