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El Dulce Aroma Del Peligro

El Dulce Aroma Del Peligro

Status: Terminada
Genre:Romance / Omegaverse / Fantasía LGBT / Completas
Popularitas:2.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Skay P.

⚠️🔞El Alfa se inclinó hacia adelante, invadiendo el espacio personal de Cass. El olor a roble y romero se volvió tan fuerte que Cass sintió un mareo súbito. El Alfa inhaló profundamente, llenando sus pulmones con el aroma a miel y café del Omega. Una atracción peligrosa, pero predestinado.🔞⚠️

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Te vas a quemar

El trayecto de vuelta a casa se sintió eterno. Cass caminaba con el paso apresurado, pero sus sentidos no estaban en el pavimento ni en las luces de los postes, sino atrapados en lo que acababa de vivir. Cada sombra que se proyectaba sobre las paredes de los edificios parecía cobrar vida, transformándose por un segundo en la silueta imponente de Kenny. El viento de la noche, que usualmente era refrescante, esta vez parecía burlarse de él: cada ráfaga traía consigo, de manera fantasmal y persistente, ese aroma a roble y romero que se le había metido hasta los pulmones.

Sus manos no dejaban de temblar. Intentó meter la llave en la cerradura del apartamento, pero el metal chocaba contra el marco. Tuvo que respirar hondo tres veces antes de lograr que la llave girara. Cuando finalmente entró, el peso de la realidad lo golpeó. El apartamento era su refugio, un lugar lleno de muebles de madera clara, cortinas suaves y el olor constante a la lavanda que Santi siempre ponía en el difusor. Sin embargo, esa calidez hoy se sentía extraña, casi asfixiante. El espacio le parecía de pronto demasiado pequeño, demasiado plano para la intensidad eléctrica que todavía corría por sus venas.

—Llegas diez minutos tarde —la voz de Santi llegó desde la cocina antes de que Cass pudiera cerrar la puerta del todo.

Santi estaba de espaldas, concentrado en preparar un té para terminar la noche. Era su rutina de siempre. Pero, en cuanto Cass dio tres pasos hacia el centro de la sala, Santi se detuvo en seco. No necesitó mirar el reloj ni ver la cara de su amigo; su instinto de Beta, aunque menos agudo que el de un Alfa, captó una señal de alarma inmediata. Dejó la taza sobre la mesa con un golpe seco y se giró, entrecerrando los ojos.

—¿Qué demonios...? —Santi se acercó rápidamente, olfateando el aire con una exageración que en otro momento habría sido graciosa. Pero no ahora.

El rostro de Santi se transformó de la curiosidad a la preocupación pura.

—Hueles a bosque. A madera vieja y a algo picante, como especias —dijo Santi, arrugando la nariz con desagrado—. Ese no es tu olor, Cassy. Y definitivamente no es el olor de un café normal después de un turno largo. ¿Quién estuvo contigo? ¿Quién te tocó?

Cass dejó su mochila en el suelo, escuchando el golpe sordo de los libros contra la madera. Se dejó caer en el sofá, sintiendo que sus piernas ya no podían sostenerlo más. Se cubrió la cara con las manos, tratando de ocultar el sonrojo que sabía que estaba ahí.

—Un Alfa —susurró. Solo pronunciar la palabra hizo que el vello de sus brazos se erizara de nuevo—. Se llama Kenny. Apareció justo antes de cerrar la cafetería. Estábamos solos.

Santi se sentó frente a él, en la pequeña mesa de centro, obligándolo a mantener el contacto visual. En su sociedad, que un Alfa "ensuciara" o solapara el aroma de un Omega de esa forma tan agresiva era mucho más que un descuido; era una declaración de intenciones, una forma de marcar una propiedad que no le pertenecía.

—Te dije que era peligroso estar solo a esa hora —regañó Santi, aunque su voz temblaba de miedo por su amigo—. ¿Te hizo algo? ¿Usó su voz de mando? Dime la verdad, Cass, ¿te puso las manos encima?

—No, no me hizo nada malo —respondió Cass rápidamente, tratando de calmar a su amigo, aunque el recuerdo de los dedos de Kenny rozando su cabello lo hizo estremecer—. Pero fue... diferente, Santi. Su aroma era tan denso que casi no podía respirar. Pero no me dio asco, ni me dio ganas de correr. Fue como si mi propio cuerpo lo estuviera esperando, como si lo reconociera de algún lado.

Santi suspiró profundamente y negó con la cabeza, con esa expresión de quien sabe que está viendo un accidente ocurrir en cámara lenta.

—Eso no es destino, Cassy, eso es biología pura y dura. Es ciencia. Los Alfas como él usan sus feromonas para anular tu juicio, para que dejes de pensar con lógica y empieces a actuar por puro instinto. No puedes dejarte engañar por un olor bonito. Ese tipo de hombres son depredadores; solo buscan Omegas para alimentar su ego y demostrar que pueden dominar a cualquiera. Mañana no vas a ir a trabajar. Me encargaré de llamar y decir que estás enfermo.

