La Flor de los Veraldi
Clara, una dulce florista, se enamora de Alessio Veraldi, un mafioso de ojos verde olivo. Su relación es acechada por Maximiliano, el patriarca de la familia, quien desprecia el origen de Clara y cuenta con la complicidad silenciosa de Bianca, la gemela de ojos grises de Alessio.
Al descubrir que Clara está embarazada, Maximiliano la obliga a desaparecer bajo una identidad falsa a cambio de dinero. Años después, la frágil joven se ha transformado en una loba implacable: una madre poderosa que ha criado a su hijo en las sombras, lista para volver y enfrentar el imperio que intentó destruirla.
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XVI- el precio del despertar
(al dia siguiente)
Clara:
El mundo no volvió a mí con suavidad. Regresó como una procesión de martillos golpeando contra mis sienes, una sinfonía de dolor que irradiaba desde cada músculo de mi cuerpo. Me sentía como si me hubiera atropellado un tren; cada vez que intentaba mover una pierna, un pinchazo de agujetas feroces me recordaba la noche anterior. Rocco. Los gritos. El olor a metal y sudor que aún parecía impregnar las sábanas.
Abrí los ojos con lentitud, sintiendo las pestañas pesadas, pegadas por el cansancio. Pero antes de que mi visión pudiera enfocarse, un rostro llenó todo mi campo de visión.
Valentina.
Estaba encima de mí, literalmente invadiendo mi espacio personal. Su nariz estaba a apenas unos milímetros de la mía, sus ojos fijos en los míos con una intensidad que rozaba la locura. No parpadeaba. Me observaba como si estuviera diseccionando mi alma o esperando a que un espíritu demoníaco saliera de mi boca.
El sobresalto fue instintivo, un reflejo animal. Lancé la cabeza hacia atrás al mismo tiempo que ella se inclinaba hacia delante.
—¡Ayyy! —el sonido del impacto fue seco, doloroso y rotundo.
Nuestras frentes chocaron con una fuerza descomunal. El dolor me cegó por un segundo, haciendo que pequeñas estrellas blancas bailaran en mi visión. Me llevé las manos a la cabeza, gimiendo mientras me encogía sobre el colchón.
—¡Maldita sea, Clara! —el grito de Valentina sonó como un trueno en la habitación. Se estaba frotando su propia frente con furia, los ojos llorosos por el impacto—. ¡Eres una idiota! ¡Casi me dejas sin neuronas, si es que te queda alguna después de la estupidez que hiciste anoche!
—¡Tú eres la que estaba encima de mí como un fantasma! —logré articular, con la voz ronca y la frente palpitando al ritmo de mi corazón—. ¿Qué demonios te pasa? ¿Desde cuándo te dedicas a mirar a la gente mientras duerme?
Valentina se sentó en el borde de la cama, mirándome con una mezcla de horror y una rabia que no lograba disimular. Me escaneó de arriba abajo, deteniéndose en las marcas que, lo sabía, salpicaban mi cuello y mis hombros como un mapa de mi propia autodestrucción.
—¿Desde cuándo? Desde que llegué a casa y encontré la puerta abierta y un olor a sexo y rabia que apestaba a kilómetros —escupió, señalando mi cuerpo con un dedo acusador—. ¿Es que has perdido el juicio? ¡Rocco! ¿De verdad, Clara? ¿Sabes quién es Alessio Veraldi? ¿Tienes alguna idea de lo que ese hombre hace con la gente que toca lo que él considera suyo?
Me dejé caer de espaldas contra las almohadas, sintiendo cómo el peso de la realidad se asentaba sobre mí con mucha más fuerza que el dolor de mi frente. El recuerdo de los ojos de Alessio y la devastadora posesión de Rocco chocaron en mi mente.
—Él se fue, Val —murmuré, cerrando los ojos para no ver su mirada de reproche—. Me dejó sola en la oscuridad. Él me odia, o al menos eso dice. Si él no me quiere, ¿por qué no puedo hacer lo que me dé la gana?
—Porque no estás jugando con un hombre normal, estás jugando con un monstruo —replicó ella, su voz bajando a un tono peligroso—. Y los monstruos, cuando descubren que les han robado, no se quedan sentados esperando a que les pidas perdón.
Solté una carcajada cargada de cinismo y me di la vuelta, hundiendo la cara en la almohada antes de incorporarme con dificultad, ignorando el fuego que recorría mi pelvis. Valentina me miraba como si me estuviera creciendo una segunda cabeza.
