Después de años de separaciones, heridas y secretos, Natalie Cardona, una valiente capitana de élite, y Dereck Stein, un estratega marcado por la guerra, se reencuentran entre el deber y el amor que nunca pudieron apagar, descubren que incluso las almas rotas pueden volver a latir...
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Fuera de la misión
El reloj marcaba las nueve en punto cuando entré a la sala de reuniones.
El ambiente estaba impregnado de silencio y del aroma metálico del café recién servido. La mesa ovalada brillaba bajo la luz blanca del techo, y los rostros del consejo reflejaban la misma mezcla de expectativa y severidad que siempre acompañaba a las misiones de alto riesgo.
Los miembros del equipo ya estaban allí. Emma, con su tableta en mano; James, relajado como si nada lo alterara; Marcos, apoyado en la pared con su habitual expresión de alerta; y Natalie, erguida, impecable, con ese aire profesional que había perfeccionado para esconderlo todo.
Me senté en la cabecera de la mesa, revisé los documentos una vez más y comencé.
—Bien, señores. Tenemos luz verde para la próxima operación —dije con voz firme—. Será una extracción de armamento clasificado en una base táctica al norte de Siria. Coordinación conjunta con la unidad Delta.
Apenas lo dije, el silencio se transformó en concentración.
Uno de los jefes del consejo, el coronel Vasquez, asintió con rigidez.
—Capitán Stein, necesitamos resultados rápidos. Sin errores.
—Los tendrán —respondí.
Pasé las diapositivas en la pantalla.
—El objetivo es claro: recuperar el armamento experimental sustraído durante la última ofensiva y neutralizar cualquier resistencia. La prioridad es salir con el material intacto y sin bajas.
Emma tecleaba sin parar, tomando nota.
James cruzó los brazos.
—¿Se tiene información sobre cuántos hombres protegen la base?
—Aproximadamente cuarenta, bien armados —respondí—. Pero lo que más preocupa es el sistema de rastreo satelital que instalaron. Si entramos mal, no saldremos.
Marcos intervino con su voz ronca:
—¿Se sabe si hay rutas secundarias?
—Dos. Una al oeste, cubierta por escombros, y otra al sur, que parece menos vigilada, pero más inestable. —Señalé el mapa—. Entraremos por el sur. No habrá margen de error.
El coronel volvió a hablar:
—Queremos un informe detallado antes de las 20:00 horas. El alto mando supervisará cada paso.
—Entendido —respondí con un leve movimiento de cabeza.
Pasaron varios minutos discutiendo estrategias, turnos de vigilancia, rutas de escape. Todo bajo un orden impecable. Pero cada vez que levantaba la mirada, la encontraba a ella.
Natalie.
Sentada con la espalda recta, concentrada, su rostro impasible, aunque sus ojos me seguían cada vez que hablaba.
Era frustrante lo mucho que podía contener sin decir una palabra.
—Capitán —dijo Emma alzando la voz—, ¿cuál será la división de equipos en esta ocasión?
Me aclaré la garganta. Era el momento que todos esperaban.
—El equipo alfa estará conformado por James, Emma y Marcos. —Levanté la vista hacia ellos—. Serán los encargados de la entrada principal y del rastreo del contenedor.
Vi cómo Natalie alzaba apenas una ceja.
Sabía que estaba esperando escuchar su nombre.
—El equipo bravo lo lideraré yo —continué con voz neutra—, junto con Tamy y dos nuevos agentes de apoyo táctico. Nuestra función será la cobertura y extracción del material.
La reacción fue inmediata, aunque silenciosa.
Emma bajó la mirada.
James me observó con cierta tensión.
Y Natalie... simplemente cruzó las manos sobre la mesa, su mandíbula apretada, su rostro frío.
—¿Y yo? —preguntó finalmente, su tono sereno, pero con filo.
Le sostuve la mirada.
—El consejo considera que es mejor que descanses esta vez. Has participado en las tres últimas operaciones.
—Estoy en perfectas condiciones —replicó, sin parpadear—. No necesito descanso.
—No es una decisión personal, agente —dije, manteniendo el control—. Es un protocolo.
Ella me miró con esa calma peligrosa que sólo usaba cuando estaba a punto de estallar.
—Curioso. No recuerdo que te importara el protocolo cuando te convenía romperlo.
Un murmullo leve recorrió la mesa.
Respiré hondo.
—La reunión ha terminado. —Cerré el portafolio con fuerza—. Emma, quiero los planos digitales antes del mediodía. James, revisa el suministro de armamento. Marcos, ponte en contacto con el enlace Delta.
Todos se levantaron lentamente.
Natalie fue la última en hacerlo. Pasó junto a mí sin detenerse, pero en el instante exacto en que quedó a mi altura, murmuró:
—No necesitas apartarme para demostrar autoridad, Dereck. Ya la tenías. —Y salió de la sala.
Me quedé quieto, con el eco de su voz resonando en mi cabeza.
Ella no lo sabía, pero la razón por la que la dejé fuera era precisamente la contraria: no podía arriesgarla otra vez.
No después de todo lo que ya habíamos perdido.