Araiya siempre supo cómo debía vivir: sin errores, sin escándalos, sin salirse del camino. La perfección era su refugio… hasta que conoció a Andrés.
Él es todo lo que ella debería evitar. Frío, dominante y acostumbrado a controlar cada aspecto de su vida, Andrés no cree en el amor, solo en el poder. Pero hay algo en Araiya que no encaja en sus reglas, algo que lo desafía… y lo atrae de una forma que no puede detener.
Lo que comienza como una conexión prohibida pronto se convierte en un vínculo intenso, adictivo y peligroso. Entre decisiones impulsivas, secretos y un pasado que nunca deja de perseguirlos, ambos cruzan límites que cambiarán sus vidas para siempre.
Hasta que una traición lo destruye todo.
Cuando creen que ya no queda nada por salvar, aparece lo inesperado: una nueva vida que los une de una manera imposible de ignorar.
Ahora, entre el dolor, el orgullo y las segundas oportunidades, tendrán que decidir si el amor que los rompió… también puede ser el que los salve.
NovelToon tiene autorización de cristy182021 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 15
La noche…
seguía pesada.
Pero algo había cambiado.
Ya no era solo tensión.
Era anticipación.
Porque después de la emboscada…
el silencio no significaba calma.
Significaba preparación.
La casa estaba en orden.
Demasiado.
Todo parecía normal.
Pero ya nada lo era.
Nunca lo sería otra vez.
Mateo revisaba pantallas.
El tío hablaba por teléfono.
Araiya…
no se movía mucho.
Pero estaba alerta.
Siempre alerta.
Y yo…
observaba.
Esperando.
Sintiendo.
Porque algo…
no encajaba.
—Está muy tranquilo.
Mi voz salió baja.
Pero suficiente.
Mateo levantó la vista.
—¿Quién?
—Él.
Silencio.
—Después de lo de ayer…
Una pausa.
—No ha respondido.
El tío colgó.
Su expresión cambió.
—Eso no es buena señal.
—Nunca lo es.
El silencio volvió.
Más denso.
Más incómodo.
Más real.
—Voy a salir un momento.
Todos me miraron.
—¿A dónde?
—A la empresa.
El ambiente cambió.
Instantáneo.
—No es buena idea.
—Necesito verificar algo.
Araiya dio un paso al frente.
—No vayas solo.
—Regreso rápido.
Error.
El primero.
—Andrés…
Su voz me detuvo.
Me giré.
Y ahí estaba.
No como líder.
No como fuerte.
Como alguien que…
no quería perderme.
—Ten cuidado.
La miré.
Más de lo normal.
—Siempre.
Pero esta vez…
no fue suficiente.
Nunca lo fue.
La ciudad estaba tranquila.
Demasiado.
Luces.
Sombras.
Movimiento normal.
Pero mi mente…
no se engañaba.
Algo seguía mal.
Un auto.
Detrás.
No era nuevo.
Ya lo había visto antes.
Giré.
Siguió.
Otra calle.
También.
Confirmado.
—Perfecto…
Murmuré.
—Entonces ya empezó.
Aceleré.
Pero no fue suficiente.
Otro auto.
Frente.
Cerrando el paso.
—Mierda.
Frené.
Demasiado tarde.
Puertas abriéndose.
Hombres bajando.
Armas visibles.
Sin miedo.
Sin prisa.
Sin dudas.
Esto no era advertencia.
Era ejecución.
No dudé.
Salí del auto.
Cubriéndome.
El primer disparo rompió el aire.
Y luego otro.
Y otro.
—¡Vamos!
Moviéndome.
Buscando cobertura.
Calculando.
Sobreviviendo.
Pero eran muchos.
Demasiados.
—No hoy…
Murmuré.
—No aquí.
Disparo.
Uno cayó.
Pero otros avanzaron.
Coordinados.
Entrenados.
Precisos.
Esto…
no era improvisado.
Un impacto.
Cerca.
Demasiado cerca.
El cuerpo reaccionó antes que la mente.
Dolor.
Calor.
Sangre.
—…mierda.
No fue mortal.
Pero fue claro.
El objetivo…
era yo.
Y no iban a fallar.
El mundo se volvió más lento.
Más pesado.
Más difícil.
Pero no me detuve.
No podía.
Porque si caía…
todo caía.
