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Dinastía De Reinas: Aralisse

Dinastía De Reinas: Aralisse

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Mundo de fantasía
Popularitas:555
Nilai: 5
nombre de autor: EllyaG

Dinastía de Reinas: Aralisse.
Narra la historia de una princesa obligada a heredar una corona rodeada de traiciones. Tras la misteriosa muerte de sus padres, Aralisse queda sola dentro de una corte donde todos parecen querer manipularla o verla caer.
Alejada por obligación de su reino, deberá aprender a gobernar mientras intenta descubrir qué ocurrió realmente la noche en que los reyes murieron. Entre conspiraciones, secretos y enemigos ocultos, conoce a Rydan, el príncipe de Orvenah, el reino rival.
Lo que comienza como una tregua forzada pronto se convierte en algo mucho más peligroso. Porque detrás de la frialdad de Rydan y de la guerra entre ambos reinos, Aralisse descubre que el hombre que más debería temer… es también el único dispuesto a ensuciarse las manos por ella.

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Una despedida silenciosa

La luna llena iluminaba tenuemente el patio principal del castillo. Las antorchas parpadeaban al compás del viento frío y los estandartes negros ondeaban en lo alto, como si incluso ellos lamentaran la partida de la princesa.

Los sirvientes y guardias se movían con rapidez, cargando baúles y asegurando el carruaje que llevaría a la princesa lejos de su hogar.

Aralisse, envuelta en un abrigo oscuro que le quedaba ligeramente grande, permanecía junto a la duquesa Valery. Su rostro estaba pálido y sus ojos seguían enrojecidos, pero mantenía la barbilla en alto. No quería llorar frente a todos. Al menos no esa noche.

—Es hora, alteza —susurró la duquesa con suavidad, aunque su propia voz reflejaba tristeza.

Antes de que Aralisse pudiera avanzar, una figura se acercó desde entre la guardia.

Era Lysandre Corwyn.

Vestía una armadura ligera con el emblema de su casa, un león grabado sobre el pecho y una capa azul oscuro agitándose con el viento. Se inclinó levemente frente a la princesa.

—Princesa Aralisse Eldenry —dijo con voz clara, aunque sin arrogancia—. Soy Lysandre Corwyn y, por orden del sumo sacerdote, seré su protector personal durante su estancia en Eluniah.

Aralisse lo observó con frialdad.

Sentía rabia.

Rabia por marcharse, por no tener elección, por sentirse completamente sola.

—¿Eres el hijo del duque Leonard Corwyn? —preguntó mientras lo observaba de arriba abajo.

El joven asintió.

—No necesito un guardián —respondió entre dientes—. Y mucho menos un espía enviado por el consejo.

Varios guardias intercambiaron miradas incómodas.

Lysandre, sin perder la calma, sostuvo su mirada.

—No soy un espía, alteza. Pero protegeré su vida con la mía si es necesario.

Aralisse elevó ligeramente el mentón.

—No necesito que me protejas de nadie. Pero, como claramente no tengo elección, procura no acercarte a mí si no es necesario.

La duquesa cerró los ojos un instante, conteniendo las lágrimas.

Sabía perfectamente que no era soberbia lo que hablaba en Aralisse.

Era dolor.

—Como desee, alteza —respondió Lysandre con una leve inclinación de cabeza, sin discutir.

La princesa se giró bruscamente y subió al carruaje sin mirar atrás.

La puerta se cerró con un golpe seco que resonó en la noche.

Afuera, Lysandre montó su caballo y tomó posición al frente de la comitiva.

Las ruedas comenzaron a avanzar lentamente sobre la grava.

Y, mientras el castillo de Lysirah se hacía cada vez más pequeño en la distancia…

Aralisse sentía que también estaba dejando atrás su infancia.

El traqueteo constante del carruaje hacía que el viaje pareciera todavía más largo.

Aralisse permanecía junto a la ventana, con el rostro serio y la mirada perdida en la oscuridad del camino.

No quería hablar.

No quería estar allí.

Frente a ella, dos jóvenes permanecían sentadas con evidente incomodidad, observándola discretamente sin atreverse a hablar al principio.

La más baja, de cabello castaño rizado, fue la primera en romper el silencio.

—S-soy Selinah, de la familia Delmere… —murmuró con nerviosismo—. Es un honor servirle, alteza.

Aralisse no respondió de inmediato.