—¡Por favor, Val! No es para tanto —dije, rodando los ojos con una teatralidad que pretendía ocultar el temblor de mis manos—. Ya sabemos tú y yo que Rocco es estéril, así que no hay riesgo de "herederos" ni nada de esas estupideces Veraldi. Además, ¿por qué debería importarme lo que piense Alessio? Me dejó tirada en la cocina como si fuera un mueble viejo. No me interesa su opinión. Y, para tu tranquilidad, no se va a enterar. Él se fue al bosque, tiene su vida, sus negocios y su arrogancia. No va a volver aquí a revisar mis sábanas.
Mi tono era despreocupado, casi altanero, convencida de que había cubierto mis huellas lo suficientemente bien como para mantener mi pequeña rebelión en secreto.
Valentina no dijo nada. Se limitó a apretar los labios en una línea fina y furiosa. Metió la mano en su bolso y sacó un espejo de mano de plata, de esos que siempre llevaba para sus retoques en el bar. Con un movimiento seco, me lo puso frente a la cara, obligándome a mirar.
—Mira, "despreocupada" —siseó.
El reflejo me devolvió una imagen que me hizo perder el habla. El espejo recorría mi piel, revelando una cartografía de mi propia ruina. Mi cuello, que antes me parecía solo un poco sensible, estaba adornado con chupones violáceos que tiraban a negro, una marca clara de la posesión de Rocco. Bajé la mirada por el escote de mi camisa desabrochada y un escalofrío me recorrió la columna: mi pecho estaba sembrado de mordidas y marcas de succión tan profundas que la piel lucía irritada, casi sangrante.
Deslicé la sábana un poco más abajo, con los dedos temblorosos, y vi mis muslos. Había marcas de dedos, hematomas leves en forma de mano donde Rocco me había sujetado con brutalidad, y más chupones que subían desde la ingle hasta la cadera. Era una obra de arte del descontrol. Era la prueba irrefutable de que, durante horas, otro hombre me había reclamado con una ferocidad que no aceptaba mediocres.
El espejo se me resbaló de las manos y cayó sobre la cama con un ruido sordo. Sentí cómo la sangre abandonaba mi rostro, dejándome tan blanca como el papel. Mis labios, que hace segundos intentaban sostener una mentira, se quedaron entreabiertos, incapaces de emitir un sonido.
—¿Sigue sin interesarte lo que piense Alessio? —la voz de Valentina sonó lejana, como un susurro cargado de una advertencia fatal—. Clara, no es que él se vaya a enterar. Es que, con esas marcas, es imposible que no lo vea. Lo has marcado a él con tu traición, y él no es de los que olvidan un agravio.
La realidad me golpeó con la fuerza de un muro de hormigón: no tenía forma de ocultar esto. Alessio no era un hombre que necesitara pruebas forenses; él tenía un olfato depredador, y yo apestaba a otro hombre.
Alessio:
El rugido del motor de mi coche al cortar el aire del bosque fue la última señal de paz que ella tendría. Apagué el motor y me quedé un instante en el asiento, dejando que el silencio me envolviera. Belial, a mi lado, soltó un gruñido bajo, un sonido que vibraba en la tapicería de cuero. Él también podía olerlo. El aire que salía de la cabaña estaba cargado con una fragancia que no era la de ella, una estela densa, metálica y ajena que me erizó cada vello de la nuca.
Entré sin llamar. Mi sonrisita arrogante, esa máscara que usaba cuando quería demostrar que mi confianza era inquebrantable, se congeló en el momento en que crucé el umbral de la habitación.
Allí estaba ella. Con esa estúpida amiga suya a un lado de la cama, mirándome como si hubiera visto a la parca entrar en su casa. Pero mi atención no estaba en Valentina; mi atención estaba en la piel de Clara. En los mapas de color violáceo y negro que salpicaban su cuello, su pecho y la curva de sus muslos donde la sábana se había deslizado.
El mundo dejó de girar. La rabia no fue una oleada, fue una explosión sorda que me vació la mente de cualquier lógica. Sentí cómo mis facciones se endurecían, cómo mis ojos perdían cualquier rastro de humanidad y se convertían en dos pozos oscuros y depredadores. Era el animal, el Veraldi, tomando el control absoluto de mis extremidades.
—Vattene. (Vete). —Mi voz no fue más que un siseo, un sonido gutural que apenas pude controlar para que no se convirtiera en un rugido.
