Sigue a Valentina Márquez Santos, abogada humilde e hija ilegítima de un magnate. Tras ser traicionada en su boda y expulsada de su trabajo por defenderse de acoso, se convierte en asistente del amargado CEO Mateo Castellanos. Demuestra su valía al organizar el proyecto médico VidaPlus y salvar a su hija Sofía de un rapto, mientras enfrenta la envidia de Gitana, la hermana de la difunta esposa de Mateo. A pesar de que Mateo es insoportable, entre ellos surge una conexión, mientras Valentina lucha por su futuro y por hacer realidad un proyecto que cambiará vidas.
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ENTRE DESEOS OCULTOS Y BATALLAS PROFESIONALES
Cumplí con los pedidos de Mateo con la misma perfección que siempre: el plan de expansión del proyecto VidaPlus a países vecinos estaba listo en solo dos días, con análisis de mercado detallados para cada nación, contratos preliminares redactados y proyecciones financieras ajustadas. También había coordinado la visita del grupo de médicos, reservando hoteles, transportes y preparando el centro de demostración del sistema con todo el equipamiento necesario. Mateo seguía siendo insoportable: me hablaba con un tono seco, me daba más tareas de las acordadas y siempre encontraba algún detalle menor para criticar, aunque sabía que todo estaba impecable. Pero yo no me dejaba: cada crítica la recibía con cabeza alta y respondía con hechos que demostraban mi buen hacer.
Ese miércoles por la mañana, entré en su oficina para entregarle los documentos finales del plan de expansión. No llamé antes —había trabajado hasta tarde la noche anterior y quería dejarlo todo listo antes de la llegada de los médicos— y al abrir la puerta me encontré con una escena que me dejó sin aliento: Mateo estaba sin camisa, con el torso descubierto, justo cuando se iba a poner una nueva camisa blanca. Sus músculos estaban bien definidos, con marcas de ejercicio en los hombros y el pecho, y una cicatriz pequeña en el costado izquierdo que parecía de una cirugía antigua. Mis ojos se quedaron fijos en él por unos segundos, y en mi mente crucieron pensamientos que no deberían haber estado ahí: ¿Cómo puede ser tan guapo siendo tan insoportable?, Ese físico no se ve de un hombre de casi cincuenta años...
Al verme entrar, Mateo se quedó inmóvil por un instante, luego cogió la camisa y se la puso con rapidez.
—¿No sabes llamar antes de entrar? —gritó, con la voz enojada, mientras se abotonaba la camisa—. Eres demasiado impulsiva, Valentina. En esta empresa se respetan los espacios ajenos.
Yo apenas conseguía hablar, sintiendo cómo se calentaba mi cara. Había dejado caer los documentos sobre el suelo sin darme cuenta.
—Disculpe, señor Castellanos —dije, agachándome rápidamente para recoger los papeles—. No quise interrumpir... Solo venía a dejar estos documentos. Ya me voy.
Sin esperar a que respondiera, salí corriendo de su oficina, cerrando la puerta con fuerza detrás de mí. Me apoyé contra la pared del pasillo, intentando calmar el latido acelerado de mi corazón. No puedes sentirte así por él, Valentina, me dije a mí misma. Es tu jefe, es cascarrabias y aún sigue aferrado a la memoria de su esposa. Además, tú no tienes tiempo para historias de amor después de lo que pasó con Esteban.
Más tarde ese día, mientras preparaba el centro de demostración para los médicos, Leticia Woen, directora de operaciones de la empresa, se acercó a mí con paso arrogante. Tenía cuarenta y cinco años, cabello rubio liso recogido en un moño estricto y ojos grises que miraban con desdén. Siempre se había sentido superior a los demás empleados, especialmente a mí, a quien consideraba una intrusa.
—Valentina, te estoy hablando —dijo, golpeando con los dedos sobre la mesa donde estaba organizando los equipos—. He decidido cambiar la disposición de los monitores. Quiero que los pongas en fila recta en lugar de en semicírculo. Además, quiero que preparés un informe detallado de los costos de mantenimiento para el próximo año y que me lo entregues en menos de dos horas.
—Disculpe, señora Woen —respondí, sin dejar de ajustar los cables de los equipos—. El señor Castellanos me dio instrucciones claras sobre la disposición de los monitores: el semicírculo permite que todos los médicos vean la demostración correctamente. Además, mi tarea principal hoy es preparar la visita, no hacer informes que no me han sido asignados. Solo sigo las órdenes de mi jefe, que es el señor Castellanos. Usted es una asalariada como yo, por lo que no tengo por qué obedecer sus instrucciones si no están autorizadas por él.
Leticia se puso roja de ira.
—¿Cómo te atreves a hablarme así? —exclamó—. Soy directora de operaciones, tengo autoridad sobre todo el personal de este departamento. Tú eres solo una asistente, una mujer que llegó de la nada y se cree más importante que los demás.
—No me creo más importante que nadie, señora Woen —dije, levantándome y mirándola a los ojos con firmeza—. Simplemente sé cuáles son mis responsabilidades y quién es mi jefe. Usted puede tener el cargo que tenga, pero eso no le da derecho a tratar a los demás como si no valiéramos nada. Si quiere que haga algún trabajo adicional, puede hablar con el señor Castellanos y que él me lo encargue. De lo contrario, por favor, déjeme hacer mi trabajo en paz. Además, le recuerdo que la humildad es una virtud que nunca está de más, especialmente cuando uno se cree superior a los demás sin razón alguna.
Leticia abrió la boca para responder, pero no encontró palabras. Se dio la vuelta y se fue con paso rápido, murmurando algo sobre que me arrepentiría de haberle hablado así. Yo solo sonreí y volví a mi trabajo: sabía que había puesto a su lugar a alguien que estaba acostumbrada a humillar a los demás, y lo había hecho con elegancia y firmeza, sin bajarme a su nivel.
que pena que alejandro solo este con ella para hacer daño