Él huele a lluvia de verano. Él casi no huele a nada.
Nico es un alfa de veinte años que nunca se ha enamorado. Cree que el amor es un vendaval que lo arrasa todo el primer día.
Jean es un omega de veintiocho que sí amó, y perdió, y se arrancó la marca. Ahora apenas huele. Ahora no espera nada.
Pero Nico vuelve al cibercafé. Cada tarde. Con excusas tontas.
Y poco a poco descubre que el amor no es solo felicidad. También es miedo. Espera. Dolor. La paciencia de quedarse cuando el otro no puede devolver la mirada.
Porque a veces el amor no es un vendaval. A veces crece lento, en silencio, y cuando menos lo esperas ya te ha arrasado.
Porque a veces el amor no ruge. A veces es solo lluvia suave que despierta el musgo que parecía muerto.
Una novela Omegaverse sobre aprender a esperar y atreverse otra vez.
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Capítulo 20: La competencia
El miércoles, a media tarde, Offline estaba vacío.
No del todo: la chica de la laptop roja estaba en su esquina, como siempre, y un estudiante con gafas de pasta bebía un té helado junto a la ventana. Pero el ritmo de trabajo era lento, y Jean aprovechó un momento sin pedidos para acercarse a Mireia.
Ella estaba reponiendo vasos de cartón detrás de la barra, tarareando una canción que sonaba en la radio.
—Mireia —dijo Jean.
Ella levantó la vista.
—Dime.
—¿Puedo salir un par de horas antes hoy?
Mireia dejó los vasos, lo miró con esa sonrisa suya que siempre parecía saber más de lo que decía.
—¿Tienes un compromiso?
—Sí. —Jean bajó la voz, aunque no había nadie cerca—. Una competencia de natación, en la universidad.
—Ah. —Mireia asintió, como si hubiera estado esperando esa respuesta desde hacía días—. ¿La de Nico?
Jean no dijo nada, no hizo falta.
Mireia le dio una palmada en el hombro.
—Vete, yo me quedo, pero quiero detalles después.
—Gracias —dijo Jean.
Se quitó el delantal, lo colgó en la percha del vestidor, cogió su mochila y salió.
———
Antes de ir a la piscina, hizo una parada.
La tienda de plantas estaba a dos calles del café, en un local pequeño con macetas apiladas en la entrada. Olía a tierra húmeda y a musgo, Jean la conocía bien: de allí había sacado la albahaca, el romero, la suculenta que se empeñaba en vivir.
El dueño, un hombre mayor con manos de jardinero, lo saludó con un gesto.
—Otra vez por aquí —dijo—. ¿Se te ha muerto alguna?
—No —respondió Jean—. Busco algo para regalar.
—¿Para alguien especial?
Jean no respondió, recorrió la tienda con la mirada, había orquídeas, geranios, plantas de interior con hojas grandes y vistosas. Demasiado caras, demasiado llamativas.
En un estante bajo, junto a las macetas de barro, encontró lo que buscaba.
Una pequeña hiedra. Las hojas verdes, brillantes, creciendo enredadas alrededor de un tutor de madera. Era pequeña, modesta y las enredaderas le recordaban a Nico, a sus dibujos en el cuaderno, a esa paciencia suya de ir trazando línea tras línea.
—Esa —dijo, señalándola.
El dueño la envolvió en papel de estraza y ató un cordel alrededor, Jean pagó con las monedas justas que había ahorrado de la propina de la semana.
Salió de la tienda con la maceta bajo el brazo y el corazón latiendo demasiado rápido.
———
La piscina de la universidad estaba llena, Jean llegó cuando la competencia ya había empezado. Se quedó al fondo, entre las gradas altas, donde no hubiera riesgo de que Nico lo viera, no quería distraerlo, solo quería verlo.
El agua reflejaba las luces del techo y el aire olía a cloro, a plástico caliente, a la respiración contenida del público. Los nadadores se lanzaban uno tras otro, los brazos cortando el agua, las piernas pateando con fuerza.
Jean buscó a Nico con la mirada.
Lo encontró en la calle central, la del medio, llevaba un bañador negro, gorro de silicona oscuro, gafas de nadar. El cuerpo musculoso pero estilizado, la espalda ancha, los hombros definidos. En el agua, Nico era distinto: más concentrado, más animal, menos chico.
