Daiana llega a la pequeña ciudad de los mitos con un solo objetivo: terminar su carrera. Cuando encuentra la casa de sus sueños (espaciosa, lujosa y extrañamente barata), no duda en firmar el contrato. Poco le importa que los vecinos hablen de una presencia, de una entidad que nunca abandonó el lugar; ella es una mujer de ciencia, racional y escéptica, incapaz de creer en cuentos de fantasmas.
Al principio, los pequeños sucesos (objetos que cambian de lugar, corrientes frías en habitaciones cerradas) son fáciles de ignorar. Daiana los etiqueta como producto del estrés o del cansancio acumulado por los estudios. Pero la negación se vuelve imposible cuando llegan las noches.
Sus sueños han dejado de ser simples proyecciones de su mente para convertirse en una realidad abrasadora. En la penumbra de su habitación, siente caricias que no debería sentir y una presencia que la obliga a gemir en la oscuridad. Despierta siempre igual: jadeando, con la intimidad palpitando de deseo.
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Capitulo 6: Frecuencia prohibida
La oscuridad de la habitación no es absoluta; esta teñida por el color púrpura de un deseo prohibido y la negrura de un terror ancestral. Daiana esta atrapada en el limen, ese espacio intermedio donde la lógica se desmorona y la realidad se convierte en arcilla maleable. De nuevo, la parálisis. Pero esta vez, el peso sobre su pecho no es el de una simple pesadilla, sino el de una presencia física, una entidad que parece conocer cada rincón de su anatomía mejor que ella misma.
No hay piel contra piel, no hay un cuerpo tangible al que aferrarse, y sin embargo, el contacto es abrumador. Es energía pura, una fuerza invisible que recorre su cuerpo como una descarga eléctrica, fría al principio y abrasadora después. Daiana siente cómo esa presión recorre sus muslos, abriéndolos con una autoridad que le cortó la respiración. Sus sentidos estan desbordados; sus oídos zumban con un pitido de alta frecuencia que parece dictar el ritmo de sus jadeos. Quiere gritar, quiere suplicar que no se detenga, quiere luchar contra la invasión, pero sus músculos estan bloqueados por una fuerza que se alimenta de su impotencia.
El ente tiene hambre. Lo siente en la forma en que la presión se intensifica en los puntos de mayor vulnerabilidad, un tacto calculado, experto, que no busca la violencia, sino el sometimiento. Daiana arqueó la espalda, luchando contra la parálisis, pero su cuerpo la traicionó: en lugar de resistirse, su piel se erizo en respuesta a ese roce invisible, buscando el contacto, necesitando el roce. Sus pechos se endurecieron, su respiración se convirtió en un jadeo rítmico que llena la habitación silenciosa.
Esta al borde. Puede sentir el estallido, el éxtasis a punto de consumir su conciencia, el momento en que su mente científica se rendiría finalmente ante la evidencia de lo imposible. Pero justo cuando el clímax estaba a su alcance, el ente se retiró. La presión desapareció de golpe, dejando un vacío helado en su lugar.
Daiana se liberó del bloqueo físico de la parálisis con un gemido desgarrador. Se incorporó bruscamente en la cama, con el corazón martilleándole en la garganta como un pájaro enjaulado. Esta empapada en sudor, las sábanas pegadas a su cuerpo, y la habitación, iluminada ahora por una luz lunar gélida, sigue estando inquietantemente vacía. El silencio de la casa es tan pesado que resulta hiriente.
Se quedó sentada en la oscuridad, temblando, no de frío, sino de una rabia contenida. Esta agotada, como si hubiera librado una batalla física contra un oponente invisible. Su intimidad esta húmeda, su cuerpo palpitando con una excitación residual que no tiene salida. Se abrazó a sí misma, sintiendo la humillación de haber sido llevada al límite y negada el placer en el último segundo.
__Maldita sea__. Susurró, su voz resonando en la inmensidad del cuarto.
__No es real. No puede ser real__.
Pero el vello de sus brazos, aún erizado, y el calor que emana de su cuerpo dicen lo contrario. Esa noche, el sueño no volvió.
A la mañana siguiente, la luz del sol se siente como un insulto. Daiana se mueve por la cocina con la parsimonia de un autómata. Preparó un tazón de cereal con leche, un desayuno mundano que contrasta violentamente con la tormenta de emociones que aún le recorre los pensamientos. La frustración la embarga; se siente despechada, una reacción absurda para alguien que intenta mantener su cordura basada en el método científico. "Fue un sueño", se repite, mientras intenta ignorar la evidencia de sus sábanas. "El estrés del aislamiento, la privación sensorial... todo esto tiene una explicación neurológica".
Se arregló con esmero, no por vanidad, sino por necesidad de recuperar el control. Unos jeans ajustados y una blusa sencilla bastaron. Se sintió observada, pero ya no es el miedo lo que le recorre la espalda, sino una extraña mezcla de desafío y expectación.
A las diez en punto, llamaron a la puerta. Es el electricista, un hombre que parece haber salido de un catálogo de herramientas. Mario, le dijo al presentarse, tiene unos treinta y cinco años, una sonrisa fácil y unos ojos curiosos que escanearon a Daiana con una mezcla de profesionalismo y un interés que no pudo disimular.