—Tengo que ir —replicó Cass con una firmeza que lo sorprendió incluso a él mismo. Se puso de pie, incapaz de quedarse quieto—. Dijo que volvería. Si no voy, pensará que tengo miedo. Pensará que me escondo porque él ganó.

—¡Es que deberías tener miedo! —exclamó Santi, levantándose también—. Mírate, Cassy. Hueles a él de pies a cabeza. Tu olor natural a miel y café casi ha desaparecido bajo su roble. Es como si te hubiera marcado el territorio sin siquiera usar los dientes. Es diabólico cómo operan esos tipos, te envuelven en su presencia hasta que olvidas quién eres.

Cass no quiso escuchar más. Se dirigió al baño a pasos rápidos, necesitaba quitarse esa sensación de "pertenencia" que no había pedido.

—Puedo manejarlo, de verdad. Solo fue un encuentro extraño en una noche aburrida —dijo antes de cerrar la puerta con pestillo.

Dentro del baño, el vapor empezó a llenar el espacio. Cass se desvistió rápido, tirando la ropa al cesto de la ropa sucia como si estuviera contaminada. Bajo el chorro de agua caliente, frotó su piel con una esponja hasta que su pecho y sus brazos quedaron rojos. Usó el jabón de vainilla que siempre compraba, uno que era famoso por ser fuerte y dulce, ideal para neutralizar cualquier rastro ajeno. Sin embargo, parecía inútil. El agua corría por su cuerpo, pero en su mente, la vibración de la voz de Kenny seguía resonando. Cada vez que cerraba los ojos, veía esa sonrisa de lado, esa mirada que parecía leerle el alma.

"Es solo un Alfa presumido", se repetía como un mantra mientras el agua le caía en la cara. "Es como todos los demás". Pero su instinto, esa parte profunda que la educación y la sociedad no habían podido borrar, le decía que no. Kenny no era como los Alfas aburridos de la universidad que solo hablaban de gimnasio y estatus. Había algo salvaje en él, algo indómito que prometía sacarlo de su rutina de miel y calma para lanzarlo directamente a un incendio. Y lo peor de todo es que Cass empezaba a tener frío sin ese calor sofocante cerca.

Cuando salió del baño, envuelto en una toalla blanca y con el cabello goteando, vio que Santi ya se había ido a su habitación. Pero sobre su mesa de noche, su amigo le había dejado un frasco de supresores de aroma de grado médico, junto con una nota escrita con letra rápida: "No juegues con fuego, Cassy, te vas a quemar y no voy a poder ayudarte a apagar las cenizas".

Cass tomó el frasco. Era frío y pesado. Sabía que debía tomarse una pastilla para blindar sus sentidos antes de mañana, pero no lo hizo. Se acostó en la cama y, casi sin darse cuenta, llevó sus propias muñecas a su nariz. El olor a vainilla del jabón era lo único que quedaba, el agua finalmente se había llevado el roble y el romero. En lugar de sentirse aliviado, sintió una punzada de vacío en el estómago, un hueco incómodo que lo hizo ovillarse bajo las mantas.

Se sentía estúpido. Odiaba la idea de ser un Omega vulnerable, odiaba que el mundo estuviera dividido en castas y odiaba que un extraño hubiera desequilibrado su paz en menos de veinte minutos. Se prometió a sí mismo que mañana sería frío, profesional y distante. No dejaría que Kenny viera ni una pizca de debilidad.

Sin embargo, mientras el sueño empezaba a nublar su mente, su determinación se desmoronaba. No pudo evitar imaginar el reloj de la cafetería marcando las diez de la noche. Imaginó el sonido de la campana de la puerta anunciando la llegada de alguien. Esa noche, por primera vez en años, Cass no soñó con su vida tranquila de estudiante. Soñó con un bosque espeso, donde el aire olía a madera húmeda y donde el peligro no era algo que evitar, sino la única forma de sentirse realmente vivo.

Mañana vería a Kenny de nuevo. Sabía que era un error, sabía que Santi tenía razón y que estaba caminando directo hacia una trampa. Pero, mientras cerraba los ojos definitivamente, una pequeña sonrisa apareció en su rostro. Porque, aunque estaba mal y era arriesgado, a Cass, muy en el fondo, le encantaba la idea de arder.

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Erika Peña
muy buena me gustó la trama
corta pero muuuuyyyy sustanciosa como dice el dicho
Skay P.: ¡Gracias, cielito!😘👆
total 1 replies
Maru19 Sevilla
Pues si las cosas salen mal que sea responsable y no se queje
Maru19 Sevilla: Muchas gracias, ya la estoy disfrutando 🥰🥰🥰🥰
total 2 replies
Maru19 Sevilla
Promete ser muy interesante 👏👏👏
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