Valentina, que no era tonta, ni siquiera intentó abrir la boca. Sus ojos se fijaron en los míos, cargados de un terror puro, y se levantó con una rapidez felina. La vi salir de la habitación, sus pasos rápidos resonando contra la madera antes de que la puerta se cerrara con un golpe seco.
Estábamos solos.
Avancé hacia la cama. Cada paso era pesado, calculado, como un león acechando una presa que acaba de cometer el error de invitar a otro depredador a su territorio. No dije nada. Me detuve justo al borde de la cama, invadiendo su espacio personal, permitiendo que el terror que emanaba de ella se mezclara con el perfume de ese hombre que todavía impregnaba las sábanas.
Me incliné sobre ella. Mis manos, grandes y llenas de esas venas que marcaban mi tensión, se cerraron en puños a mis costados. La miré desde arriba, recorriendo cada maldita marca con la mirada, memorizando cada chupón, cada rastro de esos dientes que no eran los míos.
—Dime una cosa, Clara... —susurré, y el tono de mi voz era tan frío que pareció bajar la temperatura de la habitación—. ¿Te gustó el sabor de su arrogancia? ¿O necesitas que te enseñe qué es lo que pasa cuando una propiedad mía intenta buscarse un nuevo dueño?
Mi mirada se clavó en la suya, una mirada cargada de una posesividad enferma que le quitaba el oxígeno. Estaba temblando. Bien. Tenía que temblar.
Cada segundo que pasaba sin que ella abriera la boca era una tortura que me obligaba a contener el rugido que tenía atascado en la garganta. Me moví con una lentitud depredadora, rodeando la cama como una sombra que se expande, acorralándola contra el cabecero hasta que no le quedó ni un milímetro de espacio para retroceder. Apoyé mis manos a ambos lados de su cabeza, atrapándola en la jaula de mi propio cuerpo, invadiendo su aire hasta que el aroma de aquel hombre —ese rastro metálico y barato de fundición— se volvió insoportable.
Ella me miraba, con los ojos vidriosos y la mandíbula temblando, tratando de articular una defensa que solo avivaba más mis llamas.
—Dímelo —siseé, acercando mi rostro al suyo hasta que nuestras narices casi se rozaron—. ¿Quién fue? ¿Quién tuvo la osadía de marcar lo que es mío?
Clara abrió la boca, pero solo salió un gemido ahogado, un tartamudeo ininteligible. «Yo... Alessio... yo...»
—¡Habla! —rugí, golpeando ligeramente la madera sobre su cabeza con mi puño para hacerla saltar—. ¿Por qué? ¿Qué creías que ganarías buscándote a alguien inferior? ¿Fue por despecho? ¿Por la estúpida idea de que podías librarte de mí?
La agarré de la barbilla con firmeza, obligándola a sostener mi mirada, a ver el infierno que estaba ardiendo tras mis ojos verde olivo. Mis dedos se clavaron suavemente en su mandíbula, recordándole que su vida, en este preciso instante, dependía de lo que saliera de sus labios.
—Quiero que me lo cuentes todo —mi voz bajó a un tono bajo, peligroso, casi un susurro erótico y cargado de una malicia absoluta—. Cuéntamelo con lujo de detalles. Quiero saber qué sentiste cuando sus manos te tocaban. ¿Cómo te hacía suya? Dime cómo te penetraba, cómo te movía mientras yo no estaba. Dime cada palabra sucia que te susurró, sabiendo... —hice una pausa cruel, apretando más mi agarre—, sabiendo que yo fui el primero en entrar ahí. Yo fui el que abrió esa puerta, yo fui el que te marcó el camino, y ahora... ahora te has dejado profanar por otro.
La vi tragar saliva, su garganta moviéndose bajo mi pulgar. Su tartamudeo era casi un llanto. «Fue... fue... no... no es lo que...»
—No me mientas —la interrumpí, arrastrando mis dedos desde su barbilla hacia su cuello, rozando una de las marcas oscuras que él había dejado—. No te atrevas a mentirme cuando tu cuerpo todavía grita lo que pasó aquí. ¿Te gustó? ¿Te hizo sentir más mujer que yo? Dime cómo te follo, Clara. Descríbeme cómo te tuvo. Quiero que cada palabra sea como un cuchillo en tu propia garganta para que nunca olvides la traición que has cometido.
