Monserrat Bellini vive una vida perfecta en Italia: riqueza, prestigio y un futuro asegurado. Pero dentro de ella existe un vacío imposible de llenar… y sueños que la hacen despertar llorando por un amor que no recuerda haber vivido.
Todo cambia cuando conoce a Dorian D’Angelo, el hombre que todos le dicen debería odiar.
Entre ellos nace una conexión inexplicable, intensa y peligrosa, como si sus almas se reconocieran desde siempre.
Sin embargo, cada vez que intentan acercarse, algo —o alguien— parece empeñado en separarlos.
Mientras fragmentos de un pasado olvidado emergen, Monserrat descubrirá que algunas historias no terminan con la muerte… y que el amor verdadero puede desafiar incluso al destino.
Porque hay amores que regresan.
Y destinos que nunca dejan de perseguirnos.
NovelToon tiene autorización de Thanan para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 6: El primer sueño completo
La noche llegó sin pedir permiso.
Monserrat había apagado la luz hacía una hora, pero sus ojos seguían abiertos, recorriendo las grietas del techo que conocía de memoria. La misma habitación. El mismo silencio. Las mismas tres de la madrugada que nunca llegaban, porque todavía eran las doce y cuarto.
Pensó en la reunión de la mañana. En las manos de él al despedirse. En la pintura de Morelli y en esa frase que no dejaba de volver: uno que ya no existe.
Pensó en Alessandro, en sus manos sobre la mesa del restaurante, en cómo las había mirado sin verlas.
Pensó demasiado.
Y en algún punto entre un pensamiento y el siguiente, el peso del cuerpo dejó de importarle. El silencio cambió de textura. La oscuridad se volvió otra cosa.
Hay una ventana.
No es la ventana de su habitación. Es más antigua, más estrecha, con postigos de madera oscura que la lluvia golpea suavemente desde fuera. Un repiqueteo constante, rítmico, que llena el silencio sin romperlo.
Ella está sentada en el alfeizar.
No sabe cómo llegó ahí, pero el cuerpo lo sabe. El cuerpo recuerda el frío de la piedra bajo los muslos, la posición exacta de las piernas dobladas, el peso de un libro abierto sobre las rodillas que no recuerda haber traído.
La lluvia se cuela por una rendija. Apenas unas gotas. Le mojan el hombro, la manga, el borde del libro. No le importa.
—Siempre llueve cuando más te gusta estar aquí —dice una voz detrás.
Ella no se vuelve. No necesita hacerlo.
—No siempre. Solo cuando llueve.
Él ríe. Una risa baja, tranquila, que parece llegar desde muy cerca y muy lejos al mismo tiempo.
—Eso no tiene sentido.
—Tiene todo el sentido. Pregúntale a la lluvia.
—¿A la lluvia?
—Ella sabe por qué viene.
Hay un movimiento detrás. El sonido de unos pasos sobre madera, el crujido de una tabla que ella reconoce aunque no sabe por qué, como si lo hubiera escuchado muchas veces antes. Luego, el calor de él a su espalda, tan cerca que podría apoyarse si quisiera.
No se apoya. Pero tampoco se aparta.
—¿Qué lees? —pregunta él.
—Nada.
—¿Nada?
—Algo que ya leí. Lo estoy leyendo otra vez.
—¿Por qué?
Ella mira las páginas abiertas. Las palabras están ahí, pero no las ve. No importa lo que digan.
—Porque cuando lo leí la primera vez no sabía que después iba a querer volver.
Él no responde. Y aun así, ella sabe que entiende. Lo siente en el silencio, en la forma en que su respiración cambia, en el espacio entre ambos, que sigue siendo el mismo pero pesa distinto.
—Ven —dice él.
Ella se vuelve entonces.
Él está ahí. No hay sorpresa. Es como si siempre hubiera estado, como si esta ventana, esta lluvia y este instante fueran el lugar al que siempre regresa sin saber que regresa.
Él extiende la mano. Ella la toma.
La mano de él es grande, cálida, con la piel ligeramente áspera en las yemas. La misma mano. La del balcón. La de la reunión. La de los sueños que no recordaba haber tenido.
