Entre planes de venganza, celos asfixiantes y besos que saben a guerra, Valeria y su mejor amigo Julián han trazado una estrategia para conquistar a sus imposibles. Pero en este juego de poder, las máscaras caen y las fieras despiertan. Cuando el deseo se vuelve posesivo y los secretos se filtran en los pasillos, solo queda una pregunta: ¿Quién se rendirá primero ante el caos del corazón?"
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El incendio en la mansión
El ambiente en la mansión de la rubia Elena era una amalgama de luces estroboscópicas, el aroma penetrante de perfumes caros y el pulso ensordecedor de un bajo que retumbaba directamente en el pecho. Valeria, fiel a su promesa de ser un incendio andante, irrumpió en la sala principal con un vestido rojo que parecía haber sido diseñado para causar infartos. No caminaba, desfilaba; y cada paso era una declaración de guerra contra el orden establecido de Damián.
Al sonar el primer remix de la noche, Valeria se lanzó al centro de la pista. Sus movimientos eran una mezcla de fluidez técnica y un descaro absoluto que desafiaba cualquier norma de decoro. Bailaba con una libertad casi salvaje, girando con los brazos en alto y dejando que su risa se mezclara con la música. A su alrededor, un círculo de chicos empezó a formarse, atraídos por esa energía magnética y peligrosa. Valeria les sonreía a todos, pero sus ojos, cargados de una astucia felina, se desviaban constantemente hacia la planta alta, donde sabía que Damián la observaba.
Damián estaba apoyado en la barandilla de mármol, rodeado de un aura de oscuridad que contrastaba con los destellos neón de la fiesta. Su mandíbula estaba tan tensa que parecía tallada en piedra. Para un hombre que vivía bajo el imperio de la perfección y el control, ver a Valeria exhibiéndose de esa manera era una tortura lenta. Sus nudillos estaban blancos mientras apretaba el vaso de cristal, observando cómo un chico del equipo de baloncesto intentaba acercarse demasiado a la cintura de ella. Damián sentía que su máscara de frialdad se agrietaba con cada giro que Valeria daba. La posesividad, ese monstruo silencioso que siempre intentaba domesticar, estaba ganando la batalla. No soportaba ver cómo el caos de Valeria, ese desorden que él consideraba su propiedad privada, era compartido con la multitud.
Mientras tanto, en las gradas de la piscina, Julián ejecutaba su propia maniobra de distracción. Estaba sentado con Sofía, la prima competitiva de Elena, riendo a carcajadas de chistes que ni siquiera escuchaba. Su mirada, sin embargo, estaba clavada en la puerta de cristal. Elena estaba allí, del brazo del soso de Mateo, intentando mantener su fachada de "chica dulce" y despreocupada. Pero Julián lo notaba: Elena no dejaba de jugar con su collar, un gesto nervioso que delataba que su atención estaba puesta en la risa exagerada de Julián. El plan estaba funcionando; el barniz de perfección de la rubia se estaba pelando. De repente, Elena se disculpó con Mateo y caminó hacia la pista, con los ojos echando chispas y una determinación que ya no tenía nada de tierna.
El clímax de la tensión llegó cuando Damián, incapaz de soportar un segundo más de ese espectáculo público, bajó las escaleras con la elegancia letal de un depredador. La multitud se apartó instintivamente a su paso. Llegó al centro de la pista justo cuando Valeria se disponía a bailar con otro chico. Sin mediar palabra, Damián atrapó la muñeca de Valeria con un movimiento seco. El mundo pareció detenerse. La música seguía sonando, pero para ellos dos, solo existía el desafío en sus miradas.
—Se acabó el baile, Valeria —sentenció Damián, con una voz baja que vibraba con una posesividad peligrosa—. No vas a seguir haciendo esto delante de todos.
Valeria le sostuvo la mirada, con la respiración agitada y una sonrisa triunfante. Había logrado romper el hielo del perfeccionista. Había incendiado su paciencia, y ahora, en medio del sudor y las luces de la fiesta, los dos sabían que la noche no terminaría sin que las llamas los consumieran a ambos. La fiera y el perfeccionista estaban finalmente frente a frente, sin máscaras y sin escapatoria.