Sin spoiled
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Capitulo 6.
Narrador: Leo Ubicación: Barrio de San Antonio / Casa de Leo
El trayecto desde el instituto hasta mi casa nunca había sido tan largo. Normalmente, son veinte minutos de caminar rápido, mirando al suelo para no pisar charcos de agua sucia y esquivando a los perros callejeros que duermen en las aceras rotas. Pero hoy, con Mateo caminando a mi lado, cada metro parecía una confesión.
Mi barrio no es el Eixample de Barcelona. Aquí no hay edificios modernistas ni turistas haciendo fotos. Aquí hay cables de electricidad colgando como enredaderas negras, casas de colores despintados que se apilan unas sobre otras y música de bachata saliendo de los colmados a todo volumen a las tres de la tarde.
Miré de reojo a Mateo. Tenía el pómulo de un color violeta alarmante y caminaba con una ligera cojera que intentaba disimular, pero no decía nada. Miraba todo con esa curiosidad insaciable, como si en lugar de ver pobreza, estuviera viendo un cuadro costumbrista.
—Es aquí —dije, deteniéndome frente a la verja de metal oxidado de mi casa. Sentí la vergüenza subirme por el cuello. La pintura azul de la fachada se estaba cayendo a pedazos, revelando el cemento gris de abajo—. No es... no es mucho. Ya te lo dije.
Mateo se detuvo y miró la casa. Luego me miró a mí, y su sonrisa, aunque torcida por el golpe, fue genuina.
—Tiene techo y paredes, Leo. Y tú vives dentro. Para mí es un palacio ahora mismo. Me muero de sed. ¿Tenéis agua fría o tengo que beber de la manguera?
Me reí, liberando un poco de tensión. Abrí la verja, que chirrió como un alma en pena, y entramos.
—¡Mamá, ya llegué! —grité al entrar, esperando que no estuviera, o que estuviera de buen humor.
El olor a sofrito —cebolla, ajo, pimiento— nos golpeó en la entrada. Mi madre, Carmen, salió de la cocina secándose las manos en un delantal de flores. Tenía el pelo recogido en un moño desordenado y las ojeras de quien lleva despierta desde las cinco de la mañana amasando pan en la panadería.
—Llegas tarde, Leonardo, estaba a punto de... —Se detuvo en seco. Sus ojos oscuros pasaron de mi cara a la de Mateo, y luego al ojo morado de Mateo, y luego a la pequeña mancha de sangre en mi camisa—. ¡Santo cielo! ¿Qué ha pasado? ¿Os han atracado?
Se acercó corriendo, agarrándome la cara con sus manos calientes y ásperas.
—Estamos bien, mamá. No ha sido un atraco —dije, intentando apartarme suavemente—. Ha sido... una caída. En educación física.
—¿Una caída? —Mi madre me soltó y se giró hacia Mateo, escrutándolo con esa visión de rayos X que tienen todas las madres—. ¿Y tú quién eres? Tú no eres de por aquí. Tienes pinta de... bueno, no sé de qué tienes pinta, pero ese ojo necesita hielo urgente.
Mateo, para mi sorpresa, no se amedrentó. Dio un paso adelante y le extendió la mano con una educación exquisita, casi aristocrática.
—Buenas tardes, señora. Soy Mateo. Mateo Velázquez. Soy nuevo en el instituto y amigo de Leo... bueno, de cuando éramos pequeños. Y tiene razón, fue un accidente. Digamos que el suelo y yo tuvimos un desacuerdo y el suelo ganó. Pero su hijo me salvó de que fuera peor.
Mi madre le estrechó la mano, todavía sospechosa, pero su expresión se suavizó. El acento de Mateo y sus modales siempre funcionaban. Era como un hechizo.
—Mateo... ¿Velázquez? —Ella frunció el ceño—. ¿Hijo de Roberto y Lucía? ¿Los que se fueron a España?
—El mismo —dijo Mateo, sonriendo—. Aunque he vuelto un poco más magullado de lo que me fui.
