Victoria Davenport lo tenía todo: un matrimonio perfecto ante los ojos del mundo y una vida rodeada de lujo. Pero tras las paredes de cristal, su esposo Mathews Sinclair la había condenado al olvido. Fue entonces cuando apareció Jhonatan Blake, un hombre tan prohibido como irresistible, que le devolvió el fuego que creía muerto. Entre la culpa, el deseo y una verdad que amenaza con destruirlo todo, Victoria deberá elegir entre la jaula dorada de su matrimonio o el abismo ardiente de una pasión imposible.
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Una esposa perfecta
VICTORIA DAVENPORT
Me observo en el espejo mientras deslizo mis manos por el pantalón blanco que abraza mis caderas como una segunda piel. El tejido cae con suavidad sobre mis piernas, impecable, sin una sola arruga. Ajusto el cinturón fino y respiro hondo antes de colocarme el body negro de cuello de tortuga que acentúa la elegancia que todos esperan de mí. Mis tacones, altos y precisos, hacen que mi postura sea casi perfecta, como si la mujer que me devuelve la mirada desde el espejo estuviera diseñada para un escaparate.
El maquillaje resalta mi piel blanca, pulida hasta parecer porcelana; un rubor ligero en mis mejillas, labios en un tono suave que sugiere discreción más que atrevimiento. Mis cejas, tupidas y delineadas con precisión, enmarcan los ojos color avellana que tantas veces han sido elogiados como "hipnóticos". Mi cabello castaño, largo y brillante, cae sobre mis hombros con una caída estudiada, como si hasta el último mechón supiera que debe obedecer. Hermosa. Eso es lo que dicen siempre. Eso es lo que esperan.
Lentamente, tomo el anillo de matrimonio del tocador. El oro brilla bajo la luz tenue de mi habitación, y por un instante dudo en colocarlo. Me lo deslizo al dedo como quien se ajusta una máscara antes de salir a escena. Ese pequeño círculo, tan pesado como invisible, es el símbolo de una vida perfecta que en realidad me asfixia… y, al mismo tiempo, el recuerdo de un amor que alguna vez fue fuego.
Porque hubo fuego.
Cierro los ojos y lo veo, años atrás, en aquella gala benéfica donde todo comenzó. El salón estaba cubierto de luces cálidas, copas de cristal y conversaciones elegantes, pero cuando Mathews Sinclair entró, el murmullo cambió. No levantó la voz, no necesitaba hacerlo. Caminaba como si el suelo le perteneciera. Alto, impecable, con esa mirada oscura que parecía medirlo todo.
Yo estaba junto a mis padres cuando se acercó.
—Señor Davenport —dijo, estrechando la mano de mi padre—. Es un honor.
Luego me miró.
No fue una mirada superficial. Fue directa. Intensa. Desafiante.
—Y usted debe ser Victoria.
Recuerdo cómo mi corazón dio un vuelco.
—Sí —respondí, intentando mantener la compostura que mi madre me había enseñado desde niña.
Sonrió apenas, esa sonrisa contenida que insinuaba más de lo que mostraba.
—He oído hablar de usted. Dicen que es la joya más brillante de Atlanta.
Yo reí, nerviosa.
—La ciudad exagera.
—No —replicó, bajando ligeramente la voz—. La ciudad se queda corta.
Esa fue la primera vez que sentí que alguien me veía más allá del vestido, más allá del apellido. O al menos eso creí.
Las citas llegaron rápido. Restaurantes privados donde la iluminación parecía diseñada para enmarcar su perfil severo. Viajes espontáneos a Nueva York por “reuniones de negocios” que terminaban con cenas en terrazas altas, donde el viento jugaba con mi cabello mientras él apoyaba su mano en mi espalda, firme, posesiva, protectora.
—Me gusta cómo me miras cuando nadie más lo hace —me dijo una noche, mientras sus dedos recorrían distraídamente mi muñeca.
—¿Cómo te miro? —pregunté.
—Como si no me tuvieras miedo.
Yo no se lo dije entonces, pero sí lo tenía. No miedo a que me hiciera daño… sino miedo a perderlo.
Recuerdo la primera vez que me besó. Fue en el balcón de mi casa. Había ido a dejarme después de una cena formal. Mi padre ya dormía, mi madre fingía no espiar desde detrás de las cortinas. Mathews tomó mi rostro entre sus manos, con una firmeza que me hizo estremecer.
—No estoy acostumbrado a esperar —murmuró—. Pero contigo… quiero hacerlo bien.
Ese beso fue lento, profundo, lleno de promesas no dichas. Y yo, criada para mantener siempre el control, me rendí.
Hubo mañanas en las que despertábamos riendo, enredados en sábanas blancas. Él apoyaba su frente contra la mía y decía:
—Te voy a dar todo, Victoria. Todo lo que mereces.
Y yo le creía.
Cuando me pidió matrimonio no fue un gesto exagerado frente a cámaras. Fue íntimo. En nuestra casa, meses antes de que fuera oficialmente “nuestra”. El anillo brilló bajo la luz tenue del estudio.
—No necesito que seas perfecta —me dijo, mirándome con una intensidad casi vulnerable—. Solo quédate conmigo.
Y yo respondí sin dudar.
—Siempre.
La boda fue un espectáculo digno de las portadas de sociedad. Perlas, flores blancas, invitados ilustres. Cuando me colocó estos pendientes —los mismos que ahora ajusto frente al espejo— susurró en mi oído:
—Ahora eres mía.
Lo dijo con orgullo, con deseo… con algo que entonces interpreté como devoción.
Los primeros años fueron así: miradas cómplices en medio de reuniones, su mano apretando la mía bajo la mesa cuando alguien intentaba cuestionarlo, mensajes inesperados en mitad del día: “Te necesito esta noche”. Yo corría hacia él como si mi existencia girara en torno a su voz.
Y quizás así era.
Pero con el tiempo, su mirada dejó de buscar la mía con la misma urgencia. Las reuniones se volvieron más largas. Las llamadas más breves. El “te extraño” fue sustituido por un “no me esperes despierta”. Seguía siendo atento en público, impecable. Seguía rodeando mi cintura ante las cámaras, susurrando palabras que sonaban a amor.
—Sonríe, Victoria —murmuraba en eventos—. Todos nos están mirando.
Y yo sonreía.
No puedo decir que nunca me amó. Hubo amor. Lo sentí en la forma en que me observaba al caminar hacia él el día de nuestra boda. Lo sentí en su respiración contra mi cuello en noches donde parecía olvidar el mundo. Lo sentí en sus dedos entrelazados con los míos cuando mi madre enfermó y él, sin cámaras ni testigos, permaneció a mi lado.
Pero también sentí cómo ese amor fue siendo desplazado por el poder, por la ambición, por esa necesidad suya de dominarlo todo.
Coloco un último detalle: los pendientes de perlas que Mathews me regaló el día de nuestra boda. Cierro el broche y me observo una vez más. Mis ojos avellana brillan, pero no sé si es por la luz o por los recuerdos.
Victoria Davenport: perfecta, intachable, deseada.
Una mujer que ha sido amada intensamente… y que ahora camina sobre las cenizas de ese amor, sosteniendo la imagen impecable de un matrimonio que alguna vez fue real.
Acaricio el anillo con el pulgar.
—Siempre —susurro para mí misma, recordando la promesa.
Y por un segundo, no sé si aún la estoy cumpliendo… o si llevo años rompiéndola en silencio.
Me atrapo, y me encanto.
Tienes mucho talento 👏👏👏🥰🥰