Elior siempre se sintió fuera de lugar.
En su vida pasada fue profesora de ciencias, alguien que creía en la lógica… hasta que murió y despertó en un mundo regido por jerarquías, vínculos y destinos imposibles de ignorar.
Ahora es un omega masculino de belleza andrógina, hijo de los duques del Ducado de Lirien, rodeado de protección… y de miradas peligrosas.
Desde antes de renacer, soñaba con un hombre que nunca vio, pero que su cuerpo siempre reconoció.
Cuando el mundo intenta reclamarlo como una oportunidad política, Elior descubre que el vínculo que lo llama no exige posesión, sino espera.
🌙 Omegaverse · Reencarnación · Romance BL · Deseo contenido · Consentimiento
Advertencias:
Presión política sobre omegas · Intentos de reclamo forzado (no consumados) · Tensión emocional intensa
✔️ Sin violación
✔️ Sin romance forzado
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Capítulo 5: Lo que esperan de mí
Descubrí que el silencio también tenía reglas.
No eran normas escritas ni advertencias explícitas. Nadie se sentó frente a mí para explicarlas con calma. Y, sin embargo, estaban ahí, presentes en cada gesto medido, en cada mirada que se detenía un segundo más de lo necesario cuando entraba en una habitación.
El ducado se movía a mi alrededor como si yo fuera algo frágil.
Valioso.
Protegido.
Observado.
Caminaba por los pasillos acompañado casi siempre. Si no era uno de mis hermanos, era algún sirviente atento, demasiado atento, que parecía listo para intervenir ante cualquier cosa. No era vigilancia abierta, pero tampoco era libertad.
Esa sensación me incomodaba más de lo que quería admitir.
—Es temporal —me dijo Elien una tarde, cuando notó mi incomodidad—. Hasta que estés completamente recuperado.
Asentí, porque no quería preocuparlo. Pero la pregunta seguía latiendo en mi pecho.
¿Recuperado de qué?
Físicamente me sentía bien. Cada día un poco mejor. No había dolor persistente ni mareos constantes. Mi cuerpo respondía con una facilidad inquietante, como si nunca hubiera estado realmente herido.
Era mi mente la que iba más lento.
Comencé a notar cosas nuevas, detalles que antes no existían o que nunca había sentido con tanta claridad. Cómo reaccionaba mi cuerpo al tono de ciertas voces. Cómo algunos aromas —almizcle, cuero, metal— me mareaban levemente si se prolongaban demasiado.
Y cómo la cercanía de otros deltas hacía que algo en mí se tensara sin que pudiera evitarlo.
No era miedo.
Era alerta.
—Eso es tu instinto —explicó Ardent cuando reuní el valor para preguntarle—. No es algo que debas reprimir… pero sí aprender a reconocer.
Reconocer sin perderme.
Esa frase volvió a mí muchas veces después de escucharla.
Durante las comidas, noté otros detalles. Nadie se sentaba demasiado cerca de mí. Las conversaciones bajaban de volumen cuando el tema derivaba hacia alianzas, política o decisiones importantes. Y cuando alguien se dirigía a mí, lo hacía con una cortesía excesiva, casi reverente.
Como si yo fuera… delicado.
—¿Siempre fue así? —le pregunté a Rael cuando tuvimos un momento a solas en uno de los corredores laterales.
Mi hermano se detuvo y me observó con atención, como si midiera cada palabra.
—No —respondió al final—. Pero siempre supimos que eras sensible a ciertas cosas.
—¿Sensible?
Rael frunció levemente el ceño, reconsiderando.
—Atento —corrigió—. Nunca te gustaron los lugares donde sentías que esperaban algo de ti.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
Eso…
eso no pertenecía a este cuerpo.
Eso era yo.
—Aquí van a esperar cosas —añadió con firmeza—. De ti, de lo que representas. Pero escucha bien esto: nadie tiene derecho a decidir quién eres.
Sus palabras se quedaron conmigo más tiempo del que esperaba.
Esa noche, cuando por fin quedé solo, me acerqué al espejo grande de mi habitación. La luz suave de las lámparas dibujaba un reflejo que todavía me resultaba extraño: rasgos delicados, mirada atenta, una belleza tranquila que no buscaba imponerse.
Un omega.
Me observé largo rato, buscando algo que se sintiera propio.
—No quiero desaparecer —susurré—. No aquí.
La respuesta no vino del exterior.
Vino desde adentro.
Una presencia conocida, firme, silenciosa. No palabras. No imágenes claras. Solo una certeza que me recorrió el pecho como un anclaje invisible.
No tienes que hacerlo.
Cerré los ojos y respiré hondo, dejando que esa sensación se asentara.
Tal vez este mundo tenía reglas que aún no comprendía.
Tal vez este cuerpo sabía cosas que mi mente apenas comenzaba a aceptar.
Tal vez todos esperaban algo de mí que todavía no podía nombrar.
Pero por primera vez desde que desperté en este lugar, tuve claro algo esencial:
No iba a convertirme en lo que esperaban de mí…
sin antes decidirlo yo.
Y esa decisión, aunque todavía frágil, ya había empezado a tomar forma.