“Dicen los viejos textos…
que al principio… solo había un mundo.
Un mundo… donde humanos y demonios caminaban bajo el mismo cielo.
No como enemigos… sino como hermanos.
Los humanos moldeaban la tierra con sus manos…
y los demonios le daban vida con su aliento.
Era la Era del Equilibrio.
Durante siglos, no hubo guerra. Humanos y demonios compartían la tierra, hasta que la traición surgió.
Un rey humano, cegado por el miedo, traicionó a los demonios. Y esa traición, como una grieta, abrió paso a la guerra.
Los demonios, impulsados por la furia, comenzaron a ganar. Los humanos, viendo su mundo desmoronarse, estaban al borde de la derrota.
Fue entonces cuando Kaeli, viendo la destrucción, tomó una decisión. Vio que si no actuaba, ambos serían aniquilados. Y fue ella quien, con un acto de sacrificio, dividió los mundos. Separó a los humanos y a los demonios, cerrando el portal entre ambos.
Desde entonces, los humanos habitan su propio mundo, separados de los demonios.Y el portal, oculto
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Los tres otra vez
*Capítulo 6: Los tres, otra vez*
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*Dos semanas después.*
La lluvia paró. El profesor Tanaka volvió, con la mano vendada y sin ganas de regañar a nadie. Mika se aburrió de molestar cuando vio que ya no funcionaba.
Y la silla de Aiko dejó de estar vacía.
Llegaba, se sentaba, abría su libro. El ojo morado ya era amarillo. El labio, una costra. Su papá no volvió a aparecer en la escuela.
Los tres volvieron al puente después de clases. A la biblioteca en los recesos. Al mismo lugar en el patio.
Como antes.
Casi.
Aoi los miraba.
Miraba cómo Kasumi le pasaba sus apuntes a Aiko cuando él faltaba. Cómo Aiko le ponía su suéter en los hombros a Kasumi sin que ella se diera cuenta. Cómo se reían de cosas que Aoi no entendía, con dos palabras nada más.
Se llevaban bien. Demasiado bien.
Como ella con Kasumi.
Mejor que ella con Kasumi.
Y Aoi sabía lo que eso significaba. Lo supo desde hace meses, desde que Aiko le dio su almuerzo a Kasumi aquel día. Desde que Kasumi se quedaba dormida en el hombro de Aiko en la biblioteca y él no se movía en una hora.
_Kasumi está enamorada de Aiko._
El pensamiento le cayó encima una tarde, viendo cómo Aiko le secaba el cabello a Kasumi con ese pañuelo viejo porque se mojaron corriendo.
Le dolió. Le dolió en el pecho, atrás de las costillas. Porque Aoi estaba enamorada de Aiko desde primer año. Desde que lo vio defender a Kasumi sin abrir la boca. Desde que le prestó su paraguas y se empapó él.
Pero nunca dijo nada.
Nunca se lo diría a Kasumi.
Porque Kasumi era su mejor amiga. Era la niña que lloraba en primaria porque nadie se sentaba con ella. Era la que le compartió su paraguas cuando Aoi olvidó el suyo y se estaban muriendo de frío. Era la que le apretó la mano bajo el pupitre y le dijo _estoy aquí_ sin palabras.
Aoi no era así. Aoi no iba a romper eso.
Así que se tragó el nudo en la garganta y sonrió.
“¿De qué se ríen, idiotas?”, dijo, aventándoles una piedrita a los dos desde el borde del puente.
Kasumi volteó, con el pelo medio seco y las mejillas rojas. “De nada. Aiko dijo que pareces pato enojado cuando frunces el ceño.”
“¡Oye!” Aiko levantó las manos, riéndose. “Yo no dije pato.”
Aoi les sacó la lengua. Se sentó entre los dos, como siempre. Le quitó el pañuelo a Aiko y empezó a secarle el cabello a Kasumi ella misma. “Quítate, yo lo hago mejor.”
Kasumi se dejó hacer, cerrando los ojos. “Gracias, mamá Aoi.”
Aiko solo sonrió. No dijo nada.
Y Aoi decidió ahí mismo, con el corazón apretado pero firme:
_Si Kasumi es feliz con Aiko, yo voy a ser feliz también. Aunque me duela. Aunque me rompa. Porque ella se merece estar bien. Se merece que alguien la cuide como Aiko la cuida. Se merece no estar sola nunca más._
No sabía si Kasumi de verdad estaba enamorada de él. No sabía si Aiko sentía lo mismo.
Pero sabía que ella jamás iba a interponerse.
Jamás.
Porque Aoi quería mucho a Kasumi. Más que a sus propios celos. Más que a su propio corazón roto.
Y por primera vez en dos semanas, la promesa no sonó hueca.
Sonó real.
Aunque Aoi tuviera que sonreír con un pedazo del alma roto.