Y eso…
no iba a pasar.
Araiya se levantó de golpe.
No fue un movimiento normal.
Fue instinto.
—Algo está mal.
El tío la miró.
—¿Qué pasa?
—No sé…
Pero su voz no dudó.
—Lo siento.
Silencio.
—Andrés.
El nombre cayó como un golpe.
—Llámalo.
Mateo reaccionó de inmediato.
Tomó el teléfono.
Marcó.
El tono sonó.
Una vez.
Dos.
Tres.
Nada.
—No responde.
El aire cambió.
Se volvió frío.
Pesado.
Peligroso.
—No.
Araiya negó.
—No…
Su respiración se desordenó.
—Algo le pasó.
Y por primera vez…
el miedo apareció en ella.
Real.
Crudo.
Sin control.
—No podemos asumir eso—
—Sí podemos.
Lo interrumpió.
Firme.
Pero rota por dentro.
—Porque lo siento.
El silencio fue brutal.
Nadie discutió.
Porque todos lo entendieron.
—Ubícalo.
Ordenó.
No fue una petición.
Fue necesidad.
Urgente.
Mateo ya estaba tecleando.
Rápido.
Demasiado rápido.
Pantallas cambiando.
Señales cruzando.
Códigos abriéndose.
—Lo tengo.
Silencio.
—¿Dónde?
Mateo dudó.
Solo un segundo.
Pero suficiente.
—No es bueno.
—Dime.
—Zona industrial.
El aire se congeló.
—Eso no es casualidad.
Murmuró el tío.
—Es una trampa.
Araiya negó.
—No me importa.
—No puedes ir.
—Sí puedo.
—Es peligroso.
—ÉL está en peligro.
Silencio.
Eso…
lo cambió todo.
El tío dejó de discutir.
Porque entendió algo.
Cuando Araiya decidía así…
no había forma de detenerla.
—Vamos.
El trayecto fue distinto.
Más rápido.
Más agresivo.
Más desesperado.
Nadie hablaba.
Pero no era calma.
Era miedo.
Araiya no miraba a nadie.
Solo al frente.
Pero su mente…
no estaba ahí.
No puede pasarle nada.
No a él.
No así.
Respiró profundo.
Pero no funcionó.
—Acelera.
—Ya voy al máximo.
—Más.
Eso no era control.
Era desesperación.
El mundo afuera se movía lento.
Demasiado lento.
Como si el tiempo…
estuviera en su contra.
Como si todo…
llegara tarde.
Cortamos a él.
El cuerpo ya no respondía igual.
La sangre bajaba.
Más de lo que debía.
Cada movimiento costaba.
Cada respiración…
dolía.
Pero seguía de pie.
—No voy a caer…
Murmuré.
Disparo.
Otro cayó.
Pero no era suficiente.
Nunca lo era.
Rodilla al suelo.
El impacto fue seco.
Real.
El dolor subió.
Directo.
Sin filtro.
—Levántate…
Intenté.
Pero el cuerpo ya no obedecía igual.
La visión…
se nublaba.
El sonido…
se alejaba.
Y aun así…
seguía luchando.
Porque rendirse…
no era opción.
No cuando ella…
seguía esperando.
El vehículo frenó en seco.
—¡Aquí!
Araiya bajó antes de que se detuviera por completo.
—¡Araiya!
Pero no escuchó.
Ya no.
El mundo se volvió caos.
Humo.
Autos abandonados.
Casquillos en el suelo.
Silencio roto.
—¿Dónde está?
Su voz…
ya no era firme.
Era urgente.
Desesperada.
Y entonces lo vio.
A unos metros.
De rodillas.
Cubierto de sangre.
Sosteniéndose…
como podía.
El mundo…
se detuvo.
—No…
Susurró.
Y corrió.
Sin pensar.
Sin miedo.
Sin medir nada.
Solo él.
Solo Andrés.
Y el miedo de perderlo.
El único miedo…
que no sabía controlar.
El pasillo del hospital…
Se volvió eterno.
El sonido de las máquinas…
De las ruedas…
De las voces médicas…
Se mezclaban en un ruido lejano.
Pero para Araiya…
Nada de eso existía.
Solo una puerta.
Cerrada.
Y detrás de ella…
Él.
El tiempo dejó de tener sentido.
Minutos…
Horas…
No importaba.
