Una historia de amor juvenil en la que Valentina Ferrer, una chica de 18 años de un pueblo costero, y Mateo Ibarra, un joven de 19 que huye del peso del escándalo de su familia, descubren que el amor verdadero no se trata de escapar del pasado, sino de enfrentarlo juntos para poder quedarse.
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Donde Empieza el Mar
...CAPITULO 3...
La universidad de Puerto Lumbre era pequeña, incluso diminuta comparada con las de la capital, pero para los jóvenes del pueblo era un cambio de mundo. El edificio blanco frente al mar parecía desafiar la brisa salada, con ventanales amplios que reflejaban el cielo azul y las olas que rompían suavemente en la playa cercana. Dos carreras disponibles y unos pocos estudiantes hacían que cualquier rumor se propagara casi instantáneamente, como una marea que no se puede contener.
Valentina se acomodó en su asiento, con la carpeta abierta y los apuntes perfectamente organizados, intentando concentrarse en la primera clase de Literatura Contemporánea. Sin embargo, su atención estaba dividida. Sus ojos buscaban de manera inconsciente la figura de Mateo Ibarra, el chico nuevo que, desde el autobús, parecía cargar con un aire diferente.
Camila, sentada a su lado, no pudo contener el comentario:
—Mira, está allí —dijo en voz baja, señalando discretamente hacia Mateo—. Se ve… distinto. Como si no perteneciera a este lugar.
Valentina negó con un leve movimiento de cabeza, intentando aparentar indiferencia, aunque su corazón le traicionaba.
—No me importa —respondió, sin mirar realmente a Camila. Sabía que mentía. Algo en él la intrigaba, y no entendía por qué.
Mateo eligió sentarse dos puestos detrás de Valentina. La primera vez que cruzó palabra, fue durante la lectura de un texto de Cortázar. La profesora les pidió compartir interpretaciones, y él levantó la mano con una calma que sorprendió a todos. Cuando habló, su voz fue grave, medida y clara, como si cada palabra tuviera un peso exacto.
Valentina sintió que algo en su pecho se tensaba. No era nerviosismo por la clase. Era un tipo de curiosidad que se mezclaba con un extraño respeto y una leve alarma emocional. Cada frase de Mateo parecía exigir atención. Cada gesto, cada inclinación de cabeza, cada mirada rápida, dejaba una marca invisible sobre su día.
El resto de la clase transcurrió entre lecturas y apuntes, pero para Valentina fue como si estuviera dentro de un bucle: veía a Mateo, escuchaba sus comentarios, y al mismo tiempo sentía que el mundo alrededor se desdibujaba. Cuando la campana anunció el final de la clase, su respiración se aceleró ligeramente.
Fue entonces, mientras recogía sus apuntes, que la vida decidió intervenir otra vez. Los libros cayeron de su mochila al suelo. Las hojas se dispersaron como un pequeño huracán de papel. Sin pensarlo, Mateo se inclinó rápidamente y recogió los apuntes, entregándoselos con una sonrisa discreta, casi tímida, que contrastaba con su porte seguro.
—Tienes letra bonita —dijo, con suavidad, mientras sus dedos rozaban ligeramente los de Valentina al entregarle los libros.
Ella lo miró, sin palabras, con un calor repentino en las mejillas. La frase era simple, pero en ese instante todo lo demás desapareció: los murmullos de la clase, el olor a papel recién impreso, la brisa que entraba por la ventana. Solo existía él.
—Gracias —susurró finalmente, con un leve temblor en la voz, sonriendo sin poder contenerlo.
Camila, incapaz de permanecer en silencio, soltó un suspiro audible.
—Te lo dije… no es como los demás chicos del pueblo.
Valentina ignoró el comentario. Sabía que algo había cambiado en su percepción del día. Algo que iba más allá de la simple curiosidad o el interés pasajero. Era la sensación de que Mateo Ibarra, con su silencio medido y sus gestos precisos, había logrado penetrar en un pequeño rincón de su mundo que nadie más había tocado.
Al salir del aula, mientras la brisa marina le acariciaba el rostro, Valentina no pudo evitar mirar hacia atrás. Mateo estaba recogiendo su mochila, y sus ojos se cruzaron nuevamente. Por un instante, el tiempo pareció detenerse, y ella sintió que Puerto Lumbre se había vuelto más pequeño, como si toda la ciudad y sus secretos se hubieran reducido a esa mirada compartida.
Ese día Valentina comprendió algo que no podía explicar del todo: su vida ya no sería igual. No por la universidad, no por los libros ni por las clases. Sino por él. Por ese chico que parecía demasiado serio para un pueblo tan pequeño, pero que, sin quererlo, había logrado instalar un inesperado huracán de emociones en su rutina tranquila.