Julie Winters y Elis Lovette están obligados a existir en la vida del otro desde nacimiento, pero se volvieron enemigos por mera elección.
El destino parece tener una obsesión retorcida con ellos, pues tras un accidente mortal, ambos terminan despertando dentro de la novela de fantasía que debían leer para un proyecto universitario.
Julie, ahora Odette Montgomery y Elis, ahora Oriel Langford, se ven obligados a contraer matrimonio bajo el papel de la pareja más envidiada del imperio, aunque las ganas de estrangularse continúan evidentes.
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Jugando con fuego
Incluso cuando todos estaban en el comedor, el ambiente no se apaciguó. Los intentos de calma parecieron tan peligrosos como un campo minado, provocando que el estómago de Julie no dejara de sentirse apretado.
Elis no pudo ni ayudarla esta vez. El hombre de barba imponente lo alejó deliberadamente de su hija, tomando el asiento del costado para que no se alejara y que pudiera verificar de cerca que todo estaba yendo bien con ella. Así que ambos jóvenes ahora solo podían mirar cómo el plato de la azabache era rellenado con los mejores cortes de carne y las verduras más exquisitas de la mesa.
Julie, o mejor dicho, Odette, miró las acciones de su padre sintiendo que las náuseas le invadían. Le sonreía con sutileza, con los chorros de sudor empezando a empaparle la espalda. Quería huir de ahí, pero no podía. Su mente la torturaba con los recuerdos insípidos de su vida pasada, donde las invitaciones a cenas familiares se basaban en silencios y sarcasmos hirientes por parte de sus padres. Ahora, de un momento a otro, todo se había vuelto completamente diferente.
—Cariño —llamó su padre—. ¿De verdad estás bien? Te veo un poco pálida y no eres tan parlanchina como antes.
La crítica resonó en sus oídos como un ruido que la alertó. Su pierna tembló bajo la oscuridad de la mesa, pero no pasaron ni dos minutos cuando sintió la patada de Elis a su otro lado, despejándola cuando parecía que iba a echarlo a perder.
—Supongo que es cosa del incidente —suspiró el hombre, resignado—. De todos modos, creo que esta noticia te encantará —sugirió, tomando su mano—. Leí la carta que me mandaste y te doy todo mi consentimiento.
Julie parpadeó. Recordó que el supuesto amigo de Odette había mencionado algo sobre algunos caprichos, pero aún no sabía a qué se refería. Su tenedor iba a resbalar de sus dedos cuando escuchó. Tragó saliva y buscó sonreír de manera convincente para que las dudas no le cayeran como tormenta. Sus ojos miraron a las damiselas al otro lado del salón y estas asintieron con cuidado, como si le ayudaran con ello.
—Muchas gracias… —tragó saliva—… papá.
Vio la sonrisa satisfecha de ambas y suspiró con discreción, tomando más confianza cuando cruzó la mirada con su padre. Atrevida, acomodó el tenedor entre sus dedos y tomó uno de los trozos de la carne de pato humeante para dejarlo sobre el plato del mayor, ganándose el gesto más desgarrador del hombre, que casi parecía que iba a ponerse a llorar. No obstante, lo que supuso armonía se desvaneció tan pronto como el interés del mayor se incrustó en el silencioso príncipe al otro lado de su hija.
—Ahora, bien —comenzó dejando una leve caricia en el dorso de la chica antes de soltarla—. ¿Por qué razón, mi hija, ha sido envenenada bajo tu cuidado, su alteza?
El siguiente en tensarse fue Elis. Julie lo miró con la ceja alta, burlándose en secreto mientras se esforzaba para no terminar rodando los ojos cuando lo escuchó aclararse la garganta.
Ella no iba a ser la única que sufriría.
—Padre… Sé que estos sucesos han sido decepcionantes para usted —declaró, abandonando los cubiertos para tomar la mano de Odette—. Mis hombres ya están investigando sobre lo sucedido porque, aunque no lo deseemos, sabemos que esto puede tratarse de un atentado.
El porte de Elis en el cuerpo de Oriel fue bastante convincente. La firmeza de su voz con esa confianza derrochada en su calma, casi hizo que Julie también se creyera el cuento. Y aunque no resultó como lo esperaba, al menos se sintió aliviada de no haber sido descubiertos.
—Sea como sea, asegúrate de que esos resultados no salgan de este círculo —advirtió el mayor—. El consejero de tu padre sigue bastante insistente con la sugerencia de una inspección a mi puesto.
Elis asintió, pero no habló. El mayor retomó su comida en silencio, volviendo a prestar atención a su hija. Los pensamientos destructivos y catastróficos se encarnaron en el cerebro de Julie, volviéndose paranoica cuando ya ni siquiera supo cómo debía comer. Quería pedir ayuda, terminar con la reunión cuanto antes, pero cada segundo se sentía como una década.
—La protección de mi hija aumentará debido a los hechos —declaró el hombre, sacándole un susto—. Hasta que la boda no se realice, sepa usted, su alteza, que no confiaré en su linaje.
Julie se congeló, buscando los ojos de Oriel. Este le miró brevemente con sus iris brillantes, luego encaró al mayor, bajando la cabeza a una altura que suponía el respeto por un superior, a pesar de su propia jerarquía.
—Mientras Odette sea nuestro primordial mutuo, tenga por seguro que no lo defraudaré.
La carcajada del hombre retumbó en el salón. Elis asintió hacia Julie y esta se dispuso a tratar de comer como su madre de la era moderna le enseñó. Al menos, en ese momento, parecían ser de utilidad las normas que se le impusieron en su niñez.
Cuando la mayor parte de la comida terminó, los tres en la mesa se levantaron con una calma casi desesperante. Julie bajó la velocidad de sus pasos, permitiendo que Elis se hiciera cargo en ese momento, mientras ella iba con la seguridad de sus damas. Además, era más fácil que una de ellas diera su vida a que Elis tratara de no querer matarla cada cinco minutos.
—Asegúrate de recibir a mis hombres mañana —indicó el hombre al pie de la entrada principal, girándose para tomar la mano de Odette y dejarle un beso en los nudillos—. Me aseguraré de tranquilizar a tu madre, pero no dudes en denunciarme cualquier indicio de maltrato —sentenció, con la mirada en Oriel—. Te amo, hija.
Julie se quedó estática con las manos atrapadas por su padre. No supo cómo responder y su boca imitó a un pez en tierra firme. El hombre jadeó una risita y le besó la frente, encantado por la actitud de su hija. Amenazó una última vez al príncipe y finalmente se retiró con las zancadas de sus botas retumbando bajo una potencia abrumadora, dejándolos atrás como unos pobres diablos.
—Milady…
—¿Pueden prepararme un baño de rosas? —inquirió.
—Por supuesto que sí. Con permiso.
Las chicas reverenciaron y salieron de ahí, dejando a la pareja en la mitad del pasillo. Julie expulsó el aire con fuerza y se tumbó contra la pared, sintiendo que el pecho se le entumecía.
—Habría sido mejor decirle de la amnesia —murmuró Julie.
—No —respondió el otro, mirando de reojo a ambos lados—. Mejor si la noticia se la da tu amigo; su papel de médico le será más convincente que mi palabra.
—¿Y ahora qué sigue?
—Solo tenemos que aprender a sobrellevar la situación —fingió tomarle románticamente las manos cuando observó a una criada a lo lejos—. Continúa investigando sobre ti, así como yo lo he hecho conmigo. Estamos en el mismo barco, Winters… No lo vayas a olvidar.