Maximilian es el Faraón del siglo XXI, un hombre que no perdona errores y que ha construido su mundo sobre el orden y el oro. Amara es la joya que él ha deseado en silencio, la mujer que rescató de un destino cruel para sentarla en un trono que ella nunca pidió.Pero en los pasillos dorados del palacio de cristal, los secretos pesan más que las joyas. Mientras las copas de cristal se alzan en honor a su unión, un beso robado en las sombras y un plan de huida están a punto de derribar el imperio de Maximilian.Él le dio el mundo. Ella solo quería un corazón. Cuando el hombre más poderoso del planeta descubra que su reina ama a un peón, la ciudad de oro conocerá la verdadera furia de un rey traicionado. Porque en la guerra por el amor, Maximilian no está dispuesto a perder... y Amara no está dispuesta a dejarse poseer."
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Capítulo 2: La Jaula de Seda
El jardín de la mansión de los padres de Amara solía ser el orgullo de la ciudad, un oasis de buganvilias y palmeras que desafiaba el asfalto. Pero hoy, bajo la luz mortecina del atardecer, las flores parecían inclinarse bajo el peso de la decadencia. El sistema de riego automático se había detenido hace días por falta de pago, y el aire olía a tierra seca y a jazmín moribundo.
En el rincón más alejado, ocultos tras una estatua de mármol que empezaba a agrietarse, Amara y Dario se aferraban el uno al otro como náufragos.
—Mi padre está desesperado, Dario —susurró Amara, hundiendo su rostro en la camisa de algodón gastado del joven—. Lo escuché gritar anoche. Dice que Kedar vendrá por mí en cualquier momento. No puedo… no puedo dejar que ese hombre me toque.
Dario la estrechó con fuerza, pero sus manos temblaban. Él era un joven de veintidós años, un asistente administrativo en las empresas de Omar que había ganado el corazón de la hija del jefe con poemas escritos en servilletas y la promesa de un amor que no entendía de balances bancarios. Tenía el rostro noble y los ojos llenos de una bondad que a Amara le recordaba a la paz que su propio hogar ya no tenía.
—Huyamos esta noche —dijo Dario, aunque su voz carecía de la firmeza necesaria—. Tengo unos ahorros… podemos irnos a la costa, escondernos en algún pueblo pequeño. Mi primo tiene una lancha.
Amara se separó un poco para mirarlo. Sus rasgos egipcios eran de una perfección casi irreal: la piel del color de la canela tostada, los labios llenos y unos ojos tan oscuros y profundos que parecían contener todos los secretos del Nilo. A pesar de la angustia, su belleza brillaba con una luz propia, una mezcla de inocencia y una rebeldía que empezaba a arder en su pecho.
—¿Lo dices en serio? —preguntó ella, con una chispa de esperanza—. ¿Te atreverías a enfrentar a mi padre?
Dario bajó la mirada, y en ese gesto Amara sintió una punzada de duda. Él la amaba, sí, pero no era un guerrero. Era un hombre que temía a las sombras de los gigantes.
—No necesitamos enfrentarlo —murmuró él—. Solo necesitamos desaparecer.
Antes de que Amara pudiera responder, el sonido de unos pasos rápidos sobre la grava seca los obligó a separarse. Era la madre de Amara, Elena, que caminaba hacia ellos con el rostro desencajado y los ojos rojos de tanto llorar.
—¡Amara! ¡Por fin te encuentro! —exclamó Elena, ignorando por completo la presencia de Dario, como si fuera un mueble más en el jardín—. Entra de inmediato. Tu padre tiene noticias. Noticias maravillosas.
Amara sintió un escalofrío. En su mundo, las "noticias maravillosas" solían ser contratos que terminaban en desgracia. Lanzó una última mirada cargada de promesa a Dario y siguió a su madre hacia la casa, sintiendo que el aire se volvía cada vez más pesado.
Dentro, la mansión estaba en penumbras. Los muebles de lujo estaban cubiertos con sábanas blancas, listos para un embargo que parecía inminente. Su padre, Omar, la esperaba en la biblioteca, con un vaso de licor en la mano y una expresión que Amara no pudo descifrar: era una mezcla de alivio y culpa.
—Hija mía —dijo Omar, acercándose para tomar sus manos—. Estamos salvados. Kedar ya no es una amenaza. He anulado el compromiso.