Seguía ahí.
De pie.
Sin moverse.
Sin parpadear casi.
—Araiya…
La voz del tío fue baja.
No respondió.
—Tienes que sentarte.
Negó.
—No.
Silencio.
—Si me siento…
Su voz fue apenas un susurro.
—Voy a pensar demasiado.
Y eso…
Era peligroso.
Mateo observaba desde lejos.
Sin interrumpir.
Sabía algo.
Este no era un momento para lógica.
Era un momento…
Que definía todo.
Las manos de Araiya…
Seguían manchadas de sangre.
La de él.
No se las había limpiado.
No quería.
Como si al hacerlo…
Aceptara algo.
Que no estaba lista para aceptar.
—Va a salir.
Dijo Mateo finalmente.
No como seguridad.
Sino como decisión.
Ella no respondió.
Pero cerró los ojos un segundo.
Respiró.
Y cuando los abrió…
Ya no era la misma.
El miedo…
Seguía ahí.
Pero ahora…
No dominaba.
Se transformaba.
En algo más.
Más oscuro.
Más peligroso.
Más frío.
La puerta se abrió.
El sonido…
Cortó todo.
Un médico salió.
Serio.
Cansado.
Pero firme.
—¿Familiares?
Araiya dio un paso al frente.
—Sí.
No dudó.
No explicó.
No necesitaba hacerlo.
—Está estable.
El aire…
Volvió.
De golpe.
Pero no completamente.
—Perdió mucha sangre.
—La herida fue grave.
—Pero llegó a tiempo.
Cada palabra…
Caía con peso.
—¿Está consciente?
La voz de Araiya…
Volvió a ser firme.
—Aún no.
Silencio.
—Pero va a despertar.
Eso…
Fue suficiente.
Por ahora.
Araiya cerró los ojos.
Y esta vez…
Las lágrimas no cayeron.
Porque ya no era solo emoción.
Era control.
—¿Podemos verlo?
El médico asintió.
—Solo uno.
El tío la miró.
—Ve.
No dudó.
Entró.
La habitación…
Era blanca.
Silenciosa.
Fría.
Y él…
Ahí estaba.
Inmóvil.
Conectado.
Vivo.
Pero lejos.
Araiya se acercó despacio.
Como si cualquier movimiento brusco…
Pudiera romper algo.
Se sentó a su lado.
Y por primera vez…
No supo qué decir.
Eso…
Nunca le pasaba.
—Odio esto…
Susurró.
Tomó su mano.
Con cuidado.
—Odio no poder hacer nada.
Silencio.
—Odio que casi te pierdo.
Su voz…
Se quebró apenas.
—Y odio…
Una pausa.
—Que ahora sé exactamente lo que eso significa.
Sus dedos se cerraron un poco más.
—Así que no te atrevas…
Respiró.
—A dejarme.
El monitor marcó un ritmo constante.
Tranquilo.
Firme.
Y en ese sonido…
Había una promesa.
Pero afuera…
El mundo no se detuvo.
El tío miraba su teléfono.
Serio.
Mateo levantó la vista.
—¿Qué pasa?
El silencio duró un segundo.
—Se movió.
El ambiente cambió.
—¿Quién?
El tío lo miró.
—Él.
Frío.
Directo.
—¿Cómo sabes?
Mostró la pantalla.
Transferencias.
Movimientos.
Contactos.
—Después del ataque…
Una pausa.
—Está limpiando todo.
Mateo entendió de inmediato.
—Está borrando huellas.
—Y preparándose.
Silencio.
Pesado.
—Para el siguiente golpe.
Mateo cerró la laptop lentamente.
—Entonces tenemos que adelantarnos.
El tío negó.
—No.
Una pausa.
—Ahora vamos a romperlo.
El ambiente se volvió distinto.
Más oscuro.
Más decidido.
—¿Cómo?
El tío levantó la mirada.
—Golpeando donde no lo espera.
Silencio.
—Y quitándole lo único que realmente tiene.
Mateo frunció el ceño.
—¿El control?
El tío negó.
—El miedo.
Eso…
Lo cambiaba todo.
Porque cuando alguien como él…
Deja de inspirar miedo…
Empieza a caer.
Y esta vez…
No iban a detenerse.
Porque ya no era solo una guerra.
Ahora…
Era personal.