Jean sintió un nudo en el pecho.
La prueba era de doscientos metros estilos. Nico salió primero, se impulsó con fuerza, y sus brazos empezaron a girar en un movimiento perfecto. Mariposa, espalda, braza, crol, cada estilo, una precisión distinta. Jean no sabía de natación, pero entendía de cuerpos, de movimientos, de la luz que dibuja los músculos cuando se estiran.
Nico llegó el primero.
El público aplaudió, Nico salió del agua, se quitó el gorro y las gafas, rl pelo rubio le cayó sobre la frente, mojado. Sonreía, esa sonrisa que Jean conocía.
Quiso bajar de las gradas, acercarse, tenía la maceta en las manos, envuelta en papel de estraza, y un nudo en la garganta que no sabía si era orgullo o miedo.
Pero entonces vio a Sasha.
El omega de pelo caoba salía de entre el público con un ramo de flores vistoso, enorme, de colores brillantes. Llevaba una camisa blanca impecable y unos pantalones beige que le quedaban perfectos. Se acercó a Nico, lo abrazó, le dio un beso en la mejilla.
Nico correspondió al abrazo, sonrió, agradeció el regalo.
Su sonrisa era cortés, pensó Jean, no llegaba a sus ojos, pero no estaba seguro de si lo decía para consolarse a sí mismo o porque era verdad.
Se quedó inmóvil, la maceta pegada al pecho, sus dedos apretaron el papel de estraza.
El ramo de Sasha era enorme, costaría lo que él ganaba en una semana, quizás dos y la fiesta, la que estaban organizando, corría por cuenta de Sasha. Lo había oído susurrar a unos chicos: un club entero alquilado, barra libre, música en vivo.
Jean bajó la mirada, miró su maceta, la pequeña hiedra, las hojas verdes, el tutor de madera. Era humilde, demasiado humilde, pero la había elegido con cariño, pensando en Nico, en sus dibujos, en las enredaderas de su cuaderno.
No puedo dársela así, pensó, delante de todos, delante de él.
Dio un paso atrás, luego otro.
Salió de la piscina.
———
Afuera, el sol de la tarde empezaba a bajar, el cielo era anaranjado y las sombras se alargaban sobre el cemento. Jean se apoyó en una pared, la maceta todavía en las manos, respiró hondo.
Voy a esperar, se dijo, él me pidió que viniera. Lo vi en sus ojos, la decepción cuando le dije que no, no puedo irme sin verlo.
El ruido de la piscina llegaba amortiguado desde dentro, gente que salía, que entraba, voces, risas, el eco de los aplausos.
Jean esperó.
Un grupo de chicos salió por la puerta que daba al vestíbulo, justo al lado de donde estaba Jean, hablaban en voz alta, sin darse cuenta de que alguien podía oírlos. Eran jóvenes, probablemente estudiantes, con las mochilas colgadas al hombro.
—¿Viste el ramo que le dio Sasha? Esa cosa debió costar una fortuna —dijo uno.
Otro respondió:
—Sasha siempre va a lo grande, alquiló uno de los mejores clubes de la ciudad para la fiesta. Pensé que Nico lo iba a rechazar como siempre, pero aceptó, parece que su insistencia al fin está dando frutos.
Se alejaron riendo. Jean sintió que el suelo se hundía bajo sus pies.
No era el abrazo, no era el beso en la mejilla, era eso: la certeza de que Sasha podía ofrecerle a Nico un mundo entero, un mundo al que Jean no pertenecía. Y Nico había aceptado.
Apretó la maceta contra el pecho, dio media vuelta.
Caminó sin rumbo, calle abajo, sin mirar atrás, las hojas de la hiedra le rozaban los dedos, y el papel de estraza crujía con cada paso. El móvil vibró en su bolsillo, lo ignoró, estaba demasiado abrumado para hablar. No sabía adónde iba, solo sabía que no podía quedarse. Caminó durante mucho rato, sin darse cuenta de hacia dónde se dirigía, las calles se sucedían una tras otra, los semáforos, las farolas que empezaban a encenderse. Hasta que, sin saber cómo, se encontró frente a la puerta de su edificio.