Me incliné aún más, acorralándola hasta que el pánico en su mirada fue absoluto, un espejo de la obsesión que me estaba consumiendo.
—Dímelo ahora —ordené, bajando mi mano hacia su pecho, justo encima de su corazón que latía desbocado—. O juro por todo lo que es sagrado en esta familia, que voy a hacer que desees no haber nacido esta mañana.
Clara:
El aire en la habitación se volvió estática pura. Sentía la presión de sus manos a los lados de mi cabeza como los barrotes de una celda, y su aliento, ese aroma a tabaco y peligro que antes me hacía temblar de deseo, ahora solo alimentaba la hoguera de mi resentimiento. Ya no podía más. El miedo se comprimió tanto dentro de mi pecho que explotó en una furia negra, una que no conocía la prudencia.
Me incorporé bruscamente, ignorando el dolor de mis músculos y el hecho de que él podría aplastarme en un segundo si quisiera. Le sostuve la mirada, mis ojos inyectados en rabia, y dejé que el veneno fluyera.
—¿Quieres saber quién fue? ¡Fue Rocco! —le grité, mi voz desgarrando el silencio de la cabaña—. ¡Y fue mil veces mejor que tú, Alessio! Porque él no me mira como a un trofeo o una "propiedad", ¡él me deseaba con un hambre que tú no podrías entender en tu perra existencia!
Él se tensó, sus facciones endureciéndose como el mármol, pero yo no me detuve. Quería herirlo. Quería que cada palabra fuera un clavo ardiendo en su orgullo de Veraldi.
—¿Quieres detalles? Me folló de todas las maneras posibles —escupí, sintiendo un placer retorcido al ver cómo su mandíbula se apretaba hasta casi romperse—. Me puso en cuatro y me golpeó con una dureza que me hizo olvidar hasta mi propio nombre. Me cargó, me dobló, me usó hasta que mis piernas no podían sostenerse. Me llenó, Alessio. Me llenó una y otra vez mientras tú estabas por ahí jugando a ser el rey del mundo. Sentí cada centímetro de él, y cada segundo fue una gloria porque sabía que no eras tú.
Me acerqué a su rostro, invadiendo su espacio con la misma agresividad que él usaba conmigo.
—Te odio. ¡Te odio con cada fibra de mi ser! —le rugí a centímetros de sus labios—. Odio el día en que te crucé en mi camino. Odio haber tenido que encontrarme contigo y odio cada minuto que paso respirando el mismo aire que tú. Eres un monstruo, un animal que solo sabe destruir, y Rocco... Rocco me hizo sentir viva mientras tú solo me haces sentir muerta.
Las lágrimas de rabia rodaban por mis mejillas, pero no las limpié. Quería que viera mi desprecio.
—¡Me encantó! —continué, perdiendo por completo el control—. Me encantó sentir sus manos marcándome, me encantó que me mordiera donde tú crees que tienes derechos. ¡No tienes nada! Lo que hay bajo esta piel ya no te pertenece, porque yo misma se lo entregué a él para que borrara tu rastro apestoso. ¡Vete al infierno, Alessio Veraldi!
Me quedé jadeando, con el pecho subiendo y bajando frenéticamente, esperando el impacto, la furia o la muerte. Había soltado todo el lastre, y por primera vez en mucho tiempo, a pesar del terror que emanaba de él, me sentía extrañamente libre.
El aire en la habitación se volvió sólido, una pared de plomo que me impedía respirar incluso antes de que su mano se cerrara sobre mi garganta. Alessio no se movió como un hombre; se movió como una falla tectónica, un estallido de naturaleza salvaje que me anuló por completo.
—¡Cállate! ¡Calla, calla, calla esa boquita, Ratoncito...! —su grito no fue un rugido, fue un aullido de puro dolor y rabia que me vibró en los huesos.
Su mano se cerró en mi cuello. No apretó para asfixiarme, pero la presión era constante, una advertencia física de que su control pendía de un hilo invisible. Sus ojos verde olivo ya no eran humanos; eran dos faros de furia animal, intensos y salvajes, fijos en los míos con una fijeza que me heló la sangre. Sin el menor esfuerzo, me empujó hacia atrás, tirándome sobre la cama con una fuerza que me hizo rebotar contra el colchón.
Él se quedó de pie, cerniéndose sobre mí, y por primera vez vi que temblaba. Sus hombros anchos subían y bajaban con una respiración errática, y su voz, esa voz que siempre había sido de acero, vibraba por la rabia contenida que apenas podía sostener.
