A pocos meses de haberse casado con Diego Alcázar, Valeria descubre que este, le es infiel con Camila, el supuesto amor de Diego. Ante tal descubrimiento, Valeria sale huyendo del hotel y es atropellada.
Al despertar descubre que ni su esposo, ni la familia de este, han ido a verla, y que fue un extraño quien la llevo al hospital y pago sus gastos. Tras el alta y al volver a casa descubre que su suegra ya ha sacado todas sus cosas y asegura que Camila es la mujer que si acepta para su hijo.
Es en ese momento de desesperación, le llega un mensaje y termina encontrándose con el hombre que la llevo al hospital, Santiago Alcázar, el medio hermano de Diego, quien le propone casarse con él a cambio de no cobrarle los gastos médicos que él pagó. ¿Cuáles son las intenciones de Santiago al pedirle matrimonio?
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Capítulo 6
Capítulo 6
Aparecer de la nada
Miré el anillo en la mano de Santiago como si pudiera explicarse solo.
Él, en cambio, sonreía con una seguridad insultante.
Nada tenía sentido. La trampa de Camila había sido improvisada. Yo había ido al evento por trabajo a último minuto. Todo era accidental. ¿Cómo diablos había aparecido Santiago con un anillo parecido, pero más caro, con mis iniciales grabadas y en el momento exacto?
¿Ese hombre consultaba astrólogos antes de salir de casa?
Santiago sostuvo la joya bajo la luz. Las letras V.S. brillaron con una claridad cruel para Camila.
El policía no sabía a quién mirar. Camila tenía los ojos llenos de rabia. Diego callaba.
—¿Entonces va a protegerla? —escupió Camila.
—¿Protegerla? —Santiago arqueó una ceja—. La persona agraviada es ella. Como su novio, lo mínimo que puedo hacer es limpiar su nombre.
Novio.
Otra vez.
Me mordí la lengua. No era el momento de discutir con el hombre que acababa de evitar que me subieran a una patrulla.
El gerente del evento recuperó por fin el control.
—Señorita Duarte, el anillo pertenece claramente a la señorita... a la acompañante del señor Alcázar. No sé qué conflicto tenga usted con ella, pero esta es la presentación de El Encanto y no voy a permitir que un problema personal destruya el lanzamiento.
La palabra acompañante sonó como una cuerda floja.
Camila miró a Diego.
—Di algo. Tú sabes que ese anillo no era suyo. Santiago lo cambió.
—Camila —Diego apretó los dientes—. Basta. Vámonos.
—¿Irnos? —su voz se quebró—. Soy la protagonista. ¿Quieres que me vaya como si hubiera hecho algo malo?
—No empeores esto.
Ella abrió los ojos, incrédula.
—¿Esto? ¿Eso soy ahora? ¿Un problema que te conviene esconder?
La frase quedó flotando. Y por un instante vi algo más que teatro en su cara. Camila estaba furiosa, sí, pero también asustada.
No me dio lástima. Todavía no.
Pero lo registré.
La gente murmuraba. Los periodistas grababan. Carmen, a mi lado, parecía contener un grito de placer editorial.
Entonces Camila cometió el error definitivo.
—¿Qué tiene ella que no tenga yo? —le gritó a Diego—. ¿Apellido? ¿Dinero? ¿La familia correcta? ¡Tú me dijiste que yo era la única!
Diego la sujetó más fuerte del brazo.
—Cállate.
—¡No me voy a callar!
Santiago soltó una risa baja.
—Parece que la señorita Duarte insiste en convertir esto en noticia.
El gerente giró hacia ella con una dureza nueva.
—Si no se disculpa, tendrá que abandonar el evento.
—¿Disculparme yo?
—Sí. Con la señorita Salcedo y con los medios presentes.
Camila se puso lívida.
Diego no se movió para defenderla.
Ahí lo vi con claridad: él quería proteger a Camila siempre que no le costara demasiado. En cuanto el costo subía, la dejaba sola.
Carmen dio un paso al frente.
—Y nosotros también esperamos una disculpa —dijo con voz de redacción incendiada—. Invitaste a la prensa a cubrir tu película, acusaste a una reportera de robo antes de que comenzara el evento y encima permitiste que la llamaran cualquier cosa. ¿Ese es el nivel de profesionalismo del proyecto?
La adoré.
Mi editora era capaz de convertir un atropello en titular y un titular en sentencia.
—Si esto se publica como lo estamos viendo —continuó—, la conversación no será sobre el arranque de El Encanto, sino sobre cómo su protagonista fabricó una acusación contra una periodista.
El gerente sudó.
—Señorita Duarte...
Camila apretó los puños.
—Perdón —dijo entre dientes.
—Más fuerte —pidió Carmen.
—Perdón.
No era sincero. Nadie lo creyó. Pero quedó grabado.
Diego intentó sacarla del salón. Al pasar cerca de mí, su mirada me atravesó con odio. Yo le dediqué una sonrisa pequeña.
No era elegante.
Pero fue deliciosa.
