Ella es de la Dea se infiltra en la mafia para buscar un arma química llamada Error 44 Pero nada será tan fácil, la corrupción la mafia y el jefe mafioso obsesionado con ella
NovelToon tiene autorización de valeria isabel leguizamon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 12
Sloan no lo pensó. No midió consecuencias. No evaluó riesgos.
La levantó del suelo como si ella pesara el aire, con un brazo bajo las rodillas y el otro rodeando su espalda. La sangre de Renata le empapó la camisa, caliente y pegajosa contra su pecho. Él ni lo notó.
—Vamos —dijo, más para sí mismo que para ella.
Renata oyó su voz como un eco distante. El dolor en el hombro había dejado de ser punzante para convertirse en algo peor: un entumecimiento frío que le subía por el cuello, que le nublaba la visión, que le robaba el aire.
—Jefe —dijo Vargas, apareciendo a su lado con el arma aún desenfundada—. No podemos llevarla a un hospital normal.
Sloan se detuvo. Lo miró. Y por un segundo, Vargas se arrepintió de haber abierto la boca.
—Deberá ser uno de la organización —explicó rápidamente—. Los nuestros. Discreto. Sin preguntas.
Sloan asintió. Una sola vez. Un movimiento seco, definitivo.
—Está bien —dijo, y su voz era un latigago—. Apresúrate.
Vargas salió corriendo hacia el ascensor. Sloan apretó el cuerpo inerte de Renata contra el suyo y caminó tras él con paso firme, como si llevara el peso del mundo y se negara a dejarlo caer.
En el ascensor, Renata abrió los ojos. No sabía cuándo los había cerrado.
—Sloan... —susurró.
—Cállate —dijo él, pero no era un insulto. Era una súplica—. No gastes fuerzas.
—Me duele...
—Lo sé. Vas a estar bien.
El ascensor se detuvo en el sótano. Las puertas se abrieron. El coche blindado los esperaba con el motor encendido y la puerta trasera abierta.
Sloan la depositó en el asiento con una delicadeza que nadie le habría creído. Se subió junto a ella, la recostó sobre su regazo, y con una mano le presionó la herida. Con la otra, le sujetó la cara.
—Mírame —ordenó otra vez—. Mantén los ojos abiertos. ¿Me oyes? No te duermas.
Renata intentó obedecer. Sus párpados pesaban como plomo.
Vargas arrancó el coche con un chirrido de neumáticos. El vehículo salió disparado del estacionamiento, hacia las calles de la ciudad, hacia el único lugar donde podían salvarla sin hacer preguntas.
Sloan no apartó la mirada de ella.
—Quiero a ese malparido de Castillo —dijo de repente, y su voz era un hilo de hielo—. Si o si.
Vargas asintió frente al volante. No necesitó más instrucciones.
En la parte de atrás, Renata luchaba por sobrevivir. El latido de su corazón sonaba en sus oídos como un tambor lejano, cada vez más lento. La sangre seguía brotando entre los dedos de Sloan, por más que él apretara.
—Vas a estar bien —repitió él, y esta vez su voz tembló—. Vas a estar bien, Cielo ¿Me oyes?
El coche se detuvo frente a una clínica que no parecía una clínica. Era una casa grande, de fachada discreta, en un barrio donde los vecinos habían aprendido hace años a no hacer preguntas.
Vargas tocó el claxon tres veces. Rápido. Rápido. Lento.
La puerta se abrió. Dos enfermeros salieron con una camilla.
Sloan bajó del coche con Renata aún en brazos. No esperó a que la camilla llegara hasta él. Caminó hacia ella, con pasos largos y firmes, como si llevara una ofrenda a un altar.
—Tengo una herida —dijo, y la palabra "herida" sonó ridícula. Era una bala. Era sangre. Era la vida de ella escurriéndose entre sus dedos.
La subió a la camilla con el mismo cuidado que pondría alguien al manipular un cristal imposible de reemplazar.
Adentro, el doctor los esperaba. Un hombre mayor, de bata blanca y mirada cansada. Los había visto todos. O casi todos.
—No tenemos anestesia —dijo, sin preámbulos.
El silencio se hizo más denso que el aire.
Sloan lo fulminó con la mirada. Tenía las manos aún manchadas de rojo, los nudillos blancos de apretar.
—Consíguela —ordenó, y cada palabra era un puñetazo.
—No hay. Se acabó la semana pasada. El cargamento no llegó.
La furia de Sloan fue un animal que se sacudió la cadena. Sus ojos se volvieron negros. Su mandíbula se tensó hasta crujir. Dio un paso hacia el doctor, y el hombre retrocedió.
Pero entonces, desde la camilla, una voz débil cortó el aire.
—Yo sé que puedes soportarlo.
Sloan se volvió hacia ella. La miró. Sus ojos, que un segundo antes eran pura amenaza, se suavizaron.
—Tienes que ser fuerte —dijo él, acercándose a la camilla y tomándole la mano—. ¿Me entendiste?
Renata frunció el ceño. El dolor le torcía el rostro, pero aún le quedaba suficiente veneno para una respuesta.
—Deja de decir lo mismo —dijo, enojada, adolorida, agotada—. Me pones nerviosa.
Sloan parpadeó. Por un momento, fue un hombre desarmado.
—Lo siento —respondió, y por primera vez sonó genuinamente arrepentido—. No sé qué más decirte. No soy bueno en esto de apoyar a las personas.
Renata soltó una risa débil, casi un gemido.
—Lo sé —dijo, y cada palabra le costaba un esfuerzo sobrehumano—. Tú no apoyas a nadie. Solo molestas a los demás.
Sloan la miró. Y entonces, en medio del quirófano improvisado, con la sangre de ella secándose en sus manos y el doctor esperando con el bisturí, sonrió.
Era una sonrisa rota, confundida, inapropiada para el momento.
—Eres increíble —dijo—. Te están por operar sin anestesia y lo único que se te ocurre es insultarme.
—Es que te lo mereces —respondió ella, y sus ojos se cerraron un segundo.
Demasiado tiempo.
—¡Oye! —Sloan le dio un golpecito en la mejilla, suave pero firme—. No te duermas. ¿Me oyes? No te duermas.
Renata abrió los ojos. Lo miró. Y en su mirada había algo que no era dolor. Era rabia. Era orgullo. Era negativa a morir.
—Apúrate, doctor —dijo Sloan, sin apartar la vista de ella—. Y que sea limpio.
El doctor asintió. Levantó el bisturí.
Renata apretó los dientes.
—Si salgo viva de esta —susurró—, te juro que te voy a matar, Sloan.
Él apretó la mano de ella con más fuerza.
—Trato hecho —respondió.
Y la cirugía comenzó.