—¡Ay, Dios mío! ¡Pero si eras una pulga cuando te fuiste! —Mi madre soltó una risa incrédula y luego, como si recordara su deber sagrado de anfitriona, se llevó las manos a la cabeza—. Y mirad cómo estáis. Pasad, pasad a la cocina. Tengo arroz con habichuelas y pollo guisado. Leonardo, trae el botiquín del baño, el bueno. Y hielo. Mucho hielo.
Nos sentamos en la pequeña mesa redonda de la cocina, cubierta con un hule de frutas plásticas. El ventilador de pie giraba en la esquina, moviendo el aire caliente sin enfriarlo realmente.
Fui al baño a buscar el alcohol y las gasas. Me miré en el espejo un segundo. Mis ojos brillaban. Había traído a Mateo a mi mundo, a mi cocina, con mi madre gritando y el olor a ajo, y él no había salido corriendo.
Cuando volví, mi madre ya le había servido a Mateo un plato montaña de comida y le estaba interrogando.
—¿Y tus padres cómo están? Me enteré de que volvieron. La cosa está mala allá afuera también, ¿eh?
—Sí, señora. Complicada. Pero bueno, se hace lo que se puede —decía Mateo con la boca llena, masticando con un gusto que me sorprendió—. Oiga, este pollo está increíble. En España la comida no sabe a nada, es todo plástico. Esto sabe a... vida.
Mi madre se hinchó como un pavo real.
—Come, come, que estás muy flaco. Esos pantalones te quedan grandes —dijo ella, señalando sus vaqueros rotos—. Leonardo, no te quedes ahí parado como un poste. Siéntate y cura a tu amigo mientras come. Yo tengo que volver a la panadería en media hora para el turno de tarde.
Me senté al lado de Mateo. Saqué el algodón y el bote de alcohol.
—Va a picar —advertí.
—Dale —dijo él, sin dejar de comer—. Soy duro.
Acerqué el algodón a su ceja. Mi mano temblaba un poco. Estar tan cerca de él, con la luz de la cocina iluminando las motas doradas de sus ojos marrones, era abrumador. Le limpié la sangre seca. Mateo hizo una mueca, pero no se apartó.
—Gracias, señora Carmen —dijo Mateo entre bocados—. De verdad.
—Llámame Carmen a secas, niño. Si eres amigo de Leo, eres de la casa —Ella me miró, y vi una pregunta en sus ojos. ¿Es este el chico? Sabía que mi madre sospechaba cosas. Sabía que ella sabía que yo no miraba a las chicas como los demás. Pero nunca lo habíamos hablado. Había un pacto de silencio amoroso entre nosotros—. Bueno, os dejo. Leo, lava los platos. Y no hagáis desastres. Si os duele mucho la cabeza, tomad paracetamol.
Mi madre salió, dejándonos solos en el zumbido del ventilador.
El silencio que siguió no fue incómodo, pero estaba cargado. Mateo terminó de comer y empujó el plato.
—Tu madre es genial —dijo, limpiándose la boca con una servilleta de papel—. La mía habría llamado a tres abogados y a un cirujano plástico antes de preguntarme si tenía hambre.
—Es... intensa —dije, recogiendo los platos—. Pero sí, es buena. Oye, ¿quieres... quieres ir a mi habitación? Aquí hace mucho calor.
Mateo se levantó, haciendo una mueca de dolor al estirar las costillas.
—Llévame a tu guarida, artista.
Mi habitación estaba al final del pasillo. Era pequeña. Apenas cabía la cama, un escritorio viejo que había rescatado de la basura y restaurado, y mi caballete. Pero lo que dominaba el espacio eran las paredes.
Estaban cubiertas de dibujos. Algunos pegados con cinta adhesiva, otros clavados con chinchetas. Había bocetos a carboncillo, acuarelas, estudios de anatomía, paisajes urbanos distorsionados. Era mi mente vomitada sobre el yeso.