Él la guía hacia el centro de la habitación, lejos de la ventana, lejos de la lluvia. Hay una chimenea encendida. No la había visto antes, pero ahora existe, con las llamas moviéndose despacio, lamiendo la madera sin prisa.
—¿Tienes frío? —pregunta él.
—No.
—Mientes.
—Tú también.
Él sonríe. Esa sonrisa pequeña, apenas insinuada en las comisuras, la misma que ella ha visto una sola vez y que lleva días sin poder olvidar.
—Siéntate —dice.
Ella se sienta en el suelo, frente al fuego. Él se sienta a su lado. No demasiado cerca. Lo justo para que su presencia se sienta sin necesidad de mirarlo.
La lluvia continúa. El fuego crepita. El tiempo pasa de una forma que no parece tiempo.
—¿Por qué estamos aquí? —pregunta ella.
—¿Necesitamos una razón?
—Todo el mundo necesita una razón.
—Nosotros no.
Ella lo mira. Él sigue mirando el fuego, pero sabe que siente su mirada.
—¿Por qué nosotros no?
Él tarda en responder. Cuando habla, su voz es más baja, más lenta.
—Porque ya no necesitamos razones.
Ella no entiende esas palabras. O las entiende de una forma distinta, como si recordara algo que nunca aprendió.
—¿Y esto? —pregunta, señalando la habitación, la lluvia, el fuego, a ellos—. ¿Esto es ahora?
—Esto es siempre.
—No entiendo.
—No hace falta.
Él la mira entonces. Directamente. Y en sus ojos hay algo que ella no sabe nombrar. No es amor. No es deseo. No es nada que tenga una palabra en el idioma que usa durante el día. Es algo más antiguo. Algo que existe antes de las palabras.
—¿Tú también sueñas conmigo? —pregunta ella.
—No sueño. Recuerdo.
—¿Recuerdas qué?
—A ti. Así. Siempre así.
La mano de él encuentra la suya. Los dedos se entrelazan. Es un gesto sencillo, natural, como si lo hubieran hecho mil veces antes. Como si esas manos supieran algo que sus dueños han olvidado.
—¿Y si no quiero despertar? —pregunta ella.
—Nunca te vas del todo.
—¿Dónde estás cuando no estoy aquí?
—En la lluvia. En el fuego. En el momento justo antes de que abras los ojos.
La llama parpadea. La lluvia se intensifica. La mano de él aprieta la suya.
—Entonces —susurra ella—, estás siempre.
Él no responde. Solo sonríe. Esa sonrisa pequeña.
Y entonces—
Monserrat abrió los ojos.
La habitación estaba oscura. El techo, con sus grietas. El silencio quieto de la villa. La almohada húmeda bajo su mejilla.
Las tres de la madrugada. Siempre las tres.
Se incorporó lentamente, sintiendo el peso del cuerpo.
Miró a su lado.
El espacio vacío de la cama. La sábana lisa, sin arrugas. La almohada donde nadie dormía.
Y su mano, extendida sobre ese vacío, como si todavía sostuviera algo.
No. No como si.
Lo estaba.
Podía sentirlo. El calor. La presión de unos dedos. La textura de una piel que no estaba ahí y que, sin embargo, su mano recordaba con una claridad imposible.
Cerró los ojos.
Intentó volver. Buscar la rendija por la que había llegado a aquella habitación con lluvia, al fuego, a esa presencia que parecía conocerla desde antes de conocerla.
Pero no pudo.
Solo quedó el recuerdo del recuerdo. La forma de algo que ya no estaba.
Abrió los ojos otra vez.
La mano seguía extendida sobre la cama vacía.
No la retiró.
Se quedó inmóvil, mirándola como si no le perteneciera, sintiendo cómo el calor se apagaba poco a poco, milímetro a milímetro, hasta dejar solo el frío de la noche.
Pasó un minuto. Tal vez diez. Tal vez una hora.
La mano siguió ahí.
Y ella también.
Afuera, Florencia dormía. La lluvia nunca había llegado. Pero ella aún podía oírla, golpeando una ventana que no existía, en una habitación que no era la suya, en un tiempo que no era este.
La mano sobre la cama vacía.
Esperando.
bueno esa es mi opinión igual está muy hermosa la novela 🥰
por qué siempre la besa en la mejilla? 🤔🇨🇴🇨🇴🇨🇴