—Mi madre hizo mal... ¡muy mal en traerte aquí! —escupió, y cada palabra era un jadeo cargado de veneno—. Regresa a tu vida, a tu tienda de flores, a tu departamento de mierda... ¡vete con ese infeliz!
Se pasó una mano por el cabello despeinado, caminando un par de pasos de forma errática antes de volver a clavar su mirada en mí. La mención de Rocco hizo que sus venas se marcaran como cables bajo la piel de su cuello.
—Agradece que lo dejo vivir... —siseó, y el tono me dejó claro que la única razón por la que Rocco seguía respirando era un resto de piedad que Alessio estaba luchando por no pisotear—. Pero lo que hiciste... para mí es una puta traición.
Se inclinó hacia mí una última vez, su presencia intimidante llenando cada rincón de mis sentidos, asfixiándome con su furia.
—No mueres ni tú ni él —dijo, sus palabras saliendo entre dientes, luchando contra el impulso de destruir todo a su paso—. Pero te vas a primera hora de la tarde. Tú y tu amiga... ¡Fuera de mi vista!
Se dio la vuelta bruscamente, sus pasos resonando contra la madera mientras salía de la habitación como un huracán que acaba de arrasar con todo. Me quedé allí, temblando, con la marca de su mano todavía caliente en mi cuello y el eco de su desprecio martilleando en mis oídos. Me había echado. Me había repudiado como a un perro sarnoso, y aunque era lo que yo quería —mi libertad—, el vacío que dejó su partida se sintió como una herida abierta.
Valentina:
El estruendo de la puerta al cerrarse tras Alessio dejó un vacío vibrante en el aire, un silencio que pesaba más que los gritos. Entré en la habitación casi tropezando, con el corazón en la garganta, y lo que vi me revolvió el estómago. Clara estaba fuera de la cama, moviéndose con una energía errática y suicida, tirando de los cajones con tanta fuerza que la madera chirriaba.
—¡Clara, para! ¡Por favor, escúchame! —le supliqué, tratando de agarrarle los hombros, pero ella me esquivó con un manotazo violento.
Estaba fuera de sí. Empezó a lanzar su ropa dentro de la maleta abierta, sin doblarla, sin mirar, simplemente amontonando tela y rabia. Sus manos temblaban tanto que apenas podía sujetar las cosas, y el llanto... era un sonido desgarrador que subía desde sus entrañas, mezclado con jadeos de puro odio.
—¡Me quiero ir! ¡Me voy de esta maldita jaula ahora mismo! —gritó, y su voz se quebró en un alarido que me puso los pelos de punta. Se detuvo un segundo, apretando una de sus blusas contra el pecho, y me miró con los ojos rojos, inyectados en una desesperación que nunca le había visto.
—¡Lo odio, Valentina! ¡Lo odio con cada maldita gota de mi sangre! —rugió entre sollozos, y las lágrimas le empapaban el rostro, borrando cualquier rastro de la elegancia que solía tener—. ¡Lamento tanto haberme entregado a esa bestia! ¡Lamento cada vez que dejé que me tocara, cada vez que creí que había algo humano en él!
Intenté acercarme de nuevo, con la voz suave, tratando de ser el ancla en su tormenta.
—Clara, respira... Alessio está furioso, pero ya nos dio la salida...
—¡Me da igual su salida! —me interrumpió, lanzando un zapato contra la pared con una fuerza ciega—. ¡Ojalá nunca hubiera puesto un pie en este lugar! ¡Ojalá su madre nunca me hubiera encontrado! Se cree que me posee, que soy un objeto que puede tirar cuando se cansa de sus propios celos... ¡Es un animal, Val! ¡Un monstruo que solo sabe destruir!
Se desplomó de rodillas frente a la maleta, hundiendo la cara en sus manos, pero el llanto no se detuvo. Seguía maldiciendo su nombre entre dientes, una letanía de odio puro dirigida al hombre que acababa de romperle el alma. Yo me quedé allí, de pie, sintiendo el peso del peligro que aún flotaba en la cabaña. Sabía que Alessio seguía ahí fuera, y que cada grito de Clara era como echarle sal a una herida abierta en el costado de un león herido.
—Vámonos, entonces —le dije, arrodillándome a su lado y empezando a cerrar la maleta por ella—. Vámonos antes de que cambie de opinión y decida que no somos libres de irnos.