Mateo entró y se quedó quieto. La puerta se cerró detrás de nosotros, aislándonos del resto del universo.
—Joder, Leo —susurró.
Se movió lentamente por la habitación, como si estuviera en una galería sagrada. Yo me quedé junto a la puerta, retorciéndome las manos. Me sentía desnudo. Esos dibujos eran mis secretos. Había rabia en ellos, había soledad, y había deseo.
Mateo se detuvo frente a un dibujo que había hecho hacía dos meses. Era un estudio de una espalda masculina. La espalda de un chico mirando al mar.
—Este soy yo —dijo. No fue una pregunta.
—Sí —admití, mi voz apenas un susurro—. Lo hice... de memoria. De una foto que subiste en abril.
Se giró para mirarme. Sus ojos recorrieron la habitación de nuevo y se dio cuenta. Había muchos dibujos de él. No retratos obvios, sino fragmentos. Su mano sosteniendo un cigarrillo. La curva de su cuello. Su silueta a contraluz.
—Me has estado dibujando todo este tiempo —dijo, y su voz tenía un tono de asombro, no de miedo—. Mientras yo estaba allí, perdiendo el tiempo y fingiendo ser feliz, tú estabas aquí creándome.
—Era la única forma de... tenerte cerca —confesé. Sentí que la cara me ardía—. Siento si te parece espeluznante.
—¿Espeluznante? —Mateo soltó una risa suave y se sentó en el borde de mi cama. El colchón se hundió bajo su peso—. Leo, es lo más bonito que nadie ha hecho por mí. Nadie me mira así. Todos miran la ropa, o el pelo, o la actitud. Tú miras... la estructura. Lo que hay debajo.
Se quitó la chaqueta de cuero con cuidado, siseando de dolor. Debajo llevaba una camiseta de tirantes blanca, ahora manchada de tierra y un poco de sangre.
—Ven aquí —me pidió, palmeando el sitio a su lado—. Siéntate. Deja de mirarme desde la puerta como si fuera a morderte. Bueno, ya has visto que muerdo, pero no a ti.
Me senté a su lado. La cama era estrecha. Nuestros muslos se rozaron. El contacto eléctrico me hizo dar un respingo, pero no me moví.
—¿Te duele mucho? —pregunté, señalando su costado.
—Un poco. Creo que el gorila de Javi me ha dejado un recuerdo en la costilla flotante. ¿Me miras?
Asentí. Mis manos, que para todo lo demás eran torpes, sabían qué hacer cuando se trataba de cuerpos heridos. Era como arreglar un lienzo roto.
—Levanta el brazo —le pedí.
Mateo levantó el brazo izquierdo. Levanté el borde de su camiseta con cuidado. La piel de su costado estaba caliente y ya empezaba a ponerse de un color morado y verdoso. Era un golpe feo.
—No está roto —dije, presionando suavemente con las yemas de los dedos. Mateo contuvo el aliento, su abdomen contrayéndose bajo mi tacto—. Solo magullado. Pero te va a doler al respirar unos días.
—Ya me duele al respirar —dijo él, pero su voz era ronca y no parecía hablar del golpe—. Leo.
Levanté la vista. Su cara estaba a escasos centímetros de la mía. Podía ver las motas doradas en sus iris, el pequeño corte en su labio inferior, la sombra de barba incipiente en su mandíbula.
—¿Qué? —susurré.
—¿Por qué te dejaste hacer esto? —preguntó, y su tono cambió. Se volvió serio, casi enfadado—. Antes de que yo llegara. ¿Por qué dejas que te traten así? Eres... eres brillante. Mira esto —señaló las paredes con la mano libre—. Tienes un talento que ellos ni siquiera pueden soñar. ¿Por qué bajas la cabeza ante un idiota como Bruno?
Retiré mi mano de su costado y bajé la vista a mis propias manos, manchadas de grafito permanente.