__Todo lo que sea antiguo y complejo, me gusta__. Dijo Mario, entrando en la casa con su maletín de herramientas.
__Déjame echar un vistazo a los paneles__.
Daiana lo guio por la casa, manteniendo una distancia prudente. Observa cómo Mario trabaja, moviéndose con destreza por los rincones oscuros y los paneles de madera carcomida. Es un alivio tener a alguien allí, alguien que ocupe el espacio con su presencia física, que oliera a café y a jabón, y no a ese ozono eléctrico y frío que parece acompañar a la otra presencia.
__Bueno__. Dijo Mario, después de una hora de inspección intensiva, limpiándose las manos con un trapo__.
__Tengo una buena y una mala noticia__.
__¿Cuál es la buena?__. Preguntó Daiana, apoyada contra el marco de la puerta de la sala.
__La buena es que el cableado es una obra de arte de la ingeniería de principios de siglo. Está en perfecto estado. No hay fugas, no hay cortocircuitos, no hay nada que pueda causar interferencias electromagnéticas o vibraciones extrañas. Esta casa está blindada eléctricamente__.
Daiana sintió que el suelo se le movio debajo los pies. La lógica se le escapa de las manos. Si no hay una causa física, entonces...
__¿Y la mala?__. Preguntó ella, con la voz apenas un susurro.
__La mala es que no tengo explicación para tus fallos técnicos. Quizás sea la geología de la zona, interferencias externas... pero esta casa, por dentro, es un lugar perfectamente estable__.
Mario se acercó a ella, acercándose un poco más de lo necesario. Sus ojos brillaron con una invitación clara.
__Oye, Daiana, sé que esta casa tiene fama de ser complicada, y estar sola aquí no debe ser fácil. Termino el trabajo en unos minutos, pero... ¿te apetecería ir a tomar algo al pueblo esta tarde? Podríamos hablar de... otras cosas que no sean cables__.
Daiana sintió un destello de esperanza. Una distracción humana, una conexión normal. Abrió la boca para aceptar, sintiendo que una parte de ella agradecía la oportunidad de salir de aquella burbuja de locura.
Pero antes de que pudiera pronunciar una palabra, el aire en la sala cambió.
La temperatura descendió diez grados en un segundo. El ambiente, que antes se sentía cálido y profesional, se volvió denso, opresivo, cargado de una estática que hacía que el vello de los brazos de Daiana se pusiera de punta. Mario, ajeno al cambio atmosférico, sigue mirándola con una sonrisa expectante.
De repente, un ruido sordo, como un gruñido grave y profundo, pareció emanar de las paredes mismas de la sala. Antes de que Daiana pudiera reaccionar, la pesada silla de madera en la que Mario había dejado sus herramientas fue lanzada violentamente hacia atrás, estrellándose contra la pared con un estruendo que hizo que el cristal de una vitrina cercana vibrara peligrosamente.
Mario dio un salto hacia atrás, su rostro perdiendo todo el color.
__¿Qué demonios...?__. Exclamó, mirando la silla, luego a Daiana, y luego al espacio vacío tras ella.
La atmósfera se volvió pesada, como si alguien estuviera de pie justo detrás de Daiana, envolviéndola en un abrazo invisible y posesivo. Ella sintió una presión en sus hombros, una caricia helada que bajó por su brazo y se entrelazó con sus dedos. "Mía", pareció susurrar una voz en su mente, no una voz humana, sino una vibración que resonó en sus huesos.
Mario no esperó a una explicación. La expresión de terror en su rostro fue absoluta. No vio lo que ella siente, pero vio el impacto, vio la silla volar por sí sola, y sintió la misma oleada de pánico que a menudo precede a lo sobrenatural.
__Me voy__. Dijo él, recogiendo su maletín con manos temblorosas y retrocediendo hacia la puerta sin quitar la vista de la sala.
_Esta casa está maldita. No sé qué estás haciendo aquí, pero te sugiero que te largues antes de que pase algo peor__.
Sin mirar atrás, Mario salió disparado hacia su camioneta, dejando a Daiana sola en medio del pasillo. El motor del vehículo arrancó con un chirrido de neumáticos y se alejó a toda velocidad, dejando un silencio sepulcral tras de sí.
Daiana se quedó allí, inmóvil, con el corazón latiéndole desbocado. La casa esta en calma de nuevo, pero la sensación de posesión es más fuerte que nunca. Una corriente de aire cálido rozó su cuello, un aliento que no es suyo, y que le provocó un escalofrío que bajó por toda su columna vertebral.
No esta sola. Y lo que es peor: lo que fuera que habita allí no solo es real, es celoso. El electricista no había sido una amenaza, pero la presencia no estaba dispuesta a compartir su atención.
Daiana se llevó una mano a la mejilla, sintiendo el rastro de un frío que no es climático. Un suspiro de terror se mezcló con un gemido de excitación inconfesable. La científica dentro de ella quiere correr, quiere huir y nunca mirar atrás. Pero la mujer, la que ha sentido ese tacto experto en la cama, la que ahora se siente reclamada por una fuerza invisible, se quedó petrificada en el centro de la sala, esperando el siguiente movimiento de su invisible y posesivo amante.
La casa ya no es su laboratorio. Es su jaula de oro, y ella empieza a sospechar que, en el fondo, no quiere escapar.