La guerra terminó, pero la pesadilla acaba de despertar.
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CAPÍTULO 21: EL SILENCIO DEL APRENDIZ
El ambiente en el palco principal se había vuelto asfixiante. Celina no se detuvo ante el rechazo verbal de Elías; para ella, la resistencia era solo una capa más de placer en el proceso de conquista. Se sentó a horcajadas sobre él, sintiendo la tensión de los músculos del soldado bajo su vestido de seda. Sus manos, expertas en la manipulación, desabrocharon lentamente los primeros botones del uniforme de Elías, exponiendo la piel curtida y las cicatrices que narraban una vida de sacrificios por Aegis.
—¿Sientes eso, Elías? Es tu corazón intentando escapar de tu pecho
—susurró ella, acercando sus labios a la cicatriz de su cuello
—No puedes mentirme a mí.
Tu cuerpo sabe que Alexia es un fantasma frío, una idea... pero yo soy real. Yo soy el calor que necesitas para olvidar que el mundo se está pudriendo.
Elías mantenía la mirada fija al frente, aunque sus sentidos estaban en guerra. La cercanía física de Celina, su aroma y la forma en que ella usaba su cuerpo eran una distracción diseñada para nublar su juicio militar. Pero en su mente, Elías no veía a Celina; veía el rostro de Alexia bajo la lluvia del hangar. Se aferraba a ese recuerdo como un náufrago a una tabla. Sin embargo, estaba atrapado; las cadenas magnéticas le impedían moverse y la proximidad de la mujer anulaba cualquier intento de maniobra física.
—Ella no vendrá por ti, Elías
—insinuó Celina, rozando su nariz con la de él
— Ella está a salvo en su torre, analizando muestras de sangre mientras tú mueres por dentro. Quédate conmigo. Déjame enseñarte lo que es ser el rey de las cenizas.
Mientras el juego de seducción de Celina alcanzaba su punto más crítico, tres pisos más abajo, el silencio del teatro era roto solo por el goteo de las tuberías. Pero era un silencio engañoso. Jake se movía por el pasillo de servicio como una exhalación de aire frío. Ya no era el chico que dudaba; el peso de las placas de Marco en su bolsillo y la imagen de su maestro encadenado habían terminado de templar su acero.
Jake vio a los dos primeros guardias custodiando la entrada del montacargas. Llevaban máscaras de porcelana y rifles de percusión colgados al hombro. Estaban relajados, comentando en voz baja lo que la "Reina" estaría haciéndole al Comandante de Aegis.
Jake no usó su arma. Se deslizó por detrás de una pesada cortina de terciopelo y apareció como un espectro. Usando el cuchillo de Marco, ejecutó un movimiento que Elías le había corregido mil veces: un tajo limpio en la femoral seguido de un golpe seco en la tráquea para evitar el grito. El primer guardia cayó sin hacer ruido. El segundo ni siquiera tuvo tiempo de girarse antes de que Jake le rodeara el cuello con un cable de acero, asfixiándolo en cuestión de segundos.
—Uno menos
—pensó Jake, recuperando una de las pistolas de percusión de los guardias
—Voy por ti, Elías.
El Ascenso Silencioso
Jake no usó las escaleras principales. Conocía el diseño de los teatros antiguos por los manuales de Aegis; se movió por el sistema de contrapesos y poleas de las tramoyas. Subió piso por piso, eliminando a cada centinela que encontraba en su camino con una eficiencia que habría asustado al propio Elías. No disparó ni una vez. Fue una limpieza sistemática: acero contra carne, sombra contra luz.
Llegó al nivel del palco. A través de una pequeña rendija en la madera dorada, vio la escena: Celina estaba besando el cuello de Elías, sus manos moviéndose con una libertad que hizo que a Jake se le encendiera la sangre. Vio las cadenas magnéticas y la vulnerabilidad de su maestro.
—Solo un poco más, maestro
—susurró Jake para sí mismo, situándose justo encima de la lámpara de araña que colgaba sobre el palco.
Jake sacó una pequeña carga de demolición mecánica de su cinturón. No era para matar; era para crear la apertura. Miró a Elías y, por un milisegundo, sus miradas se cruzaron a través de la rendija. Elías, el maestro, detectó el cambio en la presión del aire. Una pequeña sonrisa, casi imperceptible, apareció en sus labios mientras Celina creía que finalmente lo estaba quebrando.
—¿Te ríes, Elías?
—preguntó ella, deteniéndose para mirarlo a los ojos
— ¿Finalmente has aceptado tu destino?
—No, Celina —respondió Elías, y su voz recuperó toda su potencia
—Me río porque mi alumno acaba de sacar un sobresaliente en sigilo.
En ese instante, Jake activó la carga.