—Porque es más fácil, Mateo. Tú no entiendes... Tú siempre has sido fuerte. Tú te fuiste. Yo me quedé aquí. Si levantas la cabeza, te la cortan. He aprendido a ser invisible para sobrevivir.
—Pues se acabó —Mateo bajó la mano y me agarró la barbilla, obligándome a mirarlo. Sus dedos eran firmes, cálidos—. Ya no eres invisible. Yo te veo. Te veo en alta definición, Leo. Y no voy a dejar que vuelvas a desaparecer.
El aire en la habitación se volvió sólido. Podía escuchar mi propio corazón golpeando contra mis costillas, un tambor frenético. La mirada de Mateo bajó a mis labios y luego volvió a mis ojos.
—Te eché de menos —dijo, tan bajo que tuve que leerle los labios más que escucharle—. No tienes ni idea de cuánto. Barcelona era increíble, sí. Pero me sentía solo en medio de la multitud. Me faltaba... mi testigo. Me faltaba la persona que me conocía antes de las máscaras.
—Yo también te eché de menos —admití. Las palabras salieron como un tapón de una botella a presión—. Cada día.
Mateo se inclinó un poco más. Todo mi cuerpo gritaba. Una parte de mí quería salir corriendo por el terror a lo que estaba pasando, a lo que significaba. Otra parte, la parte que dibujaba manos entrelazadas en la oscuridad, quería cerrar esa distancia.
—¿Puedo...? —empezó a preguntar, pero se detuvo.
El sonido de un perro ladrando fuera rompió el momento. Mateo parpadeó y se echó un poco hacia atrás, aunque no quitó la mano de mi cara. Sonrió, una sonrisa triste y dulce.
—Creo que mejor vamos despacio, ¿no? —dijo, acariciando mi mejilla con el pulgar—. No quiero asustarte. Y tampoco quiero que tu madre entre y me mate con el cucharón de la sopa.
Solté una risa nerviosa, agradecido y decepcionado al mismo tiempo.
—Sí. Mejor despacio.
Mateo se dejó caer hacia atrás en mi cama, con las manos detrás de la cabeza, mirando al techo. Mirando las grietas que yo conocía de memoria.
—Tengo tres días de suspensión —dijo—. Tres días sin escuela. Tres días libres. ¿Sabes lo que eso significa?
—¿Qué significa? —pregunté, girándome para mirarlo tumbado en mi cama, una imagen que guardaría para dibujarla más tarde.
—Significa que tienes tres días para enseñarme a ser invisible... o para que yo te enseñe a ser visible. Vamos a hacer un trato, Candelario.
—¿Qué trato?
—Tú me enseñas a dibujar. A mirar como miras tú. Y yo te enseño a que te importe una mierda lo que piense Bruno. ¿Trato?
Miré sus ojos cerrados, sus pestañas largas descansando sobre sus mejillas. Miré mi habitación, llena de mi arte. Por primera vez, no me sentí atrapado. Me sentí en el punto de partida de algo enorme.
—Trato —dije.
Mateo sonrió sin abrir los ojos.
—Bien. Ahora pon algo de música, por favor. Ese silencio me está matando. Y cuéntame la historia detrás de ese dibujo del pájaro muerto que tienes en la esquina.
Me levanté para poner música en mi viejo ordenador. Mientras sonaban los primeros acordes de una canción indie suave, miré a Mateo en mi cama.
Bruno seguía ahí fuera. El instituto seguía siendo un campo de minas. Mi madre seguía trabajando turnos dobles para pagar la luz. Pero en ese momento, en esos cinco metros cuadrados, éramos intocables.
Me senté en el suelo, cogí mi cuaderno y un lápiz. Y empecé a dibujar. No de memoria esta vez. Dibujé a Mateo, herido pero real, respirando en mi cama. Y supe, con la certeza absoluta del artista que encuentra su musa, que este era solo el primer capítulo de una obra mucho más larga y dolorosa.
Pero por ahora, bastaba.