Apretó ligeramente la mandíbula.

No era culpa de ellas.

Pero en ese momento todo le dolía demasiado.

—Y yo soy Helaena Branleigh —añadió la otra joven, de ojos grandes y cabello trenzado con cintas doradas ya desordenadas por el viaje—. Mi madre dijo que debía cuidar de usted. Es un honor convertirme en una de sus damas.

Selinah bajó la mirada con nerviosismo mientras Helaena jugueteaba discretamente con el borde de su falda.

Las dos también habían abandonado sus hogares aquella noche.

Aunque, a diferencia de Aralisse, no cargaban sobre los hombros el peso de un reino entero.

La princesa dejó escapar un suspiro antes de apartar finalmente la vista de la ventana.

—Yo no pedí esto —dijo de pronto. Su voz se quebró apenas, aunque intentó mantenerse firme.

Las dos muchachas intercambiaron miradas inseguras.

—¿Hicimos algo que le molestara? —preguntó Helaena con cautela.

Por primera vez desde que subió al carruaje, Aralisse volteó a mirarlas realmente.

Y ya no vio únicamente a dos damas impuestas por el consejo.

Vio a dos jóvenes igual de perdidas que ella.

—No hicieron nada —respondió finalmente con cansancio—. Deberían intentar dormir. Mañana hablaremos. Este… es un viaje difícil.

Selinah y Helaena asintieron en silencio.

Y, aunque intentaban ocultarlo, una pequeña sonrisa apareció en sus rostros.

La noche avanzaba lentamente mientras la caravana continuaba atravesando los caminos de Lysirah.

Dentro del carruaje, el ambiente se había vuelto más tranquilo. Selinah y Helaena dormían acurrucadas sobre sus pequeños cojines, envueltas en mantas ligeras mientras el sonido constante de las ruedas acompañaba sus respiraciones suaves.

Aralisse, en cambio, seguía despierta.

Sostenía un libro sobre sus piernas, fingiendo concentrarse en las palabras que apenas lograba distinguir bajo la luz temblorosa de la lámpara.

En realidad, solo intentaba evitar llorar.

No quería que nadie la viera débil.

El sonido de un caballo acercándose hizo que levantara la mirada.

A través de la ventanilla vio a Lysandre cabalgando junto al carruaje. La brisa nocturna despeinaba ligeramente su cabello castaño y, aunque su expresión seguía siendo seria, ya no parecía tan distante como antes.

El joven inclinó apenas la cabeza hacia ella.

—Princesa Aralisse —dijo en voz baja, procurando no despertar a las muchachas dormidas—. Han pasado muchas horas. Debería descansar.

Aralisse frunció ligeramente el ceño y cerró el libro con cuidado.

—No tengo sueño —respondió con sequedad—. Tu trabajo es protegerme, no decirme qué hacer.

Lysandre no pareció ofenderse.

—Aun así, le haría bien descansar —insistió con calma—. El viaje será largo. Atravesaremos Orvenah antes de llegar al puerto de Zaryah.

Aralisse cruzó los brazos.

—No soy una niña débil. Puedo soportar este viaje sin quejarme.

Desvió la mirada apenas.

—Así que déjame en paz.

Lysandre la observó en silencio durante unos segundos.

Y entonces sonrió levemente.

No era una sonrisa burlona.

Era tranquila.

Sincera.

—Lo sé —respondió finalmente—. Justamente por eso la admiro, princesa.

Aralisse parpadeó, desconcertada.

—¿Admirarme? —preguntó en voz baja.

—Sí —contestó él con honestidad—. Podría estar llorando o suplicando volver al castillo… pero no lo hace. Se mantiene firme. Incluso intentó tranquilizar a esas dos muchachas aunque usted misma está sufriendo.

El corazón de Aralisse se tensó de manera inesperada.

No sabía si aquello le provocaba rabia o incomodidad…

Bajó la mirada hacia el libro que sostenía contra el pecho.

—No necesito que me adules —murmuró.

Lysandre dejó escapar una leve risa.

Suave.

Casi imperceptible.

—No es adulación —respondió—. Es la verdad.

Después de eso volvió a enderezarse sobre la montura y adelantó su caballo unos metros.

Aralisse permaneció observando la oscuridad detrás de la ventanilla durante varios segundos, sin comprender si Lysandre era su aliado o realmente un espía que esperaba cualquiera debilidad de ella.

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