Carmen, en cambio, sí fue elegante en su manera depredadora. Ya estaba pidiendo a un camarógrafo que respaldara el material, a otro que tomara declaraciones del gerente, y a una becaria que no dejara salir a ningún invitado sin nombre y cargo. Si alguna vez alguien preguntaba cómo se veía una redacción oliendo sangre, bastaba mirar a Carmen esa tarde.
—No borres nada —me dijo al oído.
—Estoy intentando no ir presa.
—Y lo haces precioso. Sigue respirando.
Camila, su representante y Diego intentaron abrirse paso entre la prensa. En el tumulto, recordé el tacón roto, mis cosas tiradas en la calle, su mano con mi zapato de boda. Cuando Camila pasó junto a mí, moví apenas el pie.
Ella tropezó.
No cayó con gracia.
Los flashes explotaron.
Carmen me tomó del brazo.
—Vámonos antes de que se maten entre ellos. Ya tenemos la nota.
—¿Qué nota?
Me miró como si me faltara entrenamiento básico.
—Actriz de bajo perfil acusa a reportera, novio rico la abandona frente a cámaras, presidente de Grupo Alcázar sale al rescate. Esto lo escribe un guionista y le dicen exagerado.
—Carmen, ¿me estás usando?
—Con cariño.
Iba a protestar cuando una voz fría apareció detrás de nosotras.
—Entonces, ¿cómo piensan agradecerle al presidente dominante que salió al rescate?
Salté casi medio metro.
Santiago estaba detrás de mí, de brazos cruzados, con el anillo todavía en la mano.
—¿De dónde salió?
—De caminar. Funciona.
Carmen, traidora, recuperó la compostura en un segundo.
—La gratitud es una virtud. Valeria, expresa tu gratitud. Yo tengo que volver a escribir.
—Carmen.
—El periodismo no espera.
Huyó.
Literalmente huyó.
Me dejó sola con Santiago.
Él jugueteó con el anillo.
Yo lo miré con sospecha.
—¿Cómo hizo eso?
—¿Salvarte?
—No se haga. El anillo. ¿Cómo apareció con un anillo parecido al de Camila, pero con mis iniciales?
—La gente previsible facilita las cosas.
—Eso no responde nada.
—No era una pregunta que mereciera respuesta completa.
Odiaba que hablara así.
Me tendió el anillo.
Lo sostuve contra la luz. No era falso. Era precioso. Demasiado precioso.
El diamante tenía una claridad que no necesitaba presumir. Eso lo hacía más irritante. Camila había armado su teatro con un objeto caro; Santiago lo había desmontado con otro mucho más caro y con la expresión de quien cambia una moneda. El dinero, entendido así, no era lujo. Era munición.
Yo estaba parada entre dos formas de violencia: la barata, hecha de gritos y acusaciones; y la fina, hecha de facturas, relojes y sonrisas tranquilas.
No sabía cuál me daba más rabia.
—¿Cuánto cuesta?
Santiago me miró como si acabara de preguntarle cuántos años tenía el sol.
—No mucho.
—Defina “no mucho”.
—Dos millones y medio de pesos.
Casi se me cae.
—¿Perdón?
—Puede sumarlo a la cuenta. De contado o en pagos. Con intereses, claro.
Abrí la boca, la cerré, volví a abrirla.
—¡Yo no le pedí que comprara un anillo!
—Tampoco me pidió que la salvara de la policía.
—Eso no significa que pueda endeudarme como deporte.
Santiago chasqueó los dedos junto a mi oreja. Di un brinco. Cuando abrió la mano, en su palma había otro anillo.
El de Camila.
Me quedé helada.
—¿Hace magia?
—Hago negocios.
Se inclinó hacia mí.
—Sea mi mujer, Valeria. Los trescientos mil del hospital y los dos millones y medio del anillo desaparecen. O espere la factura.
Yo era de las personas que reaccionaban mal a la presión.
Así que intenté pisarle el zapato con todas mis fuerzas.
Santiago se movió a tiempo.
—Ya vi su técnica con el pie.
—Lástima.
—Mañana a las cinco quiero respuesta.
Se fue como si el mundo le debiera pasillo.
Yo me quedé ahí, con rabia, deuda y un titular encima.
Ese hombre aparecía de la nada, arruinaba mi paz y encima me cobraba intereses.
Lo peor fue que una parte mínima, traidora, reconoció que si él no hubiera aparecido, yo estaría en problemas mucho más serios. Me molestó depender de alguien así. Me molestó que su ayuda fuera útil. Me molestó, sobre todo, que Diego hubiera visto a otro hombre hacer en diez minutos lo que él no quiso hacer ni una vez: ponerse de mi lado.
Guardé el anillo en una servilleta, como si fuera evidencia contaminada. No pensaba ponérmelo. No pensaba aceptar que un objeto tan absurdo decidiera por mí. Pero tampoco podía tirarlo. Dos millones y medio de pesos no se tiran, ni siquiera cuando vienen con sonrisas de chantaje.