Amara sintió que el corazón le daba un vuelco de alegría. ¿Acaso su padre había encontrado el valor para pelear? ¿O tal vez Dario había hablado con él sin que ella lo supiera?
—¿Cómo? ¿Cómo lo lograste? —preguntó, con la voz entrecortada.
—Maximilian —respondió su madre, interviniendo con una sonrisa nerviosa—. Fuimos a verlo hoy. Él ha aceptado pagar todas nuestras deudas. Ha comprado a Kedar, Amara. Lo ha borrado del mapa.
El nombre de Maximilian cayó en la habitación como un bloque de mármol. Amara conocía a Maximilian. Lo había visto en las galas, imponente en sus túnicas de seda, siempre rodeado de un aura de poder y frialdad que la hacía sentir pequeña y fascinada al mismo tiempo. Recordaba su mirada café fija en ella, una mirada que la recorría con una intensidad que la hacía temblar.
—¿Maximilian hizo eso por nosotros? —preguntó ella, sospechando que el precio no sería dinero—. ¿A cambio de qué?
Omar bajó la cabeza, incapaz de sostenerle la mirada a su hija. Fue Elena quien soltó la bomba, tratando de que sonara como un cuento de hadas.
—A cambio de tu mano, Amara. Maximilian te ha elegido para ser su única esposa. Te vas a casar con el hombre más rico del mundo. Serás la reina de su imperio, tendrás todo el oro que desees, vivirás en la cima de la Torre Ra… Estás a salvo, hija.
El silencio que siguió fue absoluto. Amara sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. No era libertad lo que le ofrecían; era simplemente un cambio de carcelero. Kedar era un viejo asqueroso, pero Maximilian… Maximilian era un gigante que la había "comprado" como si fuera una de sus ciudades o una de sus flotas de coches de lujo.
—¿Me vendieron? —susurró Amara, con la voz temblando de rabia—. ¿Me vendieron al Faraón para salvar sus pellejos?
—¡No digas eso! —chilló Elena—. ¡Él te ama! Se le nota en los ojos cada vez que te mira. Te está salvando de Kedar, de la miseria, de la vergüenza…
—¡Él no me conoce! —gritó Amara, y por primera vez en su vida, la dulzura de su rostro desapareció para dar paso a una furia volcánica—. Él solo quiere una joya más para su colección. Un trofeo egipcio para su torre de cristal. ¡No me voy a casar con él! ¡Amo a otra persona!
Su padre se puso de pie, su rostro pasando del alivio a la desesperación.
—Amara, no tienes elección. El contrato está firmado. Los abogados de Maximilian ya están ejecutando los pagos. Si te niegas, nos hundiremos todos, y Kedar vendrá por ti de todas formas porque Maximilian retirará su protección. ¿Quieres terminar siendo la cuarta esposa de un viejo que te odia, o la única reina de un hombre que te idolatra?
Amara retrocedió, chocando contra una estantería de libros vacía. Sus manos pequeñas se cerraron en puños. Pensó en Dario, en sus promesas de huir a la costa, y luego pensó en la frialdad quirúrgica de Maximilian. La imagen de aquel hombre alto, con su barba marcada y sus manos grandes que ahora eran dueñas de su destino, la llenó de una mezcla de terror y una extraña curiosidad que odió sentir.
—Tienen tres días —dijo Omar, con voz plana—. El viernes será la ceremonia civil en la Torre Ra. Empieza a empacar. Maximilian enviará sus propios estilistas y guardias mañana temprano. Ya no eres nuestra, Amara. Eres de él.
Esa noche, Amara no lloró. Se quedó sentada frente a su ventana, observando las luces doradas de la Torre Ra que dominaba el horizonte como un faro de oro. Sabía que Maximilian la estaba mirando desde allá arriba. Sabía que él creía haber ganado.
Lo que Maximilian no sabía era que Amara no era un objeto que se pudiera poseer. Mientras los guardias de Maximilian tomaban posiciones alrededor de su casa esa misma madrugada, ella buscaba papel y lápiz para enviarle un último mensaje a Dario.
Si Maximilian quería una reina, tendría que aprender que las reinas también pueden iniciar revoluciones. Y su revolución empezaría el mismo día de su boda.