———
Dentro de la piscina, Nico se despidió de Sasha con una excusa cortés y se quedó un momento en el bordillo, secándose el pelo con una toalla. Miró hacia las gradas altas, hacia el fondo, hacia donde no había estado mirando antes. Le pareció ver un destello de camisa blanca, alguien que se iba. Parpadeó, la persona ya no estaba o quizás nunca había estado.
Sasha lo llamó desde la puerta.
—Nico, nos vamos, la fiesta empieza en una hora.
Nico sonrió, asintió, guardó la toalla en la mochila. Pero mientras caminaba hacia la salida, no podía dejar de pensar en ese destello de blanco y en una mirada ámbar que no había estado allí, o sí, no lo sabía.
En la fiesta, el club estaba a oscuras, iluminado solo por luces de colores y una barra larga donde los camareros servían copas sin parar.
Nico estaba sentado en una mesa del fondo, con una copa que apenas había tocado, Mauro estaba a su lado. Leo, como siempre, se había perdido entre la pista de baile, rodeado de omegas que reían con él.
Mauro lo miró.
—¿Por qué aceptaste venir? —preguntó.
Nico suspiró, bebió un sorbo de la copa, sin ganas.
—No tenía nada mejor que hacer —dijo—. Además, Sasha se esforzó mucho, no iba a rechazarlo delante de todos.
Mauro asintió, no dijo nada durante un momento.
—Pensé que irías a celebrar tu victoria con Jean —dijo entonces.
La mirada de Nico cambió, un halo de tristeza se instaló en sus ojos.
—Lo invité —dijo, en voz baja—, pero me rechazó. Dijo que tenía que trabajar.
—¿Y eso te molestó?
—No. Bueno, sí, un poco. —Nico se encogió de hombros—. Pero no importa, ya habrá otra ocasión.
Su sonrisa no llegaba a sus ojos, Mauro lo vio.
—Jean fue a verte —dijo.
Nico lo miró, su mano se detuvo sobre la copa.
—¿Qué?
—Jean fue a la competencia, yo lo vi, estaba en las gradas. Él fue a verte, Nico.
Nico abrió los ojos, el asombro le recorrió el cuerpo como una corriente.
—¿Estás seguro?
—Completamente.
—Entonces... —Nico se pasó una mano por el pelo, intentando ordenar las ideas—. ¿Por qué no se acercó? ¿Por qué se fue sin siquiera avisarme?
Mauro lo miró fijamente. Sus ojos café, siempre tranquilos, tenían ahora un brillo de advertencia.
—¿Qué habrías hecho tú si hubieras ido a verlo y te encontrabas con otro alfa dándole un beso, regalándole un ramo de flores, y preparándole una fiesta entera?
Nico se quedó en blanco, el mundo pareció detenerse.
Pensó en Sasha abrazándolo, en el ramo, en la fiesta. En Jean, mirando todo desde las gradas, en silencio.
—No —susurró—. No puede ser.
—Fue —dijo Mauro.
Nico se levantó de la mesa, la silla chirrió sobre el suelo.
—Tengo que irme —dijo.
—¿A dónde? —preguntó Mauro, aunque ya lo sabía.
—A buscarlo.
Nico no miró atrás, atravesó la pista de baile sin ver a nadie, sin oír la música, sin sentir nada más que una urgencia que le quemaba el pecho. Leo lo vio pasar y alzó una mano para saludarlo, pero Nico no lo vio.
Salió a la calle, el aire de la noche era fresco y olía a asfalto mojado, aunque no había llovido. Sacó el móvil, marcó el número de Jean.
No contestó.
Llamó otra vez, tampoco. Escribió un mensaje:
Quedó en el aire. El remitente, la hora, el punto azul que no se convertía en leído.
Nico se quedó un momento en la puerta del club, el móvil en la mano, la noche abriéndose frente a él como una pregunta sin respuesta.
Y empezó a caminar.
———
Jean llegó a su apartamento con la hiedra en las manos. Cerró la puerta tras de sí y se apoyó contra la madera, el corazón le latía demasiado rápido. La habitación estaba a oscuras, iluminada solo por la luz del pasillo que se colaba bajo la puerta.
Dejó la maceta sobre la mesa, la miró un momento., luego sacó el móvil del bolsillo. Lo miró por primera vez desde que salió de la piscina.
Tres llamadas perdidas. Un mensaje.
Jean leyó el mensaje dos veces, se quedó con el teléfono en la mano, mirando la pantalla, sin saber si responder o esperar.