Después de clase los tres se Dirigían otra vez a la Biblioteca para Buscar aquel libro que todos mencionaban que era La que la princesa Kaeli Cerró, Era prohibido Que lo tocaran o lo agarraran
Ya que en Ese libro hablaba Todo sobre aque portal Qué quedo en el bosque oculto Donde nadien se atreve a entrar por miedo y por todas las historias que habían escuchado
*4:05 PM. Biblioteca. Día de lluvia.*
La promesa de “los tres” los llevó otra vez a la biblioteca. Pero hoy no era para esconderse.
Hoy era para buscar.
“¿Estás segura de esto?”, susurró Aoi, cerrando la puerta despacio. Su castigo había terminado ayer. “Si nos cachan…”
“Nos van a expulsar”, terminó Aiko. Ya no tenía el ojo morado, pero hablaba más bajo desde lo de su papá. “Mi papá me mata.”
Kasumi negaba con la cabeza. Tenía las manos frías. “Tenemos que encontrarlo. Mi mamá… anoche volvió a hablar dormida. Dijo un nombre.”
Aoi y Aiko se miraron.
“Kaeli”, dijo Kasumi.
El nombre cayó en la biblioteca como una piedra en el agua.
Aiko sacó la navaja de su abuelo. Los símbolos del metal brillaron tenue, como si reconocieran el nombre. “Mi abuelo me contó de ella antes de morir. Dijo que era real. Que no era cuento.”
“¿La princesa del bosque?”, preguntó Aoi. “¿La que desapareció en el Periodo Edo?”
“La misma”, dijo Aiko. “Pero no desapareció. Fue algo misterioso”
Caminaron entre los estantes. Al fondo. Donde estaban los libros viejos que nadie tocaba. Los que olían a polvo y a cerrado.
“Mi mamá trabajó aquí cuando era joven”, dijo Kasumi, pasando el dedo por los lomos. “Me dijo que había una sección restringida. Que la cerraron hace veinte años. Que un libro se perdió y desde entonces…”
“¿Desde entonces qué?”, preguntó Aoi.
Kasumi tragó saliva. “Desde entonces, cada diez años, alguien desaparece cerca del bosque. Como mi papá.”
Silencio.
Aiko se agachó. Movió tres libros de historia falsa. Detrás había una puerta chiquita, de madera. Con un candado oxidado.
“Aquí”, dijo.
Aoi se asomó. “Eso es el archivo muerto. Nos van a meter reporte si—”
_Crack._
Aiko rompió el candado con la navaja. No preguntó. No dudó.
La puerta se abrió con un quejido.
Adentro olía a viejo. A papel mojado. A algo más. A tormenta. A tierra. A _aliento de demonio_, como decía la abuela de Aoi.
Solo había un estante. Y en el estante, un libro.
No tenía título. La portada era de cuero cafe, gastado. En el centro, grabado con hilo de plata, el mismo símbolo que tenía la navaja de Aiko. El mismo que apareció en el vaho de la ventana aquel día en el salón.
Kasumi alargó la mano. Temblaba.
En cuanto lo tocó, sintió el tirón en el pecho otra vez. Pero ahora no jalaba hacia el bosque.
Jalaba hacia el libro.
Lo abrió.
La primera página no tenía letras. Tenía un dibujo.
Una mujer con cabello largo, de espaldas, frente a un portal que sangraba luz.
Abajo, con tinta que parecía seca hace siglos, una frase:
_“Para quien tenga la sangre. Para quien oiga el llamado. El sello se rompe cuando la princesa no vuelve.”_
Kasumi leyó en voz alta.
Y en ese momento, los focos de la biblioteca parpadearon.
Afuera, aunque no había nubes, se oyó un trueno.
Aiko guardó la navaja, pero los símbolos seguían brillando. “Tenemos que llevárnoslo.”
“Estás loco”, dijo Aoi. Pero ya estaba metiendo el libro en su mochila. “Si tu papá ve esto…”
“Mi papá no va a ver nada”, dijo Aiko. “Porque no vamos a decirle.”
Los tres se miraron.
Ya no eran solo los tres contra Mika. Contra Tanaka. Contra los castigos.
Ahora eran los tres contra algo que no entendían. Contra un libro prohibido. Contra una princesa muerta que dejó escrituras sobre un portal.
Contra lo que sea que se llevó al papá de Kasumi.
Aoi apretó los puños. Pensó en Kasumi. Pensó en Aiko. Pensó en que si algo le pasaba a alguno, no se lo perdonaría.
_Aunque me duela. Aunque me rompa._
“Está bien”, dijo. “Lo hacemos. Los tres.”
Cerraron la puerta chiquita. Acomodaron los libros.
Y salieron de la biblioteca con un libro prohibido en la mochila de Aoi, un tirón en el pecho de Kasumi, y una navaja brillando en el bolsillo de Aiko.
Afuera no llovía.
Pero el cielo se estaba poniendo gris otra vez.
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